Las Entrevistas de El Gráfico

1991. ¨A mi viejo…¨

Por Redacción EG · 12 de junio de 2019

Después de ganar la Copa América 1991, terminó con lágrimas en los ojos y lo único que quería era tomar unos mates con su viejo, que andaba mal. El Coco Basile y una nota para no perder.

Dejó el banco de suplentes y fue al encuentro de sus jugadores. A lo lejos se podía adivinar su emoción. Se abrazó fuerte con Ruggeri, quizá sin palabras, porque no hacían falta: entre ellos estaba todo dicho. Después con Caniggia, con Goycochea, con Basualdo, con todos... De pronto se vio frente a frente con el profesor Ricardo Echevarría, y en ese gesto mutuo de tomarse las caras, mirarse, quedó sellada una amistad definitiva, más allá de lo profesional. Un rato después, siempre cerca de "mi hermano", el Panadero Díaz, entró en la sala de conferencias. En sus ojos todavía brillaba una lágrima. El Coco Basile, el hombre del piloto azul, que por cábala no abandonó ni aun en el sol, el del vozarrón, el del faso permanente, el de las frases cortas y directas, escuchó un aplauso y miró sorprendido. Una sonrisa casi avergonzada se dibujó en su rostro. Entonces supo, una vez más, que estaba viviendo su hora triunfal.

 

Llevando la Copa con Ruggeri.

Llevando la Copa con Ruggeri.

 

Lo que sigue ahora tiene tiempos. Un café a solas en el hotel Acacias, donde Argentina concentró sus sueños, una confidencia rápida de un pasillo, el mensaje a veces transmitido con un simple guiño. Acercarse al Coco, es penetrar en un mundo de códigos muy particulares, pero siempre con un denominador común: ir de frente, de ida y de vuelta.

—Decime, en ese momento, cuando te levantas del banco, ya campeón, ¿qué pasa por la cabeza de un hombre?

—La familia, siempre la familia... Después los amigos, la gente que uno conoce y quiere de toda la vida. Y mi viejo, sabés, apareció mi viejo. Pobre, anda mal, desde que murió la vieja, el año pasado, quedó muy triste. Me muero por volver a Buenos Aires, ir a tocarle el timbre en el departamento de Caballito, darle un abrazo y sentarme con él a tomar unos mates...

—Una vez me contaste algo de la Copa América, justamente hablando de tu papá.

—Claro, ¿te acordás? La Copa América tiene que ver con mis primeros recuerdos del fútbol. Cuando vine a probarme en Racing, a los 15 años, se estaba jugando el Sudamericano (entonces se decía así) de 1959 en la cancha de River. Y yo fui con mi viejo y un tío a ver Argentina-Perú. Fue el día que rompieron todas las puertas porque se agotaron las entradas y en la calle quedaban como 10.000 personas. Fue el único partido que vi, después me volví a Bahía Blanca, pero ya fichado para Racing. Argentina ganó 3-1 y me quedó el recuerdo de Anido, del Polaco Cap, de Callá y, mirá quién jugaba, el Cabezón Pizzuti, que después iba a ser fundamental en mi vida. Ellos tenían un par de jugadores que también la rompían, era un Perú muy fuerte, el de Grimaldo, De la Vega, Gómez Sánchez, Terry, Joya...

—Lo que son las vueltas de la vida, fue la última Copa América que ganó Argentina, y ahora es la reconquista con vos de técnico.

—Por eso mi alegría es doble. Es una gran satisfacción. Es el primer triunfo importante desde que arrancamos este proceso.

—¿Cuándo te diste cuenta de que era posible?
—Yo estoy copado con este grupo. Por todo. Por el fútbol que juega, por la forma de comportarse, por la humildad, porque nunca subes-timan a nadie. Pero si dijera como entrenador que hemos llegado al tope me estaría suicidando. Este es un primer paso al frente. De aquí en más voy a exigir el doble. Yo soy un fanático de la técnica del jugador argentino. Si a eso le amalgamamos entrenamiento y trabajo táctico, podemos crecer mucho más.

En esta Copa América apareció una dupla ofensiva fenomenal: Caniggia-Batistuta. ¿Cuál es tu parte en esto?

