¡Habla memoria!

Cuestión de tela

Por Redacción EG · 27 de junio de 2019

Un repaso por las historias de algunos de aquellos jugadores que se atrevieron a cruzar al campo enemigo, y las delicadas consecuencias que tuvieron que afrontar por su supuesta “traición”.

Cual  si fue­ran Ma­lin­ches, el am­bien­te de nues­tro fút­bol si­gue mal­di­cien­do a los ju­ga­do­res que un buen día de­ci­den pa­sar­se al mal lla­ma­do “cam­po ene­mi­go”.

Aque­lla prin­ce­sa in­dia, aman­te y tra­duc­to­ra de Her­nán Cor­tés en la Con­quis­ta de Mé­xi­co, es el sím­bo­lo de la trai­ción por ayu­dar a la des­truc­ción de su pro­pio pue­blo, los ma­yas.

Mu­cho me­nos han he­cho los fut­bo­lis­tas. Tal vez be­sar la ca­mi­se­ta nue­va. Un des­liz. O con­ver­tir­le un gol al equi­po en que na­cie­ron. Un pu­ñal.

Pe­ro ni los me­xi­ca­nos per­do­na­ron a la Ma­lin­che, ni los hin­chas a los ju­ga­do­res que par­tie­ron ha­cia tie­rras que nun­ca de­bie­ron pi­sar.

 

La pe­lo­ta y los cuer­nos

Que to­da­vía se pre­ten­dan ju­ra­men­tos del ti­po has­ta que la muer­te nos se­pa­re sue­na an­ti­cua­do.

Pe­ro hoy a Ca­brol le co­lo­can ban­de­ras hi­rien­tes, le pa­tean la puer­ta de la ca­sa y ame­na­zan a la fa­mi­lia. (En 2001 año de la realización de esta nota, Darío Cabrol referente de Unión de Santa Fe pasó a jugar  a Colón, y algunos hinchas Tatengues lo hostigaron violentamente)

¿Ra­re­zas del si­glo XXI?

No pa­re­ce. La lí­nea his­tó­ri­ca de la in­to­le­ran­cia, ini­cia­da en 1935 cuan­do Ri­car­do Za­te­lli (pun­te­ro de­re­cho de Ri­ver) fir­ma­ba pa­ra Bo­ca, fue te­jien­do le­yen­das de pa­sio­nes que­bra­das de un la­do y de otro.

Ca­mi­lo Bo­ne­lli, ju­ga­dor de Ri­ver en la dé­ca­da del 30, era fa­ná­ti­co del club de Nú­ñez. Cuan­do las vuel­tas del mer­ca­do lo lle­va­ron a Bo­ca, ca­da vez que se en­con­tra­ba con un hin­cha mi­llo­na­rio ba­ja­ba la voz y se dis­cul­pa­ba: “¿Qué que­rés, vie­jo? A mí tam­bién me da ver­güen­za, pe­ro ten­go que vi­vir“.

Hu­bo a quie­nes, por su gran­de­za, por su his­to­ria o por sim­pa­tía, el hin­cha les to­le­ró to­do. Los ar­chi­vos de El Grá­fi­co no re­gis­tran un so­lo in­ci­den­te en con­tra del Cha­rro Jo­sé Ma­nuel Mo­re­no, cuan­do en 1950 fir­mó pa­ra Bo­ca des­pués de ha­ber­se can­sa­do de ga­nar cam­peo­na­tos pa­ra Ri­ver.

El Charro Moreno brilló en River y luego jugó en Boca, pero no hubo drama; era Gardel para todos.

El Charro Moreno brilló en River y luego jugó en Boca, pero no hubo drama; era Gardel para todos.

