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Los peores enemigos del boxeo

Lo que ocurrió en Hamburgo con la pelea en la que Vitali Klitschko le ganó a Shannon Briggs es un insulto a la dignidad humana y al propio boxeo.

Por Carlos Irusta ·

19 de octubre de 2010







Los argentinos amamos los eufemismos y, así, los ciegos son no videntes y los sordos, hipoacúsicos. Dejémonos de elegancias. El boxeo es un deporte duro, cruento, a veces cruel. Tan cruel como la vida misma. Se sube al ring y no se sabe nunca, en que condiciones se bajará. Un riesgo asumido por el boxeador y un código de vida que nosotros, meros mortales, no sabemos entender. Se toma o se deja.

Esa antigua y gastada pregunta “¿El boxeo es un deporte?”, se pasó de moda. Es, ante todo, una actividad profesional, o sea que entre otras cosas –y como en otras actividades deportivas- manda la plata.
Pero si los que están en el boxeo no lo cuidan, entonces ya no hay códigos. Si el referí, el médico o el rincón de Shannon Briggs hubieran tenido (porque lo no tienen) un poco de corazón o (lo que todavía es más difícil) algún conocimiento boxístico, hubieran parado la pelea en el sexto, o séptimo round, hubiera sido un resultado más y Briggs hubiera terminado menos estropeado.
A nadie que le guste el boxeo, le gusta ver un sacrificio humano. Una pelea es buena en tanto y en cuanto, haya competencia. Sino, directamente, no existe la esencia del boxeo que es, por sobre todas las cosas, la lucha entre dos fuerzas.
Nadie, parece mentira, nadie, se apiadó de Briggs, quien fue sometido a una larga tortura por un campeón mediocre, sin la más mínima dosis de osadía como para terminar esa larga agonía.
Y es una pelea que: 1) Se efectuó en Hamburgo, Primer Mundo si los hay; 2) Avalada por el prestigioso Consejo Mundial de Boxeo; 3) Televisada para todo el mundo; 4) con un médico presente en el ring side, como debe ser y, 4) por un referí.
Los puntos 4 y 5 son ironías nuestras. Semejante médico no debe haber hecho el juramento hipocrático, porque Stefan Bock, cándidamente, dijo que “A partir del sexto asalto empecé a preocuparme por la salud de Briggs” ¡Por suerte, gracias a Dios! Claro, pedirle que impidiera tal carnicería sería ya demasiado...
El referí otro tanto. El rincón, obviamente, estaba compuesto por traficantes de carne humana, no por técnicos.
Briggs, peleador de raza, podría haberse quedado en su banquito, o haber puesto una rodilla en tierra, y nadie le hubiera podido reprochar nada, pero –fiel a su condición de boxeador de verdad- se mantuvo de pie hasta el final, como un Rocky de carne y hueso.
Con peleas como éstas, el Hombre regresa al Circo Romano, en donde se asiste en público a un sacrificio humano.
Nadie hizo nada por Briggs; el peor enemigo del boxeo ha sido, como muchas veces, la propia gente del boxeo.