ENTREVISTAS

Tito Canteros: barrio en la piel

- por Redacción EG: 14/06/2017 -

Tricampeón con Vélez, vistió la camiseta de la Selección y pasó por el fútbol de España y de Brasil. Se crio en un contexto de humildad y sacrificios.

Aunque Vélez afrontaba una temporada repleta de riesgos, Canteros volvió para poner el hombro.

Héctor “Tito” Canteros recuerda que fue un clic en su vida: era domingo por la mañana, hacía mucho frío, faltaban pocos minutos para el final del partido, y desde el banco de suplentes de los suplentes de la categoría 89 de San Lorenzo, visualizó a su mamá. Estaba sentada y con las manos apoyadas contra el alambrado. Era su único día libre y seguramente se sentiría muy cansada. Durante la semana, además de ocuparse de la casa y sus seis hijos, era costurera: cosía mochilas, carteras, ropa y todo lo que le encargara el local que le daba trabajo.
Ese domingo, se despertó, despertó a Héctor a las 7, le hizo el desayuno y juntos caminaron por los pasillos de la villa 17 esquivando borrachos y amanecidos. Cruzaron General Paz y a las cuadras llegaron a la estación Madero del tren Belgrano. Bajaron en Villa Soldati y caminaron hasta la Ciudad Deportiva. Todo para, con suerte, ver a su hijo jugar menos de cinco minutos en el equipo B de la 89 de San Lorenzo.  
“Cuando cobré mi primer viático en Vélez me di el gusto de comprarle una cama a mi mamá. En mi casa, ellos (por su papá) nunca tuvieron habitación. Dormían en el comedor, en un sofacama. Tenía pensado hacerlo desde ese domingo; verla ahí, con frío, fue un clic. Yo estaba pintado para el técnico, para los coordinadores, para todos; menos para ella. Estaba ahí, al lado mío, haciendo un sacrificio enorme para verme jugar cinco minutos”, dirá Canteros en un rato, cuando avance en el relato, a la salida del entrenamiento.
Pero antes pasaron cosas, cosas importantes. Para algunos, esas cosas forman parte del destino. Para otros, de la suerte, o de la mala suerte, o de Dios, de alguna Virgen, del Gauchito Gil... 
A los 14 quedó libre de San Lorenzo y sintió, dice, que “el mundo se le venía abajo”. Durante meses solo jugó campeonatos por plata en su villa y barrios vecinos. Le servía en todo sentido: para mantenerse en forma y para cobrar unos pesitos y tener para la Coca y el sanguche de milanesa, cosas casi que inexistentes en su casa. También se ganaba sus monedas juntando y vendiendo cobre y latitas por la calle.
Al año, asomó la próxima oportunidad: debía probarse en Nueva Chicago. Pero otra vez, lo de siempre
. Lo que cambia las historias; o  las vidas. El destino, o qué, que hace que cualquier persona pueda vivir esperanzada.
“El Chori”, como le decían –le dicen– a su tío, se entera por los diarios que vendía en un puesto de Villa Madero, que ese cliente y vecino canoso al que le llevaba los pedidos a domicilio se llamaba Alberto Fanesi, y acababa de asumir como entrenador de Vélez Sarsfield. 
Dos semanas después, en la cancha 2 de la Villa Olímpica, gracias al contacto de “El Chori”, Héctor “Tito” Canteros se presentaba. Decía haber jugado de enganche en San Lorenzo y tener el pase en su poder. Tenía, también, pero no lo dijo, mucha pinta de jugador.
“Ese día la rompió –dice el entrenador que lo probó y lo fichó en la Séptima División (no puedo decir su nombre por estar trabajando en otro club)–. Fue en septiembre; le pedí que se quedara y en febrero jugó oficialmente su primer campeonato. No lo puse de capitán solo porque era el nuevo del equipo”.
Ese equipo salió campeón invicto. Y sería el comienzo de la historia de Héctor Canteros.


A los 28 años, Tito disputa su tercer ciclo en Vélez. También jugó en Villarreal y Flamengo.

