¡Habla memoria!

Maradona. Así empezó todo

Por Redacción EG · 25 de abril de 2019

En el 25° aniversario de su debut, El Gráfico publicó la más completa reconstrucción de aquel partido frente a Talleres de 1976, cuando con sólo 15 años “Pelusa” jugó su primer partido en Primera.

Po­bre 1976. Tu­vo un so­lo día pa­ra re­cor­dar. Ese miér­co­les 20 de oc­tu­bre fue un día del ca­ra­jo en un año de mier­da.

Ba­jo el sol pri­ma­ve­ral, on­ce ju­ga­do­res de Ar­gen­ti­nos Ju­niors in­gre­sa­ron a su can­cha pa­ra en­fren­tar a Ta­lle­res de Cór­do­ba por la oc­ta­va fe­cha del Na­cio­nal sin dar­se cuen­ta de que un ra­to des­pués en­tra­rían en la his­to­ria. Ha­cia las cua­tro y me­dia de la tar­de, mien­tras en las tri­bu­nas se co­men­ta­ba lo bien que ju­ga­ban los cor­do­be­ses, en el ves­tua­rio lo­cal el en­tre­tiem­po se iba en­tre la­men­tos y si­len­cios. Ar­gen­ti­nos per­día 1 a 0 y to­dos mi­ra­ron a un chi­qui­lín de pe­lo lar­go y en­ru­la­do que pa­re­cía no te­ner ner­vios en el pe­lle­jo. Juan Car­los Mon­tes, el en­tre­na­dor, le pre­gun­tó lo que el res­to de ju­ga­do­res sa­bía que le iba a pre­gun­tar:

–Ne­ne, ¿te ani­más?

–Sí –son­rió el ne­ne.

–Bue­no, en­trá, ju­gá y la pri­me­ra pe­lo­ta que aga­rrás, ti­rá un ca­ño.

El chi­qui­lín se pu­so de pie, se al­zó los pan­ta­lon­ci­tos has­ta el om­bli­go por­que le que­da­ban de­ma­sia­do lar­gos y es­pe­ró la se­ñal del ca­pi­tán del equi­po pa­ra ir rum­bo al cam­po. El chi­qui­lín te­nía quin­ce años, on­ce me­ses y vein­te días. Era Die­go Ar­man­do Ma­ra­do­na. Era el ju­ga­dor más jo­ven en la his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no.

 

En el club de La Paternal jugó 166 partidos y convirtió 116 goles.

En el club de La Paternal jugó 166 partidos y convirtió 116 goles.

Los on­ce ti­tu­la­res de aque­lla tar­de te­nían cla­ro que en al­gún mo­men­to el pi­be de Vi­lla Fio­ri­to reem­pla­za­ría a uno de ellos. Só­lo el ar­que­ro Mu­nut­ti y los cua­tro de­fen­so­res res­pi­ra­ban más ali­via­dos por­que la ine­xo­ra­ble ley del cam­bio bien he­cho los pro­te­gía: vo­lan­te que en­tra reem­pla­za a vo­lan­te o a de­lan­te­ro. Ha­bía lle­ga­do la ho­ra de ter­mi­nar con el runrún que los ator­men­tó de mar­tes a sá­ba­do. El ne­ne que los aver­gon­za­ba a to­dos du­ran­te los en­tre­na­mien­tos de la se­ma­na, el que la hin­cha­da de ese miér­co­les a la tar­de ya ha­bía re­cla­ma­do des­pués del gol de Ta­lle­res, el que te­nía el nú­me­ro 16 en la es­pal­da, no po­día es­pe­rar un mi­nu­to más en el ban­co de su­plen­tes.

 

Argentinos AD (Antes de Diego). Formación de Argentinos frente a Talleres (1976): Arriba: Giacobetti, Gette, Pellerano, Munutti, Minuti, Roma. Abajo: López, Fren, Alvarez, Di Donato y Ovelar.

Argentinos AD (Antes de Diego). Formación de Argentinos frente a Talleres (1976): Arriba: Giacobetti, Gette, Pellerano, Munutti, Minuti, Roma. Abajo: López, Fren, Alvarez, Di Donato y Ovelar.

 

El enig­ma se re­sol­vió en­se­gui­da: “Mon­tes me di­jo que yo sa­lía y me la tu­ve que ban­car. A na­die le gus­ta sa­lir, pe­ro re­co­noz­co que esa tar­de no me fue bien. Me ha­bían man­da­do en­ci­mar al Ha­cha Lu­due­ña y en­ci­ma, a los vein­ti­sie­te mi­nu­tos, el Ha­cha me­tió el 1 a 0. Cuan­do ter­mi­nó el pri­mer tiem­po me la veía ve­nir por­que yo ju­ga­ba de vo­lan­te cen­tral, de mu­cha mar­ca, y an­te Ta­lle­res me ha­bían pues­to más ade­lan­te. Sa­bía que si no ren­día era el can­di­da­to a sa­lir”, re­cuer­da Ru­bén Gia­co­bet­ti en su in­mo­bi­lia­ria de Vi­lla Ur­qui­za.

El hom­bre que que­da­ría mar­ca­do co­mo “el que sa­ca­ron pa­ra que en­tra­ra Die­go” di­ce que se que­dó en el ban­co “pa­ra ver­lo ju­gar” y que “al me­nos ten­go la tran­qui­li­dad de que quien en­tra­ba por mí no era un tron­qui­to cual­quie­ra”.

 

Ruben Giacobetti, a quien Diego reemplazó.

Ruben Giacobetti, a quien Diego reemplazó.

 

¿Aquel se­ría el úni­co par­ti­do en el que Die­go no usa­ría la ca­mi­se­ta 10 de Ar­gen­ti­nos Ju­niors? En ver­dad no, aun­que ésa es otra his­to­ria. A Ma­ra­do­na aún le que­da­ba un ca­mi­no a re­co­rrer en el úl­ti­mo tra­mo de aquel 1976.

Fue en me­dio de esos tiem­pos no­ve­do­sos pa­ra el fút­bol que la Jun­ta Mi­li­tar no da­ba tre­gua en su ob­je­ti­vo fun­da­men­tal: ca­zar vi­va o muer­ta a to­da la iz­quier­da ar­gen­ti­na, es­tu­vie­ra o no en la gue­rri­lla. Pa­ra ello los uni­for­ma­dos le pe­dían al pue­blo que ben­di­je­ra su cru­za­da en nom­bre de Oc­ci­den­te y de Cris­to. Es­to se leía en los dia­rios: “To­me con­cien­cia, a la sub­ver­sión no le in­te­re­sa que la po­bla­ción su­fra sus aten­ta­dos, la coac­cio­na y lue­go se ocul­ta de­trás de ella. To­me par­ti­do: no hay lu­gar pa­ra in­di­fe­ren­tes, ca­da uno tie­ne un pues­to de lu­cha con­tra es­tos de­men­tes sub­ver­si­vos”. Gran par­te de la po­bla­ción y de la añe­ja pren­sa los apo­ya­ba sin sa­ber, o sa­bien­do, que mi­les de jó­ve­nes eran aho­ga­dos en un ba­ño de san­gre. Po­bre 1976.

