ANóNIMOS RECONOCIDOS

Pablo Martín Arnaudo, ojos del alma

- por Diego Borinsky: 15/08/2017 -

Le dicen Chuni. Es la voz del estadio del club Talleres de Córdoba, pero con una pequeña salvedad: es ciego. Además opera y conduce su popio programa de radio. Un hombre sin límites.

El Chuni en su tarea como voz del estadio, en el Kempes, con los colores de su querido Talleres.

“Hola, Diego Borinsky, ¿cómo estás?”, interrumpe sin titubear, apenas recibe el llamado y escucha las primeras palabras, antes de que su interlocutor se presente con nombre y apellido. Un interlocutor cuyo número no tiene registrado, con el que ha charlado apenas una vez en su vida, hace más de dos meses, y al que ha escuchado algunas otras veces en la radio.
Pablo Martín Arnaudo, el Chuni Arnaudo, neuquino nacido hace 30 años en Zapala, pero de raíces cordobesas, sorprende con su saludo por una sencilla razón: es no vidente de nacimiento. En realidad, como todo aquel que adolece de un sentido, ha aguzado otros. Hoy, además de periodista, locutor y operador de su propio programa de radio, el Chuni es “la voz del estadio” del Club Atlético Talleres de Córdoba, el hombre que anuncia las formaciones y los cambios de su querido club cuando juega en el Kempes, un caso asombroso que vale la pena conocer a fondo.

LA VOCACION
Retinopatía del prematuro. Ese fue el diagnóstico antes de que el Chuni saliera de la incubadora. “Nací de seis meses y la luz de la incubadora me afectó la vista. Hoy les tapan la cara, se ve que es algo que en esa época no sucedía”, detalla, y al ser consultado si durante el embarazo se advertía algún tipo de predisposición, va directo al grano: “Soy adoptado, y nunca conocí a mis padres biológicos. Bah, mis viejos para mí son Cacho y Delia, los que me adoptaron. De chiquito me contaron la verdad, así que nunca sufrí angustias por eso”.
Cacho (Alfredo) y María Delia son de Córdoba capital, pero por cuestiones laborales de Cacho, que es ingeniero electricista, debieron mudarse para trabajar en las centrales hidroeléctricas del sur del país. Ahí vivieron hasta el 2006.
Martín hizo primaria y secundaria en Cipolletti, ambas escuelas comunes. Eso sí: mientras a la mañana estudiaba la primaria, a la tarde “cruzaba el charco”, como dicen allí (los ríos Negro y Neuquén) para complementar su formación personal en la Escuela Especial N° 7 de Neuquén capital. “Es una escuela de ciegos y disminuidos visuales, ahí nos enseñaron el sistema braile, que utilicé poco porque enseguida se vino la era digital con programas especiales que te hablaban, pero, sobre todo, nos prepararon para desenvolvernos en la calle, con el uso del bastón, que no es tan sencillo”. Al terminar el colegio se puso a estudiar locución en Neuquén, y luego siguió en Córdoba, en 2007, cuando la familia regresó a la ciudad de origen.
-¿Nunca te enojaste o tuviste bronca de que te haya tocado a vos?
-En algún momento de la adolescencia me daba vergüenza salir con el bastón, pensando que la gente se me iba a cagar de risa, una cosa conmigo mismo, un prejuicio propio. Gracias a Dios no sufrí bullying nunca, eso se los debo a mis viejos, que me criaron como a una persona normal. A muchos chicos con capacidades diferentes los crían con miedo. Les dicen “no hagas esto” o gritan “ay, te vas a caer”, y eso no es bueno. Como mis viejos me criaron con la mayor normalidad, en la escuela tuve un grupo de amigos que nunca me aislaron, que me llevaban y traían, hasta andaba en bici (risas).
-¡¿Cómo andabas en bici?!
-Vos dirás: “este pibe está loco”, pero andaba. Uno iba adelante y otro a mi lado, todos en bici, siempre atento y escuchando. Un par de veces llegué a la escuela en la bici ¡y la directora casi se desmaya! Nunca me hice grandes problemas y traté de tomarme las cosas con gracia. “Chau, nos vemos”, por ahí me decía algún amigo sin darse cuenta, y yo le contestaba, con una sonrisa, para que cayera: “Dale, sí, nos vemos”, siempre jodiendo. Y eso me ha ayudado a desenvolverme y a hacer lo que uno hace.
-¿Y con las mujeres cómo te fue?
-Sin problemas, porque siempre fui muy sociable y me criaron sin miedos. Tengo una hija de 8 años, Martina Sofía; me separé de su madre cuando tenía 2 años. Como te contaba: uno mismo puede ser su propio enemigo generándose un prejuicio, pero desenvolverte lo más normal posible con la gente y en el ámbito laboral te ayuda un montón. Lo peor que puede haber es ponerse uno los límites.

