El día que a Di Stéfano se le escapó una lágrima
En el centenario de la Saeta Rubia, El Gráfico comparte los mejores recuerdos de su infancia narrados por el propio protagonista.

Hace 100 años nació don Alfredo Di Stefano. Considerado uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, jamás perdió la oportunidad de mostrar un afecto especial hacia su historia, y en especial a sus orígenes. Debutante en River en 1945, siempre consideró que La Máquina (Muñóz, Moreno, Pedernera, Labruna, Lousteau) fue el mejor equipo que vio en su vida.
Ya sea en sus épocas de jugador, entrenador o retirado de la actividad, la pluma y la lente de El Gráfico lo acompañó siempre. Y en sus 4489 ediciones, abundan por doquier las notas que lo tuvieron como protagonista. En 1980, cuando faltaban pocos meses para que sea director técnico de River, el periodista Guillermo Blanco lo invitó a recorrer aquellos espacios de Buenos Aires en donde había crecido. Y la Saeta aceptó.

El mismo periodista cuenta como fue esa jornada: "Yo le propuse hacer ese encuentro, y además de visitar aquellos lugares. Él fue a visitar a su mamá y tomamos un té con la vieja que vivía en la calle Carabobo al 400. [Héctor] Onesime me dijo que el material de la nota era como para varias páginas, pero en la edición solamente salieron dos o tres, incluida una serie de consejos que había dado en la Escuela Técnica de la AFA. En la nota recorrimos las calles de la infancia y hasta nos fuimos a La Boca, a media cuadra de La Bombonera, donde vivía el abuelo. Cuando le propuse entrar, él no quiso. Esa tarde lo vi llorar. Y a la nota la titulé: 'El día que a Di Stefano se le escapó una lágrima'".
La misma fue publicada en la edición 3174 del 26 de agosto de 1980 y, en su recuerdo, El Gráfico la comparte completa. Solamente para entregar información de contexto, se agregarán una serie de notas al pie.

El día que a Di Stéfano se le escapó una lágrima
-No, no puedo, no puedo…
Moussy y Suárez(1). Alfredo Di Stéfano deja que la vista recorra ese interminable pasillo de zinc, y la mirada se frena en la higuera. “De afuera, sí, pero no puedo entrar, nunca más lo hice…” En los años 30, ése era el reinado del abuelo paterno, y la higuera por entonces se transformaba en el juego más ansiado por Alfredito, el nieto movedizo, vago y ligero. “En el horno de fondo el papá de Tita Merello(2) hacía unas pizzas bárbaras. Ellos vivían por la salida que da a Suárez. ¿Sabés que “sacas” (3) eran éstas en aquellos tiempos?” Un pañuelo le seca los ojos.

El estadio de Boca queda a media cuadra. “Yo tendría ocho o nueve años. Mi familia vivía en Barracas. Con los pibes nos veníamos por Brandsen juntando chapitas de naranjines, nos subíamos a la higuera, nos llenábamos la panza y nos íbamos a ver los picados en la Bombonera. Jugaban Cherro, Benavídez, Valussi, Cussati. Yo ya era hincha de River, pero mis abuelos paternos vivían en la Boca. Eran italianos, de Capri. Por eso me la pasaba en este barrio”.
La Boca, callejón, Vuelta de Rocha. Este paseo se asemeja a un tango tristón. “De los 53 años que tengo, la mitad los pasé en España. Allí estoy radicado con mi familia. Por lo menos una vez por año vengo a Buenos Aires. Esta vez con la agremiación de futbolistas españoles. Hacía mucho tiempo que no salía a recorrer los lugares de mi infancia. Cuando ustedes me invitaron sentí algo extraño. No sé por qué. ¿Por qué no subimos por Brandsen?"