Cla­ro, Mo­re­no te­nía unas es­ca­las pre­vias en Chi­le, lo que ate­nua­ba cual­quier bron­ca de tri­bu­na. Ade­más, aquel ex­traor­di­na­rio ju­ga­dor y en­vi­dia de cual­quier ga­lán de es­tos años, no se can­sa­ba de con­tar una anéc­do­ta que le ga­ran­ti­za­ba el per­dón eter­no: “Los hin­chas sa­ben que Bo­ca es un club que ten­go muy aden­tro. Na­cí en la Bo­ca y de chi­co me fui a pro­bar allí. Un de­le­ga­do de en­ton­ces me di­jo ‘man­da­te a mu­dar, vos no ser­vís’. Por eso los hin­chas y los pe­rio­dis­tas can­ta­ban al­bri­cias cuan­do se hi­zo el pa­se de la Uni­ver­si­dad Ca­tó­li­ca a Bo­ca“.

¿Qué ha­bría pa­sa­do en 2001 con Mo­re­no? ¿Le can­ta­rían al­bri­cias?

 

La me­dia vuel­ta

Es mu­cha la gen­te que re­cla­ma amor has­ta de­ba­jo del agua. Cuan­do en fe­bre­ro de 1965 Al­ber­to Ren­do pa­só de Hu­ra­cán a San Lo­ren­zo, la hin­cha­da del Glo­bo fue a rom­per los vi­drios de la fu­ne­ra­ria que Do­min­go Ma­rot­ta, pre­si­den­te de Hu­ra­cán, te­nía en la ave­ni­da Ca­se­ros. Mien­tras ha­cían jus­ti­cia por ma­no pro­pia, 5000 sim­pa­ti­zan­tes de San Lo­ren­zo le da­ban la bien­ve­ni­da al Tos­ca­no en la se­de de ave­ni­da La Pla­ta. Cinco años después, era el Bambino Veira el que pasaba de San Lorenzo a Huracán, club del que era hincha. Ren­do ha­ce es­te ba­lan­ce 36 años des­pués: “El día de la transferencia, a mi ca­sa vi­nie­ron dos au­tos con hin­chas. Me pidieron ex­pli­ca­cio­nes. Yo les di­je que fue­ran a ha­blar con Ma­rot­ta. Hay que en­ten­der que las ca­mi­se­tas no se be­san, se de­fien­den. Los ju­ga­do­res no so­mos los que de­ci­di­mos ir­nos de un club, son los di­ri­gen­tes los que a ve­ces nos ven­den. Mien­tras fui ju­ga­dor, ja­más ne­gué ser hin­cha de Hu­ra­cán. Hoy, la gen­te de los dos clu­bes lo en­tien­de bien. Tal vez en aque­llos años no lo en­ten­día tan­to. Y lo di­ce al­guien que vi­vía a quin­ce cua­dras de la can­cha de Hu­ra­cán y a quin­ce de la de San Lo­ren­zo, así que las pre­sio­nes las te­nía cer­ca y eran du­ras. Sin la vio­len­cia que se ve aho­ra, pe­ro tu­ve per­so­na­li­dad pa­ra afron­tar­las“.

El Bambino fue de San Lorenzo a Huracán, club del que es hincha.

El Bambino fue de San Lorenzo a Huracán, club del que es hincha.

Al in­ter­ven­tor Po­lak, quien ocu­pa­ba el pues­to de pre­si­den­te de Bo­ca en 1985, no le que­ma­ron na­da. Pe­ro aque­lla vez, la gen­te de Bo­ca se la aga­rró con Os­car Rug­ge­ri y Ri­car­do Ga­re­ca  y les ju­ró ren­cor eter­no. Ele­gir Ri­ver, en el me­dio de una huel­ga de fut­bo­lis­tas, fue con­si­de­ra­do do­ble pe­ca­do. Y no hu­bo pe­ni­ten­cias con qué pa­gar­lo. Ca­da vez que ju­ga­ban Bo­ca y Ri­ver, los sil­bi­dos pa­ra los dos fue­ron in­su­pe­ra­bles. Al Cabezón, los más pesados le colgaron una bandera que decía “Ruggeri tiene cáncer”. Y de técnico ya se sa­be: ca­da vez que sa­lía de su ca­sa pa­ra la Bom­bo­ne­ra aga­rra­ba pa­ra­guas y toa­lla.

