¡Habla memoria!

Adelantados en el tiempo

Por Redacción EG · 31 de julio de 2019

En 2002, El Gráfico reunió a varios jugadores del plantel de San Lorenzo de 1972, que logró el hecho histórico de haber ganado dos torneos en la misma temporada. Un equipo para el recuerdo.

Era el año que ce­rra­ba un ci­clo fe­cun­do de San Lo­ren­zo, que se ini­ció con el sub­cam­peo­na­to de 1957, en el que San­fi­lip­po ex­plo­tó co­mo go­lea­dor; con­ti­nuó con el ter­cer pues­to del 58, el cam­peo­na­to del 59 –des­pués de 13 años de se­quía–, el fút­bol ex­qui­si­to de los 60, con los Ca­ra­su­cias (equi­po re­ve­la­ción de 1964) y los Ma­ta­do­res (cam­peo­nes in­vic­tos del Me­tro 68). Ya en el el Na­cio­nal 71 se ha­bía es­ca­pa­do el tí­tu­lo por el can­to de una uña fren­te a Ro­sa­rio Cen­tral, tras una polémica eliminatoria en la can­cha de Ne­well’s. Por eso, 1972 apa­re­cía co­mo el año de la de­fi­ni­ti­va con­sa­gra­ción. Y se­ría así no­más, pe­se a un co­mien­zo va­ci­lan­te en el Me­tro, el ale­ja­mien­to sor­pre­si­vo del en­tre­na­dor chi­le­no An­drés Prie­to y el in­te­ri­na­to obli­ga­do de don Mi­guel Ig­no­mi­rie­llo. Es­ta­ban los ju­ga­do­res, pe­ro fal­ta­ba el or­de­na­mien­to ade­cua­do en la can­cha. Con el cam­peo­na­to em­pe­za­do, de­sem­bar­có en el club, por se­gun­da vez, Juan Car­los Lo­ren­zo, y de a po­co el equi­po fue en­con­tran­do so­li­dez y un fun­cio­na­mien­to que se ade­lan­tó en el tiem­po. En la lí­nea de fon­do, Gla­ría era un cua­tro clá­si­co con la mi­sión de bo­rrar al pun­te­ro iz­quier­do ri­val; pe­ro lis­to pa­ra mos­trar­se co­mo sa­li­da por la de­re­cha cuan­do la pe­lo­ta es­ta­ba en po­der del equi­po. Rez­za, in­va­ria­ble­men­te, iba so­bre el nue­ve ri­val. He­re­dia, un tiem­pis­ta con vue­lo pro­pio co­mo pa­ra qui­tar y pa­sar al ata­que con ve­lo­ci­dad y pre­ci­sión. A ese seis de lu­jo lo re­le­va­ba la Ove­ja Telch, que tan­to dis­tri­buía con su­mo cri­te­rio co­mo se con­ver­tía en un mar­ca­dor frío e im­pla­ca­ble. Rosl tan­to mar­ca­ba su pun­ta co­mo sa­lía co­mo ca­rri­le­ro. Ve­loz pa­ra el ida y vuel­ta, el Ga­lle­go era un re­lo­ji­to. Nun­ca pa­ra diez o nue­ve, pe­ro ja­más me­nos de sie­te o seis pun­tos.

San Lorenzo enfrentó a River en la final, disputada en cancha de Vélez.

San Lorenzo enfrentó a River en la final, disputada en cancha de Vélez.

El es­que­ma, fle­xi­ble eso sí, era un 4-5-1. El Ra­tón Aya­la, el de­lan­te­ro pre­fe­ri­do del To­to des­pués de la tem­pra­na par­ti­da del Lo­bo Fis­cher ha­cia Bra­sil, apa­re­cía en el pa­pel co­mo úni­co de­lan­te­ro de­lan­te­ro. Pe­ro an­tes de que se su­ma­ra el Le­le Fi­gue­roa co­mo do­ble pun­ta, Coc­co, Telch y Cha­za­rre­ta o Ve­glio cum­plían con la lle­ga­da ofen­si­va por sor­pre­sa, una ela­bo­ra­da sor­pre­sa. Coc­co, de len­to des­pla­za­mien­to fí­si­co, era muy ve­loz pa­ra los cam­bios de fren­te y siem­pre en­con­tra­ba un re­cep­tor. Cre­ci­do en el ren­di­mien­to in­di­vi­dual, pe­ro mu­cho más en el co­lec­ti­vo, ese equi­po ga­nó el Me­tro­po­li­ta­no con seis pun­tos (49 a 43) de ven­ta­ja so­bre Ra­cing. Só­lo per­dió tres par­ti­dos y el cie­rre de ese tor­neo, tras la vuel­ta olím­pi­ca an­ti­ci­pa­da, de­jó en cla­ro que no iba a ser fá­cil de ven­cer. El Na­cio­nal co­men­zó en Tre­lew, fren­te a In­de­pen­dien­te, con un gol de Cha­za­rre­ta. El Ci­clón de esa tar­de les ga­nó al vien­to y a la are­na pa­ta­gó­ni­ca y es­ta­ble­ció, en un es­ce­na­rio di­fí­cil, que aque­llas pre­sun­cio­nes ha­brían de con­cre­tar­se con el co­rrer de los par­ti­dos y de­sem­bo­car en un fi­nal pre­vi­si­ble. El equi­po co­men­za­ba a anun­ciar­se de me­mo­ria: Irus­ta, Gla­ría, Rez­za, He­re­dia, Rosl; Es­pó­si­to, Telch, Cha­za­rre­ta, Coc­co, Fi­gue­roa, Aya­la. Los ma­yo­ría de los su­plen­tes po­día ju­gar sin que el ren­di­mien­to ba­ja­ra. En lis­ta de es­pe­ra es­ta­ban Vi­llar, Ve­glio, San­fi­lip­po, Pi­ris. Y des­de aba­jo ya em­pu­ja­ban el Grin­go Scot­ta y el Ne­gro Or­tiz. Un lu­jo con el que San Lo­ren­zo afir­ma­ba sus po­si­bi­li­da­des de ser bi­cam­peón, el pri­mer club en lo­grar­lo des­de que en 1967 la tem­po­ra­da se di­vi­dió en dos tor­neos: Me­tro­po­li­ta­no y Na­cio­nal.

