LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

La noche más dramática del fútbol

- por Redacción EG: 20/02/2018 -

16.11.1977. Lanús y Platense definen por penales el descenso a la B. Patearon 22, ganó Platense, pero todo no terminó ahí. La crónica del día que Dios y el diablo jugaron un juego inolvidable.

A continuación la épica crónica de Carlos Ferreira, publicada en El Gráfico, del partido entre Platense y Lanús que definía el tercer descenso del Torneo Metropolitano 1977. Se disputó el 16 de noviembre en el Viejo Gasómetro de Boedo.

Fotos: Alfieri (padre), Ortiz, La Penna y Zuccheri.

LA NOCHE MÁS DRAMÁTICA DEL FÚTBOL ARGENTINO

Se jugaron 120 minutos, se patearon 22 penales, Lanús descendió, Platense sigue en Primera A.


En las tribunas de la cancha de San Lorenzo hay catorce millones de pesos que saltan y cantan, que “dale grana”, que “dale marrón”, que los tablones crujen y la noche es caliente. Estoy en el sector Lázari de las plateas. Están Iellamo, Vidal, Leonardi, Pena, dirigentes de clubes, el árbitro Jorge Romero. Habíamos presentido ese final de doce pasos después del pequeño partido y el gran esfuerzo de dos horas que hicieron Lanús y Platense: todos, los dos amigos que me flanquean, quizás las cuarenta mil personas que llenan San Lorenzo.

Barreiro pita el final del alargue. Ribecca arrastra sus piernas; Peremateu parece tener los botines repletos de ampollas. Luis Pestarino es el impasible árbitro suplente, sentado en una silla al borde del campo.

Ya pasaron dos horas. Ya no resisto seguir sentado. Me paro igual que muchos. Con vergüenza, miro mis uñas y compruebo que parecen un dibujo de la costa chilena. Así de recortadas y sinuosas. Como no hay más uñas apelo al atado de cigarrillos. Pido fuego porque mis manos están empapadas de sudor y no logro manipular el pequeño encendedor. El señor que me ofrece un fósforo parece tener las manos de papel. Le tiemblan y lo entiendo: es de Lanús. Tiro el cigarrillo por la mitad, me aferro a los papeles, me seco la mano derecha para poder usar la lapicera y me dispongo a la entrega. No quiero ser un observador. Quiero ser los jugadores de Platense, de Lanús, aunque el corazón me lo recrimine a doscientas pulsaciones por minuto.

Miguel Arturo Juárez, larga y negra figura metida en el marrón de su camiseta, casi invisible entre las sombras que proyecta la mala iluminación del estadio, camina hacia el arco de la calle Las Casas. Son las 23.25. Yo no sé qué mirar: si a ese caminante solitario, si a la multitud silenciosa, tensa, de gargantas empastadas, si a Orlando Horacio Cárdenas… Y me decido por él. Tiene una pequeña Virgen de Luján frente a él. Está arrodillado, la cabeza gacha, las manos juntas. Reza. Pide por Lanús, por sus compañeros, por él, por la grandiosa pequeñez de no descender a primera “B”.

“Por favor virgencita…”, reza Cárdenas en el medio del campo ante esa imagen de la Virgen de Luján. No pudo ser.

Por un segundo siento frío. Me doy cuenta de que estoy emocionado. Tira Juárez. Gol. Los de Platense aúllan. Los de Lanús callan. Los neutrales murmuramos incoherencias. Ahora le toca a Orlando Cárdenas. Camina. A sus pies, una pelota blanca reemplaza a la Virgen. No hay a quién rezarle: hay que patear. El profesor Vidal, preparador físico de Platense, se acerca a Miguelucci: –Flaco, tirate a la izquierda. A Cárdenas lo conozco y seguro que lo patea ahí-. Silbato. Disparo. Miguelucci a la izquierda. La pelota a la derecha. Gol. Tira Belloni, gol; tira Pachamé, gol, Osvaldo Pérez, gol; Ribecca, gol; Ulrich, gol. Gana 4 a 3 Platense y me doy cuenta recién entonces que estoy sentado otra vez.

¿Y ahora? Sí… es Coria. Corre, remata, ataja Miguelucci. No atino a anotar nada. Miro; me lleno los ojos de rostros desencajados; me invade los oídos un solo aullido (Platense), un solo silencio de estupor (Lanús). Veo a Miguelucci parado frente a su hinchada. La pelota rodeada por su brazo izquierdo; su puño derecho lanzando golpes rabiosos hacia la hinchada y golpes reales contra su pecho.

Muy pocos sabían que la noche anterior, a las 23.30, la señora del técnico de Platense, Juan Manuel Guerra, había recibido un llamado telefónico: –Señora, dígale a su marido que si mañana juega Miguelucci, le quemamos la casa. Ese se vendió contra Chacarita-. Pocos sabían que Guerra y los compañeros del arquero decidieron que ese hombre, que había cumplido 36 años el martes 15, había recibido un voto de confianza total y estaba iniciando su gigantesca revancha.

Va a tirar Gianetti. Si es gol es primera división para Platense y descenso para Lanús. Sus compañeros no se atreven a mirar: los de Lanús tampoco. En el medio del campo, Coria no puede dejar de llorar.

Dios y el diablo están jugando este juego inolvidable. Un relámpago ilumina la tribuna que va de la Avenida La Plata. Hay toneladas de agua esperando el momento de caer. No hay oxígeno para respirar. Tira Gianetti y Sánchez contiene el remate.