Pa­ra Rug­ge­ri, el tiem­po bo­rra­ba to­do. En 1986, cuan­do em­bol­sa­ba su pri­mer cam­peo­na­to con Ri­ver de­cía: “El pres­ti­gio es lo úni­co que le va que­dan­do al ju­ga­dor de fút­bol. Con el co­rrer de los años, en el pro­fe­sio­na­lis­mo, vas per­dien­do co­sas. Co­mo la ino­cen­cia. Esa ino­cen­cia que traen to­dos los que co­mo yo ve­ni­mos de afue­ra, de un pue­blo, a la Ca­pi­tal. Con los años se ter­mi­na no sien­do hin­cha de na­die, si­no de la ca­mi­se­ta que se de­fien­de en ese mo­men­to“.

 

Ruggeri dejó Boca para firmar en River; lo crucificaron.

Ruggeri dejó Boca para firmar en River; lo crucificaron.

 

El ren­cor de Ri­ver pa­re­ce ser me­nor. Ya ex­pli­ca­mos el ca­so de Mo­re­no. Y con Jo­ta Jo­ta Ló­pez las ve­nas no ex­plo­ta­ron. En 1983, el ocho que fue sím­bo­lo del Ri­ver de La­bru­na se pu­so la azul y oro pro­hi­bi­da. Al co­mien­zo, lo res­pe­ta­ron. Pe­ro un par de ges­tos de J. J. con la ca­mi­se­ta en­cen­dió a los más fa­ná­ti­cos. El ex ído­lo ex­pli­ca­ba: “Pen­sé mu­cho an­tes de dar ese pa­so en mi ca­rre­ra, pe­ro lo con­sul­té con Án­gel La­bru­na y me di­jo que me da­ba su aval y su res­pal­do mo­ral, que yo era pro­fe­sio­nal. Y tam­bién me re­cor­dó que fue la gen­te de Ri­ver la que en 1981 me dio el pa­se en blan­co des­pués de tan­tas sa­tis­fac­cio­nes, y cuan­do yo to­da­vía po­día se­guir rin­dien­do bien“. En los pa­si­llos del Mo­nu­men­tal to­da­vía hay di­ri­gen­tes que ha­blan de un pac­to no es­cri­to: “El Ne­gro Ló­pez nun­ca es can­di­da­to pa­ra ser téc­ni­co de Ri­ver, por­que al­gu­na vez se aga­rró de la ca­mi­se­ta de Bo­ca con or­gu­llo. Y eso que él siem­pre fue hin­cha de Ri­ver“.

 

Curiosa foto en el vestuario de River después de un Superclásico, los socios J.J.López y "Mostaza"Merlo ocon las camisetas del rival puestas. Después López se pondría la de Boca "de verdad".

Curiosa foto en el vestuario de River después de un Superclásico, los socios J.J.López y "Mostaza"Merlo ocon las camisetas del rival puestas. Después López se pondría la de Boca "de verdad".

 

Hin­chas que hin­chan

De la ino­cen­cia de Dis­cé­po­lo –cuan­do en la pe­lí­cu­la El Hin­cha gri­ta­ba: ¿Y no­so­tros los hin­chas qué?, re­cla­man­do ma­yo­res de­re­chos pa­ra que se acor­da­ran de ellos–, a los ba­rras que el lu­nes 21 de no­viem­bre de 1988 le ba­lea­ron el au­to a Mi­guel Lu­due­ña por pa­sar de Ra­cing a In­de­pen­dien­te hay un mar de in­co­he­ren­cias.