  

A los ca­ños

Hay al me­nos tres ver­sio­nes so­bre el fa­mo­so ca­ño de Ma­ra­do­na: 1) Que re­ci­bió la pri­me­ra pe­lo­ta so­bre la ra­ya y allí, an­te la mar­ca de Ca­bre­ra, ti­ró el ca­ño ha­cia atrás; 2) Ma­ra­do­na de­bía ha­cer­le ese ca­ño a Ca­bre­ra pa­ra ha­cer­ amo­nes­tar o ex­pul­sar al vo­lan­te de Ta­lle­res; y 3) El ca­ño fue cer­ca de la mi­tad de can­cha y fren­te a fren­te.

Hum­ber­to Mi­nu­ti , mar­ca­dor de pun­ta de aquel Ar­gen­ti­nos, y aho­ra em­plea­do de una pe­tro­le­ra, sos­tie­ne la pri­me­ra opi­nión: “Fue un ca­ño te­rri­ble. Pe­ro no sé si fue la pri­me­ra pe­lo­ta o no. Sí re­cuer­do que Die­go es­ta­ba cer­ca de uno de los la­te­ra­les”. Se­bas­tián Ove­lar , el pun­te­ro iz­quier­do que hoy tra­ba­ja en un fri­go­rí­fi­co, de­fien­de la se­gun­da: “Mon­tes le ha­bía di­cho a Die­go que te­nía que sa­car a Ca­bre­ra. Por eso Ca­bre­ra le ti­ró una te­rri­ble pa­ta­da”.

 

Sebastian Ovelar.

Sebastian Ovelar.

 

El ar­chi­vo de la re­vis­ta El Grá­fi­co tie­ne esa fa­ma de lu­gar fan­tás­ti­co –quien no ha es­cu­cha­do al­gu­na vez la mu­le­ti­lla “y si no lo tie­nen en el ar­chi­vo de El Grá­fi­co no lo tie­ne na­die”– en el que se guar­dan los do­cu­men­tos his­tó­ri­cos me­nos pen­sa­dos. Pe­ro acla­re­mos que los ar­chi­vos no ha­blan. Si sus ar­ma­rios y ca­jo­nes lo hi­cie­ran, ha­ce mu­chos años que la fo­to que se pu­bli­ca en es­ta edi­ción ha­bría co­no­ci­do la luz. ¿Era la pri­me­ra pe­lo­ta que to­có el ju­ga­dor más gran­de de la his­to­ria aquel 20 de oc­tu­bre de 1976. ¿Era el caño?

Vein­ti­cin­co años des­pués que fue lo­gra­da por Hum­ber­to Spe­ran­za, la fo­to dur­mió en un so­bre, en vi­go­ro­so es­ta­do de vir­gi­ni­dad, has­ta que nues­tro com­pa­ñe­ro Die­go Bo­rinsky se pu­so a bus­car unos da­tos de Juan Ca­bre­ra. A Bo­rinsky en­ton­ces le sa­lió el irres­pe­tuo­so que lle­va aden­tro:

–Mi­ren es­to, la pu­ta que lo pa­rió.

Como si hubiese querido reservarse para el homenaje, ésta es la foto que nadie encontró durante un cuarto de siglo. El caño de Diego a Cabrera.

Como si hubiese querido reservarse para el homenaje, ésta es la foto que nadie encontró durante un cuarto de siglo. El caño de Diego a Cabrera.

 Sin po­der creer lo que veían, aun­que edu­ca­dos en el mal há­bi­to de no sor­pren­der­se por na­da de lo que sa­le de tan­tos so­bres ama­ri­llen­tos, fríos y a ve­ces hú­me­dos, los tres tra­ba­ja­do­res del ar­chi­vo asien­ten a se­me­jan­te exa­brup­to de Bo­rinsky. Pe­ro la sa­na ex­pe­rien­cia de Juan, Víc­tor y Ma­ría re­co­mien­da en­co­men­dar­se al san­to de los ar­chi­vos an­tes de can­tar vic­to­ria: San Che­queo.

La fuen­te no po­día ser otra que Ma­ra­do­na. Quien es­to es­cri­be en­vía un fax a La Ha­ba­na con la fo­to­gra­fía. La res­pues­ta lle­ga por te­lé­fo­no y tie­ne el mis­mo efec­to que un acier­to en el Lo­to:

–Sí, ape­nas la vi le di­je a Cop­po­la: és­te es el ca­ño a Ca­bre­ra –di­ce Die­go. Es­ta es en­ton­ces la ter­ce­ra ver­sión y an­te la fo­to vir­gen que aca­ba de ser des­hon­ra­da, el de­ba­te es­tá ce­rra­do.

Pa­ra los afor­tu­na­dos pe­rio­dis­tas que cu­brie­ron aquel par­ti­do, Ta­lle­res me­re­ció el triun­fo. El mis­mo Ma­ra­do­na ha di­cho en su bio­gra­fía que “los cor­do­be­ses nos es­ta­ban dan­do un to­que bár­ba­ro”.Pe­ro la me­mo­ria de mu­chos de sus com­pa­ñe­ros de equi­po se re­sis­te a dar­le la ra­zón a la pren­sa: “No es tan así lo que es­cri­bió One­si­me en El Grá­fi­co. En el se­gun­do tiem­po tu­vi­mos a Ta­lle­res en un ar­co. Me­re­ci­mos ga­nar no­so­tros”, di­ce Mi­nu­ti con al­go de bron­ca. En el mis­mo sen­ti­do se que­ja Dan­te Ro­ma , el otro mar­ca­dor de pun­ta que en es­tos días ven­de se­gu­ros: “Lás­ti­ma que per­di­mos, pe­ro ese día nos erra­mos ca­da gol”.

José Daniel Valencia, una de las estrellas de Talleres, lo sigue de cerca. Valencia se transformó en gran amigo de Diego.

José Daniel Valencia, una de las estrellas de Talleres, lo sigue de cerca. Valencia se transformó en gran amigo de Diego.

Ta­lle­res mo­de­lo 76 arras­tra­ba mi­les de hin­chas cuan­do de­sem­bar­ca­ba en Bue­nos Ai­res. Prac­ti­ca­ban el fút­bol que le gus­ta a la gen­te cuan­do aún la dis­cu­sión so­bre el fút­bol que le gus­ta a la gen­te no ha­bía fer­men­ta­do. Bi­lar­do ha­cía de las su­yas en La Pla­ta y Me­not­ti era el rey de la Se­lec­ción y en­tre sus mu­le­ti­llas pre­fe­ri­das re­pe­tía que Va­len­cia y Lu­due­ña “eran dos ju­ga­do­ra­zos”.

Aun­que nun­ca se sa­brá qué can­ti­dad exac­ta de pú­bli­co fue ese 20 de oc­tu­bre a La Pa­ter­nal lo cier­to es que las tri­bu­nas te­nían un buen as­pec­to y que la re­cau­da­ción de esa tar­de fue de 1.273.100 pe­sos (9.000 dó­la­res), su­pe­ran­do los in­gre­sos de va­rios de los gran­des. Un de­par­ta­men­to de dos am­bien­tes va­lía 15 mil dó­la­res, un suel­do es­ta­tal unos 400 y la vi­da na­da.

Al­gún día un ar­queó­lo­go in­ves­ti­ga­rá cuán­tos de aque­llos mi­les fue­ron por Ma­ra­do­na y cuan­tos otros pa­ra ver el car­na­val cor­do­bés.