Mi nombre es Héctor “Tito” Canteros. Tengo 28 años, cinco hermanos, una hija y un bebé en camino. Nací en Capital Federal y me crié en la villa 17, más conocida como La Pirelli. Soy hijo de un albañil correntino y de una costurera porteña. Debuté en Vélez en 2008. Un año después, salí campeón, y me quedé hasta el 2012, cuando me tocó jugar para el Villarreal de España. Fui a préstamo, y cuando quisieron comprar mi pase, los directivos no se pusieron de acuerdo. Volví a Vélez y para 2014 me salió una transferencia al Flamengo. Me quedé dos años y elegí el desafío de regresar para sacar a Vélez de este mal momento. Antes, en 2011, fui citado para la Selección Nacional. En uno de esos partidos, me pasó una de las cosas más lindas de mi carrera. Al término de un partido contra Brasil, a Ronaldhino le preguntaron qué jugador argentino le había gustado, y respondió que el 10. En ese momento no caí. Ronaldhino estaba en su mejor momento y me había elogiado. Recién con el tiempo me di cuenta de la importancia.
Pero esas son las cosas que, más o menos, saben todos. Lo que la mayoría no sabe es que empecé a jugar a la pelota en Pampero, un club de Lugano. Tenía 5 años. Para los 6, 7, un vecino de la villa apodado “Pelé”, me empieza a llevar a jugar a Defensores de Tablada. Me compraba botines, me daba de comer y me llevaba y me traía a mi casa. Hasta el yogur con Zucaritas me invitaba, que para mí era como comer sushi, ja. Mis últimos años de Baby los jugué en Bristol y en Nueva Chicago.
Mis días eran así: salía de la escuela, almorzaba y, por pedido de mi mamá, con mis hermanos limpiábamos la casa. Después, sí podía salir. Hasta las ocho de la noche, que llegaba papá y él quería que estuviéramos de vuelta.
Tenía amigos en varios barrios: Ciudad Oculta, Piedrabuena, Villa 20, Inta, Tapiales, Madero. Siempre jugábamos a la pelota. A veces nos colábamos al tren Belgrano, y viajábamos de punta a punta. Cada día era una aventura. También subíamos hasta el último de los pisos del “Hospitalito” de Ciudad Oculta. Nos ganábamos la moneda cómo podíamos. Juntando latas y cobre en la calle o basurales de la zona.
Pasar esas cosas me hizo crecer mucho. Maduré rápido. Hoy en día estoy bien económicamente y puedo comprarme la cantidad de zapatillas que quiera, pero las sigo cuidando igual que cuando tenía un solo par. Con mi casa me pasa algo parecido: podría vivir en un country o en Puerto Madero, pero elegí comprar en Lugano. Quiero que mis hijos vivan en un mundo real, y me gusta que nos conozcamos entre vecinos, que nos tratemos.
Mi adolescencia fue difícil. En las villas se vive el día a día; nadie piensa en un futuro. Y muchos pibes de mi edad ya se tiroteaban, eran atrevidos. Algunos ni siquiera sabían leer o escribir. Era común que vieras peleas de pibes que dos minutos antes eran reamigos. Yo destaco que siempre tuve personalidad. Había amigos que se drogaban estando conmigo y nunca me prendí en eso. Estuve en situaciones complicadas, pero yo sabía lo que quería. Mi sueño era jugar en Primera, era mi objetivo. Sabía que si me drogaba, iba a dejar el fútbol. Tuve amigos con muchas condiciones. Y prefirieron la plata fácil, no supieron esperar. Empezaron a fumar paco y dejaron el fútbol. Para mí, la culpa no es tanto de la junta. Por más rodeado que estés de gente que haga cosas malas, la decisión es de uno. La pelota siempre fue mi motivo; fue lo que me sacó adelante.
Es la primera semana de abril. Es un miércoles de trabajos con pelota en la cancha 2 de la Villa Olímpica. Héctor Canteros sale duchado: usa una bermuda, zapatillas Nike blancas con los cordones flojitos, y una remera negra. Habla con El Gráfico en los banquitos que están a la izquierda de la sala de prensa, en el sector que se parece a una quinta.