Y no se los puso el Chuni. De chiquito fue un apasionado del fútbol, de Talleres, y de la radio. En Neuquén se hizo un especialista en encontrar repetidoras de los programas deportivos de Buenos Aires y en encontrar la posición justa de la antena para no perder la onda (no existían aplicaciones de teléfonos celulares con wifi). “Con 11 o 12 años me quedaba escuchando la radio hasta pasada la medianoche –revive–. Me acuerdo de Nimo no perdona, también me gustaba el programa de Bilardo, y Competencia, de Víctor Hugo, que lo retransmitía una FM de Viedma. Me la pasaba puteando porque se iba la onda”.
Con 13 años, el destino le guiñó un ojo. Hacía un viaje en auto desde Neuquén a Córdoba con su familia y con un socio de su padre de la cooperativa eléctrica, que además era el dueño de una radio en Cipolletti, y el Chuni se la pasó moviendo el dial por cada pueblo que atravesaban con la intención de escuchar las diferentes emisiones. “Te gusta la radio, ¿no?”, le preguntó el amigo de su padre, y lo invitó a pasar información deportiva los sábados a la mañana en su radio, FM Creciendo (todo un augurio). El programa se llamaba Batifondo, y el Chuni recuerda haber llevado sus primeros informes en ¡diskettes! En 2004 tuvo su primer programa allí y unos años después, ya instalados en Córdoba, fue locutor comercial en transmisiones de fútbol de Radio Suquía y Radio Impacto. Y tuvo su propio programa al que llamó, como homenaje, Batifondo, y en el que pasaba cuarteto y cumbia, música popular.
No ponerse límites. Arnaudo siguió con esa máxima que aplicó desde que tiene uso de razón. A fines de 2009 sus padres lo ayudaron a comprar los primeros equipos para cumplir el sueño de la radio propia y armó su miniestudio en el quincho de la casa familiar, al fondo. Así arrancó con Cadena Alegría, tal como la bautizó. En 2015, salió sorteado en el plan Procrear y pudo construir un estudio, pegado al departamento paterno, en el barrio Santa Isabel, al sudoeste de Córdoba capital, y desde allí emite hoy, y todos contentos: el Chuni tiene su propio estudio, y la familia y los invitados comen asados tranquilos, sin tener que esquivar cables y consolas.
Chuni es dueño de la radio, que emite durante las 24 horas, y tiene su propio programa, todos los días de 13 a 17 horas. Se llama El siestero: pasa música, saludos y comenta las noticias más llamativas. Es operador, productor y periodista, todo a la vez. ¿Cómo lo hace? Se ayuda muchísimo de Jaws, un programa que lee la pantalla y le va diciendo todo lo que aparece allí. Así lee su facebook, y las páginas de internet, bajando el cursor de la compu. También, el programita le habla lo que va escribiendo: al tocar la barra espaciadora que marca el fin de la palabra le lee esa misma palabra. “El siestero es muy dinámico –explica–, lo toman muchas repetidoras en el país, incluso es el más escuchado a la tarde en la ciudad de Trelew, una cosa de locos. De hecho, me invitaron a ir a Trelew el fin de semana para animar un evento de cuarteto. De la radio toman parte siete chicos con discapacidad, en distintos roles. Una chica habla de espectáculos; otro, de fútbol, otro participa en la web. Soy el único medio de la ciudad que les da una posibilidad a otros chicos con discapacidad. Lamentablemente lo destaco, porque no debería ser así: está instalado el prejuicio y no te dan oportunidades. En cuanto a la publicidad, el Gobierno de la provincia me apoyó constantemente. En el resto de los horarios, la gente compra los espacios y tienen sus programas”.

