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BILLETERA MATA PASION
Maxi Moralez y la paradoja social de la Argentina.
Pequeño ejercicio de imaginación. Usted es bueno en su profesión, cualquiera sea: remisero, arquitecto, carpintero o abogado. No le sobra nada, pero gana lo suficiente para vivir. No da para quejarse, hay gente que la pasa peor. Que ni siquiera trabaja de lo que le gusta, sino de lo que puede. Pero está clarísimo que igual le encantaría darse más gustos: conocer el mundo, comprarse un auto mejor, tomarse un mes de vacaciones como Dios manda, empilchar de primera, comer afuera de tanto en tanto, recibir llamados en un black berry, navegar en la última laptop…
Sigamos imaginando. Un día usted se levanta y recibe un llamado. Le proponen ir a Rusia, a Rumania, a Suiza o tal vez a Qatar. No en plan de turismo, sino para hacer lo que sabe: remisería, arquitectura, carpintería, abogacía. Pero con otra pequeñísima diferencia, además de la geográfica: en vez de ganar las chirolas de siempre, cobrará cinco millones de dólares por los próximos tres años. ¿Continuaría manejando el remis por Wilde o se iría a pilotear un cascajo en Moscú? ¿Permanecería diseñando planos en Belgrano o levantaría edificios en Bucarest? ¿Ensamblaría roperos en Monte Grande o armaría modulares en Zurich? ¿Manyaría papeles en Tribunales o se eyectaría para defender malandras en Doha?
A Maxi Moralez le pasó eso. El domingo se levantó para jugar con Racing y su representante le dijo que el FC Moscú estaba dispuesto a pagarle cinco millones de dólares desde mañana hasta el 2010. ¿Qué decisión querían que tomara, si su profesión efímera le sirvió en bandeja la posibilidad de asegurar el futuro de su familia, que habita un país donde ese mismo futuro tiene aroma a mate cocido y pan duro?
La encrucijada de Maxi es la paradoja social en la Argentina, un país que empuja a su propia gente hacia el aeropuerto de Ezeiza de tanto asfixiarla con la angustiante falta de oportunidades y plataformas de desarrollo. Ni siquiera la pasión por el fútbol quedó a salvo de semejante devastación. Ya nada alcanza para compensar la panza llena y la satisfacción de algunos gustos: ni el folklore de las tribunas llenas, ni la gloria de una Copa Libertadores, ni el cariño por una camiseta que papá nos enseñó a querer cuando ni siquiera sabíamos caminar.
A Moralez le sonó el teléfono y salió disparado como cuando gambeteaba rivales en el Mundial Sub 20. No lo frenó ni la clemencia que le pedía el técnico Costas, ni las voces envenenadas de los expertos en pedirles concesiones a los bolsillos ajenos. Hizo las valijas y se fue. Lo mismo hubiera hecho el remisero de Wilde, el arquitecto de Belgrano, el carpintero de Monte Grande o el abogado de Tribunales…







