Mono atajador. Agustín Irusta, en el Nuevo Gasómetro. El oficio bien transmitido.

Mono atajador. Agustín Irusta, en el Nuevo Gasómetro. El oficio bien transmitido.

La bri­llan­te cam­pa­ña (11 triun­fos y 3 em­pa­tes) se ce­rró con la dra­má­ti­ca de­fi­ni­ción fren­te a Ri­ver en la can­cha de Vé­lez. El equi­po del To­to fue muy su­pe­rior al de Urrio­la­bei­tía, pe­ro un pe­nal des­via­do por Cha­za­rre­ta obli­gó a un alar­gue, en el que Lu­cia­no Fi­gue­roa con­vir­tió el gol que ter­mi­nó con to­das las in­cóg­ni­tas. Ese 17 de di­ciem­bre de 1972, San Lo­ren­zo en­tró en la his­to­ria con el ma­yor por­cen­ta­je de pun­tos de un equi­po cam­peón: 89,29%.

A po­cos días de cum­plir­se 30 años de la con­quis­ta, bue­na par­te de aquel plan­tel re­me­mo­ró ese irre­pe­ti­ble tiem­po de glo­ria.

La fuerza de un campeón. El Lele Figueroa soporta a un eufórico Cacho Heredia. El goleador y el gran tiempista en el fin de fiesta del 72.

La fuerza de un campeón. El Lele Figueroa soporta a un eufórico Cacho Heredia. El goleador y el gran tiempista en el fin de fiesta del 72.

Ca­cho no, fut­bol en­te­ro. Hoy, es­te hom­bre que fue un seis de no­ta­ble duc­ti­li­dad, ca­si en la lí­nea de un Pas­sa­re­lla o de un Al­brecht, vi­ve en el ba­rrio de Ma­ja­da­hon­da en Ma­drid. Ra­món “Ca­cho” He­re­dia tie­ne tres hi­jos: Ja­vier, de 27 años (es­pa­ñol), Bár­ba­ra, de 24 (fran­ce­sa), y Gus­ta­vo, de 15 (ar­gen­ti­no, na­ci­do en Co­ro­nel Suá­rez). Es uno de los due­ños de Sport Spain, em­pre­sa de­di­ca­da a la re­pre­sen­ta­ción de ju­ga­do­res. Ade­más, sue­le co­men­tar par­ti­dos del Atlé­ti­co de Ma­drid pa­ra Ra­dio Mar­ca.

Ca­cho, que des­pués de San Lo­ren­zo tu­vo un bri­llan­te pa­so por el Atlé­ti­co, su se­gun­da ca­sa, si­gue con sus raí­ces en la Ar­gen­ti­na por­que es due­ño de un cam­po en la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res. Vi­vió en Ma­drid des­de que lle­gó co­mo ju­ga­dor has­ta 1987 cuan­do vol­vió. En Suá­rez na­ció su hi­jo, pe­ro tres años des­pués de­ci­dió re­gre­sar a España. Y ahí es­tá, al­ter­nan­do el cas­ti­zo “tú” con el “vos” bien ar­gen­ti­no, que se no­ta cla­ra­men­te en el diá­lo­go.

 

En Madrid. Cacho Heredia comenta para Radio Marca.

En Madrid. Cacho Heredia comenta para Radio Marca.

 

“En ese San Lo­ren­zo dis­fru­té los me­jo­res mo­men­tos fut­bo­lís­ti­cos de mi ca­rre­ra. Te­nía­mos un gran en­tre­na­dor y ha­bía mu­cho com­pa­ñe­ris­mo. Pe­ro al año de sa­lir cam­peo­nes, des­man­te­la­ron el equi­po... lo li­qui­da­ron. Yo de­bu­té en el 68 con Los Ma­ta­do­res, na­da me­nos, pa­ra mí una ver­da­de­ra se­lec­ción.

Sin em­bar­go, en el 72, Lo­ren­zo ar­mó un equi­pa­zo. Iba­mos a cual­quier can­cha y sa­bía­mos que ga­na­ría­mos con la go­rra (N. de la R.: ex­pre­sión muy es­pa­ño­la que sig­ni­fi­ca ‘ga­nar con la ca­mi­se­ta’). Ha­bía gran­des ju­ga­do­res y va­rios eran ver­da­de­ros téc­ni­cos den­tro de la can­cha. El me­jor re­cuer­do que ten­go de esa épo­ca fue el de dar una vuel­ta olím­pi­ca en la can­cha de Hu­ra­cán. El clá­si­co de ba­rrio era mor­tal. Si per­días es­ta­bas de lu­to una se­ma­na.”