Un hin­cha de Ar­gen­ti­nos de esos días tie­ne es­te re­gis­tro: “No se sa­bía bien si Die­go iba a de­bu­tar, eran to­das es­pe­cu­la­cio­nes. Yo es­ta­ba en la tri­bu­na de Juan Agus­tín Gar­cía –di­ce Elio Os­car Pa­drón –. Ta­lle­res tra­jo mu­cha gen­te por­que te­nía un lin­do equi­po. Du­ran­te el en­tre­tiem­po nos en­te­ra­mos de que po­nían a Die­go. Va­rios hin­chas to­má­ba­mos al­go en el buf­fet que aten­día un ex ju­ga­dor de Ar­gen­ti­nos y Ri­ver, el Ni­cha Sainz. Allí so­lía ir Prós­pe­ro Cón­so­li, quien to­da­vía no era pre­si­den­te del club. Cón­so­li lar­gó la bo­cha de que Ma­ra­do­na en­tra­ba en el se­gun­do tiem­po. Die­go hi­zo dos o tres ju­ga­das, no mu­chas, pe­ro con eso la can­cha se ve­nía aba­jo. Yo es­cu­ché des­pués una no­ta en la que Ca­bre­ra le ha­bría di­cho a Ma­ra­do­na, ‘pi­be no me ha­gas otro ca­ño por­que te re­vien­to’. Me acuer­do bien de una ju­ga­da. Hi­zo un som­bre­ro, pa­só en­tre dos ti­pos, sa­có el zur­da­zo y pa­só cer­ca del pa­lo. Has­ta los de Ta­lle­res di­je­ron oooohhh”.

 

 Ya daba para póster. La hinchada lo pidió en el primer tiempo. Diego entró con la camiseta 16. Siete fechas después sería titular para siempre.

Ya daba para póster. La hinchada lo pidió en el primer tiempo. Diego entró con la camiseta 16. Siete fechas después sería titular para siempre.

 

Na­tu­ral­men­te ocu­rrió lo que ya na­tu­ral­men­te no su­ce­de más: des­pués de 45 mi­nu­tos, hin­chas de los dos equi­pos aplau­die­ron a ese ni­ño de piel ma­te. Una ex­tra­ña sen­sa­ción re­co­rría a to­dos. Sin sa­ber­lo, ha­bían asis­ti­do al na­ci­mien­to del pri­mer ído­lo lí­ri­co, el mis­mo cu­yas gam­be­tas, tiem­po des­pués, de­rre­ti­rían la san­gre en las ve­nas co­mo de­cía un gra­ffi­ti anó­ni­mo en las ca­lles de Ná­po­les.

Aba­jo, en esa can­cha po­bre de pas­to pe­ro ri­ca en he­chi­zos, Ma­ra­do­na se re­ti­ra­ba con una mez­cla de ale­gría y fas­ti­dio. El pa­dre, don Die­go, lo veía des­de las tri­bu­nas de ta­blón. Ha­bía lle­ga­do jus­to pa­ra el de­but de Pe­lu­sa por­que sa­lió de la fá­bri­ca a las tres de la tar­de. Pe­ro la­men­ta­ba no ha­ber acom­pa­ña­do esa ma­ña­na al hi­jo cuan­do, muy tem­pra­no, Die­go to­mó so­li­ta­rio el tren que lo lle­va­ba de Fio­ri­to a Puen­te Al­si­na.

“To­do el mun­do se acer­có al ves­tua­rio pa­ra felicitarlo, es­pe­cial­men­te la gen­te de las in­fe­rio­res –cuen­ta Mi­guel Get­te, mar­ca­dor cen­tral y aho­ra cuen­ta­pro­pis­ta–. Pa­ra ellos era un triun­fo que uno de los pi­bes de­bu­ta­ra a esa edad. Die­go pu­so una ca­ra de fe­li­ci­dad que no ol­vi­da­ré. Todos le dijimos que la derrota no importaba.”

 

Gette era marcador central. Como cuentapropista puso canchas de fútbol.

Gette era marcador central. Como cuentapropista puso canchas de fútbol.

 Die­go se afe­rró a la ca­mi­se­ta y la pu­so en el bol­si­to co­mo si fue­ra a usar­la de nue­vo. Cuan­do vol­vió a Fio­ri­to, se la re­ga­ló a la ma­dre. Aque­lla quin­ce des­can­sa en la ca­sa de Vi­lla De­vo­to.

 

El diario del jueves

Cla­rín: “La en­tra­da del chi­co Ma­ra­do­na le dio ma­yor mo­vi­li­dad al ata­que pe­ro so­lo no pu­do ven­cer la va­lla cor­do­be­sa. Ma­ra­do­na es un chi­co há­bil pe­ro no tu­vo con quien to­car”.
La Ra­zón: “La en­tra­da de un chi­co de quin­ce años que has­ta no ha­ce mu­cho en­tre­te­nía a los es­pec­ta­do­res ha­cien­do ma­la­ba­ris­mos con la pe­lo­ta en los en­tre­tiem­pos y que se lla­ma Die­go  Ma­ra­do­na tu­vo mu­cho que ver, por­que su atre­vi­mien­to se cons­ti­tu­yó en el eje de su con­jun­to, des­ta­pán­do­se pa­ra re­ci­bir y de­se­qui­li­brar con su gam­be­ta en­dia­bla­da y me­tien­do pe­lo­ta­zos”.
La Pren­sa: “Pa­ra la rea­nu­da­ción del en­cuen­tro, Ar­gen­ti­nos rea­li­zó un cam­bio que fue apro­ba­do por el pú­bli­co por las cua­li­da­des del in­gre­san­te”.
La Voz del In­te­rior (Cór­do­ba): re­sal­tó el de­but de Die­go pe­ro co­me­tió un pe­que­ño error al ci­tar su ape­lli­do: “Ma­la­do­na elu­dió a va­rios ri­va­les, re­ma­tó en for­ma de cen­tro y Gal­ván, bas­tan­te apu­ra­do, ca­si in­tro­du­ce el ba­lón en el ar­co”.

 

Se vie­ne, se vie­ne

Có­mo es que se­me­jan­te pie­dra pre­cio­sa no ha­bía aparecido an­tes es al­go que cues­ta tra­ba­jo en­ten­der. Si bien en­ton­ces un de­but to­da­vía era una ce­re­mo­nia que lle­va­ba el pro­ce­so de ma­du­ra­ción de un buen vi­no men­do­ci­no, Ma­ra­do­na tu­vo una fe­cha ten­ta­ti­va pa­ra su pri­me­ra vez pro­fe­sio­nal. De­bió ser el 12 de setiembre, cuan­do em­pe­za­ba el torneo Nacional. ¿Qué pasó?

Die­go ha­bía ju­ga­do la fi­nal del tor­neo de Sép­ti­ma Di­vi­sión y lo ha­bían ex­pul­sa­do por aplau­dir en for­ma bur­lo­na a un de­sa­cer­ta­do juez de lí­nea. Mon­tes, ya re­ti­ra­do de la di­rec­ción téc­ni­ca, ju­ra que no sa­bía na­da: “Yo ya le ha­bía di­cho a uno de los ti­pos de la Co­mi­sión de Fút­bol que cuan­do co­men­za­ra el Na­cio­nal iba a po­ner a Die­go. Pe­ro co­mo en­tre el fin del tor­neo Me­tro­po­li­ta­no y el ini­cio del Na­cio­nal se pro­du­jo un re­ce­so de vein­te días, lo lle­va­ron a re­for­zar la Sép­ti­ma. Yo no sa­bía na­da de la ex­pul­sión. Un día de se­ma­na lo pon­go con los de la Pri­me­ra pa­ra que prac­ti­que pen­san­do en el co­mien­zo del cam­peo­na­to y al­guien me cuen­ta que Ma­ra­do­na es­ta­ba sus­pen­di­do”.