Nació en Barracas el 4 de julio de 1926.“En la calle Universidad, ahora llamada José Aarón Salmun Feijóo. El número exacto es éste, el 770 (4). Ahí aprendí a jugar, en esos adoquines. Mirá si seremos buenos los argentinos… Teníamos el potrero en la fábrica de chocolates El Águila(5). Esa, esa que está ahí… ¡Cómo tiraba la bronca la tana de la casa rosada! ¿Y el portero de la escuela de enfrente? Le decíamos, ‘pisahuevos’, por los callos que tenía el pobre…Allá había una fábrica. Los obreros descansaban recostados en la vereda hasta que sonaba una sirena para reanudar las tareas. Entonces, con los de la barra de chiquilines íbamos juntando las pocas monedas que se les caían mientras habían estado sentados, y en la panadería de Jesús Menéndez, en Brandsen y Universidad(6), comprábamos factura vieja… Para otra cosa no teníamos. En 1963, estando en España, fui a jugar a Oviedo, y escucho que me gritan Alfredito. Era el panadero don Jesús, que se había ido a vivir a su país…”
Tampoco quiso tocar timbre allí. El sol de este miércoles 24 de junio de 1980 le parecía más frío que aquel de 1936.

“En el ’37 nos fuimos a Flores. ¿Vamos a darle una sorpresa a mi vieja?”.
Carabobo 467. La misma casa con el pasillo largo donde Alfredo y su hermano Tulio jugaban de arco a arco raspándose contra la pared (7). Doña Eulalia Elena Laulhé de Di Stéfano fue a la peluquería. Es que estaba invitada por Alfredo para una cena, y este tipo de compromisos anuales son sagrados. Cuando llega, se recrea uno de los actos más bellos de esta vida: el beso de un hijo a una madre. Alfredo está nervioso. Los ojos aguantan un torrente de lágrimas. La toma de la mano. La mira. La venera. Y trata de reírse para alegrar la escena. “¿Cómo no iba a salir futbolista si ella es irlandesa, de la familia de los Brown de Alumni…?”, ironiza Di Stéfano. “Y su padre también jugó en River”, nos dice doña Eulalia.
“Papá andaba en el negocio de las papas. Después tuvimos un campo, la estancia Los Cardales, cerca de Campana. Coincidía eso con mis primeros años en River, allá por el 44, 45… Me acuerdo que del Monumental un colectivo me dejaba en la ruta y me tenía que cruzar el campo hasta llegar al casco. Siempre tuve un berretín: juntar tréboles de cuatro hojas. ¿A ver? (busca un cuadro con una foto de su infancia) Aquí todavía hay uno. Se mantiene. Lo junté en aquella época. Otra vez, estando como técnico en el Valencia, paré un entrenamiento, me arrodillé y encontré otro. Lo tengo en mi casa en Madrid…”

Alfredo Di Stéfano. Gambeteó autopistas para tratar de enlazar el recuerdo de sus primeros días, cuando el fútbol todavía no lo había puesto en el atrio mayor. Por entonces el mundo no sabía de su existencia. Era la época de los tranvías que hoy ya no están. En la calle Moussy el abuelo no espera, y en el hogar paterno su padre no lo reta.
Di Stéfano tomó un avión el sábado 27 rumbo a Madrid. Lo saludó su madre levantando una mano. Hoy se lo puede encontrar en el bar Chamartín, en los alrededores del estadio Bernabeu. Una copa entre manos. Orejeando los naipes. Quizás pocos adviertan que este hombre anda herido. Después, claro, la vida cicatrizará todo. Aunque ya la nostalgia sea un mal incurable.

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(1) Actualmente la calle Moussy se llama Juan De Dios Filiberto, y la altura exacta es 992. La casa ya no existe: en su lugar hay un café de especialidad. Lo único que persiste es el árbol.
(2) Para quienes no sepan quién fue Tita Merello (1904-2002), solo podemos decir que fue una de las mejores artistas argentinas: cantante, actriz, presentadora de televisión, la distinguía su carácter recio y su independencia.
(3) Lunfardo: es el revés de “casas”.
(4) La fachada de la casa que menciona don Alfredo al día de hoy se mantiene tal como en 1980. Al lado hay una ex Sub Usina de la Compañía Italo-Argentina de Electricidad.
(5) Ubicada en la esquina de Brandsen y Herrera, en Barracas, la fachada original de la fábrica sigue existiendo. Actualmente, en esa esquina hay un supermercado.
(6) Actualmente, en esa esquina ninguna panadería funciona
(7) La casa sigue en la misma dirección, y el pasillo largo sigue en pie.
(Escrito por Guillermo Blanco, y publicado en la edición 3174 de El Gráfico del 26 de agosto de 1980)
Fotos de portada e interiores: Archivo El Gráfico







