“La fi­nal con Ri­ver pa­ra no­so­tros fue al­go muy gran­de. Ri­ver te­nía un gran equi­po, pe­ro nues­tra con­fian­za era fa­bu­lo­sa. Tu­vi­mos un pe­nal a fa­vor y lo erra­mos. Ese día hu­bo al­go de ma­la suer­te. El pe­nal te­nía que pa­tear­lo yo, pe­ro Cha­za­rre­ta me pi­dió que se lo de­ja­ra a él. Yo le pre­gun­té: es­tás con­fia­do, y me con­tes­tó: sí, sí... de­já­me­lo pa­tear a mí... Des­pués la­men­ta­ble­men­te lo ti­ró afue­ra, pe­ro igual es­tá­ba­mos con­ven­ci­dos de que íba­mos a ga­nar y fi­nal­men­te ga­na­mos 1 a 0.”

“Ju­gar en el Atlé­ti­co de Ma­drid me abrió las puer­tas de Eu­ro­pa. Vi­ne a los 20 años, ten­go 50 y ha­ce 26 que vi­vo acá. Só­lo vol­ví a mi pa­tria por tres años, cuan­do na­ció mi hi­jo me­nor. A la Ar­gen­ti­na hay que que­rer­la co­mo el país que es. Uno tie­ne fa­mi­lia y ami­gos allá, y due­le mu­cho lo que pa­sa.”

“Je­sús Gil (pre­si­den­te y due­ño de la ma­yor can­ti­dad de ac­cio­nes del Atlé­ti­co de Ma­drid) es co­mo un pa­dre pa­ra mí. San Lo­ren­zo me dio la  po­si­bi­li­dad de ha­cer­me ju­ga­dor de fút­bol, y en el Atlé­ti­co me hi­ce hom­bre”.

Ra­ton go­lea­dor. Ru­bén Aya­la, el go­lea­dor del cam­peón del Na­cio­nal con 8 go­les (hi­zo 23 su­man­do los dos tor­neos), es ac­tual­men­te coor­di­na­dor del cen­te­na­rio Pa­chu­ca. En el club me­xi­ca­no fue ju­ga­dor y téc­ni­co y allí lo tie­nen co­mo un re­fe­ren­te pa­ra cual­quier con­sul­ta fut­bo­lís­ti­ca.

Jun­to a su es­po­sa y sus hi­jos (dos mu­je­res y dos va­ro­nes), el Ra­tón dis­fru­ta de un pre­sen­te sin so­bre­sal­tos des­pués de ha­ber su­pe­ra­do al­gún pro­ble­ma de sa­lud. A 110 ki­ló­me­tros del Dis­tri­to Fe­de­ral, Aya­la atien­de a El Grá­fi­co y se en­gan­cha con la evo­ca­ción a dis­tan­cia.

 

Ratón mexicano. Rubén Ayala.

Ratón mexicano. Rubén Ayala.

 

“La epo­ca más lin­da de mi vi­da la pa­sé ahí. En San Lo­ren­zo me die­ron to­do. Yo em­pe­cé des­de aba­jo y, al re­vés de lo que se ha­ce hoy, lo pri­me­ro fue com­prar­les una ca­sa a los vie­jos, des­pués mi de­par­ta­men­to y lue­go el au­to. Ese era el or­den. Por su­pues­to que ese tí­tu­lo lo­gra­do fren­te a Ri­ver fue al­go es­tu­pen­do. Lo­ren­zo tu­vo mu­cho que ver en esa con­quis­ta. A mí me que­ría co­mo a un hi­jo. En ple­na vi­gi­lia de la fi­nal igual no sa­bía có­mo te­ner­me con­ten­to. Me mi­ma­ba tan­to que si se me ocu­rría de­cir­le que que­ría co­mer sánd­wi­ches de mi­ga me los man­da­ba a com­prar y me los su­bía a la pie­za del ho­tel City, don­de nos con­cen­trá­ba­mos. Hi­ce mu­chos go­les lin­dos, pe­ro, los que más re­cuer­do, son dos de ca­be­za, por­que nor­mal­men­te no ca­be­cea­ba: uno a In­de­pen­dien­te y otro a Hu­ra­cán”. 

Dos ti­pos fe­li­ces. Cons­pi­cuos in­te­gran­tes de aquel sin­gu­lar zoo­ló­gi­co san­lo­ren­cis­ta, Ro­ber­to “Ove­ja” Telch y Ser­gio “Sa­po” Vi­llar di­ri­gen una es­cue­la de fút­bol en una fi­lial azul­gra­na en Vi­lla Ma­de­ro. Por suer­te, los di­ri­gen­tes no los ol­vi­da­ron y si­guen li­ga­dos al club don­de triun­fa­ron. Telch lle­gó a Boe­do des­de De­fen­so­res de Bi­lling­hurst, pe­ro de pi­be ca­si. Vi­llar, más ma­du­ro, des­de De­fen­sor de Mon­te­vi­deo, hoy De­fen­sor Spor­ting. El Sa­po vi­no pa­ra ser cam­peón de­re­cho con los Ma­ta­do­res en 1968. Los dos ga­na­ron cua­tro tí­tu­los en ocho años. Los dos de­ja­ron su se­llo de ca­li­dad. Nin­gu­no de los dos sim­pa­ti­za­ba de­ma­sia­do con el To­to Lo­ren­zo. Siem­pre los cau­ti­vó el es­ti­lo pa­ter­nal y ro­mán­ti­co del bra­si­le­ño Tim, el téc­ni­co de aque­llos Ma­ta­do­res.

