(sin categoría)
Soñar no cuesta nada
En diciembre de 1988, un hincha le arrojó una bomba a Navarro Montoya que le costó a Racing cinco puntos y lo alejó del título. Iba primero y terminó noveno. ¿qué habría pasado si ese proyectil no llegaba a destino? Aquí, una hipótesis.
Nota publicada en la edición 4224, el 18 de septiembre de 2000.
El hombre observaba casi indiferente cómo los equipos de Racing y Boca volvían para jugar el segundo tiempo en Avellaneda tras el pobre 0-0 inicial. Pero conservaba cierta dosis de optimismo: después de todo, faltando completar la última fecha de la primera rueda, su Academia –que venía de ganar la Supercopa– iba puntero y ya se había asegurado el pasaporte para la próxima Libertadores.

Se sentó en el cemento de la popular local y lentamente separó un Marlboro del atado. Casi como un acto reflejo lo prendió y le dio una pitada profunda. Apenas unos metros allá abajo, el Mono Navarro Montoya, su blanco no tan móvil, comenzaba el ritual de marcar las áreas.
Eran exactamente las 18.33 del jueves 22 de diciembre de 1988 cuando sacó del bolsillo izquierdo de su campera la bomba de estruendo, la acomodó entre sus piernas y, sin perder de vista al arquero de Boca, encendió el fósforo. No tuvo suerte, el fuerte viento del sudeste lo apagó antes de que llegara a hacer contacto con la mecha. Se fastidió. En ese mismo momento lo invadió una extraña premonición.
Y como en las profecías de Nostradamus en una décima de segundos un millón de imágenes atravesaron su retina. De repente, el hombre se observó a sí mismo arrojando la bomba, vio caer a Navarro Montoya en medio de una nube de humo, el lamento del arquero tomándose el oído izquierdo mientras lo trasladaban en camilla, los gestos del árbitro Carlos Espósito suspendiendo el partido, el título de tapa de Crónica donde se confirmaba que Racing perdía el partido y además le descontarían dos puntos, la confusión que genera el escándalo y repercute en el equipo, la vuelta olímpica que finalmente da Independiente y Racing que cae del primero al noveno puesto, y la crisis que estalla.
Se va Basile y no le pagan, aumenta la deuda, llega Marchetta y se va, más deudas, firma Perfumo, lo reemplaza Chiche Sosa, a quien reemplaza Humbertito Grondona, a quien a su vez reemplaza Eduardo Solari y así una marea envolvente hasta consumir técnicos que va desde el mítico Juan José Pizzutti hasta Maradona, pasando por Babington, Brindisi, Luis Cubilla... Y los millones de dólares que se van.
El hombre, aturdido por haber derribado la primera pieza inicial de tremendo efecto dominó, trató inútilmente de detener ese tormento cerrando los ojos. Pero la avalancha de imágenes continuó: y ve refuerzos costosos –Sergio Goycochea, Pepe Basualdo, el brasileño Ademir, Darío Cabrol– que no encajan y que hunden más al club, una deuda que se multiplica y que por su volumen merecería la gestión del FMI, la noticia de la quiebra del club, la misa para exorcizar los demonios y terminar con más 30 años de sequía, dos presidentes entre rejas, la intervención judicial, la amenaza latente de rematar la sede de Villa del Parque, la subasta pública de 14 jugadores, una deuda que oscila los 60 millones de dólares, la campaña del Clausura 2000, la peor de la historia... Y el telón que cae. Tiene lágrimas en los ojos.
A pesar de esa apocalíptica pesadilla el hombre no arrugó. Se enjugó las lágrimas e insistió. Mientras seguía cada paso de Navarro Montoya, sujetó la bomba de estruendo y volvió a intentarlo. Pero advirtió que en la cajita no quedaba ningún fósforo: esa tarde había fumado mucho. Pensó en pedirle fuego al hincha de al lado cuando se paralizó: entendió que se trataba de un guiño del destino. Ahí guardó el proyectil en su bolsillo y se consoló insultando al arquero.
La resurrección
El resto de la historia es conocida por todos. Faltando cuatro minutos, cuando el 0-0 parecía un decreto, Rubén Paz clavó un tiro libre en el ángulo y se acabó el pleito. Racing era único puntero y sacaba cinco puntos de ventaja. A pesar de las especulaciones sobre si el equipo de Basile aguantaría las presiones, la segunda rueda fue un simple trámite. Fue campeón de la temporada 1988/89 –sí, campeón después de 23 angustiosos años– cinco partidos antes del final. La fiesta se prolongó en el Obelisco y la Plaza de Mayo donde espontaneamente se reunieron más de un millón de personas para celebrar. Unos días antes, el cierre de campaña de la fórmula presidencial Menem-Duhalde apenas había reunido 920.000.

