(sin categoría)

Todos juegan mal

Para justificar traspiés los entrenadores son mandados a hacer. Con mayor riqueza intelectual según sus certificados de estudios o con la sencillez del trato callejero, siempre hay un motivo para no decir que sus equipos no juegan bien y echarle la culpa a cualquier circunstancia del juego. Así está hoy el fútbol argentino.

Por Carlos Poggi ·

27 de septiembre de 2010
Como Quilmes le empató en el descuento, con un centro llovido que el arquero y los zagueros vieron pasar y un enano como Caneo la mandó adentro por el segundo caño, Angel Cappa después de estrellar una botella de agua contra el piso, destiló toda su bronca contra el juez y, entre otras aseveraciones no tan filosóficas, también asevero que nadie juega mejor que River. Tiene razón don Angel, porque todos los equipos juegan mal, incluído el suyo, claro.  Si jugar bien es no acertar el arco a diez metros, si deslumbrar es tirar caños y tacos y agachar la cabeza en lugar de habilitar al compañero mejor ubicado, debe ser por eso que el entrenador de la Banda quiere hacer creer otra cosa. 

Muchachos, señores, cualesquiera que sea la edad de los eventuales conductores de grupos futboleros, basta de discursos para la gilada. Basta de echarle la culpa a otros factores extraños a la propia producción dentro del campo de juego. Basta de generar mitos y hacerse amigos de la prensa cuando los alaba y degradarla cuando se osa marcar una disidencia o establecer un punto de vista contrario al que se propala.

El fútbol argentino está en un período de decadencia global. Por fin de semana se juegan diez partidos, todos televisados en directo y en los más diversos horarios.  Sin contar los minutos agregados, la cuenta da 900 minutos de juego por cada fin de semana. Se han cumplido ya ocho fechas y aun cuando falta el partido entre Estudiantes y Gimnasia, se puede afirmar, sin margen de error, que como mucho se han visto 180 minutos de jerarquía acorde con el nivel profesional que debe imperar en una de las potencias mundiales, como sin duda es la Argentina en fútbol.  Pobre, muy pobre el saldo.

Mientras tanto, la ronda catonga de los entrenadores sigue en marcha. Dos interinos, como Sciaqua y el Chivo Pavoni, le hicieron restregar las manos a aquelos que acuñan la frase: "técnico que debuta gana",  pero Gamboa ya está sentado en el banco que fue de Mohamed en Colón y en Independiente siguen pensando en otros nombres para cubrir la vacante de Garnero. Mientras tanto, los jugadores continuan con su problemática, alejados del compromiso. Total, ellos  son los grandes protagonistas cuando su equipo suma, y se guarecen en el gran paraguas del técnico cuestionado cuando los triunfos escasean y los promedios angustian, sobre todo a los hinchas que ejercen presión sobre dirigentes que tampoco dejan de ser hinchas.

Así las cosas, con más palabras que juego, el Apertura 2010 se encamina hacia la mitad de su desarrollo sin mayores motivos para el optimismo. Y otra vez con los máximos referentes, como Boca y River, sin dar pie con bola, salvo en la verba de sus conductores. Pero con eso solo no alcanza, porque el que paga por un espectáculo tiene derecho a exigir que sea bueno, o al menos, entretenido. Y hasta ahora, poco y nada. Lamentablemente.