Cuen­ta Telch: “Un día le di­je al To­to: a mí me gus­ta ju­gar, aho­ra si us­ted quie­re que mar­que, mar­co, pe­ro ol­ví­de­se del jue­go. Un día mar­qué a Wi­lling­ton, el de Vé­lez, has­ta cuan­do ha­cía los sa­ques la­te­ra­les. El no ju­gó, pe­ro yo tam­po­co. Creo que des­pués Lo­ren­zo lo en­ten­dió. El que mar­ca­ba era Es­pó­si­to y yo ar­ma­ba más el jue­go”.

Di­ce Vi­llar: “A mí me to­có ju­gar la fi­nal con Ri­ver por­que Gla­ría es­ta­ba sus­pen­di­do. El To­to es­ta­ba ob­se­sio­na­do con Pi­ni­no Mas. A ca­da ra­to me de­cía: Sa­po, mi­re que es vi­vo, que bus­ca los pe­na­les. Guar­da. Así a ca­da ra­to. Al fi­nal le di­je: pa­re un po­co, qué­de­se tran­qui­lo, yo lo co­noz­co bien. Por suer­te Pi­ni­no no pu­do mo­ver­se y el To­to res­pi­ró tran­qui­lo”.

 

Dos grandes. Villar y Telch, símbolos de un San Lorenzo épico.

Dos grandes. Villar y Telch, símbolos de un San Lorenzo épico.

 

A dúo afir­man: “Ese equi­po fue ex­traor­di­na­rio. Te­nía mu­cho equi­li­brio, por eso fue cam­peón dos ve­ces. Aho­ra, sin­ce­ra­men­te, el del 68 fue inol­vi­da­ble por­que ju­ga­ba un fút­bol de al­ta ca­li­dad. Eso sí, pa­ra no­so­tros es un or­gu­llo ha­ber in­te­gra­do esos plan­te­les y ha­ber lo­gra­do tan­tos tí­tu­los”.

Vic­to­rio, vic­to­ria. “Fue un equi­po mo­de­la­do por Lo­ren­zo. La es­tra­te­gia era mar­car y ju­gar con los hombres jus­tos pa­ra ca­da fun­ción. El To­to lo ma­ne­jó con mu­cha ca­te­go­ría. A mí me pu­so bien fí­si­ca­men­te, era ca­si una idea fi­ja. Una tarde me di­jo: ‘Lo veo mal, vie­jo, hay que tra­ba­jar mu­cho’. Des­pués lle­gó un día que me co­men­tó: ‘Co­ma, Vic­to­rio, co­ma. Pas­tas, cual­quier co­sa’. Te­nía un li­bre­to bár­ba­ro, un fe­nó­me­no de con­duc­tor.”

Ese Vic­to­rio es Coc­co, que tres dé­ca­das des­pués ha­bla des­de su des­pa­cho de se­cre­ta­rio ge­ne­ral de la Aso­cia­ción de Téc­ni­cos de Fút­bol de la Ar­gen­ti­na.

“Me cos­tó en­trar en el equi­po. Ve­glio y yo ha­bía­mos te­ni­do un con­flic­to lar­go de con­tar cuan­do el téc­ni­co era Ro­ge­lio Do­mín­guez. Era du­ro vol­ver des­pués de tan­to tiem­po. Re­cuer­do que una de las cla­ves fue un par­ti­do con Bo­ca. Fal­tan­do cin­co mi­nu­tos, el To­to me lla­ma pa­ra en­trar. Yo pen­sa­ba: ¿sólo un ra­ti­to voy a ju­gar? Pe­ro no di­je na­da, co­mo si hu­bie­ra te­ni­do una in­tui­ción. El asun­to es que ama­gué tres ve­ces y de­jé en el ca­mi­no, en­tre otros, a Mar­zo­li­ni. San­fi­lip­po me la pe­día, pe­ro no se la di. Pa­teé al ar­co y fue gol. Un go­la­zo. Ahí em­pe­cé a sen­tir­me uno más de un plan­tel de ex­traor­di­na­rios ju­ga­do­res.”

“Otra vez, fren­te a Ban­field, me sa­qué de en­ci­ma a Ta­glia­ni, una apla­na­do­ra de­fen­dien­do, y ca­be­ceé por arri­ba de La­vol­pe. Ese fue uno de los go­les más lin­dos de mi vi­da. La gen­te ya me pe­día, so­bre to­do si íba­mos em­pa­tan­do. Me pu­se en for­ma de­fi­ni­ti­va­men­te y pu­de lo­grar la ti­tu­la­ri­dad. Ese equi­po era muy du­ro en una épo­ca de gran­des equi­pos de Ra­cing, de In­de­pen­dien­te, de Bo­ca, de Ri­ver, de Hu­ra­cán y de los equi­pos ro­sa­ri­nos. Fue un gran cam­peón, na­die le re­ga­ló na­da. To­do lo ga­nó por mé­ri­to pro­pio.”

