ANáLISIS

Balance por cierre

- por Diego Borinsky: 07/08/2015 -
La fiesta inaugural fue acertadamente breve y agradable.

Todo lo que dejó una extraña edición de la Copa América, con los escándalos de Jara y Vidal, un desconocido Brasil, el renovado Perú y los tristes finales para Neymar, Cavani y James.

Se terminó. Fin de fiesta. Adiós a 24 días de competencia, desde aquel estreno de jueves 11 de junio a las 20.30 en el estadio Nacional, con el sufrido 2-0 de Chile sobre Ecuador, a este cierre de domingo por la tardecita en el mismo escenario, que también tuvo al anfitrión como participante (y campeón tras 99 años). La Copa América despidió su primer siglo de vida en Chile y es la hora del balance con sus más y sus menos, con las cosas que nos gustaron y también las que no tanto.

¡Compre argentino! La Asociación de Técnicos de nuestro país deberá ensanchar las puertas de su sede, para que pasen por allí quienes conducen la formación de nuestros entrenadores. Podrían presumir de un agrande justificado. Sus discípulos fueron grandes protagonistas de la contienda. Como nunca antes coparon los banquillos: 6 de los 12 DT de esta Copa (el 50%) nacieron en la Argentina. Y su rendimiento resultó excepcional. Apenas uno se marchó en primera ronda (Gustavo Quinteros, de Ecuador), otro lo hizo en cuartos de final (José Pekerman, de Colombia) y para definir los cuatro lugares más altos del podio sólo hubo banderita celeste y blanca: Ramón Díaz y Ricardo Gareca, ambos con estreno oficial en Paraguay y Perú, respectivamente; y Jorge Sampaoli y Gerardo Martino, ambos discípulos de Marcelo Bielsa, quienes llevaron a Chile y Argentina a la final. En un punto, no falló la lógica: en un país de 40 millones de técnicos, que cuatro arribaran a la semifinal no debería sorprender a nadie.

La gran sorpresa de la Copa fue la eliminación de Brasil a manos de Paraguay, en la tanda de penales y en cuartos de final, como en 2011.

Chocó la Ferrari. La frase se utiliza como metáfora habitual en el fútbol. Ricardo La Volpe la entronizó como pocos: tomó a un Boca que venía de ganar 5 títulos en un año y 5 partidos sobre 5 en el inicio de un nuevo campeonato con Alfio Basile y, poco a poco, lo fue llevando a perder el campeonato. Arturo Vidal, el crack chileno de la Juventus, el último en sumarse a la concentración tras la final perdida de Champions League, transformó la frase de metáfora en pura realidad: en el segundo día libre dado por el entrenador Sampaoli, el posterior a una gran actuación ante México en la que convirtió dos tantos, el Rey Arturo fue al casino por la tarde, se tomó un par de tragos y al volver a la noche, colisionó su Ferrari contra otro auto. Milagrosamente no hubo heridos, pero el futbolista estuvo toda la madrugada detenido y regresó al día siguiente con sus compañeros. Todos los medios chilenos plantearon el debate, no había otro tema en el país: ¿qué decisión debía tomar Sampaoli: mantenerlo o darlo de baja? Por supuesto, abundaron partidarios de ambas opciones. El DT se inclinó por la primera, y Vidal jugó a los dos días ante Bolivia. Tras el accidente, bajó sensiblemente su nivel y no volvió a convertir, aunque terminó anotando un penal en el partido decisivo.

Pekerman y James Rodríguez prometían buen fútbol y terminaron apelando a la fricción y al cerrojo defensivo.

La gran decepción. Brasil, sí, otra vez, como hace un año en su propia casa. El conjunto de Dunga llegaba a Chile con 10 triunfos en 10 presentaciones, un comienzo ideal con el nuevo-viejo DT. Pero fue sólo una cáscara: en la Copa volvió a exhibir su escaso vuelo y nuevamente se marchó eliminado por penales ante Paraguay en cuartos de final, idénticas circunstancias que en la edición 2011. Lo peor de todo es que perdió la identidad. Hace tiempo la perdió, en realidad, pero competencia tras competencia se pone más en evidencia. Si a esa Selección se le coloca cualquier otra camiseta, imposible identificarla como Brasil, todo lo contrario de lo que ocurría en otros tiempos: al futbolista brasileño se lo reconocía sin necesidad de verle la camiseta. Le ganó con lo justo a Perú y Venezuela, cayó con Colombia y empató con Paraguay. Si no pega un golpe de timón abrupto, le costará muchísimo clasificar al próximo Mundial.

Estrellas en fuga. Se esperaba ver brillar a los mejores futbolistas sudamericanos del planeta pero, la verdad, se vio demasiado poquito. Ya sabíamos que Luis Suárez no estaría, porque aún debía purgar la sanción por su mordida. Neymar fue un fiasco: arrancó con un gol a 5’ de su debut con Perú y un pase magistral para que Brasil ganara sobre la hora, pero luego estuvo demasiado aislado ante Colombia, lo expulsaron al final, agredió al árbitro, le dieron 4 fechas y bye bye de la Copa. En el Mundial también se había despedido prematuramente (por lesión) y no pudo ayudar al equipo en las etapas cruciales. Falcao y James, desconocidos en Colombia; Cavani no hizo nada salvo reaccionar ante un rival; y Vidal y Alexis Sánchez se mostraron muy por debajo de su nivel, más allá de que finalmente hayan festejado el título. Todos pertenecen a clubes de la elite europea y se notó el agotamiento físico y mental de una temporada desgastante.