Liberado de semejante peso, era obvio que la década del 90 iba a ser de Racing. A River le había pasado algo similar: estuvo 18 años sin ganar títulos pero después fue imposible frenar su despegue. Si quedaba alguna duda se disipó con la obtención de la Libertadores 1989 en Asunción contra Olimpia. No cualquiera gana en ese infierno que es Los Defensores del Chaco. Sólo un equipo como el del Coco, que se planta con personalidad y estilo en cualquier cancha, es capaz de tamaña proeza. En aquel momento, la foto de Néstor Fabbri levantando la Copa recorrió el mundo.
Después de la consagración era lógico un éxodo masivo hacia Europa. Reglas del mercado. Walter Fernández, por ejemplo, fue vendido al Milan de Arrigo Sacchi. Otro jugador clave, Omar Catalán –héroe del Mineirao en la Supercopa 88 y autor del gol del triunfo en la final de la Libertadores 89– fue transferido al Real Madrid en cuatro millones de dólares, cifra en la Argentina sólo superada por el pase de Maradona a Barcelona. La negociación, que se extendió por varios días, tuvo algunas trabas y hasta circuló la versión de que sólo se concretaría en caso de que el delantero –presentado como el Di Stéfano morocho– renunciara al Catalán (no les caía demasiado bien el apellido) y fuese llamado simplemente Omar. Uno que tuvo su revancha en Europa fue Rubén Paz. Lo esperaba nada menos que la Juventus, que le tenía reservada la camiseta 10 dejada vacante por un francés llamado Michel Platini. Otra figura del campeón, Miguel Angel Colombatti, firmó para el Atlético Madrid.
Con el dinero de las transferencias no sólo se saneó el club, sino que también alcanzó para realizar algunas obras y reforzar al plantel. Sin embargo, no fue fácil reemplazar a las estrellas que se fueron al exterior. Racing sintió las ausencias en la final Intercontinental en Tokio. Una lástima. Perdió 1-0 sin atenuantes con el poderoso Milan. Como consuelo queda que el gol lo hizo Walter Fernández (eso sí, no lo gritó) tras conectar un exacto centro de Ruud Gullit.

No hubo demasiado tiempo para lamentarse. De inmediato se rearmó el equipo para la competencia local, donde finalmente, en otra gran campaña, terminó segundo detrás de River, a sólo dos puntos. Racing no se apartó de la buena senda ni siquiera en situaciones límite, como cuando designaron a Alfio Basile técnico de la Selección y hubo que buscar un reemplazante. Primó la coherencia. El 19 de diciembre de 1990, Juan De Stéfano –uno de los artífices del resurgimiento institucional del club– anunció que Roberto Perfumo, ex gloria del club, sería el sucesor del Coco.
Entre los refuerzos que pidió El Mariscal estaba Gabriel Batistuta, arrumbado en el banco de suplentes del River de Passarella. El ex delantero de Newell’s, criticado hasta el hartazgo por sus torpezas en el área y fuera de ella, llegó prácticamente gratis y enseguida se hizo notar. Se presentó en el torneo de verano con dos goles y ya nunca dejaría de gritar. Debutó en la Selección y también convirtió hasta terminar como goleador de la Selección en la Copa América de Chile. “Su adaptación fue notable”, reconoció Basile. “No le pesó para nada la celeste y blanca, y es lógico: es casi la misma que usa todos los domingos en Racing”, agregó Perfumo.
Como todo lo bueno, lo de Bati duró poco. Con sus 17 goles llevó a Racing a dar otra vuelta olímpica –Apertura 1991– antes de ser transferido a la Fiorentina. A las arcas del club ingresaron tres millones por la operación, dinero destinado íntegramente a la remodelación del estadio, que pasó a ser el más moderno y envidiado de la Argentina. A tal punto que el ingeniero holandés Edwin van Stork viajó especialmente a Avellaneda para estudiarlo. Basándose en el Nuevo Estadio, Perón levantó el no menos monstruoso Amsterdam Arena.