Has­ta el Hue­so. De­di­ca­do a la po­lí­ti­ca des­de ha­ce 16 años, Ru­bén Gla­ría, ex in­ten­den­te de Jo­sé C. Paz, ac­tual­men­te si­gue li­ga­do a Car­los Me­nem. El Hue­so tie­ne con­tac­to con el fút­bol a tra­vés de su hi­jo Ale­jan­dro, que to­da­vía si­gue ha­cien­do go­les en Mé­xi­co. No va a la can­cha des­de el 95 cuan­do el equi­po del Bam­bi­no Vei­ra ga­nó el Clau­su­ra y se sor­pren­de del tiem­po que ya pa­só des­de aque­llos años triun­fa­les con la ca­mi­se­ta azul­gra­na.

El Hueso Glaría en el comando justicialista de la provincia de Buenos Aires.

El Hueso Glaría en el comando justicialista de la provincia de Buenos Aires.

“¡Trein­ta años ya, ma­mi­ta, có­mo pa­sa el tiem­po! Pe­ro ¿qué lin­do no?, es­tar bien pa­ra re­cor­dar to­do eso. Yo no ju­gué la fi­nal por­que me ha­bían sus­pen­di­do en el par­ti­do an­te­rior, que era una eli­mi­na­to­ria, cuan­do lo cor­té a Mo­re­te que se iba pa­ra el gol. Si Ri­ver ga­na­ba nos arrui­na­ba. Y em­pa­ta­mos. Por eso no me do­lió tan­to ver el par­ti­do de­ci­si­vo des­de la pla­tea. Ade­más me ale­gró que Vi­llar, un gran ju­ga­dor y un es­tu­pen­do com­pa­ñe­ro, pu­die­ra dar la vuel­ta olím­pi­ca des­pués de ju­gar un par­ti­do tan im­por­tan­te.”

“Ese equi­po era un re­lo­ji­to, una com­pu­ta­do­ra. Y Lo­ren­zo, que pa­ra mí fue el me­jor téc­ni­co jun­to con Zu­bel­día, tu­vo mu­cho que ver en el fun­cio­na­mien­to. Tra­ba­ja­ba mu­cho so­bre la psi­quis del ju­ga­dor. Una vez me di­jo: si el on­ce lle­ga a ha­cer un gol, a us­ted lo sa­co. Me ban­qué 29 fe­chas sin que un pun­te­ro iz­quier­do nos me­tie­ra un gol. Así mo­ti­va­ba a to­do el mun­do.”

“De Pi­ni­no Mas ten­go el me­jor de los re­cuer­dos. Yo de­bu­té mar­cán­do­lo a él en la can­cha de Ri­ver. En esa épo­ca era muy gros­so que un jo­ven mar­ca­ra a una fi­gu­ra. El es­tu­vo bár­ba­ro, en un mo­men­to del par­ti­do me di­jo: pi­be, ju­gá tran­qui­lo que me voy un ra­to pa­ra la de­re­cha. Y se fue.”

“El equi­po del 72 era muy com­ple­to y fue cam­peón des­de el pri­mer par­ti­do. Pu­do ga­nar la Li­ber­ta­do­res en el 73, pe­ro le to­có el In­de­pen­dien­te co­pe­ro que, en dos par­ti­dos bra­vos, nos sa­có la mí­ni­ma di­fe­ren­cia y que­da­mos afue­ra.”  

El plantel. Pitarch, Villar, Villalba, Rezza, Irusta, D’Alessandro, Rosl, Heredia, J. Salinas y Guerreño (arriba). Telch, Espósito, Cocco, Veglio, Ayala, Sanfilippo, Chazarreta, Glaría y Figueroa (abajo). De pie, a la derecha, Juan Carlos Lorenzo, el técnico.

El plantel. Pitarch, Villar, Villalba, Rezza, Irusta, D’Alessandro, Rosl, Heredia, J. Salinas y Guerreño (arriba). Telch, Espósito, Cocco, Veglio, Ayala, Sanfilippo, Chazarreta, Glaría y Figueroa (abajo). De pie, a la derecha, Juan Carlos Lorenzo, el técnico.

Un re­ti­ro de lu­jo. La ac­tua­li­dad de uno de los más gran­des go­lea­do­res del fút­bol ar­gen­ti­no se re­par­te en­tre las crí­ti­cas en va­rios pro­gra­mas de la te­le­vi­sión por ca­ble y la pu­jan­te la­bor en la nue­va mu­tual de ju­ga­do­res. Pe­ro Jo­sé San­fi­lip­po, es­ta vez ale­ja­do de las po­lé­mi­cas, se pren­de en el vol­ver a vi­vir de lo que fue su gran des­pe­di­da del fút­bol ac­ti­vo.

