DISPARADOR

Situación terminal

- por Elías Perugino: 11/05/2016 -

¿Pagar la entrada de un partido le da derecho al hincha a destratar a los jugadores como se le antoje? Inmerso en un exitismo que solo admite al que gana, el fútbol argentino parece abonado a esa teoría y profundiza su tendencia a dañar gratuitamente la integridad de los futbolistas.

La escena transcurre en la Terminal 3 de un aeropuerto. Afuera llueve con esa fiereza propia de San Pablo [1]. Cae un agua densa, pesada, que a la vista parece hasta viscosa como un gel. El cronista está sentado contra el ventanal. Acaba de abrir una tableta y está experimentando por primera vez cómo es la “vaina” de escribir un texto en ese dispositivo. Teme que los párrafos se esfumen y no aparezcan nunca más. Y hasta se le ocurrió un antídoto disparatado pero útil: cuando tenga una buena cantidad de texto, le sacará una foto con su celular para no perderlo todo. Sabe que los pasajeros de su alrededor se reirán de él, pero será él, y no los pasajeros de alrededor, quien deberá pensar y escribir de nuevo si sucede la catástrofe. Así qué no le importa, que se rían si quieren.

El cronista aprovecha el tiempo muerto de la espera para adelantar su columna de cada mes. No quiere perder horas de paseo cuando esté “allá”. Planeó escribir un poco en la Terminal 3 y otro poco en vuelo, en modo avión, como enseña el manual y sugieren las azafatas para evitar otra catástrofe de la que no podría reírse nadie: ni él, ni quienes lo vean fotografiando la tableta con el celular. Piensa escribir sobre una persona y un caso en particular.

Alrededor del cronista camina una síntesis de la población mundial. Están por salir vuelos a Nueva York, Tokio, Roma y Abu Dabi, entre otra decena de destinos, y hay un apuro excitado por llegar a la puerta de embarque. Aceleran los de ojos rasgados y también los de turbante. Vociferan los italianos y ni hablar el contingente de adolescentes norteamericanos. Lo mismo da. ¿Creían que solo los argentinos tenían la maldita costumbre de embarcar a último momento? No, señor...

Mientras el caos y la lluvia no se detienen, el cronista le da vuelta al arranque de la nota. Garabatea un par de líneas, siempre pensando en un tipo, mientras el anunciador invita a abordar en portugués y en inglés. Entonces sucede el episodio anecdótico, la imprevista “nota de color”. El locutor de voz grave y espesa, que parece arrastrar las cuerdas vocales como el Coco Basile [2], dice: “Señor Diego Rodríguez, presentarse en la puerta de embarque 306. Señor Diego Rodríguez, presentarse en la puerta de embarque 306”.

Al cronista le recorrió un escalofrío por la espina dorsal. Estaba focalizado en Diego Rodríguez, el Ruso, el arquero de Independiente, cuando la voz de la terminal lo convocaba en la puerta 306. La misma que debía abordar él. Chiche Gelblung ha hecho programas enteros con coincidencias menores, pensó. Por un momento, el redactor abandonó el teclado virtual y permaneció expectante. ¿Ese Diego Rodríguez sería el Ruso? ¿Sería él quien, harto del destrato impiadoso de sus propios hinchas, huía entre la lluvia de gel y los apurados hombres de ojos rasgados y de turbantes? ¿Quién podría achacarle algo si fuera él, que llegó al club con 14 años [3], la remó desde el subsuelo de las ilusiones, puso el pecho en la B Nacional, logró el récord de imbatibilidad del Rojo en el Profesionalismo [4] y, sin embargo, hoy es despreciado como si fuera un delincuente? ¿Hay un dolor más intenso y más inexplicable que el repudio de tu propia gente? Seguramente no. Y el Ruso lo ha sufrido cruel, descarnadamente.

Como si hubiera visto venir el tsunami, en el verano dijo una frase premonitoria: “La gente va a la cancha pensando que vos le tenés que resolver la semana”. En tiempos de exitismo galopante, el público deposita sus humores en el jugador. Condiciona su felicidad -nada más absurdo- a la campaña de su equipo. Y si no sucede, dinamita al jugador que decreta culpable de su desdicha tercerizada.