Al margen de algunas frustraciones deportivas, la institución pasó a ser un ejemplo dentro del decadente fútbol argentino. De hecho, Vélez trató de imitar la apuesta de Racing con Perfumo y contrató a Carlos Bianchi como DT. Tiempo después River hizo lo mismo con Ramón Díaz. En Avellaneda, en cambio, los contrastes eran cada vez más evidentes. Mientras Racing festejaba el tricampeonato (Clausura 92, Apertura 92 y Clausura 93) en Independiente se agudizaba la crisis. En 18 meses pasaron 6 técnicos: Marchetta, Bochini/Fren, Magallanes, Ginarte, Veira y Zuccarelli.
Grande entre los grandes
Cada vez que parecía que el plantel se desarmaba por las ventas al exterior, Perfumo siempre sacaba un as de la manga. Ya sea al promover de las inferiores a talentos como Claudio López o recomendar la compra de futuros cracks como Juan Sebastián Verón y Rubén Capria, que jugaban en el Nacional B con Estudiantes. En base a esa sociedad explosiva se armó el equipo que recuperó la Supercopa en 1995.

Pero llegó la sorpresiva renuncia de Perfumo, quien luego de cinco años éxitosos decidió dar un paso al costado. “Ya cumplí mi ciclo”, dijo en la conferencia de prensa. Una vez más ganó la coherencia en Racing y apostaron a la sangre joven para continuar el trabajo que habían iniciado Basile y Perfumo: eligieron a Gustavo Costas, un monumento viviente del club. A diferencia de las internas infernales que dividían la política de sus primos de Independiente, en Racing convivían el presidente De Stéfano y Osvaldo Otero, a quienes se les sumó un joven y exitoso empresario con ganas de colaborar desinteresadamente con el club de sus amores: Daniel Lalín.
Con Costas a la cabeza, el operativo Copa Libertadores se puso en marcha en 1998. Por una deuda que Estudiantes mantenía pendiente con el club por la venta de Vilallonga, el delantero Martín Palermo pasó a Racing. A él se le sumó el chileno Marcelo Salas, quien no había llegado a un acuerdo económico ni con Boca ni con River. “Hoy por hoy Racing es la mejor vidriera del fútbol argentino”, explicó Gustavo Mascardi, representante de El Matador, quien acababa de ubicar al lateral Cosme Zaccanti en el Bayern Munich.
Y a Racing no hubo con qué darle en la Copa. Dejó en el camino a San Lorenzo en cuartos de final y a Boca en semifinales, sin sobrarle nada. Perdió la primera final 1-0 en Río, con el Vasco da Gama, pero lo dio vuelta en Avellaneda con un 4-2 electrizante. La gente inundó las calles del país como en el 1966 y 1989, aunque la euforia no era la misma. Ya se habían acostumbrado a ganar, las vueltas olímpicas dejaron de ser una novedad. En realidad, reservaban todo el champagne para el partido con el implacable Manchester United en Tokio. Y allí se vio el temple del glorioso Racing Club que, con diez hombres –Banegas fue expulsado a los 34 del primer tiempo– y 1-0 abajo, torció el destino y pasó a ganarlo 2-1 con goles de Estévez y el Chelo Delgado. Pero hubo que contener el festejo hasta el último minuto, cuando el juez –mexicano como el amigo Codesal– inventó un penal increíble. Ahí apareció toda la enorme intuición de Nacho González para taparle el derechazo a Roy Keane, ganarse el Toyota cero kilómetro y los besos de las porristas japonesas y, lo más importante, poner a Racing en el lugar que nunca debió abandonar: la cima del fútbol mundial.

Después, como para ratificar su notable superioridad a lo largo de la década, llegaron la Mercosur 99 y el reciente Clausura 2000. Hace unos días, en un almuerzo a solas con Mirtha Legrand, el técnico Gustavo Costas trataba de encontrarle una explicación a este fenómeno. “Mirtha, pensá que llegamos a estar en la B y hoy somos indiscutiblemente el tercer grande de la Argentina, incluso tenemos más socios que River y Boca juntos. Yo no diría que se trata de milagros, es apenas una sucesión de pequeñas casualidades”.
Que lo diga si no, aquel tipo que no tiró la bomba...
Siempre Campeón
1ra. División 88/89
Libertadores 89
Apertura 91
Clausura 92
Apertura 92
Clausura 93
Supercopa 95
Libertadores 98
Intercontinental 98
Mercosur 99
Clausura 00
El hombre observaba casi indiferente cómo los equipos de Racing y Boca volvían para jugar el segundo tiempo en Avellaneda tras el pobre 0-0 inicial. Pero conservaba cierta dosis de optimismo: después de todo, faltando completar la última fecha de la primera rueda, su Academia –que venía de ganar la Supercopa– iba puntero y ya se había asegurado el pasaporte para la próxima Libertadores.

