(sin categoría)
Chupate esa mandarina
No somos pacatos, pero no nos gusta, más como hombres que como periodistas, que nos insulten por más Maradona que sea el agresor.
Lo veía y lo escuchaba y me remití a mayo de 1979, cuando Maradona todavía no era Diego y que me permitió caminar con él varias cuadras por la encantadora Berna. Se iba a cumplir un año del título mundial logrado en la cancha de River frente a Holanda y Menotti, que no lo incluyó en aquella Selección le daba la oportunidad de integrarse con los mayores. Maradona, feliz por la posibilidad me hablaba de sus sueños, de lo mucho que queria a sus padres y del bienestar que ambicionaba para ellos. Vimos un campamento nudista y nos sorprendimos los dos, pese a nuestra diferencia de edad.
Todavia no puedo creer que haya escuchado lo que sin dudas escuché como escucharon todos, periodistas y oyentes comunes de boca de este muchacho a quien el fútbol endiosó y que ahora, sin mayor explicación, se ha convertido en una suerte de demonio. Aquel chiquilín, que puso de pie a todo un estadio en Escocia en los albores de su fecundo romance con la divisa nacional, ahora es un señor que vestido con el atuendo de DT encuentra enemigos donde no los hay, como tampoco había amigos donde él pensó que sí.
"Que me la chupen todos". "Que sigan chupando". Una aberración verbal que recorrió todo el mundo para dejar casi de lado la clasificación argentina para el Mundial. No somos pacatos, pero lo suficientemente hombres como para repudiar este aluvión de improperios sin justificación, salvo en los lugares donde se regodean contra los periodistas como es la casa donde le firmaron el contrato a este hombre que ve fantasmas por todos lados. Porque hay que ser sinceros y recordar que algo similar espetó el capo afista a enviados de Clarín al Mundial del 86 en México, una vez consumada la obtención del título en el estadio Azteca.
Diego está confundido y alguien tiene que hacerle ver la realidad. ¿Quién, seriamente, puede querer que a él no le vaya bien?, lo que se ha hecho es reflejar lo mal que jugaba el equipo, tan mal como en la gestión de Basile, de quien sugirieron que estaba viejo para manejar a los jóvenes y no fueron precisamente los periodistas. Nosotros no hacemos jugar mal a Messi con la camiseta nacional y no alentamos a Mascherano para que no acierte un cambio de frente. Y también es bueno reconocer que no influimos para que Verón, el mismo al que se denostó después de Corea-Japón 2002, sea ahora el conductor capaz de organizar todo bien hasta en el mismísimo estadio Centenario de Montevideo.
Amo profundamente al fútbol y a las mujeres (Mirta, mi esposa, por encima de todas) y por eso no me gusta chupar mandarinas, algo que, al decir de las abuelas, se indicaba cuando un hecho sorprendía grata o ingratamente. Y como esto ha sido muy amargo, ni eso voy a chupar. Prefiero quedarme con la imagen joven de hace 30 años de este hombre a quien la vestimenta de DT le ha hecho perder hasta la alegría que expresaba en cada pelota que tocaba mágicamente. Ojalá que sus hijas, a quienes recurre de manera permanente, puedan esta vez hacerle comprender que no hay enemigos a la vista, al menos entre los periodistas que se precien de tal. Y somos mayoría.
Todavia no puedo creer que haya escuchado lo que sin dudas escuché como escucharon todos, periodistas y oyentes comunes de boca de este muchacho a quien el fútbol endiosó y que ahora, sin mayor explicación, se ha convertido en una suerte de demonio. Aquel chiquilín, que puso de pie a todo un estadio en Escocia en los albores de su fecundo romance con la divisa nacional, ahora es un señor que vestido con el atuendo de DT encuentra enemigos donde no los hay, como tampoco había amigos donde él pensó que sí.
"Que me la chupen todos". "Que sigan chupando". Una aberración verbal que recorrió todo el mundo para dejar casi de lado la clasificación argentina para el Mundial. No somos pacatos, pero lo suficientemente hombres como para repudiar este aluvión de improperios sin justificación, salvo en los lugares donde se regodean contra los periodistas como es la casa donde le firmaron el contrato a este hombre que ve fantasmas por todos lados. Porque hay que ser sinceros y recordar que algo similar espetó el capo afista a enviados de Clarín al Mundial del 86 en México, una vez consumada la obtención del título en el estadio Azteca.
Diego está confundido y alguien tiene que hacerle ver la realidad. ¿Quién, seriamente, puede querer que a él no le vaya bien?, lo que se ha hecho es reflejar lo mal que jugaba el equipo, tan mal como en la gestión de Basile, de quien sugirieron que estaba viejo para manejar a los jóvenes y no fueron precisamente los periodistas. Nosotros no hacemos jugar mal a Messi con la camiseta nacional y no alentamos a Mascherano para que no acierte un cambio de frente. Y también es bueno reconocer que no influimos para que Verón, el mismo al que se denostó después de Corea-Japón 2002, sea ahora el conductor capaz de organizar todo bien hasta en el mismísimo estadio Centenario de Montevideo.
Amo profundamente al fútbol y a las mujeres (Mirta, mi esposa, por encima de todas) y por eso no me gusta chupar mandarinas, algo que, al decir de las abuelas, se indicaba cuando un hecho sorprendía grata o ingratamente. Y como esto ha sido muy amargo, ni eso voy a chupar. Prefiero quedarme con la imagen joven de hace 30 años de este hombre a quien la vestimenta de DT le ha hecho perder hasta la alegría que expresaba en cada pelota que tocaba mágicamente. Ojalá que sus hijas, a quienes recurre de manera permanente, puedan esta vez hacerle comprender que no hay enemigos a la vista, al menos entre los periodistas que se precien de tal. Y somos mayoría.







