La ciega locura por creerse exitoso y realizado solamente si nuestro equipo es campeón genera gigantescas olas de odio que barren con todo, especialmente con los valores humanos. Ya nada sorprende, todo es admisible: apretadas personalizadas, agresiones directas, burlas virtuales, insultos en masa, escraches en ámbitos públicos... Al futbolista que atraviesa por una racha negativa se lo basurea con tanta naturalidad que semejante desprecio pareciera contemplado por algún artículo de la Constitución.

“El hincha tiene derecho a insultar porque paga una entrada”, se amparan. No. Definitivamente, no. La entrada apenas lo habilita a ver el partido, a sufrir o gozar del espectáculo. A ningún hincha le cabe la potestad de menoscabar a un jugador, así su rendimiento sea el más irrelevante. Pero nuestra sociedad futbolera, desde que reina la convicción de que “lo único que sirve es ganar”, ya no distingue los límites. Procede con desparpajo y brutalidad. Como si el espíritu barra brava también se hubiera enquistado en las almas presumiblemente nobles. Como si a todos nos cupiera la macabra posibilidad de bajar el pulgar para entregar desdichados a los leones [5]. Como si nadie, jamás, hubiera cometido errores en su trabajo, en la crianza de sus hijos, en sus relaciones familiares y afectivas...

Así se nos marchita delante de los ojos el fútbol argentino. Siendo inflexibles con los jugadores y no con quienes debiéramos serlo. No disfrutamos de Messi, relinchamos contra Higuain, jaqueamos la dignidad de Saviola, le buscamos un costado siniestro a Tevez, ridiculizamos a Palacio [6], nos masticamos un entrenador por fecha, decretamos la insolvencia moral y profesional de chicos que crecieron defendiendo y besando un escudo, como le pasa a Diego Rodríguez, que todavía no comparece en la puerta de embarque 306...

El Coco Basile de la Terminal 3 lo está llamando por cuarta vez. Ni a la izquierda ni a la derecha del cronista se lo ve al Ruso. ¿Estará camuflado debajo de las túnicas de los árabes que marchan hacia Abu Dabi? ¿Será uno de esos muchachos enfundados en gigantescas camperas de los Bulls? Parece que no. A lo lejos, abriendo la marea como Moisés [7], viene corriendo un señor cuarentón con aires de ejecutivo. Es Diego Rodríguez y acelera la carrera como si lo corrieran hinchas de Independiente, pero no es el Ruso. Muestra el boarding pass y enfila hacia la manga. Llegó a tiempo, casi pierde el avión. Al cronista lo gana la decepción. Una pena que ese Diego Rodríguez no fuera el Ruso y que no subiera al avión. Cuando los tuyos dudan de tu integridad, hay que volar...

Por Elías Perugino

Textos al pie

1- El promedio anual de precipitaciones en la ciudad brasileña de  San Pablo es de 1450 milímetros. Según las mediciones realizadas en las últimas décadas, llueve, en promedio, 107 de los 365 días del año, casi uno de cada tres.

2- “Nací con esta voz y soy feliz. Si un día me operan y quedo con la voz de Buonanotte, me mato”, dio su declaración de principios el Coco, una de las presas preferidas de los imitadores.

3- Diego Rodríguez nació el 25/6/1989 en Buenos Aires y desde los 2 años vivió en Mar del Plata, donde jugó para Once Unidos, Aldosivi y Cadetes de San Martín. En las inferiores del Rojo se hizo amigo de Federico Mancuello.

4- El Ruso Rodríguez sumó 819 minutos sin que le convirtieran goles defendiendo el arco de Independiente durante su paso por la B Nacional, en la temporada 2013/14.

5- Siempre se creyó que los emperadores romanos mostraban el pulgar hacia abajo para decretar la muerte de un gladiador. Luego se afirmó que el verdadero símbolo de la salvación era el puño cerrado.

6- Luego del gol que no pudo convertir en la final del Mundial 2014, definiendo por arriba de Neuer, su desgracia deportiva se utilizó hasta para una publicidad de telefonía.

7- Según el relato bíblico, Moisés abrió las aguas del Mar Rojo durante el Exodo para liberar a su pueblo, permitiendo que lo cruzaran los israelitas y que luego se ahogaran los egipcios.

Nota publicada en la edición de abril de 2016 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 11/05/2016

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