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Reparador de sueños

Estuvimos con Diego Buonanotte en Teodelina, su pueblo. Vivencias del pibe que se convirtió en factor decisivo para la conquista de River.

Por Redacción EG ·

18 de diciembre de 2008
Nota publicada en la edición Julio de 2008 de la revista El Gráfico.

Con sus trucos, gambetas y goles le devolvió el honor al pueblo riverplatense. Pero detrás de los brazos en alto, la durísima travesía del Enano por el fútbol, revivida en las voces del protagonista y su familia. Una visita a Teodelina, su pueblo, que lo recibió como héroe.

El abuelo Mario quería cambiar. Estaba un poco cansado de la rutina. Una pelota para el cumple de 1, una pelota para el Día del Niño de 2, una pelota para Navidad de 3, una pelota para Reyes de 4. Entonces fue a una juguetería y se decidió. Para el cumple de 5 le compró una ambulancia.

El pequeño Diego la miró de lejos y sonrió. Alguien le dio cuerda, el bólido comenzó a circular y unos segundos después de pasarle entre las piernas la calzó de lleno con la zurda. Pobre ambulancia. No pudo ni siquiera hacer un viajecito. Destino errado: ese chico estaba condenado a ser jugador de fútbol.
Mario Buonanotte, hijo del abuelo Mario y padre de la criatura que nos ocupa, se mata de risa con el recuerdo que él mismo evoca. Y mamá Noemí, Mimí para todo el pueblo, profesora de ciencias naturales en los tres colegios del pueblo, no puede dejar de aportar su granito de arena a la causa: “Tenía 3 o 4 años, iba al baño y yo desde la cocina escuchaba el tiqui tiqui tiqui. No dejaba de hacer jueguito ni cuando se sentaba en el inodoro”.

Es lunes al mediodía. Teodelina aún se despereza con un combo que invita a la modorra eterna: feriado nacional + paro del campo. Teodelina, con “e” y no con “o”, es un pueblo ubicado en el sur de Santa Fe, casi en el límite con la provincia de Buenos Aires, a 341 kilómetros de la Capital Federal. Tiene seis mil habitantes, de los cuales dos mil -según estimaciones de los diarios de la zona- han abrazado con emoción hace apenas tres días al hijo pródigo y lo han paseado en autobomba para darle la bienvenida.

Teodelina ha trascendido en el país por un deportista que hizo historia en los pueblos. Oscar Messina, el Manco de Teodelina, fue el mejor pelotari del país y sus andanzas aún retumban en los bares y cafés (ver recuadro), del mismo modo que crió a Elidio Rinaldi -un atleta que llegó a la tapa de El Gráfico al ganar la Maratón de los Barrios en 1960- y a Carlos Chavaño, un entreala que jugó en Temperley y Atlanta, en el ascenso de los años 50. El Enano, algunos años después, vuelve a poner al pueblo en las tapas de los diarios. ¡Para no recibirlo así al goleador del campeón!

“No importa la dirección, vos preguntá por la casa de los Buonanotte y te van a saber indicar”, había anticipado papá Mario y su pronóstico tuvo 4 aciertos sobre 4, otra que Ginóbili.

La casa de los Buonanotte es la que construyeron los padres de Mimí hace ya muchos años. Irradia modestia y calidez. En la planta baja tiene una habitación que, al decir de Sofía, la hermana del medio, “es algo así como el santuario de Gilda”. Estantes repletos de trofeos y fotos le justifican la comparación, mientras dos camas XS, cruzadas en “ele”, nos vienen a informar que las leyes de la genética no son un invento de charlatanes de feria.

Allí duermen Diego (20) y Sofía (22), cuando los tiempos de River y de la Facultad de Ciencias Económicas les dan vacaciones. Regina (25), la hermana mayor, es bioquímica y trabaja en un par de sanatorios de Rosario, pero no deja de acercar su testimonio por teléfono.

Al costado del jardín del fondo, hay un quincho cerrado donde Diego le mete tenedor a un asado que comparte con los amigos de siempre: Nicolás, Guillermo, Mauro y Alexis, que es hincha de Boca y asegura que gritó los goles de su compinche contra Olimpo. A la cara, parece, no le avisó. O lo disimula bastante bien.