El Mago Capria lidera los festejos en el vestuario.
Se sentó en el cemento de la popular local y lentamente separó un Marlboro del atado. Casi como un acto reflejo lo prendió y le dio una pitada profunda. Apenas unos metros allá abajo, el Mono Navarro Montoya, su blanco no tan móvil, comenzaba el ritual de marcar las áreas.
Eran exactamente las 18.33 del jueves 22 de diciembre de 1988 cuando sacó del bolsillo izquierdo de su campera la bomba de estruendo, la acomodó entre sus piernas y, sin perder de vista al arquero de Boca, encendió el fósforo. No tuvo suerte, el fuerte viento del sudeste lo apagó antes de que llegara a hacer contacto con la mecha. Se fastidió. En ese mismo momento lo invadió una extraña premonición.
Y como en las profecías de Nostradamus en una décima de segundos un millón de imágenes atravesaron su retina. De repente, el hombre se observó a sí mismo arrojando la bomba, vio caer a Navarro Montoya en medio de una nube de humo, el lamento del arquero tomándose el oído izquierdo mientras lo trasladaban en camilla, los gestos del árbitro Carlos Espósito suspendiendo el partido, el título de tapa de Crónica donde se confirmaba que Racing perdía el partido y además le descontarían dos puntos, la confusión que genera el escándalo y repercute en el equipo, la vuelta olímpica que finalmente da Independiente y Racing que cae del primero al noveno puesto, y la crisis que estalla.
Se va Basile y no le pagan, aumenta la deuda, llega Marchetta y se va, más deudas, firma Perfumo, lo reemplaza Chiche Sosa, a quien reemplaza Humbertito Grondona, a quien a su vez reemplaza Eduardo Solari y así una marea envolvente hasta consumir técnicos que va desde el mítico Juan José Pizzutti hasta Maradona, pasando por Babington, Brindisi, Luis Cubilla... Y los millones de dólares que se van.
El hombre, aturdido por haber derribado la primera pieza inicial de tremendo efecto dominó, trató inútilmente de detener ese tormento cerrando los ojos. Pero la avalancha de imágenes continuó: y ve refuerzos costosos –Sergio Goycochea, Pepe Basualdo, el brasileño Ademir, Darío Cabrol– que no encajan y que hunden más al club, una deuda que se multiplica y que por su volumen merecería la gestión del FMI, la noticia de la quiebra del club, la misa para exorcizar los demonios y terminar con más 30 años de sequía, dos presidentes entre rejas, la intervención judicial, la amenaza latente de rematar la sede de Villa del Parque, la subasta pública de 14 jugadores, una deuda que oscila los 60 millones de dólares, la campaña del Clausura 2000, la peor de la historia... Y el telón que cae. Tiene lágrimas en los ojos.
A pesar de esa apocalíptica pesadilla el hombre no arrugó. Se enjugó las lágrimas e insistió. Mientras seguía cada paso de Navarro Montoya, sujetó la bomba de estruendo y volvió a intentarlo. Pero advirtió que en la cajita no quedaba ningún fósforo: esa tarde había fumado mucho. Pensó en pedirle fuego al hincha de al lado cuando se paralizó: entendió que se trataba de un guiño del destino. Ahí guardó el proyectil en su bolsillo y se consoló insultando al arquero.
La resurrección
El resto de la historia es conocida por todos. Faltando cuatro minutos, cuando el 0-0 parecía un decreto, Rubén Paz clavó un tiro libre en el ángulo y se acabó el pleito. Racing era único puntero y sacaba cinco puntos de ventaja. A pesar de las especulaciones sobre si el equipo de Basile aguantaría las presiones, la segunda rueda fue un simple trámite. Fue campeón de la temporada 1988/89 –sí, campeón después de 23 angustiosos años– cinco partidos antes del final. La fiesta se prolongó en el Obelisco y la Plaza de Mayo donde espontaneamente se reunieron más de un millón de personas para celebrar. Unos días antes, el cierre de campaña de la fórmula presidencial Menem-Duhalde apenas había reunido 920.000.