 

El técnico Juan Montes, en Rosario.

El técnico Juan Montes, en Rosario.

 

A Die­go le avi­sa un tal Rey, coor­di­na­dor de in­fe­rio­res, que le ha lle­ga­do la ho­ra. Un cuar­to de si­glo des­pués Ma­ra­do­na nos di­ce: “No me acuer­do si eran cin­co o sie­te fe­chas, pe­ro ya ven, así pro­te­gían a los ha­bi­li­do­sos, mi­rá la can­ti­dad de fe­chas que me pu­sie­ron”.

To­dos co­no­cen que el pri­mer vi­den­te que acer­tó a pro­nun­ciar la fra­se “co­noz­co un pi­be que se­rá un fe­nó­me­no” fue otro pi­be. Go­yo Ca­rri­zo te­nía ocho años y fue quien lle­vó a Die­go, su ami­go de la in­fan­cia, a que pa­sa­ra una prue­ba en los Ce­bo­lli­tas de Ar­gen­ti­nos que di­ri­gía Fran­cis­co Cor­ne­jo. Pe­ro aho­ra tam­bién se sa­be quién le di­jo al téc­ni­co Mon­tes que ya era ho­ra de mi­rar al Ne­ne de las in­fe­rio­res. Ri­car­do Pe­lle­ra­no, za­gue­ro cen­tral de aquel Ar­gen­ti­nos de oc­tu­bre del 76, cuen­ta mien­tras tra­ba­ja en el puer­to de Dock Sud: “Yo era ami­go de Cor­ne­jo por­que el tra­ba­jo con los pi­bes me apa­sio­na­ba. Un día Cor­ne­jo me in­vi­tó a ver un chi­co. Fui a la can­cha de Ar­gen­ti­nos y ha­cían de a cin­co go­les. Se lo co­men­té a Mon­tes y al po­co tiem­po lla­mó a Die­go pa­ra un en­tre­na­mien­to con­tra la Pri­me­ra. Nos gam­be­tea­ba de a cua­tro”.

La cu­rio­si­dad fue ga­nan­do a va­rios di­ri­gen­tes de Ar­gen­ti­nos Ju­niors y mes a mes le pre­gun­ta­ban a Pe­lle­ra­no lo mis­mo: ¿Te pa­re­ce que ya es­tá pa­ra la Pri­me­ra? Pe­lle­ra­no, ya con­ver­ti­do en ca­pi­tán del equi­po, un buen día del 76 se can­só:

–Sí, ya les di­je que es­tá pa­ra la Pri­me­ra.

–¿Y la ex­pe­rien­cia? –pre­gun­tó un di­ri­gen­te.

–Se ga­na ju­gan­do –res­pon­dió el ca­pi­tán.

 

Pellerano, el capitán.

Pellerano, el capitán.

 

Sin em­bar­go hu­bo opo­si­ción. Bue­no, de al­gu­na ma­ne­ra hay que lla­mar­la. El pro­pio Fran­cis­co Cor­ne­jo lo ad­mi­te: “Es cier­to que cuan­do Mon­tes me pi­de a Die­go yo me re­sis­tía. Ahí es­ta­ba yo, el hom­bre que le ha­bía de­di­ca­do su vi­da al chi­co, el que lo ha­bía en­tre­na­do en to­dos los años de apren­di­za­je, el que lo co­no­cía me­jor, ro­ga­ba que lo de­ja­sen un año más en las in­fe­rio­res. Pe­ro acla­ro, no me gus­ta­ba que lo su­bie­ran por­que me lo iban a mal­tra­tar. Yo que­ría pro­te­ger­lo”. Cor­ne­jo no fue el úni­co que le­van­tó su ma­no pa­ra vo­tar en con­tra. Más si­len­cio­sos, y en­tre bam­ba­li­nas, al­gu­nos po­nían ca­ra de du­da. Lo re­cuer­da Mi­nu­ti: “Es cier­to, ha­bía co­men­ta­rios di­cien­do que có­mo un chi­co de quin­ce años que no ha­bía ju­ga­do nun­ca en Pri­me­ra iba a sal­var a un equi­po que pe­lea­ba el des­cen­so. Pe­ro cla­ro, no lo co­no­cían. A mí por ejem­plo se me abrie­ron los ojos en la prác­ti­ca an­te­rior al par­ti­do an­te Ta­lle­res. Yo ni sa­bía que exis­tía. Le pre­gun­té a Pe­lle­ra­no y me di­jo que era un pi­be que la es­ta­ba rom­pien­do en las in­fe­rio­res. Mon­tes lo pu­so pa­ra el equi­po su­plen­te y le ti­rá­ba­mos ca­da pa­ta­da que no lo po­día­mos aga­rrar. Des­pués lo pu­so Mon­tes pa­ra el equi­po ti­tu­lar y chau, na­die más po­día de­cir na­da”.

 

Humberto Minuti.

Humberto Minuti.

 

 

La Ar­ma­da Bran­ca­leo­ne

El Ar­gen­ti­nos Ju­niors de en­ton­ces pe­na­ba por los úl­ti­mos lu­ga­res de la ta­bla sin otra es­pe­ran­za que la de sa­lir en los dia­rios ba­jo el tí­tu­lo “El Bi­cho se sal­vó”. En el Me­tro­po­li­ta­no 1976 ha­bía ju­ga­do un Re­du­ci­do pa­ra za­far del des­cen­so.

“Yo aga­rré a Ar­gen­ti­nos cuan­do iba úl­ti­mo en el Me­tro –di­ce el en­tre­na­dor Mon­tes–. Ha­bía que ar­mar un equi­po pa­ra no ba­jar. Lo lo­gra­mos. Por eso unas se­ma­nas des­pués del de­but de Die­go me fui pa­ra Men­do­za don­de de­bía cum­plir un com­pro­mi­so. El ob­je­ti­vo es­ta­ba rea­li­za­do.”

Des­de el pun­to de vis­ta ca­tó­li­co se po­dría de­cir que lo que le ocu­rrió a ese equi­po fue un mi­la­gro. Lle­no de re­mien­dos, du­pli­can­do los pre­mios pa­ra ver si así los mu­cha­chos se in­cen­ti­va­ban y en­con­trán­do­se pa­ra al­mor­zar los días de par­ti­do en una pa­rri­lla del ba­rrio y así aho­rrar los gas­tos de con­cen­tra­cio­nes, Ar­gen­ti­nos vi­vía en la in­tras­cen­den­cia has­ta aquel 20 de oc­tu­bre.

“La his­to­ria nues­tra, des­pués de ese día, cam­bia­ría por com­ple­to –di­ce Mi­nu­ti–. Ju­ga­ba él por to­dos no­so­tros. En las can­chas veía­mos más gen­te, nues­tros in­gre­sos tam­bién su­bi­rían y ade­más Ar­gen­ti­nos co­men­zó a re­ci­bir ofer­tas pa­ra ir a ju­gar al in­te­rior o ex­te­rior. Den­tro de la can­cha lo me­jor que le vi fue un par­ti­do en Co­lom­bia an­te el Amé­ri­ca de Ca­li. Ese día hi­zo es­tra­gos an­te 50 mil per­so­nas que lo aplau­die­ron de pie. Amé­ri­ca lo que­ría com­prar por un mi­llón de dó­la­res.”

