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Marcelo Araujo: El hombre que convirtió el relato de fútbol en un show de autor

Tras la muerte del icónico periodista a los 78 años, repasamos la carrera del hombre que reinventó el lenguaje de las transmisiones deportivas.

Por Silvio Maverino ·

16 de marzo de 2026

La muerte de Marcelo Araujo a los 78 años no es solo la partida de un periodista, sino el silencio de la voz que inventó una nueva forma de ver fútbol en la Argentina. Desde sus inicios junto a Fernando Niembro hasta su consagración en Fútbol de Primera, Lázaro Jaime Zilberman entendió antes que nadie que el partido era un espectáculo que requería una narrativa propia.

Su mayor legado fue la complicidad dialéctica que mantuvo con su gran compañero Enrique Macaya Márquez, a quien solía cuestionar con el inolvidable “¿Estás crazy, Macaya?” o, ante la duda propia, lanzando un “¿Yo estoy crazy?” que rompía la seriedad de cualquier transmisión.

Esa audacia lo llevaba a situaciones inverosímiles, como cuando en un Boca-Platense, tras un golazo de Luis Fabián Medero, decidió que el fútbol ya se había terminado y lanzó un “Señoras y señores, buenas noches” para abandonar el micrófono en pleno partido.

Su capacidad para el asombro era genuina; ante cada error insólito de un delantero, la sentencia era inmediata: “¡La que te devoraste!” o el ya mítico “¡Lo que te comiste!”, frases que hoy repite cualquier hincha en la tribuna.

Araujo no solo relataba, sino que bautizaba. Bajo su mando, Ariel Ortega pasó a ser “El Burrito”, Juan Román Riquelme se transformó en “El Torero”, a Guillermo Barros Schelotto lo bautizó como “Chapita”, Carlos Tevez fue el “El Apache" y “Bebé” Claudio Caniggia. 

Tenía una forma solemne y a la vez pícara de nombrar a los ídolos, como cuando gritaba un gol de José Luis Félix Chilavert o se deshacía en elogios ante el “extraordinario, estupendo, fantástico” despliegue de algún protagonista.

También protagonizó momentos de un surrealismo absoluto que solo su genio podía resolver. Inolvidable es aquel Independiente-Banfield donde, en pleno ataque del Rojo, empezó a sonar su ringtone del Nokia 1100. Lejos de incomodarse, lo integró al relato de forma magistral: “Pegale Rolfi, no tiene espacio, sigue el Rolfi para Insúa, me están llamando por teléfono, gol de Insúa... Sí gooool”. Un verdadero fenómeno que manejaba los tiempos del vivo como nadie.

Del mismo modo, ante los imprevistos técnicos, su reacción era puro histrionismo; como cuando en un Clásico de Avellaneda la Doble Visera quedó a oscuras en 1998 cuando Racing ganaba 2-0 con tantos del Chelo Delgado y Mature Morales y él gritó desaforado: "Uy se cortó la luz, se cortó la luz, ¡Se cortó la luuuz!".

Araujo fue el hombre que nos enseñó el segundo nombre de los jugadores, dotando a sus relatos de una precisión casi académica pero con su sello inconfundible.

En sus transmisiones, los protagonistas dejaron de ser solo apellidos para convertirse en Alberto Federico Acosta, Arnaldo Ariel Ortega, Sebastián Pascual Rambert, Rubén Oscar Capria, Claudio Darío Biaggio, Antonio Daniel Barijho, Martín Alejandro Cardetti, Fernando Andrés Gamboa, Martín Alejandro Fúriga o Alberto José Márcico. Esta forma de mencionarlos no solo aportaba distinción, sino que preparaba el terreno para el estallido del grito de gol, dándole una solemnidad única a cada jugada que quedaba grabada en la memoria del espectador.

Incluso en la tensión de un Superclásico, podía mezclar la frialdad de los números con la euforia del grito sagrado, dejando para la historia aquel “776.420 la recaudación para una nueva edición del Superclásico del Fútbol Argentino... Marteeeeeeen...Gooooooooool”... 

Su paso como relator de la Selección Argentina también dejó huellas imborrables de su temperamento. Araujo hacía silencio en los goles que le hacían a Argentina y podía pasar de un rezo desesperado con el “Padre nuestro que estás en los cielos... Rivaldo” antes de un tiro libre de Brasil que terminó en gol, a una queja cargada de argentinidad como el “¡Qué culo que tienen los yorugua!” tras un palo de Uruguay.

Nunca ocultó su pasión, llegando a desafiar los fallos arbitrales con un visceral “¿De dónde posición adelantada? ¡De acá, de acá!”. 

Con pausas magistrales y el susurro de “¿para cuándo Sergio?” justo cuando Goyco miró la cámara, capturó el tono épico de una de las mayores hazañas argentinas al eliminar a Italia en los penales en el Mundial 1990. 

Los hitos de su carrera están pegados a frases que hoy son leyendas y que demuestran su manejo absoluto del timing televisivo. Desde el “Sharaaappp Macaya que se viene el gol de River” en la Libertadores del 96, hasta sus intervenciones llenas de ironía como el elegante "¿Alguien puede bajarla, por favor? Muchas gracias" o su crítica mordaz al decir "Típico de argentino, lo que no sabe lo inventa".

Araujo lograba que cada jugada fuera un evento único, ya fuera narrando un "Milagro en el área de..." o en momentos de profunda calidez como el emotivo “Que los cumplas feliz, que los cumplas el Beto que los cumplas feliz”, transformando la transmisión en un registro histórico de la pasión nacional.

Es imposible olvidar su diálogo imaginario antes de un tiro libre de Maradona en Boca: "¿Te acordás, Diego? Acariciala. En ese palo ¿Ves? Ahí me gustaría que la metas. Acariciala nomas, soplala, después se lo dedicás a tu vieja, la Tota. A ver Diego, Diego, goooool…".

A lo largo de casi cinco décadas, Araujo construyó un ritual de domingo. El “Lo que viene, lo que viene” era la señal de que el resumen de la fecha comenzaba en Fútbol de Primera, y su “Si lo hacés, me voy” era la máxima expresión de suspenso ante un tiro libre decisivo.

Marcó a una generación con su “Se viene la baanda” y su "Salas y River Campeón" con su particular forma de celebrar la gloria ajena.


 

Fue el encargado de anunciar que “Racing después de 35 años vuelve a dar una vuelta olímpica” y de la histórica coronación en la que relató a Banfield, cuando a pesar de haber perdido, se clasifica campeón del Apertura 2009, demostrando que su voz era el sello oficial de los hitos más grandes de nuestro fútbol.

Hoy, su voz se apaga físicamente, pero queda prendida en el televisor de la memoria de todo un país que aprendió a gritar los goles con su sello.

FOTO DE PORTADA: EL GRÁFICO