Mientras allá en el fondo se despiden los últimos huesitos, a papá Mario no le queda más remedio que filtrar algunas llamadas y durante un par de horas se dispondrá a relatar con fervor las travesías de su hijo varón por el fútbol. Algunos minutos más tarde se sumará Diego para armar el rompecabezas de esta historia que debería ser vista por los miles de chicos que sueñan algún día con llegar a primera. Con voluntad, sacrificio, perseverancia y paciencia, se puede.
“Eso de que jugaba más que él, aclaralo bien porque no es así, de ninguna manera”.
Mario Buonanotte, 1.66 de altura y un rostro similar al Mencho Medina Bello, pide que derribemos el mito. Mario nació en General Arenales, un pueblo ubicado a 35 kilómetros de Teodelina, y jugó desde los 15 a los 37 años en equipos de la zona con el diez en la espalda, aunque la zurda la usaba solo para caminar.

Ganó torneos y también unos mangos defendiendo los colores de Independiente de Junín, Arenales Fútbol Club, Huracán de Arribeños, Centenario de Venado Tuerto, Sportivo Sacnti Spiritu y Studebaker de Villa Cañas, nombres que podrían ir todos a animar un cuento del Gordo Soriano. En algún momento le pasaron el dato de que en el pueblo vecino pagaban más y se sumó a Racing de Teodelina. Allí conoció a Noemí Rende. Kilómetro 0 de la historia.

“Siempre fui un jugador hábil, pero vago, nada que ver con mi hijo. No sé por qué no llegué al fútbol grande. No sé, quizás porque era otra época. Podría haber intentado, pero mi viejo no podía dejar su laburo para acompañarme. Quizás iba y tampoco llegaba, no sé”, relata Mario sin reproches, para poner en contexto futbolero a la familia.

“Lo vi en la última época, casi nada. Dicen que jugaba bastante bien, vamos a ver si con esfuerzo lo podemos superar”, tira la pared Diego y algo parecido a una sonrisa asoma detrás de la máscara que le cubre la cara, secuela de la operación de tabique a la que fue sometido porque le impedía respirar con comodidad. (Si hizo lo que hizo en el Clausura dando ventajas, ¡agarrate Catalina!).

“Los dos que se fueron recién, Luis y Fabio, son dos vecinos que jugaban acá, en el frente de casa con él -destaca Mario-. Eran siempre cuatro: Diego, esos dos chicos y Marianela, una nena que siempre jugaba con ellos porque faltaba uno. Diego pateaba todo el tiempo contra la pared, a veces yo le atajaba, pero él dale y dale con la pelotita. Zurdo, siempre con la izquierda, zurdo hasta para masticar. No paraba nunca. Entonces a los cuatro años lo llevé a Racing, donde yo era el encargado de la escuelita de fútbol y DT de la primera. Como recién la formaba, los equipos no estaban completos y a veces Diego llegó a jugar con chicos cinco años mayores, en cancha de ocho. Siempre fue menudito y ese roce lo ayudó mucho para arrancar en River. Así fue. Ahora: los chicos no salen buenos porque juegan todo el día con el padre. Salen porque salen. Tal vez algo influyó que en nuestra casa siempre se respiró fútbol, no sé”.

Diego corrobora. “Con mis amigos íbamos a hacer algo y yo siempre quería jugar a la pelota, era por demás rompebolas, porque ellos querían hacer otra cosa, cambiar de juego, y yo siempre con la pelota”.

Para ese momento, el Enano inquieto ya se había ganado el apodo de Mengue. “Me lo puso un amigo por el perro de Carlitos Balá, que se llamaba Angueto. La canción era 'Angueto, quedate quieto', y la verdad es que yo era muy inquieto, jodía, hinchaba bastante”.

El pibe no se podía quejar. En Racing lo dirigía su papá y en la Escuela 212 le daba clases de ciencias naturales su mamá, que más de una vez le tuvo que meter un pellizcón por debajo del banco para que Angueto se quedara quieto. “Y, viste, estaba acomodado en los dos lados”, vuelve a meter una sonrisa Diego, y completa: “No era muy inteligente, pero me ponía a estudiar y zafaba. Nunca me llevé materias, pero tenía un poco de presión, no podía hacer muchos papelones porque dejaba mal parada a mi vieja”.

En la otra escuelita, a los que dejaba mal parados era a los rivales. “Viste que normalmente los que juegan bien son medio vagos. Bueno, nada que ver, este siempre fue disciplinado”, cierra papá Mario este cachito de película.
“Vamos a llevar a tu pibe a algún club. Si Carlitos Chavaño dice que juega bien, es porque juega bien, no tengo dudas”.