Gen­te que nun­ca ha­bía re­gis­tra­do la exis­ten­cia de un club lla­ma­do Ar­gen­ti­nos Ju­niors em­pe­za­ba a ano­tar­lo en sus agen­das, otros pre­gun­ta­ban en el ba­rrio qué co­lec­ti­vo los de­ja­ba en la can­cha de La Pa­ter­nal. Set­ti­mio Aloi­sio, hoy em­pre­sa­rio y an­tes di­ri­gen­te de Ar­gen­ti­nos, sin­te­ti­zó el mo­men­to con una fra­se: “Ma­ra­do­na era la te­ta de la que chu­pa­ba to­do el mun­do”.

 

Roma, el marcador que vende seguros.

Roma, el marcador que vende seguros.

 

Sin dar nom­bres, Aloi­sio se re­fe­ría al ma­ne­jo de sus co­le­gas de en­ton­ces. Ro­ma en cam­bio es más ca­te­gó­ri­co: “El pre­si­den­te era Ga­llo. Con él no ha­bía pro­ble­mas. Pa­ra que se en­tien­da, Ga­llo era un se­ñor y Cón­so­li en cam­bio era un em­pre­sa­rio”. Pe­se a que a mu­chos les da ver­güen­za re­cor­dar­lo, al­gu­nas de las de­ci­sio­nes del Ar­gen­ti­nos de en­ton­ces pa­sa­ban por las ma­nos de un ge­ne­ral, Suá­rez Ma­son, el uni­for­ma­do que, se­gún cuen­ta Ove­lar, lle­gó al ex­tre­mo de im­po­ner a su hi­jo co­mo su­plen­te en un par­ti­do que ju­ga­ron en San­ta Fe.

Los hom­bres du­ros de aquel plan­tel eran Ri­car­do Pe­lle­ra­no y Car­los Fren. De Pe­lle­ra­no ya he­mos di­cho al­go. Fren (46), quien for­mó du­pla téc­ni­ca con Die­go en Man­di­yú y Ra­cing, no quie­re abrir la bo­ca. Ha ro­to re­la­cio­nes con Ma­ra­do­na y de­ja res­pe­tuo­sa­men­te una so­la fra­se: “No pien­so apa­re­cer en nin­gu­na no­ta don­de es­té ese se­ñor”.

 

Carlos Fren, no quiso hablar.

Carlos Fren, no quiso hablar.

 

Pe­lle­ra­no y Fren fue­ron los pri­me­ros en to­mar con­cien­cia de lo que te­nían al la­do. Ol­fa­tea­ron que era ho­ra de ar­mar un en­tor­no de pro­tec­ción pa­ra que to­do el equi­po bo­ga­ra y bo­ga­ra ya que el Ne­ne ha­ría lo de­más.

“Yo era con Die­go lo que hoy es Tra­ver­so con Ri­quel­me. Al­go en­tre pa­ter­nal y her­ma­no me­nor –di­ce Pe­lle­ra­no–. Den­tro de la can­cha él de­cía que me con­si­de­ra­ba co­mo un téc­ni­co, que yo era el que me­jor veía los par­ti­dos, tal vez por eso des­pués me lle­vó co­mo ayu­dan­te de cam­po en Man­di­yú y Ra­cing”. Pe­lle­ra­no no só­lo com­par­ti­ría con Ma­ra­do­na su pa­sión por pa­rar­se bien den­tro de un cam­po de jue­go, tam­bién con los años los unió la ca­mi­se­ta sin­di­cal. “Yo era uno de los que pe­lea­ba pre­mios y suel­dos. Aho­ra soy con­gre­sal de la Aso­cia­ción de Per­so­nal de Fe­rro­ca­rri­les. Uno lle­va un in­dio aden­tro en la de­fen­sa de los com­pa­ñe­ros. Mi­ren lo que es el puer­to: an­tes éra­mos quin­ce mil tra­ba­ja­do­res y hoy ape­nas su­man cua­tro­cien­tos en el puer­to Ca­pi­tal”, re­la­ta el ex ca­pi­tán.

Los in­te­gran­tes de esa Ar­ma­da Bran­ca­leo­ne em­pe­za­ban a na­ve­gar por ma­res des­co­no­ci­dos. De pron­to to­do les sa­lía bien. Tal co­mo lo de­fi­ni­ría un ex Ce­bo­lli­ta, Os­val­do Da­lla Buo­na, Die­go im­pre­sio­na­ba a sus com­pa­ñe­ros ca­da vez que “de­ja­ba a diez ri­va­les co­mo pa­los de bow­ling”.

 

Ibrahim Hallar entró en el segundo tiempo.

Ibrahim Hallar entró en el segundo tiempo.

 

Pa­ra el buen hu­mor y las pi­car­días es­ta­ba el Tur­co Ibra­him Ha­llar (49), de­lan­te­ro que in­gre­só tam­bién en el se­gun­do tiem­po an­te Ta­lle­res y que aho­ra ma­ne­ja una in­mo­bi­lia­ria en Ba­rra­cas. “Die­go siem­pre de­cía que yo era el ti­po que más lo hi­zo reír en el fút­bol. Con él com­par­tí el ban­co aque­lla tar­de y por eso siem­pre le agra­dez­co ese mo­men­to”.

–¿Por al­go en es­pe­cial?

–Por­que la úni­ca vez que me aplau­die­ron en una can­cha fue en ese par­ti­do. Es que cuan­do en­tré, va­rios mi­nu­tos des­pués, to­da­vía du­ra­ban los aplau­sos pa­ra Die­go y los li­gué de re­bo­te.

La suer­te de es­tos ve­te­ra­nos es úni­ca. No hay per­so­na en el pla­ne­ta que ten­ga en el ál­bum lo que tie­nen ellos. “Vi­vi­mos la me­jor eta­pa de Die­go –di­ce Ro­ma–. Cuan­do no te­nía res­pon­sa­bi­li­da­des. A cual­quier pi­be que jue­ga an­te 10 mil per­so­nas le tiem­blan las pier­nas. Él es­ta­ba de lo más tran­qui­lo en la can­cha y le sa­lían to­das”. Mi­nu­ti es más en­fá­ti­co aún­. “Vi­mos al Ma­ra­do­na que ju­ga­ba co­mo si es­tu­vie­ra en un po­tre­ro. En los en­tre­na­mien­tos y en los pri­me­ros par­ti­dos, cuan­do to­da­vía no era tan co­no­ci­do, hi­zo co­sas in­creí­bles con la pe­lo­ta por­que po­día ser más atre­vi­do”.

