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¿Cómo, no era Brasil?
En lugar de Jamaica, el derrotado parecía el “scratch” en la final de Sudáfrica. Perdíamos, pero por suerte estaba Palermo para empardar y darle pie al joven Canuto para hacer el gol de la gran victoria. Así se hace. ¿O no?
No quería otra derrota frente a las camisetas amarillas. No podía ser que otra vez Brasil nos estuviera ganando y que nos estuviéramos quedando afuera de otro Mundial. Está bien que no es fácil marcar a Kaká, estar encima de Ronaldinho o de Adriano, pero no podíamos seguir dando tantas ventajas. Por momentos viendo el partido, era como si estuviéramos jugando un amistoso frente a Jamaica en el estadio Minella de Mar del Plata. Claro que lo que más me llamaba a engaño era la atención que le ponía Diego Maradona a lo que ocurría en el campo de juego y también la gran cantidad de banderas argentinas que había en la cancha. Era el clima de una final mundialista, se ve que yo tenía los cables cruzados y no me daba cuenta de cuál era el enfrentamiento real.
Ese 0-0 a cero del primer tiempo me llenó de mayor desconfianza, pero cerrando los ojos me transporté hasta aquel partido inolvidable de Italia 90 cuando Caniggia, tras una pincelada maradoniana, le cerró la boca a los fieles seguidores del scratch y a los sambistas que nos habían hecho bailar, con y sin pelota, con un gol que hizo historia.
Volviendo al Siglo XXI, viendo a los hombres vestidos de azul impecable, recuperé la esperanza en el triunfo. Porque a mí el gol de ese Ryan Johnson no me produjo ninguna sensación encontrada. Tenía fe de sobra en el poder de recuperación de estos muchachos que concurren muy felices al llamado del hombre que con los pantalones cortos y la destreza larga se hizo dueño del planeta fútbol en el Siglo XX. Eso sí, en un momento, cuando el reloj iba avanzando hacia el final menos esperado, pensé que hasta el mismo Maradona podría autoconvocarse y saltar a la cancha. Pero no, era demasiado y acaso inneceario, porque al fin de cuentas también estaba Palermo y su sola presencia daba pie para aferrarse al milagro del triunfo, un replay de lo que ocurrió contra los peruanos en la cancha de River, cuando se venía la noche. Y hubo replay nomás. Y el Diego festejó el empate de Martín como si realmente enfrente estuviera Brasil. Ni hablar cuando Canuto, el joven de Argentinos Juniors (el primer hogar futbolero del Diego) concretó el gol de la victoria. Estallaron todos, se abrazaron como si después fueran a recibir la Copa del Mundo. Cómo habrá sido la cosa que me fui convencido que no era Jamaica el rival vencido, si no que se trataba del Brasil que suele amargarnos la fiesta mejor planificada. Por eso bien vale la euforia de Maradona y su ballet. Y que sigan brindando.
Ese 0-0 a cero del primer tiempo me llenó de mayor desconfianza, pero cerrando los ojos me transporté hasta aquel partido inolvidable de Italia 90 cuando Caniggia, tras una pincelada maradoniana, le cerró la boca a los fieles seguidores del scratch y a los sambistas que nos habían hecho bailar, con y sin pelota, con un gol que hizo historia.
Volviendo al Siglo XXI, viendo a los hombres vestidos de azul impecable, recuperé la esperanza en el triunfo. Porque a mí el gol de ese Ryan Johnson no me produjo ninguna sensación encontrada. Tenía fe de sobra en el poder de recuperación de estos muchachos que concurren muy felices al llamado del hombre que con los pantalones cortos y la destreza larga se hizo dueño del planeta fútbol en el Siglo XX. Eso sí, en un momento, cuando el reloj iba avanzando hacia el final menos esperado, pensé que hasta el mismo Maradona podría autoconvocarse y saltar a la cancha. Pero no, era demasiado y acaso inneceario, porque al fin de cuentas también estaba Palermo y su sola presencia daba pie para aferrarse al milagro del triunfo, un replay de lo que ocurrió contra los peruanos en la cancha de River, cuando se venía la noche. Y hubo replay nomás. Y el Diego festejó el empate de Martín como si realmente enfrente estuviera Brasil. Ni hablar cuando Canuto, el joven de Argentinos Juniors (el primer hogar futbolero del Diego) concretó el gol de la victoria. Estallaron todos, se abrazaron como si después fueran a recibir la Copa del Mundo. Cómo habrá sido la cosa que me fui convencido que no era Jamaica el rival vencido, si no que se trataba del Brasil que suele amargarnos la fiesta mejor planificada. Por eso bien vale la euforia de Maradona y su ballet. Y que sigan brindando.







