Norberto Constante Boggio fue un destacado puntero izquierdo y/o derecho que le hizo meter unos cuantos goles al Nene Sanfilippo en San Lorenzo de fines de los años 50 y que integró la Selección Nacional. También fue DT de Mario Buonanotte en Venado Tuerto. Un día apareció sin anunciarse en el Banco donde trabajaba papá Mario, con la inquietud de la prueba. El dato se lo había pasado Chavaño, hasta ese momento el futbolista teodelilense de mayor éxito.

“Carlos lo había visto a Diego jugando con unos chicos en la canchita de al lado de la pileta y le gustó, se lo comentó a Pocho y como Pocho me conocía me vino con la sugerencia -revive Mario-. Me agarró de sorpresa. En Racing se destacaba, pero no es que yo estaba pensando en llevarlo a Buenos Aires. Diego tenía 11 años, era chico, por ahí a los 14 se nos daba por probarlo, pero en ese momento fue de rebote: cayó un amigo y me aconsejó llevarlo. La verdad es que dudé bastante”.

El zurdo rubrica el pensamiento paterno: “No, no tenía pensado ser jugador de fútbol en ese momento. Yo jugaba a la pelota porque me gustaba, en ningún momento se me ocurrió pedirle a alguien que me consiguiera una prueba. Es más, cuando arranqué en River y los viernes tenía que ir con mi viejo a Buenos Aires para jugar, prefería quedarme en casa. Después, uno arranca y le va gustando cada día más”.

Estaba la propuesta, también el contacto, porque Boggio, como ex futbolista, tenía unos cuantos conocidos en el ambiente. Faltaba definir el destino.

“Pocho me propuso rumbear hacia Núñez con un argumento elemental: los chiquitos, en River juegan y en otros clubes por ahí ni los prueban. Y la verdad es que dio en el clavo, porque es así”, afirma Mario con conocimiento de causa y le pone el telón al segundo capítulo de esta obra.
“¿Quien es el papá del rubio? ¿Quién es?”.
El brasileño Delem, con su ojo adiestrado como pocos para distinguir en cinco minutos el sello riverplatense, no tardó demasiado para ver en el Enano un proyecto de crack. La prueba se realizó en las canchas de Ciudad Universitaria, con Delem metido en su auto detrás de uno de los arcos, donde paran los colectivos, según descripción de papá Mario, que pensó que desde ahí era imposible ver algo. Se veía.

“Yo lo tenía a Diego en Racing y, para mí, no había jugado nada, ni la había tocado -reconoce Mario-. Pensé que no quedaba. Enseguida pasó Boggio y me susurró: 'Hizo tres o cuatro cositas...' Y al toque lo vi venir a Delem preguntando por el padre del rubio. Me acuerdo de sus palabras textuales: 'Su pibe juega muy bien, pero tenía un susto bárbaro, tráigalo el viernes'. El viernes lo llevé, metió dos goles y quedó”.

Estamos a comienzos del año 2000 y con el certificado de aptitud futbolera expedido por River comenzaban a plantearse los dilemas familiares. Diego era muy chico y también muy malcriado por las hermanas, que lo tenían “como un rey”, según definición materna. Solo, a la jungla de la gran ciudad, no lo iban a dejar ir. Entonces se jugaron una ficha. Y River pagó, consciente de que tenía en sus filas un diamante en bruto. El convenio era que Diego se quedaba en Teodelina y viajaba los viernes para entrenarse una vez y jugar los domingos. Así fueron tres años: dos en infantiles y uno en novena.
“Eduardo Abrahamián fue su técnico al principio y lo ayudó mucho -retoma el hilo Mario-. El me decía: 'Me lo tenés que traer al menos una vez a entrenar; si no ¿cómo lo pongo de titular?'. La historia era así: salíamos los viernes temprano de casa, Diego se entrenaba, después jugaba el domingo y nos volvíamos para casa. En el medio nos quedaba un día sandwich, por eso yo vi tanto las divisiones inferiores de River. Esos dos días parábamos donde podíamos. En algún momento en la casa de Federico Alvarez, un compañero de Diego. Y en otros, en algún hotelito barato por el centro, la plata no nos sobraba. Dormíamos en una cama grande, juntos, y Diego lloraba y lloraba a la noche. Extrañaba todo. Para comer, íbamos a la peatonal, a Lavalle, y pedíamos las promociones, ¿te acordás?”.
El protagonista lo frena: “Pará, ahora tampoco digamos que podemos dormir en cualquier hotel porque nos sobra la plata”. ¿Qué sueños acunaba el zurdito de Teodelina en esas cuatro o cinco horas de viaje a Buenos Aires? “No mucho. En ese momento no pensaba en llegar a Primera y en ser campeón. Mi preocupación era jugar el domingo, apenas eso”, admite Diego. “¿Qué iba a soñar, si se quedaba dormido antes de entrar a la ruta?”, sostiene Mario, como preludio del cuarto episodio.
“Papa, me voy para allá, no aguanto más”. En el cuarto año en River, las reglas debieron cambiar. El zurdito ya ingresaba en la octava división y no podía entrenarse un solo día. El club le guardó un lugar en la pensión, privilegio reservado para unos pocos. Diego se la bancó dos meses nada más. No tenía a sus hermanas que le llevaran el desayuno a la cama, ni a sus amigos para compartir picados y charlas, ni a sus padres para brindarle la contención afectiva que necesita habitualmente un chico de 14 años.