La emoción de Walter Fernández y Néstor Fabbri, dos grandes figuras del equipo que consiguió brillantemente el título de la temporada 1988/89 y dejó atrás 22 años de angustias.
Liberado de semejante peso, era obvio que la década del 90 iba a ser de Racing. A River le había pasado algo similar: estuvo 18 años sin ganar títulos pero después fue imposible frenar su despegue. Si quedaba alguna duda se disipó con la obtención de la Libertadores 1989 en Asunción contra Olimpia. No cualquiera gana en ese infierno que es Los Defensores del Chaco. Sólo un equipo como el del Coco, que se planta con personalidad y estilo en cualquier cancha, es capaz de tamaña proeza. En aquel momento, la foto de Néstor Fabbri levantando la Copa recorrió el mundo.
Después de la consagración era lógico un éxodo masivo hacia Europa. Reglas del mercado. Walter Fernández, por ejemplo, fue vendido al Milan de Arrigo Sacchi. Otro jugador clave, Omar Catalán –héroe del Mineirao en la Supercopa 88 y autor del gol del triunfo en la final de la Libertadores 89– fue transferido al Real Madrid en cuatro millones de dólares, cifra en la Argentina sólo superada por el pase de Maradona a Barcelona. La negociación, que se extendió por varios días, tuvo algunas trabas y hasta circuló la versión de que sólo se concretaría en caso de que el delantero –presentado como el Di Stéfano morocho– renunciara al Catalán (no les caía demasiado bien el apellido) y fuese llamado simplemente Omar. Uno que tuvo su revancha en Europa fue Rubén Paz. Lo esperaba nada menos que la Juventus, que le tenía reservada la camiseta 10 dejada vacante por un francés llamado Michel Platini. Otra figura del campeón, Miguel Angel Colombatti, firmó para el Atlético Madrid.
Con el dinero de las transferencias no sólo se saneó el club, sino que también alcanzó para realizar algunas obras y reforzar al plantel. Sin embargo, no fue fácil reemplazar a las estrellas que se fueron al exterior. Racing sintió las ausencias en la final Intercontinental en Tokio. Una lástima. Perdió 1-0 sin atenuantes con el poderoso Milan. Como consuelo queda que el gol lo hizo Walter Fernández (eso sí, no lo gritó) tras conectar un exacto centro de Ruud Gullit.

A pesar de su paso casi fugaz, lo de Gabriel Batistuta en Racing siempre será recordado. Con sus 17 goles fue fundamental en el equipo campeón del Apertura 91.
No hubo demasiado tiempo para lamentarse. De inmediato se rearmó el equipo para la competencia local, donde finalmente, en otra gran campaña, terminó segundo detrás de River, a sólo dos puntos. Racing no se apartó de la buena senda ni siquiera en situaciones límite, como cuando designaron a Alfio Basile técnico de la Selección y hubo que buscar un reemplazante. Primó la coherencia. El 19 de diciembre de 1990, Juan De Stéfano –uno de los artífices del resurgimiento institucional del club– anunció que Roberto Perfumo, ex gloria del club, sería el sucesor del Coco.
Entre los refuerzos que pidió El Mariscal estaba Gabriel Batistuta, arrumbado en el banco de suplentes del River de Passarella. El ex delantero de Newell’s, criticado hasta el hartazgo por sus torpezas en el área y fuera de ella, llegó prácticamente gratis y enseguida se hizo notar. Se presentó en el torneo de verano con dos goles y ya nunca dejaría de gritar. Debutó en la Selección y también convirtió hasta terminar como goleador de la Selección en la Copa América de Chile. “Su adaptación fue notable”, reconoció Basile. “No le pesó para nada la celeste y blanca, y es lógico: es casi la misma que usa todos los domingos en Racing”, agregó Perfumo.
Como todo lo bueno, lo de Bati duró poco. Con sus 17 goles llevó a Racing a dar otra vuelta olímpica –Apertura 1991– antes de ser transferido a la Fiorentina. A las arcas del club ingresaron tres millones por la operación, dinero destinado íntegramente a la remodelación del estadio, que pasó a ser el más moderno y envidiado de la Argentina. A tal punto que el ingeniero holandés Edwin van Stork viajó especialmente a Avellaneda para estudiarlo. Basándose en el Nuevo Estadio, Perón levantó el no menos monstruoso Amsterdam Arena.