Brasil sufrió el segundo golpazo en dos años: como en el Mundial, fracasó.

El contraste. Que la selección de México se presente en una competición de prestigio internacional a la que concurren los mejores futbolistas del planeta con un equipo B o C, porque a las pocos días afronta la Copa de Oro de Concacaf, es un dato que debería invitar a pensar a las autoridades de la Conmebol en la conveniencia de seguir invitándola. Es una falta de respeto a la Copa. Previsiblemente, México se fue eliminado en primera ronda, en un grupo que, en condiciones normales, debió haber superado (de allí se clasificó Bolivia, por caso). Desde el rincón opuesto, el otro invitado mostró un entusiasmo y una seriedad para aplaudir. Hablamos de Jamaica, que integró el grupo más difícil: no metió goles, perdió los 3 partidos por 1-0 y en todos ellos tuvo chances de empatar hasta el final. Una muestra más de que el fútbol se ha equiparado.

Menos público. Sin contar los últimos dos partidos, la concurrencia de esta Copa tuvo en promedio 10.000 espectadores menos por partido en relación con 2011: 23.000 contra 34.000. Lógicamente, influyeron los estadios más pequeños. Salvo los de Santiago y un escalón debajo el de Concepción, el resto rondaba en un aforo de 20.000. Resultó muy curioso, en ese marco, escuchar desde los palcos de prensa de El Sausalito (Viña del Mar) las indicaciones de los jugadores y de los vendedores de café y de maní que ofrecían sus productos en las tribunas de enfrente.

Vidal, polémico campeón.

Dedo acusador. En toda Copa América no puede faltar una batalla. Si no, no es Sudamérica. Y se dio entre Uruguay y Chile, por cuartos de final. La Celeste, con su fama de echar al anfitrión (1987 y 2011 con Argentina; 1999 a Paraguay; y 2007 a Venezuela), planteó un partido de roce y, cuando Gonzalo Jara le metió el dedo en la cola a Cavani y el uruguayo reaccionó, se sucedieron momentos de alta tensión. Con la roja a Fucile, ya en el final y con el partido 1-0 para Chile, resultó sorprendente la reacción de los futbolistas uruguayos y del Maestro Tabárez, habitualmente un hombre razonable y mesurado. El dedo de Jara en la cola de Cavani terminó con una suspensión de tres partidos al chileno (luego reducida a dos) y todo tipo de bromas y memes.

Carlos Sánchez tuvo su debut oficial en la Celeste y cumplió aceptablemente.

En baja. A propósito de la Celeste, mostró una caída ostensible de nivel, lo mismo que Colombia. El campeón 2011 superó por un gol a Jamaica, perdió con Argentina y Chile y empató con Paraguay, jugando muy a la retranca, olvidándose del arco de enfrente. Lo mismo le pasó a Colombia: imposible reconocer allí a un equipo de Pekerman (metió 1 solo gol en la Copa). Raspó muchísimo y realizó planteos muy defensivos, como ante Argentina. Rarísimo.

En alza. Venezuela dio pelea de igual a igual con su nuevo entrenador, Chita Sanvicente, quien trabaja con un profe argentino que supo ser colaborador de Martino en Newell’s: Rodolfo Paladini. Le ganó a Colombia y perdió ajustadamente con Perú y Brasil. Volverá a ser un duro escollo en las Eliminatorias, como en las últimas. Perú, con su nuevo DT, Gareca, también dejó señales positivas, aunque repitió la misma performance de la Copa América pasada, en la que había sido tercero, y dependió mucho de los goles de Paolo Guerrero. Pero seguramente presentará mayores dificultades a sus oponentes que en la Eliminatoria reciente.

Sampaoli, DT argentino y campeón, volvió locos a los árbitros con sus reclamos.

Con las ganas. El nivel de juego no nos dejó conformes. No se vieron, salvo raras excepciones, partidos atractivos. Se convirtieron 59 goles en 26 partidos (2,27 de promedio); se superaron los 54 tantos de la última edición, pero quedaron lejos de los 86 convertidos en Venezuela 07. En 16 partidos (sobre un total de 26, más de la mitad) no se superaron los 2 goles. Algunos pasajes de Chile, otros de Argentina, y poquito más. También resultaron flojísimos los desempeños de los árbitros: que Sandro Ricci haya sido elegido para una semifinal luego de su muy pobre desempeño en Argentina-Uruguay (permitió que sobraran las patadas) y en Chile-Uruguay, habla por sí mismo.

Paolo Guerrero, otra vez goleador de la Copa, como en 2011.

Cierre surtido. Gran iniciativa de Unicef de dejar tarjetones verdes en cada asiento para ser exhibido en la ejecución de los himnos, una manera de respetar la identidad del rival. Se cumplió a medias, pero está bien el intento: desde el fútbol se pueden enviar mensajes a mucha gente, a muchos chicos. Paolo Guerrero, otra vez goleador de la Copa América tras conseguirlo en 2011, un hecho que no se daba desde la década del 20. Y una última frase dedicada a Paraguay, el Deportivo Empate de estos años: ganó sólo un partido de sus últimos 14 en Copa América (a Jamaica y gracias al arquero rival) e igual le alcanzó para ser finalista en 2011 y semifinalista en la actual edición.

Por Diego Borinsky, enviado especial a Chile

Nota publicada en la edición de julio de 2015 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 07/08/2015

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