Las voces y el detrás de escena: la derrota más ardorosa de la historia de Boca
El 21 de agosto de 1984, el Xeneize, que atravesaba la crisis más fuerte, cayó 9-1 con Barcelona en la Trofeo Joan Gamper. El recuerdo de El Gráfico y la palabra de los protagonistas.

El año 1984 es historia pura en Boca. Y no precisamente para bien: el club atravesaba la crisis económica más fuerte de sus 120 años de vida. En julio, en un partido en La Bombonera ante Atlanta, los números de las camisetas habían sido remarcados con fibrones, con jugadores de cuarta y quinta división como protagonistas frente a la huelga de profesionales.
Un mes después de aquel hecho comenzaría una gira por Europa y Estados Unidos con el objetivo de recaudar dinero y empezar a paliar deudas. En la misma, el mítico arquero Hugo Orlando Gatti jugó como delantero en una calurosa tarde de septiembre en California, frente a Atlas de México, durante 18 minutos.
El debut del Xeneize en el viejo continente se produjo un 21 de agosto y fue inolvidable. En las semifinales del Trofeo Joan Gamper cayó ¡9-1! contra el anfitrión Barcelona.
Cuatro días antes había jugado un amistoso en Tucumán frente a Unión Simoca en el que había goleado 6-0, pero esta vez las cosas iban a cambiar. “¿Será cierto o es una pesadilla?”, se preguntaba la crónica de época, firmada por Natalio Gorin y titulada, respecto de la derrota ante Barcelona, “Las valijas de Boca cargan una herida cruel”.
Los goles de la humillación
Recién a los 29 de la primera parte, Alesanco puso el 1-0 de cabeza, luego de un tiro libre de Bernd Schuster. Archibald anotó el segundo y el tercero antes del entretiempo luego de un error de Gatti y otro gran centro del afamado alemán.

Calderé, Alesanco, Schuster y Carrasco establecieron la ventaja de siete goles en apenas 20 minutos del segundo tiempo. Fernando Morena, de penal, descontó, pero de poco serviría; Esteban y Marcos pusieron cifras definitivas.
La intimidad del desastre
La retirada triste y apagada del campo de juego encabezada por el legendario Roberto Mouzo fue un espejismo de lo que vendría después. En el vestuario reinaba un clima pesado, de vergüenza deportiva y de incredulidad, en un absoluto silencio.

“Yo soy el culpable en un 50% de esto, me hice echar otra vez… Asumo mi culpa”, juraba Roberto Passucci, quien fue expulsado y ya tenía antecedentes. Al otro día, en una reunión con el técnico brasileño Dino Sani, acordó que si volvía a suceder no jugaba más en la primera del club.

El legendario Fernando Morena, ídolo de Peñarol, no ocultaba su malestar. “¡Qué desastre, qué desastre! En 1975 nos preparamos dos meses para una gira por Europa con Peñarol y nos fue bien. Al año siguiente viajamos con el entrenamiento para jugar en Montevideo y nos comimos de a cinco”, disparaba, en consonancia con una importante persona externa al plantel. Horas más tarde, el charrúa bajaría un mensaje de optimismo: “Le hicieron nueve a un club famoso y por eso se habla tanto, pero al mismo tiempo nosotros somos conscientes de lo que significa esta camiseta. Vamos a salir”.
Los máximos referentes, Gatti y Mouzo, que habían sido campeones del mundo con la camiseta azul y oro, resultaban incrédulos del contraste. “Vengo de cumplir cuarenta años, mañana no juego”, decía el arquero, quien días después redoblaba con un pensamiento que se repite en la actualidad: “No fueron doce o trece de milagro, estamos cada vez más lejos del fútbol europeo”. El defensor, de puro ADN xeneize, explicaba: “Nunca me comí nueve y jugué en todas las divisiones inferiores del club. Me quiero morir”.

