Grand Slam

La campeona que incomoda: Elena Rybakina, el poder del silencio en un mundo ruidoso

Cuestionada por su inexpresividad, la kasaja superó a Aryna Sabalenka y conquistó el Grand Slam sin grandes festejos.

Por Constanza Vanzini ·

31 de enero de 2026

ELENA RYBAKINA ganó el Abierto de Australia sin levantar la voz. En un tenis mundial cada vez más atravesado por las declaraciones virales y la exigencia permanente de explicar todo dentro y fuera de la cancha, su figura resulta casi incómoda. Juega, gana y se va, como si el ruido no la interpelara.

En Melbourne no necesitó construir un relato paralelo a su tenis. Venció a Aryna Sabalenka, la gran favorita y número uno del mundo, sin festejos desaforados, gritos ni gestos. Tampoco discursos grandilocuentes ni lágrimas. Rybakina conquistó el segundo Grand Slam de su carrera con la misma expresión con la que sostuvo el trofeo: conuna calma imperturbable. En esa forma de ser, justamente, encontró una forma de poder.


El deporte, y la sociedad actual en general, suele reconocer más a las figuras que saben contar su historia mientras la escriben. Sabalenka, Alcaraz, Coco Gauff, Djokovic son ejemplo de esto. Rybakina hace lo contrario. Su tenis no pide contexto: saques potentes, golpes dominantes y una lógica implacable para cerrar los puntos. No hay misterio ni seducción. Hay eficacia. En tiempos de espectáculo constante, su propuesta parece anacrónica pero funciona.

Su serenidad muchas veces fue confundida con frialdad y antipatía. Como si no mostrar emociones implicara no sentirlas. Cuando ganó Wimbledon en 2022, le cuestionaron tanto su modo de celebrar que terminó lagrimeando en la conferencia de prensa al hablar de su familia y reprochó: "¿Ustedes querían emoción? Ahí tienen emoción".

Imagen Rybakina, la campeona del Abierto de Australia
Rybakina, la campeona del Abierto de Australia
 
Sufortaleza mental está construida desde otro lugar: el control. Rybakina no apaga lo que le pasa, lo administra. No se protege del entorno levantando la voz, sino bajándola. En la cancha, el silencio también puede ser una estrategia y su historia personal acompaña esa lógica. Formada lejos del centro de la escena, sin el respaldo de una potencia como Rusia que la empujara desde juvenil, aprendió a competir sin reconocimiento. No necesitó pertenecer para crecer. A sus 18 Se cambió de nacionalidad,alzó la bandera de Kazajistán y siguió su camino. Quizás por eso su vínculo con el éxito no está mediado por la validación externa. Gana, pero no se define por el aplauso.

En un mundo que amplifica cada gesto, Rybakina elige la economía emocional. La consagración en Australia no cambia su manera de ser. No parece empujarla a ocupar un lugar que no siente propio. Rybakina no aspira a ser la cara del tenis femenino ni un símbolo generacional. Su liderazgo es menos visible, pero no menos contundente: demuestra que también es posible ganar desde el bajo perfil.

Tal vez por eso incomoda tanto. Porque obliga a revisar una idea instalada: que para ser grande hay que mostrarse. Rybakina propone lo contrario. En un circuito ruidoso, su silencio no es ausencia, es su forma de jugar, de ganar y de decirlo todo.