“Extrañaba, no me gustaba tener que comer a las ocho, vivir todo el tiempo con horarios, en mi pueblo no estaba acostumbrado a andar tan controlado. Llamé a casa y dije que me volvía, no quería más lola”, repasa Diego.

Fue otro momento crucial, de esos que definen destinos. Mario, que en su interior empezaba a darse cuenta de que su pibe jugaba en serio, se dio cuenta de que el problema no era el club, sino la soledad. Entonces le planteó a su hijo la posibilidad de mudarse él a Buenos Aires. “¿Si voy yo, te animás a seguir?”, propuso. Diego agarró viaje. Solo faltaba un detalle, después de pedir licencia en el banco de Teodelina: que en River le consiguieran un puesto de trabajo.

“Estaba Liporace, el dirigente encargado del fútbol amateur -no se olvida Mario-. Y más de una vez lo había escuchado hablar bien de Diego. Entonces fui bien de caradura y le toqué la espalda. Le dije que era Buonanotte y que necesitaba un trabajo para instalarme en Buenos Aires. Me preguntó qué sabía hacer. 'Tengo 25 años de bancario', le contesté. Me pidió que le dejara un currículum y a la semana me dieron un puesto en la parte administrativa del fútbol amateur. En mi trabajo pedí permiso por seis meses y me fui por tres años. Por eso siempre digo que River hizo grandes excepciones con Diego y lo ayudó muchísimo”.

Así, en Buenos Aires se apagó un foco de incendio, pero en Teodelina se prendió otro. Con las dos hijas estudiando en Rosario, y los varones instalados en Buenos Aires, mamá Noemí se quedó más sola que Bush en el día del amigo. La salvó la banca de su tía y de su hermano, Fabián, que también aportó mucho para la carrera de Diego.

Continúa con el relato el protagonista: “Cuando mi viejo se instaló conmigo, fue todo más tranquilo. Además ya tenía representante, la gente de IMG, que me ayudó mucho. Me quedé en el Hotel La Familia, cerca de River, donde había varios compañeros míos de inferiores y me sentía más contenido”.
Claudio “Chacho” Cabrera fue vital en su carrera, el primero que lo puso de titular en inferiores. De todos modos, todavía lo aguardaban un par más de oscilaciones. En el 2006, sin debutar en Primera, apareció su nombre y su rostro empapelando las grandes ciudades con una campaña de Adidas. “No imaginé que iba a ser así. Para mí era raro. Por un lado, no sabía si iba a jugar alguna vez en Primera. Por el otro, me veía en los carteles por todos lados y no entendía. Entonces, me empecé a autopresionar un poco, a tratar de demostrar eso que se decía de mí”, analiza hoy, razonando con lucidez.

En ese 2006, Diego firmó su primer contrato, Mario volvió a Teodelina, y Passarella lo hizo debutar en la Primera. Fueron apenas 8 minutos, que sobre todo sirvieron para que el gran público le conociera su voz de dibujito animado. Sin embargo, cuando todo parecía ir en subida y sobre ruedas, un puñal helado lo devolvió al recuerdo de los obstáculos que siempre debió sortear: Passarella no lo llevó a la pretemporada y lo bajó a la Reserva.