La atmósfera en el hotel fue pesada. Entre los experimentados, existieron miradas para repartir culpas y la cena no se extendió mucho, sin demasiada charla entre los integrantes. A Cacho Córdoba le llegó un llamado importante: era Guillermo Coppola, representante estelar de aquel momento, desde Buenos Aires.
Si bien el resultado fue consecuencia de errores puntuales como los de Gatti y Passucci, y ráfagas del rival, Barcelona era una potencia mundial en ese entonces. “Obra de Menotti”, explicaban. Lo cierto es que César Menotti, el entrenador campeón del mundo, había dejado el conjunto catalán recientemente para la asunción del inglés Terry Venables. Aun así, el Flaco dijo presente en el Camp Nou.
La dura sentencia de César Luis Menotti
César Luis Menotti había dejado el cargo hace días en Barcelona y todavía no sabía que dos años después trabajaría en Boca. Sin embargo, su figura aquel entonces como único técnico campeón del mundo con la Selección era intachable, y mucho más en pleno auge de la disputa con Carlos Salvador Bilardo.
Al ser consultado por El Gráfico sobre el resultado, opinó con postura de sentencia: “¿Viste?, ¿viste? Es mi vieja lucha. Una vez dije que la Selección no podía ir a Europa con dos días de anticipación y se me enojó todo el mundo, empezando por Bilardo. Esto de Boca no se puede creer, jugaron el miércoles con Estudiantes, fueron a Tucumán, volvieron a Buenos Aires y viajaron a España. No, viejo, no. Hay cambio de horarios, no hay descanso. Así no se puede salir a jugar el Gamper contra Barcelona. En esta cancha San Lorenzo le hizo cinco, el último Pontoni con el c…. Esta es una falta de respeto para el fútbol argentino; yo no le echo la culpa a los jugadores de Boca, es un problema de mentalidad y organización. Así nos vamos al carajo”.
Las revanchas de Boca, una de cal y una de arena
Rápidamente se supo que el conjunto de La Ribera debería afrontar el encuentro por el tercer puesto contra Aston Villa. Con el recuerdo fresco de la Guerra de Malvinas, Berta, Gatti y Córdoba llamaron a “desmalvinizar” el duelo.
El compromiso se llevó a cabo como preludio de la gran final y fue abucheado por la gran cantidad de hinchas catalanes presentes. Al margen, la alegría fue azul y oro: Boca ganó 2-0, con los goles de Mendoza y Morena.
Antes de comenzado el partido, Córdoba y Denis Mortimer respetaron la camaradería e intercambiaron los banderines. Fue el primer duelo de clubes argentinos e ingleses después del conflicto bélico, pero dentro del terreno de juego no se notó y el respeto fue mutuo.

La reflexión de Gorin fue una crítica al Subsecretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O’Reilly, quien le había querido negar a Independiente la posibilidad de enfrentarse a Liverpool, a fines de ese año. “¿Por qué en tantas cosas nos va tan mal? Será que vemos las cosas pequeñas, nada más”, se lamentaba.
Días después Dino Sani y su delegación viajaron a San Sebastián para medirse con Real Sociedad. En un partido de ida y vuelta, el Xeneize sucumbiría 2-0 con las anotaciones de Bakero e Iturrino, que se animó a definir por encima de la humanidad del Loco.
“Lo de Boca es más grave, le cuesta mantener el ritmo de sus rivales. Lo de Aston Villa fue pura casualidad, asociado por el amor propio y vapuleado por Barcelona. La victoria con Real Sociedad es la verdad. No tiene fundamentos físicos para una gira por Europa [...] Faltan varios partidos y el pronóstico es reservado. Los magos del fútbol suelen desempolvar una palabra para medir el optimismo: milagro. A ver si lo hace posible”, fue la conclusión final de la crónica de El Gráfico.
La página siguiente de la revista se hacía eco de la factible vuelta de Domingo Corigliano, presidente que estaba de licencia, Por otra parte, ponía en la mesa la posibilidad de una colecta para conseguir dólares y los pedidos de remate de La Bombonera. Todas las patas de la mesa temblaban, adentro y afuera de la cancha.
Imagen de portada: archivo El Gráfico
Archivo: Julián Marcel







































