ARGENTINA EN LOS MUNDIALES

2010. El Diego Bueno y Malo

- por Redacción EG: 07/06/2018 -

Maradona vuelve a la Copa del Mundo pero esta vez como técnico. La figura emblemática de Argentina, no pudo repetir desde el banco en Sudáfrica lo que consiguió en el campo en México

EL DIEGO BUENO

Supo encolumnar al grupo detrás del perfil futbolero que eligió. Estableció un saludable régimen de salidas para sus jugadores. Apostó a la gambeta y al ataque en una Copa netamente conservadora e intentó darle todas las libertades posibles a Messi.

Diego tuvo su primer y única experiencia mundialista como técnico en Sudáfrica 2010.

La luz carismatica A de Maradona extirpó de las sombras al Mundial de las figuras lánguidas. Histriónico, locuaz y divertido, imantó al público y a la prensa internacional con esa bipolaridad barrial que lo convierte en un personaje de seducción devastadora. "¿Cómo vamos a soportar lo que falta sin Diego?", era el lamento sincero de los enviados tras la eliminación argentina, ya con añoranzas de las bromas y las repentizaciones maradonianas. Desde que desembarcó en Sudáfrica y respiró el oxígeno de la Copa del Mundo, se le revitalizó el espíritu. Dieciséis años después del adiós traumático en USA 94, puso los pies en el plato aderezado con la salsa que más le gusta e, íntimamente, sintió que recuperaba los casilleros perdidos. El público y la prensa le inyectaron ese mensaje inequivoco y ese humor en estado de gracia le permitió edificar un clima apropiado en la concentración. "Diego pasó por todas en los Mundiales y sabe lo que nos ocurre en cada momento", repetían los jugadores. Cierto. Irrefutable. Excluido en la lista final del 78, estrella fallida en el 82, deidad consagrada en el 86, finalista despojado en el 90 y borrado por un doping dudoso en el 94, Maradona y su carpeta desempolvaban respuestas para todas las preguntas que podía haber. Abría la boca y les tocaba el corazón, resultaba creíble y confiable. Era consejero y confidente.

Desde esa plataforma construyó credibilidad. Estableció un saludable régimen de libertad con responsabilidad, permeable para recibir visitas diarias de familiares en la concentración del HPC o para gozar de salidas tan esporádicas como necesarias. Y supo encolumnar al grupo detrás del perfil futbolero que eligió. En un torneo signado por el conservadorismo, sumergido en lo que Mascherano definió como una "pulseada táctica", Diego optó por una propuesta de ataque. Aunque le faltaron otras patas de la mesa -cimientos tácticos, por ejemplo-, revalorizó a la gambeta como llave de desequilibrio. Intentó armonizar talentos del medio hacia adelante. Priorizó la búsqueda a la espera. Y quiso apuntar a Messi, armarle un escenario plácido para que Sudáfrica 2010 fuera su Mundial. ¿Cómo? Dispuso que el equipo se moviera a su servicio. Le barnizó la autoestima al otorgarle la cinta de capitán ante Grecia. Se paró en la trinchera dialéctica y lo defendió como nadie. Y le puso alas de grandeza con una cita autorreferencial: "Bilardo nunca me dijo dónde tenía que jugar. Yo jugué libre por donde quise y vos tenés que hacer lo mismo. Movete por donde quieras y jugá como vos sabes". Dueño. En eso lo transformó, dueño del equipo. Y Leo, en uso de esa libertad imprescindible, mostró trazos importantes en el amanecer del torneo. Construir fútbol por y para Messi era un camino viable y Diego lo quiso transitar. Rodearlo, abastecerlo y potenciado ya era otra historia…

Maradona abraza a Messi tras una dolorosa eliminación frente a Alemania.

EL DIEGO MALO

Fiel a su característica como jugador, basó el funcionamiento de la Selección en el talento de sus estrellas y no le dio sustento táctico. Insistió con Demichelis, borró incomprensiblemente a Verón y no tuvo reflejos para meter cambios en los partidos.

El más jugadorista de los técnicos murió enredado en su propia telaraña. Aferrado a una convicción que dijo haber aprendido durante el Mundial, pero que ejerció con abrumadora prepotencia cuando salía a la cancha con pantalones cortos y transformaba utopías en realidades a partir de sus pies mágicos y su ingenio despierto, Maradona encomendó el destino de la Selección al talento individual y no supo dotarla de sustento táctico y estratégico. Cuando la llama de los distintos dejó de titilar y quedaron al descubierto las atroces debilidades estructurales del conjunto, a Diego le faltaron reflejos de estratega para aportar soluciones desde el banco. Ante la primera turbulencia que le ofreció el Mundial -la dinámica y el desdoblamiento de los volantes mexicanos-, no supo leer las coordenadas. Aquella decepcionante tarea de Maxi Rodríguez, Mascherano y Di María, exhaustos y mareados de tanto correr detrás de una pelota lejana y esquiva, hartos de perder por inferioridad numérica y sobrecarga de funciones, no le provocaron el mínimo replanteo de cara al choque con Alemania, poseedor de un tremendo quinteto de neutralización y generación de juego. "No tengo motivos para cambiar", se jactó con omnipotencia maradoniana. Jamás interpretó que un equipo sin laterales naturales amplifica las exigencias de los volantes, además de regalar opciones en defensa y tornarse estéril en aporte ofensivo por las bandas, sector donde la salida queda tontamente autocensurada. No vio, no le hicieron ver o no quiso ver que el Mundial de Demichelis era una ruleta rusa y prefirió arriesgarse al balazo antes que rearmar la zaga con Burdisso y Samuel, enteros, eficientes y con notable rodaje en la liga italiana. Y llamativamente, luego de declarar que era su Xavi y que "física, futbolística y mentalmente está por encima del resto", prescindió de Verón en el partido donde Argentina debía "tener la pelota para quitarle el ritmo a Alemania". La Brujita había sido el principal abastecedor de Messi, el compañero que lo había mantenido más activo y participativo en el juego. Su primer y más válido interlocutor.

Alemania impuso su juego ante una triste Argentina y lo eliminó con una goleada.

Pero Diego lo dejó de estatua en el banco. Incompresible. Igual que sus aletargados reflejos para apelar a un golpe de timón cuando Alemania todavía no había plasmado en el marcador la abismal diferencia cosechada en el juego. Atribulado, demoró los cambios. Como si la carencia de argumentos tácticos le hubiera bloqueado hasta el instinto. Al hombre que dijo haber madurado como un Fórmula 1 porque el Mundial exige decisiones rápidas, se le escapó la tortuga. Cometió flagrantes errores en la confección de la lista final -¿para qué repetir lo que escribimos tiempo atrás sobre las exclusiones de Zanetti y Cambiasso?- y lo pagó comiéndose una trompada de Muhammad Alí.

Elias Perugino (2010)

Fotos: Alejandro Del Bosco

Por Redacción EG: 07/06/2018

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