-¿Cómo fue el traspaso de “pibe de villa” a jugador profesional?
-Cuando terminé la secundaria sentí que me faltaba educación. En Vélez me pusieron límites y me enseñaron a cambiar mi forma de hablar. Esas fueron de las cosas que cambié gracias al fútbol. Porque uno siempre tiene al barrio adentro. Crecer relacionándome con jugadores grandes me ayudó mucho. Gente completamente distinta a la que venía tratando en la villa. Así y todo, futbolísticamente, al barrio le debo haberme fogueado; crecer sintiendo que gana el más fuerte. Crecí así en los campeonatos por plata, y es algo que no lo aprende cualquiera. Porque la técnica, con repetición, la mejorás. 

Ganó tres títulos en Vélez: Clausura 2009, Clausura 2011 y Supercopa Argentina 2013.

-¿Sentís que ya diste lo máximo que podías dar?
-Creo que sí, a pesar de que tuve la mala suerte de haberme lesionado más de una vez. De todas formas, siento que la carrera del futbolista está determinada por los picos. Picos altos; picos bajos. Los únicos que mantienen un rendimiento alto son los que hacen la diferencia: Messi, Neymar, Cristiano. Lo nuestro son “momentos”. Jugás según lo que te pasa en tu casa o en tu familia. Podemos entrar y jugar ante 50.000 personas; pero, así y todo, tenemos los mismos problemas o preocupaciones que cualquier persona normal. El hincha cree que como tenemos dinero nuestra vida es fácil y no podemos sentirnos mal. Jugar al fútbol a nivel profesional no es para cualquiera.
-¿Podés explicarlo con algún ejemplo?
-A medida que uno crece y hace sus primeros años de carrera entiende que no todo es color de rosa en la vida del futbolista: salís campeón y te llaman todos, tenés mil amigos. Te lesionás y los únicos que se quedan a tu lado son los familiares. Cuando estaba todo bien, venían periodistas de todos lados y hoy casi que no viene ninguno al entrenamiento. Por suerte pude aprender a controlar lo que te genera darte cuenta de esas cosas. O como que alguien te deje de hablar porque erraste un penal o un gol increíble, o diste un mal pase.
-¿Y cómo se hace para entender todo eso?
-Es que es el día a día del jugador. Es lo que hay. La gente es impaciente y más ahora, con la situación del país. En lugar de descargarse en la fábrica, o en la casa, lo hacen en la cancha. Tal vez no comprenden que al fastidiarse condicionan al pibe que debuta o hace sus primeros pasos en esto. El jugador joven no lo puede controlar. Piensa más en lo de afuera que en lo de adentro. Y no puede demostrar: está pensando en no errar y no arriesga. Va a lo seguro. Yo intento aconsejarlos. Tuve la suerte de salir campeón a los 18 años y pelear todo ni bien debuté.
-¿Los nervios siguen estando?
-Y sí. La verdad, sí. Ansiedad más que nada. Jugás el domingo y durante la semana previa te motivás, pero con ansiedad, y la tenés que superar. Vas sintiendo que el domingo es un desafío que tenés que enfrentar. Para no pasarme de revoluciones, leo. Leer me ayuda a relajarme, si no, me la paso todo el tiempo imaginando jugadas, pensando en quién me toca marcar, qué haría en cada hipotética situación del juego. Intento dejar todo eso para el día anterior al partido. Y cuando entro al vestuario, ya me mentalizo. Ya juego mi partido en mi cabeza: qué tengo que hacer, cómo lo podemos ganar.
-¿Qué tan raro es encontrar a un Vélez que pelea las últimas posiciones?
-Más allá de ser una situación complicada, lo tomé y lo tomo como un desafío más para mi carrera. Es un lindo desafío, y hay que ponerle el pecho. Yo decidí estar acá y estoy feliz de haber vuelto y de enfrentar la situación que sea en mi casa.

Por Nahuel Gallotta / Fotos: Maxi Didari

Nota publicada en la edición de Mayo de 2017 de El Gráfico

Por Redacción EG: 14/06/2017

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