Andando en bicicleta, de chiquito, aunque parezca increíble. Lo hacía acompañado de sus amigos y sin tener miedos exagerados.

UNA FOTO
Ya instalado definitivamente en Córdoba, el Chuni pudo combinar su pasión por la radio con la que sentía por Talleres, club al que aprendió a querer desde chiquito por las historias que le contaba su abuelo Ramón, que trabajaba cortando el pasto enfrente de la cancha de la T, en Barrio Jardín, y le regalaba pelotas y camisetas. Desde 2006 empezó a seguirlo todos los partidos. Primero como hincha; luego como integrante de la transmisión. “Iba con relator y comentarista, yo pasaba los avisos, de local y visitante. En Los Andes nos mandaron a una platea rodeada de hinchas y cuando Solís metió el 2-1 sobre la hora y el relator gritó el gol, se nos vinieron unos plateístas al humo, tuve que meterme yo con el bastón y ahí la gente se calmó. Gracias a Dios, al bastón se lo sigue respetando en la cancha, y hasta nos pidieron disculpas”, detalla Arnaudo y no puede evitar la sonrisa. Y se mete de lleno en una cuestión que todos se plantean: “Me preguntan siempre: ‘¿para qué vas a la cancha si no ves?’. Y en la cancha uno ve con los ojos, pero también con el corazón. Fijate cuando hay un penal, la gente se da vuelta y no quiere mirar, y se da cuenta de cómo termina todo por los gritos. Siempre doy ese ejemplo. Aparte, con ese criterio no transmitamos más los partidos de fútbol por la radio. ¿O qué, si no se ve, no vale? Cuando la gente escucha y no ve, ¿acaso la pasión no es igual?”. Contundente.
Durante la odisea de casi cinco años en el Federal A, el Chuni siguió a Talleres por todo el país. Nunca imaginó que una foto suya, con el bastón y la radio pegada a la oreja, en la tribuna del Bicentenario de San Juan, en la victoria por 2-1 de Talleres ante Unión de Villa Krause, se viralizaría de tal modo que al otro día, al llegar a Córdoba, tendría decenas de llamadas perdidas e invitaciones a diversos programas.
-No entendía nada. Esa imagen generó una gran conmoción y me hicieron notas de Canal 8 y de Cadena 3, por nombrarte los medios más importantes. A los dos días, me llamó Miguel Cavatorta, del departamento de comunicación de Talleres, para invitarme a una reunión en el club. Habían tomado nota de la repercusión. Les conté que era locutor. Me dijeron: “Hay dos opciones: o salís con los jugadores al campo y te dan una camiseta firmada y pasás un lindo momento, o te hacemos una prueba como voz del estadio y si gusta tu trabajo, quedás en el club. ¿Qué preferís?”.
-Ni lo dudaste…
-Ni lo dudé. Esos días no pude dormir, me despertaba a cada rato. Llamé a una amiga fonoaudióloga, Vanesa. “Que no me vaya a quedar sin aire en el segundo tiempo”, le supliqué, y me dio unos trucos de respiración. Fue el 5 de abril de 2015, contra Defensores de Villa Ramallo. Ese día anunciaron por los altoparlantes: “Vamos a presentar a Pablo Martín Arnaudo, a quien esta semana seguramente ustedes conocieron por las redes sociales, hoy va a dar la formación…” y la gente empezó a aplaudir, porque pusieron mi rostro en las pantallas del estadio. Fue un momento muy fuerte. Di la formación con bastantes nervios y luego, en el entretiempo, vino Cavatorta y habló para todo el estadio: “A partir de este momento, Pablo Martín Arnaudo es la voz oficial del Club Atlético Talleres”. Se escuchó como un “ehhhh”, la gente aplaudía. Me quedé duro, tomé el micrófono y agradecí. Fue increíble.