Una multitud recibe al equipo antes de la final de la Libertadores 98 con el Vasco da Gama. Con los tres millones que dejó la venta de Bati a la Fiorentina se modernizó el estadio.
Al margen de algunas frustraciones deportivas, la institución pasó a ser un ejemplo dentro del decadente fútbol argentino. De hecho, Vélez trató de imitar la apuesta de Racing con Perfumo y contrató a Carlos Bianchi como DT. Tiempo después River hizo lo mismo con Ramón Díaz. En Avellaneda, en cambio, los contrastes eran cada vez más evidentes. Mientras Racing festejaba el tricampeonato (Clausura 92, Apertura 92 y Clausura 93) en Independiente se agudizaba la crisis. En 18 meses pasaron 6 técnicos: Marchetta, Bochini/Fren, Magallanes, Ginarte, Veira y Zuccarelli.
Grande entre los grandes
Cada vez que parecía que el plantel se desarmaba por las ventas al exterior, Perfumo siempre sacaba un as de la manga. Ya sea al promover de las inferiores a talentos como Claudio López o recomendar la compra de futuros cracks como Juan Sebastián Verón y Rubén Capria, que jugaban en el Nacional B con Estudiantes. En base a esa sociedad explosiva se armó el equipo que recuperó la Supercopa en 1995.

GUSTAVO COSTAS completó el ciclo en la Libertadores. Campeón como mascota en el 66, como jugador en el 89 y como técnico en el 98.
Pero llegó la sorpresiva renuncia de Perfumo, quien luego de cinco años éxitosos decidió dar un paso al costado. “Ya cumplí mi ciclo”, dijo en la conferencia de prensa. Una vez más ganó la coherencia en Racing y apostaron a la sangre joven para continuar el trabajo que habían iniciado Basile y Perfumo: eligieron a Gustavo Costas, un monumento viviente del club. A diferencia de las internas infernales que dividían la política de sus primos de Independiente, en Racing convivían el presidente De Stéfano y Osvaldo Otero, a quienes se les sumó un joven y exitoso empresario con ganas de colaborar desinteresadamente con el club de sus amores: Daniel Lalín.
Con Costas a la cabeza, el operativo Copa Libertadores se puso en marcha en 1998. Por una deuda que Estudiantes mantenía pendiente con el club por la venta de Vilallonga, el delantero Martín Palermo pasó a Racing. A él se le sumó el chileno Marcelo Salas, quien no había llegado a un acuerdo económico ni con Boca ni con River. “Hoy por hoy Racing es la mejor vidriera del fútbol argentino”, explicó Gustavo Mascardi, representante de El Matador, quien acababa de ubicar al lateral Cosme Zaccanti en el Bayern Munich.
Y a Racing no hubo con qué darle en la Copa. Dejó en el camino a San Lorenzo en cuartos de final y a Boca en semifinales, sin sobrarle nada. Perdió la primera final 1-0 en Río, con el Vasco da Gama, pero lo dio vuelta en Avellaneda con un 4-2 electrizante. La gente inundó las calles del país como en el 1966 y 1989, aunque la euforia no era la misma. Ya se habían acostumbrado a ganar, las vueltas olímpicas dejaron de ser una novedad. En realidad, reservaban todo el champagne para el partido con el implacable Manchester United en Tokio. Y allí se vio el temple del glorioso Racing Club que, con diez hombres –Banegas fue expulsado a los 34 del primer tiempo– y 1-0 abajo, torció el destino y pasó a ganarlo 2-1 con goles de Estévez y el Chelo Delgado. Pero hubo que contener el festejo hasta el último minuto, cuando el juez –mexicano como el amigo Codesal– inventó un penal increíble. Ahí apareció toda la enorme intuición de Nacho González para taparle el derechazo a Roy Keane, ganarse el Toyota cero kilómetro y los besos de las porristas japonesas y, lo más importante, poner a Racing en el lugar que nunca debió abandonar: la cima del fútbol mundial.

NACHO González en su momento más glorioso: el penal que le atajó en el último minuto a Roy Keane, del Manchester United, en la final intercontinental.
Después, como para ratificar su notable superioridad a lo largo de la década, llegaron la Mercosur 99 y el reciente Clausura 2000. Hace unos días, en un almuerzo a solas con Mirtha Legrand, el técnico Gustavo Costas trataba de encontrarle una explicación a este fenómeno. “Mirtha, pensá que llegamos a estar en la B y hoy somos indiscutiblemente el tercer grande de la Argentina, incluso tenemos más socios que River y Boca juntos. Yo no diría que se trata de milagros, es apenas una sucesión de pequeñas casualidades”.
Que lo diga si no, aquel tipo que no tiró la bomba...
Siempre Campeón
1ra. División 88/89
Libertadores 89
Apertura 91
Clausura 92
Apertura 92
Clausura 93
Supercopa 95
Libertadores 98
Intercontinental 98
Mercosur 99
Clausura 00







