“Yo me ha­bía re­ti­ra­do ha­cia un año en el Spor­te Clu­be de Ba­hía, Bra­sil. Se­guía ju­gan­do pe­ro con los ve­te­ra­nos de San Lo­ren­zo. Un día un ami­go  me pre­gun­tó si me ani­ma­ba a ju­gar en la Pri­me­ra. Yo pen­sé que me es­ta­ba car­gan­do, pe­ro él fue a ver al pre­si­den­te y a la se­ma­na yo es­ta­ba sen­ta­do fren­te a Os­val­do Va­li­ño, que me ten­tó con la pro­pues­ta: ‘Pa­ra no­so­tros se­rá un or­gu­llo te­ner­lo en el plan­tel y al mis­mo tiem­po es la po­si­bi­li­dad de ho­me­na­jear­lo co­mo uno de los sím­bo­los má­xi­mos de San Lo­ren­zo. Us­ted tie­ne que des­pe­dir­se en el club que lo vio na­cer’. La ver­dad fue que esas pa­la­bras me to­ca­ron el co­ra­zón y cuan­do me qui­se acor­dar ya me es­ta­ba en­tre­nan­do con el plan­tel pro­fe­sio­nal.”

 

Sanfilippo, crítico por televisión y mutualista.

Sanfilippo, crítico por televisión y mutualista.

 

“Al prin­ci­pio fue du­ro por­que una co­sa es mo­ver­se con los que tie­nen la mis­ma edad que uno y otra con los más jó­ve­nes o los que tie­nen el rit­mo de com­pe­ten­cia. De to­das ma­ne­ras, que yo, a los 37 años, es­tu­vie­ra vis­tien­do otra vez la ca­mi­se­ta azul­gra­na re­sul­tó un gran es­tí­mu­lo. Al prin­ci­pio de la tem­po­ra­da, en el Me­tro­po­li­ta­no las co­sas no iban bien has­ta que lle­gó Lo­ren­zo y en­ca­rri­ló to­do, pe­ro tu­vo en su fa­vor un plan­tel ex­traor­di­na­rio.”

“A mí me iba fe­nó­me­no. Ha­bía mar­ca­do 6 go­les en 8 par­ti­dos. El pri­me­ro de mi vuel­ta al club se lo hi­ce a Co­lón y des­pués le me­tí dos a Fe­rro, en Ca­ba­lli­to. Ni yo lo po­día creer, me en­ten­día fe­nó­me­no con Fis­cher, lás­ti­ma que des­pués el Lo­bo se fue al Bra­sil. De la mi­tad del tor­neo pa­ra ade­lan­te, San Lo­ren­zo se es­truc­tu­ró muy bien de­fen­si­va­men­te y se hi­zo só­li­do en el me­dio de la can­cha. Da­ba la im­pre­sión de que era im­ba­ti­ble.”

“Con la ba­se de ese equi­po que ga­nó el Me­tro, más los su­plen­tes que se in­cor­po­ra­ron, se ar­mó una ver­da­de­ra má­qui­na de ga­nar. Tan­to que ex­plo­tó el Ra­tón Aya­la, que al prin­ci­pio no es­ta­ba en los pla­nes de Lo­ren­zo. Ese tor­neo Na­cio­nal fue la ra­ti­fi­ca­ción de un jue­go co­lec­ti­vo es­tu­pen­do que hi­zo de ese San Lo­ren­zo un equi­po dis­tin­to. El plan­tel con­ta­ba con 20 ju­ga­do­res, pe­ro la ma­yo­ría te­nía un ren­di­mien­to su­per­la­ti­vo.”

“La fi­nal con­tra Ri­ver fue mi ver­da­de­ro ho­me­na­je. Mis hi­jos ha­bían ido a la can­cha de Vé­lez ves­ti­dos con los co­lo­res azul­gra­nas, pe­ro to­do he­cho en pa­pel. Cuan­do di la vuel­ta olím­pi­ca se me ca­ye­ron un par de lá­gri­mas. Des­pués, a la no­che, vol­ví a ver las imá­ge­nes y cuan­do el re­la­tor di­jo ‘San­fi­lip­po na­ció pa­ra ser cam­peón’ le di­je a mi pri­me­ra mu­jer, Ele­na: és­te es el elo­gio más gran­de de to­da mi ca­rre­ra.”

“Yo creo que ese equi­po, el del Na­cio­nal 72, fue un ex­traor­di­na­rio cam­peón, y el in­vic­to es­ta­ba de acuer­do con la for­ma en que se mo­vía en la can­cha y cu­bría to­dos los es­pa­cios con mu­cha téc­ni­ca y mu­cho ofi­cio”.

Tes­ti­mo­nios, vi­ven­cias. To­do un ho­me­na­je a trein­ta años de una do­ble con­quis­ta tras una cam­pa­ña ex­cep­cio­nal que es­tá es­cri­ta con le­tras de oro en el li­bro ma­yor de la his­to­ria de San Lo­ren­zo.

 

Una campaña brillante

Contando la final con River, el equipo jugó 14 partidos, con 11 triunfos, 3 empates y ninguna derrota, con 30 goles a favor y 6 en contra, sumando 25 puntos.