Ni tan in­ge­nuos ni tan pi­ra­dos. Ad­mi­tir que el fút­bol es un tra­ba­jo y un ne­go­cio es una bue­na me­di­ci­na pa­ra com­pren­der me­jor es­te mun­do. El Ne­gro Lu­due­ña, re­ti­ra­do del fút­bol y de­di­ca­do a in­mo­bi­lia­rias y re­pre­sen­ta­ción de ju­ga­do­res, ha­ce me­mo­ria: “An­tes de fir­mar pa­ra In­de­pen­dien­te me lla­ma­ron por te­lé­fo­no unos ti­pos pa­ra ame­na­zar­me. Yo no le di im­por­tan­cia por­que la ca­rre­ra del ju­ga­dor es muy cor­ta y uno tie­ne que ju­gar pa­ra el equi­po que más le pa­gue. Des­pués de una prác­ti­ca en In­de­pen­dien­te, vi a dos sos­pe­cho­sos cuan­do ya ha­bía en­tra­do a mi au­to. Uno me apun­tó y el otro me vi­no a in­sul­tar. En­ton­ces yo ace­le­ré y uno de ellos me dis­pa­ró un ti­ro des­de atrás, la ba­la im­pac­tó muy cer­ca del tan­que de naf­ta. Si te­nía un po­co más de pun­te­ría, no sé qué hu­bie­ra pa­sa­do“.

Ludueña se fue de Racing a Independiente y le balearon el auto.

Ludueña se fue de Racing a Independiente y le balearon el auto.

Los pro­nós­ti­cos de Lu­due­ña son po­co alen­ta­do­res: “Lo que le aca­ba de su­ce­der a Ca­brol la­men­ta­ble­men­te se­gui­rá ocu­rrien­do. Creo que pa­ra evi­tar al­go de lo que pa­sa los ju­ga­do­res de­ben ser más me­di­dos en sus fes­te­jos o ma­ni­fes­ta­cio­nes, por­que si hoy be­sás la ca­mi­se­ta y ma­ña­na fir­más pa­ra la con­tra hay gen­te que se pue­de irri­tar. És­te no es el ca­so de Ca­brol, quie­ro acla­rar­lo. La gen­te to­ma es­tos pa­ses co­mo una trai­ción. Con­fun­de los sen­ti­mien­tos, no en­tien­de que so­mos pro­fe­sio­na­les“.

La voz del pue­blo, de tan­to en tan­to equi­vo­ca­da, quie­re ser a ve­ces la voz de un pa­dre. “No ha­gas es­to“, “Ha­cé aque­llo“. ¡Qué vi­da be­lla se­ría la de te­ner on­ce Bo­chi­ni en nues­tros equi­pos! Hom­bres ca­pa­ces de na­cer y mo­rir con la mis­ma ca­mi­se­ta pe­ga­da a la piel, co­mo ju­ga­dor y téc­ni­co. Pe­ro no hu­bo más que un Bo­chi­ni. Y hu­bo un Ga­bi­no So­sa, el que ja­más se fue de Cen­tral Cór­do­ba. Y un Lo­lo Fer­nán­dez, el su­per­go­lea­dor pe­rua­no que se pa­só la vi­da en Uni­ver­si­ta­rio re­cha­zan­do che­ques en blan­co de clu­bes del ex­te­rior.

Los de­más, son hu­ma­nos. 

Tan sólo una ilusión. Más allá de un intercambio de camisetas después de un Boca-Independiente, el Bocha fue un prócer de la lealtad hacia un club. ¿Los demás son traidores? Ése es uno de los temas de este número.

Tan sólo una ilusión. Más allá de un intercambio de camisetas después de un Boca-Independiente, el Bocha fue un prócer de la lealtad hacia un club. ¿Los demás son traidores? Ése es uno de los temas de este número.

 

 

Textos de Pablo Llonto (2001)

Informe de Claudio Martínez

 

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Pudo haber jugado en Newell´s, pero un rato antes de ir a probarse, terminó yendo a Rosario Central, club del que es hincha. Con 24 años, era uno de los mejores arqueros del fútbol argentino.

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