Eran las se­ma­nas en que El Ne­gro Pa­drón y sus or­gu­llo­sos com­pa­dres de los ta­blo­nes can­ta­ban en la po­pu­lar con cier­ta ino­cen­cia “La to­ca Die­go/ cen­tro de Avión (por Ló­pez)/ en­tra Bar­to­lo / y ha­ce el gol”. Lle­va­ba la mú­si­ca de una pro­pa­gan­da te­le­vi­si­va de Acro­cel, ro­pa de tra­ba­jo. Las hin­cha­das de aquel tiem­po, in­di­fe­ren­tes fren­te a la dic­ta­du­ra pe­ro muy sen­si­bles an­te cual­quier éxi­to de te­le­vi­sión, se en­tu­sias­ma­ban con los jin­gles. La ci­ta­da era la pri­me­ra can­ción de tri­bu­na en que se uti­li­za­ba la pa­la­bra Die­go. Bar­to­lo era Car­los Ál­va­rez (49) el cen­tro­de­lan­te­ro que for­mó la pri­me­ra du­pla mor­tal con Die­go. Hoy de­so­cu­pa­do y bus­can­do tra­ba­jo co­mo en­tre­na­dor, Ál­va­rez di­ce: “Con Die­go nos tur­ná­ba­mos, cuan­do yo re­tro­ce­día él iba pa­ra ade­lan­te y vi­ce­ver­sa. Es que yo fui nue­ve de cau­sa­li­dad. En las in­fe­rio­res era diez y por lo tanto no era tan de área. Igual mar­qué do­ce go­les en ese Na­cio­nal. Con Die­go, por su­pues­to, to­do era más fá­cil”.

 

Carlos Álvarez.

Carlos Álvarez.

 

Otro de los mis­te­rios que per­si­gue a los pe­rio­dis­tas de aho­ra es por qué Ma­ra­do­na no fue ti­tu­lar in­dis­cu­ti­do a par­tir de la tar­de de su de­but. Si bien Die­go ju­gó en la fe­cha si­guien­te an­te Ne­well’s des­de el mi­nu­to ini­cial, una se­ma­na des­pués, con­tra Fe­rro, lo pu­sie­ron só­lo en el pri­mer tiem­po. Así si­guió ju­gan­do, de a pu­chi­tos, do­min­go tras do­min­go. Re­cién a par­tir de la fe­cha 15 del Na­cio­nal (sie­te se­ma­nas des­pués del 20 de oc­tu­bre) Ma­ra­do­na lo­gró la ti­tu­la­ri­dad pa­ra siem­pre. La ex­pli­ca­ción hay que bus­car­la en una tra­di­ción se­ten­tis­ta, eso de ir lle­van­do des­pa­cio a los pi­bes.

Si sir­ve el con­sue­lo, va­le se­ña­lar que Pe­lé, quien de­bu­tó en el San­tos el 7 de se­tiem­bre de 1956, an­te Co­rint­hias de San­to An­dré, ca­len­tó dos me­ses el ban­co de su­plen­tes sin in­gre­sar un mi­nu­to, has­ta que el 15 de no­viem­bre del mis­mo año fue in­clui­do co­mo ti­tu­lar fren­te a Ja­ba­qua­ra. Pa­ra quie­nes lle­van la pul­sea­da Ma­ra­do­na-Pe­lé has­ta to­dos sus ex­tre­mos, otro pun­to a fa­vor de Die­go.

 

El palco de prensa, el día del partido. 4 periodistas de El Gráfico en la foto: desde la izquierda José Antonio Prieto, Héctor Vega Onesime, saludando a cámara Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O.) y Ernesto Cherquis Bialo. El Gráfico a pleno.

El palco de prensa, el día del partido. 4 periodistas de El Gráfico en la foto: desde la izquierda José Antonio Prieto, Héctor Vega Onesime, saludando a cámara Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O.) y Ernesto Cherquis Bialo. El Gráfico a pleno.

 

Mis que­ri­dos des­ca­mi­sa­dos

Anéc­do­tas más, anéc­do­tas me­nos, la po­pu­la­ri­dad de Ma­ra­do­na cre­ció en cues­tión de unos po­cos días y unas po­cas no­ches. El chi­co ca­lla­di­to del mes de oc­tu­bre aga­rra­ba con­fian­za al mis­mo tiem­po que los di­ri­gen­tes aga­rra­ban la cal­cu­la­do­ra. Cuen­ta Mi­nu­ti que an­tes de fin de año Die­go se acer­có pa­ra pre­gun­tar­le:

–Che, Ber­to, vi­nie­ron los di­ri­gen­tes a de­cir­me que quie­ren ha­blar­me del con­tra­to. ¿Qué les pi­do?

–La can­cha Die­go, pe­diles la can­cha –res­pon­dió el con­se­je­ro­.

“Pe­ro des­pués le ha­blé en se­rio –di­ce Mi­nu­ti–. Le di­je que ade­más del suel­do re­cla­ma­ra una ca­sa pa­ra la fa­mi­lia. Al po­co tiem­po le al­qui­la­ron una.”

De lo que se ha po­di­do re­cons­truir, las pri­me­ras afi­ni­da­des de Die­go se die­ron con los más jó­ve­nes de aquel equi­po. Jor­ge Ló­pez (44), el pun­te­ro de­re­cho que hoy di­ri­ge a Atlé­ti­co Con­cep­ción de la Ban­da del Río Sa­lí, cuen­ta que “los más chi­cos siem­pre an­dá­ba­mos jun­tos. Yo iba a me­ren­dar a su ca­sa que que­da­ba cer­ca del es­ta­dio. Él siem­pre es­ta­ba con su fa­mi­lia, lo úni­co que que­ría era ju­gar y ju­gar y con­so­li­dar­se en Pri­me­ra“.

 

El tucumano Jorge López.

El tucumano Jorge López.

 

Su otro alia­do fue el Grin­go Get­te, con quien com­par­tía la ha­bi­ta­ción cuan­do lle­gó la épo­ca de las va­cas gor­das y se podía ir a un ho­tel: “Los dos her­ma­ni­tos de Die­go ve­nían a nues­tra pie­za. Es­tá­ba­mos con Ló­pez, que se traía un col­chon­ci­to y lo ti­ra­ba en el pi­so por­que dor­mía en el sue­lo. Ar­má­ba­mos un ring en la ha­bi­ta­ción y ha­bía bo­xeo pe­ro con toa­llo­nes en la ma­no. Siem­pre co­bra­ba por­que los tres Ma­ra­do­na me ca­ga­ban a pa­los”.

Ca­da en­tre­na­mien­to pa­re­cía muy dis­tin­to del otro. O al me­nos eso les pa­re­cía a los ju­ga­do­res des­de oc­tu­bre. “Yo go­cé a Die­go más que na­die –sen­ten­cia Car­los Mu­nut­ti (49), el ar­que­ro que hoy vi­ve en Los Án­ge­les y se de­di­ca a com­prar ca­sas vie­jas pa­ra re­pa­rar­las–. Nos que­dá­ba­mos dos o tres ho­ras des­pués de la prác­ti­ca y Die­go me pa­tea­ba des­de cual­quier án­gu­lo y en­ci­ma me re­la­ta­ba los go­les.” Aque­llas es­ce­nas y el Ma­ra­do­na de en­tre ­se­ma­na es cer­ti­fi­ca­do por el tes­ti­mo­nio de Ro­dol­fo Val­go­ni, el PF de aquel equi­po: “Ade­más de lo que Die­go hi­zo en la can­cha, hay de­ta­lles que in­di­can que fue di­fe­ren­te. En las prác­ti­cas no se iba has­ta que no le pe­ga­ba cua­tro ve­ces se­gui­das al tra­ve­sa­ño y tam­po­co se iba si no le da­ba sie­te ve­ces con el em­pei­ne a la pe­lo­ta ele­ván­do­la unos vein­te me­tros y sin de­jar­la caer. No hay en el mun­do otra per­so­na que pue­da ha­cer esas dos prue­bas. Die­go no fue pre­ci­sa­men­te de los ju­ga­do­res va­gos, to­do lo con­tra­rio”.