San Lorenzo jugó en la zona A y terminó en el primer puesto con un punto de ventaja sobre River. Pasó directamente a la final, mientras que River enfrentó a Boca en la semifinal, en la que los millonarios se impusieron por 3-2

 

Una fiera para anular rivales

Un tí­pi­co pro­duc­to azul­gra­na. Hi­zo to­das las in­fe­rio­res y en Pri­me­ra cam­bió de ubi­ca­ción. El To­to le to­có el amor pro­pio y él, ha­cien­do ho­nor a su apo­do, se ga­nó el pues­to. El Be­to, ído­lo de Ri­ver, lo su­frió más que na­die. 

 

Des­de uno de los pues­tos eje­cu­ti­vos de Far­mo­grá­fi­ca, la gi­gan­tes­ca im­pren­ta de cu­ño fa­mi­liar que pro­vee en­va­ses de avan­za­do di­se­ño a las prin­ci­pa­les em­pre­sas del país, Ro­ber­to Es­pó­si­to, una mar­ca re­gis­tra­da en el fút­bol de los 70, se en­tre­ga de lle­no a la evo­ca­ción y a la nos­tal­gia. Du­ran­te una ho­ra y me­dia, lo que du­ra un par­ti­do, el León ce­rró los ojos y se trans­por­tó con una son­ri­sa pla­cen­te­ra a aquel do­min­go 17 de di­ciem­bre en la can­cha de Vé­lez.

“Yo sa­bía que Alon­so no de­bía mo­ver­se con tran­qui­li­dad. Era mi hom­bre, pe­ro no fue una ob­se­sión pa­ra mí. Es­ta­ba tran­qui­lo, so­bre to­do por­que ya me ha­bía ga­na­dor un lu­gar en la pre­fe­ren­cia de Lo­ren­zo. Me acuer­do de que cuan­do él lle­gó, me pre­gun­tó de qué ju­ga­ba yo. Le con­tes­té que de cin­co, y él me re­tru­có que el cinco era Telch. En­ton­ces le di­je que yo es­ta­ba pa­ra in­te­grar el re­par­to y se lo gra­fi­qué di­cien­do que los ac­to­res de re­par­to tam­bién ga­na­ban premios Os­car. El To­to, ine­fa­ble, me res­pon­dió: us­ted to­da­vía no ga­nó na­da. Pe­ro ese diá­lo­go me afir­mó en la ti­tu­la­ri­dad por el sec­tor de­re­cho de la me­dia can­cha.”

 

Implacable. El León frenando a Alonso.

Implacable. El León frenando a Alonso.

 

“Con el Be­to Alon­so tu­ve, y ten­go, una bue­na re­la­ción, nun­ca me re­pro­chó na­da. Ocu­rre que, en el 72, él to­da­vía, pe­se a ser fi­gu­ra, no ha­bía lo­gra­do la ma­du­rez que yo, por ejem­plo, ya te­nía. El Be­to cre­ció mu­cho años des­pués. Esa inex­pe­rien­cia de él pa­ra una fi­nal co­mo ésa a mí me ayu­dó mu­cho pa­ra anu­lar­lo, so­bre to­do en lo que era su fuer­te: el en­gan­che con la zur­da pa­ra sa­lir ju­gan­do por el otro la­do.”

“Lo que po­cos su­pie­ron es que a los cin­co o diez mi­nu­tos del par­ti­do, Irus­ta sa­lió del ar­co pa­ra ta­par­ al Mo­no Mas y, co­mo yo es­ta­ba ce­rran­do, me co­mí un pa­ta­dón que me pa­ra­li­zó el bí­ceps de­re­cho. Era un des­ga­rro, me do­lía co­mo no se ima­gi­na na­die, pe­ro aguan­té to­do el par­ti­do, el alar­gue y los fes­te­jos. Yo no que­ría dar ven­ta­jas y ni en pe­do que­ría sa­lir de la can­cha, pe­se a las se­ñas que ha­cía Lo­ren­zo des­de el ban­co. El me que­ría cam­biar por­que sa­bía el ries­go de una le­sión de ese ti­po, pe­ro yo le ga­né la apues­ta. Me que­dé en la can­cha, lo anu­lé a Alon­so y di la vuel­ta olím­pi­ca.”

 

Espósito.

Espósito.

 

“Otra co­sa que re­cuer­do de esa fi­nal, y que ha­bla a las cla­ras de lo que era Lo­ren­zo co­mo es­tra­te­ga, es ha­ber in­ven­ta­do que Ve­glio iba a ju­gar. To­ti es­ta­ba ope­ra­do de me­nis­cos y aún es­ta­ba en ple­na re­cu­pe­ra­ción. Pa­ra que en el ves­tua­rio de Ri­ver se en­te­ra­ran, lo ti­ró a Ve­glio en la ca­mi­lla de los ma­sa­jes y abrió la puer­ta de nues­tro ca­ma­rín. Has­ta los fo­tó­gra­fos pi­ca­ron y le hi­cie­ron un mon­tón de fo­tos. El asun­to fue que el cuer­po téc­ni­co de ellos pen­só que ju­ga­ba Ve­glio y cam­bia­ron la tác­ti­ca. Psi­co­ló­gi­ca­men­te en­tra­mos ga­nan­do. El To­to era un fe­nó­me­no.”

 

Luciano Figueroa, el verdugo de los millonarios

un gol para recordar toda la vida

Desde Venado Tuerto, donde reside hace casi 20 años, el Lele habló de aquella emoción incomparable.