—Vos fuiste testigo de una cosa. Cómo yo esperaba a Caniggia para jugar los partidos contra Unión Soviética e Inglaterra en la última gira. Si estaba Caniggia, ganaba los dos, no tengas dudas. Para mí es un delantero de excepción, uno de los mejores del mundo en este momento. Lo de Batistuta es otra cosa. Yo lo quería hace un tiempo, pero Boca se estaba jugando la vida y creo que en esto fui respetuoso con los intereses de los clubes. Todo entrenador debe ser lo suficientemente vivo para explotar el momento cumbre de un jugador. Es el caso de Batistuta. Ahora espero que se quede en ese nivel, o por lo menos parecido.

 

Coco y la copa. En 1993 repetiría el título en Ecuador.

Coco y la copa. En 1993 repetiría el título en Ecuador.

 

— ¿Cuál fue el partido clave en este torneo?

—El primero con Chile. Era la gran prueba de este equipo, jugar contra 70.000 personas. En la charla técnica los vi muy tranquilos, en el vestuario también; pero todo eso puede ser verso a la hora de entrar a la cancha. A los diez minutos de juego ya sabía que todo andaba bien, porque aun arrinconados en nuestra área, adonde nos metió Chile, vi que había serenidad y que se salía jugando con pases prolijos. Fue un partido muy cerrado, de gran nivel. Yo no sé si en el Mundial de Italia se jugaron muchos mejores que éste. La satisfacción la tuve después del segundo partido con Chile, la noche que llovió todo. Cuando terminó la conferencia de prensa, quedamos solos Arturo Salah, el técnico de ellos, y yo. Y él me reconoció que Argentina era el mejor equipo, que merecía ser campeón. Es muy lindo escuchar eso y además honra a quien lo dice.

—Te vi muy loco después del partido con Brasil.

—Tenía una sensación muy fea, como si me hubieran puesto los garfios en el bolsillo. Ojo, no quiero decir que el juez pateaba para ellos, pero me sentía impotente por las expulsiones, especialmente la de Caniggia. Vos fijate cómo son las cosas. Todo el mundo habla de Argentina, de que somos protestones, de que pegamos patadas, pero traemos un equipo que no le complica la vida a ningún juez, que no hace tiempo, que no pega, y resulta que el balazo viene al revés. Le había dado cinco días de descanso al equipo titular y en cinco minutos estaba perdiendo todo. No. Vamos a ponemos de acuerdo. Los jugadores, los técnicos y también los jueces. Un clásico como Argentina-Brasil lo tiene que dirigir alguien de mucha categoría, con grandes partidos en la espalda.

—Se habló de un problema tuyo con Latorre.

—Es un disparate. Aclaralo bien, por favor. Antes del partido con Chile (el segundo), se puso una gotas nasales, Lidil, que son para el resfrío pero que tienen un componente prohibido. Entonces decidí sacarlo del banco. Eso fue todo.

— ¿Te sorprendió lo mal que jugó cuándo le tocó entrar?

—La verdad, sí. Arrancó bien contra Venezuela, después aflojó. Ya hablé con él, como siempre, de frente. Sigo pensando que es un gran jugador; pero en una Copa América juega el que rinde, y el que no, lamentablemente queda afuera. No se puede esperar a nadie. Entonces apelé a Leo Rodríguez y apareció otro gran jugador.

—Coco, el final fue con susto. Colombia nos apretó...

—Yo vengo hablando de ellos desde que llegué a Chile. Ese tic-tac parece inofensivo, pero cuando agarran la pelota te pueden pintar la cara. Es un equipo con experiencia, vienen jugando juntos desde hace mucho tiempo. Lo que hicieron no me extraña en absoluto. Pero fue una pequeña tormenta, porque en los últimos minutos volvimos a controlar el partido.

Prendió el penúltimo faso de la noche. La llama del fósforo iluminó sus ojos. Se dejó caer en un sillón del hotel Acacias, se sintió campeón y pensó en el mate que un día después tomaría con el viejo, en Caballito, después de un beso y un abrazo. Es la hora de Alfio Basile, el Coco.

 

Por NATALIO GORIN. (1991)

Fotos: GERARDO HOROVITZ y FABIAN MAURI.

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