 

Munutti repara casas en Los Ángeles.

Munutti repara casas en Los Ángeles.

 

 La me­jor in­di­ca­ción es el si­len­cio

Mon­tes mi­ra­ba a Ma­ra­do­na y Ma­ra­do­na mi­ra­ba a Mon­tes. No es que el téc­ni­co y el ju­ga­dor se en­ten­dían sin mi­rar­se. Era que Mon­tes ha­bía comprendi­do en­se­gui­da que na­da po­día de­cir­le a ese jo­ven­ci­to que le ha­bía caí­do de otra ga­la­xia. Mon­tes era un sen­ti­men­tal, al que le gus­ta­ban las lar­gas no­ches y que creía más en la fan­ta­sía que en los pi­za­rro­nes ver­des.

Cuan­do pa­só el shock del de­but, Mon­tes, due­ño de una pi­car­día y un es­ti­lo de di­rec­ción al es­ti­lo de Án­gel La­bru­na, pre­pa­ró a Ma­ra­do­na pa­ra el se­gun­do par­ti­do con un so­lo con­se­jo: “Pi­be, va­mos a ju­gar con­tra Ñuls. La pa­ta­da más ba­ja te la van a dar en el men­tón. Los que te van a mar­car son Ga­lle­go y Ber­ta. A Ga­lle­go ha­ce­lo echar de la can­cha, ti­ra­le un ca­ño”. Mon­tes sa­bía lo que ha­cía. Ha­bía di­ri­gi­do a Ne­well’s me­ses atrás y co­no­cía que Ga­lle­go y la le­che her­vi­da eran lo mis­mo.

Ar­gen­ti­nos per­dió 4 a 2 con Ne­well’s, pe­ro se­gún cuen­ta Pe­lle­ra­no: “Mon­tes me di­jo a mí que si ga­na­ba el sor­teo eli­gie­ra el sa­que. Que­ría que la pri­me­ra ju­ga­da fue­ra nues­tra, que pa­sa­ra por los pies de Die­go por­que es­ta­ba se­gu­ro de que Ga­lle­go lo iba a ame­dren­tar. Nos fue bien, yo le di­je en­se­gui­da a Die­go ‘acor­da­te lo que te di­jo Mon­tes’. Y así fue; en la pri­me­ra ju­ga­da le ti­ró un ca­ño al To­lo que yo me aga­rré la ca­be­za en el me­dio de la can­cha y bus­qué con la mi­ra­da el ban­co de su­plen­tes. Es­te es mons­truo de ver­dad le di­je a Mon­tes”.

“No ha­cía fal­ta de­cir­le na­da a Die­go, nin­gún téc­ni­co le hi­zo hin­ca­pié en nin­gún as­pec­to”, cuen­ta Ma­teo Di Do­na­to (52), el vo­lan­te que esa tar­de de oc­tu­bre te­nía la ca­mi­se­ta diez y a quien hoy asal­ta la de­so­cu­pa­ción. “En las prác­ti­cas no lo po­día­mos to­car –sos­tie­ne– por­que los en­tre­na­do­res nos pe­dían que tu­vié­ra­mos cui­da­do. Nos pin­ta­ba la ca­ra por to­dos la­dos. Ima­gí­nen­se si pe­gán­do­le los ri­va­les no lo po­dían pa­rar las co­sas que ha­cía en los en­tre­na­mien­tos. Pa­ra mí es un or­gu­llo ha­ber si­do la fi­gu­ra del par­ti­do an­te Ta­lle­res. Y Die­go es lo má­xi­mo en mi ca­sa. Una vez, en 1977, vi­no a bus­car a mi hi­jo pa­ra lle­var­lo a De­port Hit y ves­tir­lo de pies a ca­be­za”.

 

Mateo Di Donato

Mateo Di Donato

 

Él y los otros, to­dos los del pla­cer de la pri­me­ra vez, ya pa­sa­ron los cua­ren­ta y los cin­cuen­ta. Así co­mo el vien­to de la fa­ma le­van­tó en­se­gui­da a Die­go, el otro vien­to los fue de­jan­do a ca­da uno en su co­ti­dia­no su­frir. En 1990 cuan­do Die­go y Clau­dia se ca­san, una de las me­sas de la fies­ta fue ocu­pa­da por aquel equi­po de Ar­gen­ti­nos.

Ro­za­dos al­gu­nos se­gun­dos por la va­ri­ta que to­có al ge­nio, hoy pue­den sa­car cha­pa de pri­vi­le­gia­dos an­te los su­yos. De­be ser co­mo lo cuen­ta Ove­lar en su mo­des­ta ca­sa de Flo­ren­cio Va­re­la don­de El Grá­fi­co en­con­tró a quien sus com­pa­ñe­ros no ha­bían vis­to más: “Ha­ce trein­ta años que vi­vo en es­te ba­rrio, pe­ro sé que es di­fí­cil ubi­car­me. Se­gu­ra­men­te por­que me mu­dé de la ca­sa de mi vie­ja la tar­je­ta de in­vi­ta­ción de Die­go a su ca­sa­mien­to no me de­be ha­ber lle­ga­do. La úl­ti­ma no­ti­cia de Ma­ra­do­na la tu­ve en 1979 cuan­do me man­dó una tar­je­ta pa­ra fin de año. Pe­ro pa­ra mí me al­can­za con ha­ber si­do su com­pa­ñe­ro. Yo dis­fru­té esa épo­ca. Yo lo vi ti­rar ca­ños con el ta­co y lle­var­se ri­va­les de un cos­ta­do a otro de la can­cha”.

Fue así el 30 de oc­tu­bre de 1976, cuan­do apa­re­ció un pi­be con lo me­jor de Alon­so, de Bo­chi­ni y de Hou­se­man, que ju­ga­ba co­mo Alon­so, co­mo Bo­chi­ni y co­mo Hou­se­man, pe­ro ade­más co­mo Man­dra­ke y co­mo Hou­di­ni.

La no­ve­dad se me­tió muy rá­pi­do en las re­dac­cio­nes; de allí sal­tó a las má­qui­nas de es­cri­bir y en po­co tiem­po mi­les de ar­gen­ti­nos em­pe­za­ron a es­cu­char con in­sis­ten­cia el nom­bre Die­go. Le de­cían Pe­lu­sa en el 76, lue­go El Ne­ne, lue­go Die­gui­to y lue­go El Diez; pa­ra el 86 un re­la­tor uru­gua­yo lo lla­ma­ría Ba­rri­le­te Cós­mi­co y otra do­ce­na de ellos bus­có po­ner­le un apo­do más sen­sa­cio­nal.

Na­die pu­do. O pu­die­ron to­dos. Por­que al fi­nal fue el pue­blo el que hi­zo lo que la Real Aca­de­mia ja­más hu­bie­se to­le­ra­do: con­vir­tió en ad­je­ti­vo lo que nun­ca fue ad­je­ti­vo.

Des­de en­ton­ces, to­do lo que bri­lla se lla­ma Ma­ra­do­na.

