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La fe de un hombre

Luis Lazarte, apodado “El Mosquito”, le ganó el sábado al nicaragüense Nerys Espinoza y retuvo su corona minimosca FIB. Detrás, una historia conmovedora.

Por Carlos Irusta ·

06 de septiembre de 2010







Apenas había concluido la pelea entre Luis Lazarte y el nicaragüense Neris Espinoza cuando el campeón mundial comenzó a preocuparse: su esposa, embarazada, había sufrido un desmayo en el ring side. “Me preocupé más por ella que por el fallo de los jurados”, nos comentó después. Afortunadamente, no hubo problemas en ninguno de los dos lados. La mujer se recuperó, y los tres jueces le dieron la victoria a Lazarte por 116-111.
En medio del más que ensordecedor ruido de los bombos de los muchachos camioneros –que por alentar a su compañero de trabajo no dejaron ni escuchar siquiera la presentación de los boxeadores, malogrando la ceremonia-, Lazarte defendió por primera vez su corona minimosca FIB en el Once Unidos de Mar del Plata. Compartimos el lugar junto al ring con Sergio Víctor Palma. Y coincidimos en que, en una pelea llena de infracciones –amarres, golpes bajos, golpes en los riñones, cabezazos y otras lindezas-, Lazarte fue superior, sin dudas.
Este hombre de 39 años es barrendero y se levanta todos los días a las cuatro de la mañana para recorrer las calles con su cepillo y un carrito donde pone los residuos. Tal vez por eso esté siempre impecablemente entrenado. Confiesa que el campeonato mundial no le ha cambiado la vida económicamente (“Las bolsas han sido muy chicas hasta ahora”) y que, aunque vive muy humildemente, no se puede quejar de la vida.
Pero hay otras cosas... Lazarte nos contó que cuando era un niño, sus padres lo “regalaron”, según sus palabras. “Me dejaron y me crió una señora; viví con ella y el marido hasta los 12 años y después me escapé, porque mi padrastro me trataba muy mal. Ella sigue siendo, para mi, mi mamá”. Le preguntamos si se había reencontrado con sus padres de sangre. “Si, pero nada más que eso, porque a un hijo no se lo abandona, y ellos lo hicieron”, confesó.
Este hombre, que hoy es campeón mundial, que ya tiene dos hijos y que espera un tercero (“Ojalá que sea una nena”), ha abrazado a la religión como escudo. Se levanta todos los días para barrer las calles de Mar del Plata, a eso de las cuatro de la mañana. Y tras ganarle a Espinoza, aseguró que se tomará unos días de vacaciones. “El lunes que viene vuelvo al gimnasio, porque a mi edad no puedo dar ventajas”. Una historia de vida, ¿no? Una historia de quien, a pesar de todo y contra todo, jamás perdió la fe. Un ejemplo.