Por esas co­sas del des­ti­no, el hom­bre que le dio el tí­tu­lo in­vic­to a San Lo­ren­zo es­tá le­jos, muy le­jos de Boe­do y sus al­re­de­do­res. Lu­cia­no “el Le­le” Fi­gue­roa trans­cu­rre sus días en Ve­na­do Tuer­to, San­ta Fe. Des­de su hu­mil­de pues­to de tra­ba­jo en la Obra So­cial de Via­li­dad Na­cio­nal, el go­lea­dor de ha­ce 30 años con­tem­pla con ra­bia las dis­tin­tas rea­li­da­des de la Ar­gen­ti­na de hoy con res­pec­to a aque­llos años lin­dos, tran­qui­los, que se ges­ta­ron en su na­tal Las Va­ri­llas, en la pro­vin­cia de Cór­do­ba. Y que tu­vie­ron su ma­yor ex­pre­sión en la lle­ga­da al Ci­clón pa­ra ha­cer­se co­no­ci­do a fuer­za de me­ter en los en­tre­na­mien­tos, sa­cu­dir re­des en Ter­ce­ra y re­ser­va has­ta ga­nar­se un lu­gar en­tre los ti­tu­la­res.

“La ver­dad es que ni me ha­bía da­do cuen­ta del tiem­po que pa­só. Es que uno ve tan­tas co­sas ra­ras, tan­ta de­lin­cuen­cia y tan­ta im­pu­ni­dad que ni si­quie­ra se da un tiem­po pa­ra mo­men­tos de ale­gría. Yo fui muy fe­liz en San Lo­ren­zo, vi­ví los me­jo­res años de mi ca­rre­ra y ni qué de­cir lo que sig­ni­fi­có aque­lla fi­nal del 72. Eso sí, aho­ra que ha­blo con El Grá­fi­co me vuel­ve a la ca­be­za esa ju­ga­da del Ra­tón Aya­la que les ga­nó a los dos mar­ca­do­res cen­tra­les de Ri­ver y des­de el sue­lo la to­có ha­cia la de­re­cha. Yo ve­nía co­rrien­do con la ca­be­za le­van­ta­da. Eso me ayu­dó pa­ra pe­gar­le bien a la pe­lo­ta y anu­lar el in­ten­to de achi­que de Pe­ri­co Pé­rez.”

Hoy y Ayer. El Lele en Santa Fe, volviendo a vivir este gol a River y el salto a la gloria.

Hoy y Ayer. El Lele en Santa Fe, volviendo a vivir este gol a River y el salto a la gloria.

“Sa­lí co­rrien­do pa­ra fes­te­jar y ni me di cuen­ta de quien era el que se me ha­bía su­bi­do a ba­bu­chas. Al otro día, mi­ran­do fo­tos, me avi­vé de que era Ca­cho He­re­dia. ¿Así que us­te­des la van a pu­bli­car en co­lo­res? Qué bue­no, me voy a com­prar va­rios Grá­fi­cos. Pen­sar que ya pa­sa­ron 30 años de aque­lla vuel­ta olím­pi­ca. Aquel equi­po te­nía to­do: fút­bol, per­so­na­li­dad, co­ra­je. Fue in­vic­to por­que me­tía en cual­quier can­cha y siem­pre es­ta­ba con­ven­ci­do de que iba a ga­nar. Ese mis­mo es­pí­ri­tu me per­mi­tió se­guir ju­gan­do va­rios años más, so­bre to­do en Al­ma­gro, un club que me re­ci­bió con afec­to y en el que tam­bién hi­ce go­les muy im­por­tan­tes.”

“La ver­dad es que lle­gó un mo­men­to en el que me can­sé de di­ri­gir. Es­tu­ve en el club Jor­ge New­bery, de acá, pe­ro es muy di­fí­cil to­do. Ca­da tan­to me pi­ca el bi­chi­to, pe­ro ya no es lo mis­mo. En­ton­ces tra­ba­jo acá, en Via­li­dad, y si­go de cer­ca el es­tu­dio de mis dos hi­jas en Ro­sa­rio. El fút­bol es de un tiem­po que ya fue y no vol­ve­rá a ser. Pe­ro es muy lin­do re­cor­dar aque­llos días de go­les, tí­tu­los y vuel­tas olím­pi­cas con la ca­mi­se­ta azul­gra­na.”

 

El grito del histórico gol.

El grito del histórico gol.

 

 

La sintesis

San Lorenzo 1 (0) – River 0 (0)

San Lorenzo: Irusta, Villar, Rezza, Heredia, Rosl; Espósito, Telch, Cocco, Chazarreta; Figueroa (114’, Oscar Ortiz) y Ayala (114’, Sanfilippo). DT: Juan Carlos Lorenzo.

River: José Pérez; Osvaldo Pérez (60’, Carlos López), Dominichi, Daulte, Giustozzi; Juan José López, Jorge Vázquez, Alonso; Mastrángelo (71’, Néstor Scotta), Morete y Mas. DT: Juan Urriolabeitía.

Gol: Primer tiempo suplementario: 10’ Figueroa. Detalle: 89’ Chazarreta desvió un penal.

Cancha: Vélez. Arbitro: Roberto Goicoechea. Recaudacion: $ 841.905.  Jugado el 17/12/1972.

 

 

Por Carlos Poggi

Fotos: Archivo El Gráfico.

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