Por Pablo Llonto y Diego Borinsky (2001)

 

Mirada firme

En su biografía, Diego recuerda que el técnico le adelantó en la práctica del martes que iba a jugar frente a Talleres. Todas las sensaciones de aquel día inolvidable en este testimonio extraído de su libro.
Lo cier­to es que yo ya me en­tre­na­ba con la Pri­me­ra en la can­cha de Co­mu­ni­ca­cio­nes. En la prác­ti­ca del mar­tes, se me acer­có el téc­ni­co y me di­jo: “Mi­re que ma­ña­na va a ir al ban­co de pri­me­ra, eh?”. A mí no me sa­lían las pa­la­bras, en­ton­ces le di­je:  “¿¡Qué!? ¿¡Có­mo!”. Y él me re­pi­tió: “Sí, va a ir al ban­co de Pri­me­ra. Y pre­pá­re­se bien por­que us­ted va a en­trar”. En­ton­ces yo aga­rré, des­de ahí mis­mo, de Co­mu­ni­ca­cio­nes, me fui co­rrien­do con el co­ra­zón en la bo­ca pa­ra con­tar­le a mi vie­jo, a mi vie­ja. Y, cla­ro, le con­té a la To­ta y a los se­gun­dos ya lo sa­bía to­do Fio­ri­to, ¡to­do Fio­ri­to sa­bía que yo ju­ga­ba al otro día! (...) Nos jun­ta­mos an­tes del par­ti­do a co­mer ahí en Jon­te y Bo­ya­cá. El clá­si­co bi­fe con pu­ré, con la char­la téc­ni­ca de Mon­tes co­mo pos­tre, to­do ahí. Des­pués cru­za­mos ca­mi­nan­do has­ta la can­cha, en­tre la gen­te, ¡no nos co­no­cía na­die! Y en­ci­ma eran to­dos cor­do­be­ses (...) Nos es­ta­ban dan­do un to­que bár­ba­ro y a los 27 mi­nu­tos el Ha­cha Lu­due­ña hi­zo el gol. An­tes del fi­nal del pri­mer tiem­po, Mon­tes, que es­ta­ba en la otra pun­ta del ban­co, gi­ró la ca­ra ha­cia mí y me cla­vó la mi­ra­da, co­mo pre­gun­tán­do­me: “¿Se ani­ma?”. Yo le man­tu­ve la mi­ra­da y ésa, creo, fue mi res­pues­ta. En­se­gui­da em­pe­cé con el ca­len­ta­mien­to y en el arran­que del se­gun­do, en­tré. En el bor­de de la can­cha, Mon­tes me di­jo: “Va­ya, Die­go, jue­gue co­mo us­ted sa­be. Y si pue­de, ti­re un ca­ño”. Le hi­ce ca­so: re­ci­bí la pe­lo­ta de es­pal­das a mi mar­ca­dor, que era Juan Do­min­go Pa­tri­cio Ca­bre­ra, le ama­gué y le ti­ré la pe­lo­ta en­tre las pier­nas; pa­só lim­pi­ta y en­se­gui­da es­cu­ché el oooo­le de la gen­te, co­mo una bien­ve­ni­da. No es­tu­vie­ron to­dos los que di­cen ha­ber es­ta­do, pe­ro las tri­bu­nas es­ta­ban has­ta la ma­ni­ja, no se veía ni un pe­da­ci­to de ta­blón. Me acuer­do de que lo que más me lla­mó la aten­ción fue la fal­ta de es­pa­cios; la can­cha me pa­re­cía chi­qui­ta al la­do de las in­fe­rio­res. Y los gol­pes gran­des (...) Siem­pre di­go que, fut­bo­lís­ti­ca­men­te, ese día to­qué el cie­lo con las ma­nos. Por to­do, yo sa­bía que se ini­cia­ba al­go muy im­por­tan­te en mi vi­da.
Por Diego Maradona (Del libro "Yo soy el Die­go de la gente”, EDITORIAL PLANETA)

   

Juan Domingo Cabrera, la primera "víctima2 de Diego en primera.

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De paso, cañazo

Juan Domingo Patricio Cabrera pasó a la historia por ser el primer hombre burlado por el talento de Diego. “Me enorgullece que me haya metido el primer caño”, asegura.
Nun­ca una ju­ga­da que sue­le al­can­zar gra­dos al­tí­si­mos de hu­mi­lla­ción en quien la pa­de­ce –nos re­fe­ri­mos al vie­jo y que­ri­do “ca­ño”– des­per­tó tan­to or­gu­llo en la víc­ti­ma de tur­no. “Cla­ro que es un or­gu­llo; si me lo ha­cía Rug­ge­ri hu­bie­se si­do dis­tin­to, pe­ro me lo hi­zo Die­go. Yo no fui tan ma­lo co­mo fut­bo­lis­ta, pe­ro sé que pa­sé a la his­to­ria por ese ca­ño”, ad­mi­te des­de Sal­ta Juan Do­min­go Pa­tri­cio Ca­bre­ra, que en­tró en la his­to­ria por ser el “pri­mer hom­bre bur­la­do” en el fút­bol gran­de por el ta­len­to de Die­go.
Aquel 20 de oc­tu­bre, ju­gan­do pa­ra Ta­lle­res, el Cha­cho –co­mo se lo co­no­ce en el am­bien­te del fút­bol– se acer­có al chi­qui­lín de 15 años que aca­ba­ba de in­gre­sar pa­ra qui­tar­le la pe­lo­ta, pe­ro no tu­vo mu­cho éxi­to: “Yo ju­ga­ba de ocho, así que es­ta­ba so­bre la de­re­cha. Lo fui a apre­tar, pe­ro no me dio tiem­po a na­da. Me ti­ró el ca­ño, y cuan­do me qui­se dar vuel­ta ya se ha­bía es­ca­pa­do. Re­cuer­do que pa­ra ese par­ti­do ya se co­men­ta­ban las con­di­cio­nes fut­bo­lís­ti­cas que él te­nía. Y que cuan­do en­tró en el se­gun­do tiem­po nos com­pli­có bas­tan­te”.
Ca­bre­ra vi­ve hoy en el Ba­rrio Vi­lla So­le­dad, en Sal­ta Ca­pi­tal, y tra­ba­ja en una re­mi­se­ría día por me­dio en tur­nos de 24 ho­ras. Co­mo sép­ti­mo hi­jo va­rón tu­vo co­mo pa­dri­no al pre­si­den­te de tur­no; en su ca­so, Juan Do­min­go Pe­rón, de ahí su nom­bre. Y re­cuer­da que des­pués de aquel ca­ño his­tó­ri­co tu­vo más de un en­cuen­tro con Die­go: “Com­par­ti­mos la pri­me­ra se­lec­ción que se for­mó des­pués del Mun­dial 78. Ha­blá­ba­mos mu­cho con él y con Bar­bas de nues­tra con­di­ción hu­mil­de, por­que ha­bía­mos sa­li­do de la vi­lla. Eso sí, ja­más to­ca­mos el te­ma del ca­ño”.
Imagen de 1967. El increíble Bernao
¡Habla memoria!

1967. El increíble Bernao

Osvaldo Ardizzone se detiene en Raúl Bernao, quien fue figura del Rojo multicampeón de la década del 60. Una nota imperdible para los amantes de los grandes jugadores.

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1981. ¡Chau, Argentinos! ¡Hola, Boca!

Con melancolía, Diego Armando Maradona escribe su despedida del club que lo vio nacer, su traspaso a Boca ya es un hecho, pero el 10 no quería dejar de agradecer y despedirse de La Paternal.

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