No. Gianetti no iba a ejecutar ese quinto penal. Era propiedad de Peremateu, pero el 3 le dice a su técnico: –Por favor, yo pateo solamente el último y si hace falta. Este no lo pateo-. Guerra va en busca de Pinasco y éste se confiesa: –Don Manuel, no puedo ni pararme… Por eso tiró Gianetti, por eso grita Lanús, calla Platense, llora Gianetti. Ya está Moralejo frente a la pelota. ¡Gol! 4 a 4. Empieza una nueva serie de dos penales.

Le toca a Juárez, pero a Miguel Ángel. Es gol. Tira Benejú, Miguelucci vuelve a adivinar y lo ataja. En esta dantesca ceremonia el arquero ya es héroe absoluto. Le falta una túnica blanca y la rama de olivo sobre la frente. Y si hace treinta segundos yo fui el arquero y me sumergí en el vino de la gloria, ahora me toca ser el jugador de Lanús y sentir que una mezcla de desesperanza y dolor me invade.

Pero no hay tiempo para más. Le toca a Niro. Lo veo pararse, lo veo moverse ante la pelota y dejo de respirar. Ahora sé que tuve miedo y que fue premonitorio. Niro tira desviado. Cuando Zárate ejecuta, el partido se coloca 5 a 5.

La segunda serie pasa pronto. Tira Rivero, gol; tira Barrera, gol; va Pinasco renqueando, termina de decirle al técnico que “voy yo Don Manuel, y que sea lo que Dios quiera. Estoy desgarrado hasta la nuca…”. Le pega a la derecha de Sánchez y es gol. Los músculos de su pierna derecha se deshilachan como estopa. Abandona el área saltando sobre su pierna izquierda.

Cuando le toca a Giachello, veo que Crespo se levanta del suelo y sale corriendo para desaparecer por la boca del túnel. En ese momento Giachelo coloca el 7 a 7.

Una serie más. ¿Quién tira? Platense elige a Peremateu, pero el defensor, echado en una camilla, casi no puede moverse. Deliberan árbitro, técnico, jugadores. Sí, tira Peremateu. Con las piernas duras como el acero, remata cruzado y la pelota da en el poste derecho de Sánchez.

¿Qué juego infernal es éste? ¿Es que no hay piedad para nadie en este terreno del diablo? ¿Cómo es posible que a cada minuto, alternativamente, los protagonistas pasen de la luz a las tinieblas? Ahora el ascenso es de Lanús, ya está. ¿Quién patea?

– ¡Este lo pateo yo!

Los que oyen giran sorprendidos para saber quién es el valiente –o el loco- que acaba de decir eso con tanta firmeza. Y lo ven. Es el arquero Rubén Sánchez, que con la pelota bajo un brazo se encamina hacia el punto del penal. Pero Miguelucci, que ya encontró su lugar en el Olimpo calamar, ataja casi sin moverse ese tiro débil y al medio.

–Te felicito Rubén, calmate: hay que tener mucho coraje para hacer lo que hiciste.

“No importa Rubén, solo la gente de coraje puede hacer lo que vos hiciste”. El consuelo de Miguelucci murmurado al oído de Sánchez y su desconsuelo por haber malogrado el penal.

Miguelucci termina de consolar a su colega y comienza a juguetear con la pelota. Sánchez, con todo su fracaso a cuestas, enfrenta otra vez a Miguel Arturo Juárez. El largo, negro y casi invisible defensor de Platense vuelve a acertar: 8 a 7 para los de marrón.

No tengo más cigarrillos. Pido, pero están agotados.

Ese que va ahí es Orlando Cárdenas. Lleva en la espalda el número 9 mojado de sudor, cargado de rezos. Otra vez él. Alcanzo a ver el último relámpago. Y como un relámpago sale el pelotazo de Cárdenas, y como otro relámpago sale el cuerpo de Miguelucci hacia su derecha. Allí es el encuentro. Allí cumplen su cita histórica arquero y pelota. Platense no se va. Lanús, sí.

Besos, abrazos, lágrimas. Miguelucci en andas en medio de un desgarrante tropel de sentimientos. Estoy contento porque soy cada uno de los jugadores de Plantese: no tengo consuelo porque soy todos y cada uno de los jugadores de Lanús. Cae la primera gota de agua. El jueves cumple 5 minutos de vida.

A la una de la madrugada un señor de 36 años, vestido de arquero y con una pelota de fútbol debajo de la remera, camina por la calle Inclán hacia Avenida La Plata. Osmar Abel Miguelucci es su nombre. Está llorando, pero nadie se da cuenta porque a esa hora llueve torrencialmente.

CARLOS FERREIRA (1977)

El gran instante. Miguelucci y la pelota se encuentran en una esquina de la historia. Termina de rematar Cárdenas y de atajar el arquero.

EPÍLOGO 2018

El árbitro del encuentro tuvo un gravísimo error reglamentario cuando permitió al jugador de Platense, Miguel Arturo Juárez, ejecutar el penal número once, cuando ya había realizado el primero y no podía volver a hacerlo porque faltaba patear al undécimo jugador Calamar en la cancha: el arquero Miguelucci.

Lanús inició un juicio a la AFA que se resolvió años después a su favor, cuando El Granate había descendido a la Primera C (todavía no existía la B Metropolitana). Lanús fue indemnizado económicamente y volvió a Primera A en 1990.

Por Redacción EG: 20/02/2018

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