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Cholo, solo nomás
Tal vez por orgullo, acaso por pretender un milagro tratándose de San Lorenzo, Diego Simeone aguantó en su cargo más de la cuenta. La derrota ante Gimnasia y el clima hostil lo obligaron al Chau, no va más.
La imagen captada por Mauro Alfieri (fiel a la dinastía creada por don Ricardo en El Gráfico) para el suple de La Nación del domingo refleja cabalmente el momento de Diego Simeone. Arrodillado, con la mirada en el césped, el ahora ex técnico de San Lorenzo comprendía que había llegado el final de su tarea en San Lorenzo que abarcó un año con resultados negativos.
El Cholo había llegado bajo el tutelaje de Marcelo Tinelli, un cuervo quimérico que pretendió laureles deportivos lanzados desde el despliegue económico y de una supuesta inyección marquetinera que duró lo que un suspiro. La rimbombancia de las figuras de cartel aportadas en el ciclo Ramón Díaz y en parte prolongadas durante el período de Miguel Russo, se apagó con la dura realidad de finanzas resquebrajadas y la paciencia del público azulgrana al ímite.
Frente a ese panorama, Simeone y su fiel ladero Nelson Vivas (en realidad un técnico paralelo) tuvieron que armar y desarmar formaciones buscando un equipo que pudiera sobrellevar la época de crisis que inexorablemente se avecinaba. No lo lograron ni en el ámbito local ni el internacional, siendo la eliminación de la Sudamericana, ante un más que modesto equipo uruguayo como el River de Juan Ramón Carrasco, el principio del fin.
El Cholo y Vivas quiseron nadar contra la corriente, pero un plantel limitado con jugadores en franca devaluación como el Kili González, Menseguez y Bottinelli, más el regreso con una carga de lesiones a cuestas de Romagnoli y la falta de poder ofensivo que no pudo remediar ni el efecto publicitario del goleador uruguayo Alfaro que a gatas es un media punta acompañante sin peso ni altura para resolver en el área.
De todos estos errores deben hacerse cargo también los dirigentes que no supieron agarrar el timón con las dos manos y sacar el barco de la condición de naufragio en la que ahora se encuentra un equipo al que se le inyectaron presencias juveniles que hubiean servido en un etapa de éxitos y no para remendar agujeros en una campaña negativa como hace mucho tiempo no generaba una formación azulgrana.
Simeone demoró muchísimo en tomar la decisión de alejarse. Desde la pretemporada estaba más que claro que este San Lorenzo no tenía uñas para guitarrero. El recurso fácil de comprar figuras, que muchas veces son maquetas más que obras perfectas, ya no tenía razón de ser. Ahora había que aguzar el ingenio y arreglarse con lo que había.
Lo que había era poco y lo poco que vino tampoco solucionó nada. Simeone, acostumbrado a las batallas con pantalones cortos, ya había comprobado que con el saco Armani y las camisas relucientes al costado de la línea de cal, la impronta de los resultados marca a fuego. De la idolatría a la guillotina suelen mediar una decena de partidos y a veces mucho menos. Ya le había pasado en River con el que fe campeón y también terminó último justo cuando Boca daba la vuelta olímpica.
Ahora, en San Lorenzo al Cholo le pasó lo mismo, pero peor, porque con la azulgrana ni siquera pudo disfrutar de una vuelta olímpica. Tarde, pero inexorablemente, Simeone, como reza el tango debió despedirse con un "Chau, no va más". Es que no hay técnico que suba al podio sin el aporte de jugadores de real valía. Y este San Lorenzo colista, hoy no los tiene. Por eso, por más que se tenga a un entrenador de prestigio, la ecuación futbolera es imposible de cerrar.
El Cholo había llegado bajo el tutelaje de Marcelo Tinelli, un cuervo quimérico que pretendió laureles deportivos lanzados desde el despliegue económico y de una supuesta inyección marquetinera que duró lo que un suspiro. La rimbombancia de las figuras de cartel aportadas en el ciclo Ramón Díaz y en parte prolongadas durante el período de Miguel Russo, se apagó con la dura realidad de finanzas resquebrajadas y la paciencia del público azulgrana al ímite.
Frente a ese panorama, Simeone y su fiel ladero Nelson Vivas (en realidad un técnico paralelo) tuvieron que armar y desarmar formaciones buscando un equipo que pudiera sobrellevar la época de crisis que inexorablemente se avecinaba. No lo lograron ni en el ámbito local ni el internacional, siendo la eliminación de la Sudamericana, ante un más que modesto equipo uruguayo como el River de Juan Ramón Carrasco, el principio del fin.
El Cholo y Vivas quiseron nadar contra la corriente, pero un plantel limitado con jugadores en franca devaluación como el Kili González, Menseguez y Bottinelli, más el regreso con una carga de lesiones a cuestas de Romagnoli y la falta de poder ofensivo que no pudo remediar ni el efecto publicitario del goleador uruguayo Alfaro que a gatas es un media punta acompañante sin peso ni altura para resolver en el área.
De todos estos errores deben hacerse cargo también los dirigentes que no supieron agarrar el timón con las dos manos y sacar el barco de la condición de naufragio en la que ahora se encuentra un equipo al que se le inyectaron presencias juveniles que hubiean servido en un etapa de éxitos y no para remendar agujeros en una campaña negativa como hace mucho tiempo no generaba una formación azulgrana.
Simeone demoró muchísimo en tomar la decisión de alejarse. Desde la pretemporada estaba más que claro que este San Lorenzo no tenía uñas para guitarrero. El recurso fácil de comprar figuras, que muchas veces son maquetas más que obras perfectas, ya no tenía razón de ser. Ahora había que aguzar el ingenio y arreglarse con lo que había.
Lo que había era poco y lo poco que vino tampoco solucionó nada. Simeone, acostumbrado a las batallas con pantalones cortos, ya había comprobado que con el saco Armani y las camisas relucientes al costado de la línea de cal, la impronta de los resultados marca a fuego. De la idolatría a la guillotina suelen mediar una decena de partidos y a veces mucho menos. Ya le había pasado en River con el que fe campeón y también terminó último justo cuando Boca daba la vuelta olímpica.
Ahora, en San Lorenzo al Cholo le pasó lo mismo, pero peor, porque con la azulgrana ni siquera pudo disfrutar de una vuelta olímpica. Tarde, pero inexorablemente, Simeone, como reza el tango debió despedirse con un "Chau, no va más". Es que no hay técnico que suba al podio sin el aporte de jugadores de real valía. Y este San Lorenzo colista, hoy no los tiene. Por eso, por más que se tenga a un entrenador de prestigio, la ecuación futbolera es imposible de cerrar.







