“Fue el peor momento de todos -califica Diego sin dudar-. Vino Pitarch y nos dio la noticia, éramos cinco o seis chicos, nos dijeron que había muchos profesionales y que no entrábamos. Sentí una gran tristeza, veía que se derrumbaba el sueño y la verdad es que pensé en irme. Es feo si lo pensás en frío, pero pensé en eso. Por suerte, escuché los consejos de mi viejo y me quedé”.

No se trató solo de la pretemporada. En el semestre siguiente Diego no sumó un solo minuto en Primera, y en Reserva iba seguido al banco porque los domingos bajaban muchos profesionales para no perder el ritmo.

A mediados del 2007, unos cuantos clubes quisieron llevárselo. “Diego quería irse para jugar y yo le decía que había que aguantar, que tenía que seguir entrenándose porque las condiciones, las tenía. Estaba muy bajoneado, pero ya pisando fin de año Passarella lo volvió a convocar y Diego respondió en momentos muy difíciles, metiéndole un gol a Central y rompiéndola contra Boca”, revive Mario, y el resto de la historia no hace falta contarla porque está muy fresca.
“Mimi, Mimi, le puedo hacer una pregunta”.  En Teodelina se conocen todos. Y a quienes dan clases no se les dice señora, ni profesora, ni maestra. Noemí Rende mueve la cabeza para aceptar la consulta del chico que levanta la mano. ¿Preguntará por el metabolismo de la iguana? ¿Por la estructura del Acido Desoxirribonucleico? ¿Por el consumo de energía de una mitocondria? No, no y no.
“Mimi, ¿sabe si el domingo juega Diego?”. La pregunta ya no sorprende a la mamá del hijo pródigo. Se ha hecho rutina. Tampoco a las hermanas del muchachito, que si hace un par de años eran celosas, ahora ya no saben qué hacer. “Mis compañeras de la facultad me piden cosas todo el tiempo: conseguime una camiseta, un pantaloncito, una media, lo que sea”, revela Sofía, que va por cuarto año de Económicas y tiene futuro laboral asegurado en la familia (algunos billetes va a tener que contar).
“Yo soy muy futbolera, porque fui la primera y mi papá me crió como un varón -se sincera sin quejas Regina-. El domingo de Olimpo no pude ir a Buenos Aires a la cancha, porque tenía guardia en el Sanatorio el fin de semana. Me fui llorando todo el viaje a Rosario. Al menos pude ver el partido en un bar, tratando de contenerme para no hacer papelones. Te imaginarás que no fue sencillo”.
Y completa Sofía: “Llama desde Buenos Aires y nos dice que le compremos un pantalón, un suéter, o que le pidamos el auto a papá y siempre le decimos que sí. Lo malcriamos bastante. Ahora que está de vacaciones, yo también me tomé las mías. Como si hubiera jugado...”.
El cierre queda en manos del actor principal.

-¿No te acompleja el tema de la voz?
-Para nada, al principio me gastaban, ahora ya se acostumbraron.
-¿Y la imitación del Payaso Mala Onda?
-Bah, no pasa nada. Hoy me desperté y escuchaba que mis viejos se mataban de risa. Estaban mirando ese programa.
-¿Nunca tuviste miedo de que te partieran de una patada por ser tan chiquito?
-Si te asustás, no podés entrar a una cancha. Se dijo muchas veces que no podía jugar en Primera por mi físico, pero yo digo que el físico lo acomodás con los partidos. Podés tomar mil vitaminas, ir doscientas horas al gimnasio, lo que quieras, pero si no jugás, el roce no lo agarrás nunca.
-¿Nunca sentiste que los grandotes te tiraban al demonio con el cuerpo?
-Obviamente que un grandote me puede tirar el carro encima, pero a lo mejor yo lo gambeteo y el otro queda parado.
-¿Creés que con tu físico vas a poder jugar en Europa?
-Yo demostré que puedo jugar en Primera. Hay que esperar, todo llega.
Todo llega, sin duda, sobre todo si el talento está tan desarrollado como en este zurdito inquieto, embajador plenipotenciario de Teodelina, un pueblo que despide a los visitantes con el cartelito que reluce a un costado de la ruta, justo en la salida, enfrente de La Bota, emblema de esta comunidad feliz y orgullosa: “Conduzca con cuidado. No nos sobra ningún habitante”.

Mario se cansó de verlo al volante del 206 rojo en las interminables travesías a Buenos Aires. Dieguito, no. Se dormía antes. Algo debería andar planeando El Reparador de Sueños.

Por Diego Borinsky