Hoy, el Chuni llega dos horas antes de cada partido al Mario Alberto Kempes, casi siempre acompañado por su padre. Lo primero que hace es ir a buscar la mesita, las sillas, se coloca entre el banco de suplentes local y la tribuna Ardiles, saca su notebook, la enchufa, prueba el micrófono, controla que el sonido ande bien y después de eso, se da una vuelta por el vestuario o va a esperar al micro que trae a los jugadores. Da la formación de Talleres (la del equipo visitante no, por una política del club), pasa información institucional y anuncia los cambios (solo los de la T). Se apoya en la radio, que nunca deja de escuchar, y en su padre, que le canta qué jugador se acerca al DT para ingresar (los tiene al lado). “A veces, cuando estoy esperando el colectivo en la parada, la gente me reconoce y toca bocina, o grita ‘vamos la T’, hay muy buena onda, también me han saludado y felicitado hinchas de otros equipos. En el último clásico me crucé con un grupo de hinchas de Belgrano. ‘Somos Piratas, pero acá no hay camiseta, el fútbol es uno solo, sos un ejemplo’, me dijeron. Y esas cosas te conmueven, realmente”, cuenta el Chuni sin intención de ponerse como ejemplo, que, por lo que sabe, es el primer no vidente que trabaja como voz de un estadio.

Es operador, productor y conductor de su programa. El estudio lleva el nombre del reconocido relator cordobés, El Bocha Houriet.

-¿Cómo te arreglás en el día a día para moverte?
-Vivo solo, pero tengo a mis viejos abajo, así que suelo ir a comer siempre con ellos. Voy al almacén a comprar las cosas básicas y por la ciudad, me muevo en colectivo sin problema, o en taxi, o en remise, no dependo de nadie, soy independiente en eso, hago las cosas totalmente normal. Si voy a una ciudad, como ahora, que me invitaron a Trelew, me subo al micro y hago los 1500 kilómetros solo. Muchos me preguntan: “¿Te vas a Trelew solo?”. Sí, me voy a Trelew solo. Llego a las ciudades y voy preguntando. Soy una persona muy confiada, por suerte nunca me ha pasado nada. En realidad, si me va a pasar algo, capaz que me pasa acá en la esquina.
-¿Sentís que la sociedad los discrimina?
-En la calle, la gente es totalmente solidaria y respetuosa. Se pelean por darme el asiento en el colectivo, o por ayudarme a cruzar la calle. Eso se nota. Lo que me jode es el tema del prejuicio, todavía se le tiene miedo a una persona con discapacidad, no se la evalúa ni se le da la posibilidad, sobre todo en el ámbito laboral. Creo que estamos atrasados en ese tema. El sentimiento es “que cobre la pensión y se deje de hinchar las pelotas”, algo así. Queda la idea de que el discapacitado lo que tiene que hacer es callarse y cobrar un plan. Y no debería ser así.
-¿Qué mensaje darías de acuerdo a tus vivencias?
-El mensaje es tratar de no ser enemigo de uno mismo, que vivir con miedo y ponerse límites es lo peor, que lo principal es la fuerza de voluntad, pensar cuando te levantás: “Hoy voy a ser mejor que ayer, y esto lo voy a lograr”. Hay que superarse día a día, capaz que te cuesta un poquito más que a otras personas, pero se logra, si no te ponés límites, se logra.
Ya leímos y definitivamente no nos quedan dudas: Pablo Martín Arnaudo, el Chuni Arnaudo, nunca se los puso.

Por Diego Borinsky / Fotos: Nicolás Aguilera.

 Nota publicada en la edición de Julio de 2017 de El Gráfico 

Por Diego Borinsky: 15/08/2017

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