Notas de la revista

Menotti, canilla libre

- por Diego Borinsky: 14/12/2014 -

Tres horas y media de charla, cero puchos, mil temas, 120 respuestas para salirnos un poquito de las normas vigentes, y esta pequeña introducción que damos como bonus para describir cómo encontramos a este hombre que, a los 76 años, conserva el amor por el fútbol y el entusiasmo por explicarlo.

    

Nota publicada en la edición de diciembre de 2014 de El Gráfico

Nunca había entrevistado a Menotti. Apenas un par de intentos con resultado esquivo en algún evento con él de invitado: “Dejá, ya estoy cansado de hablar”. Lo dejé. Por un tiempo. Siempre supe que me faltaba en el álbum de los mártires sometidos a las 100 preguntas. Más de una vez, en estos años, pensé en buscarlo y lo bajé casi al mismo tiempo. Por un lado, me lo imaginaba con su bucólica respuesta y sus convicciones difíciles de arriar. Por el otro, me autocensuraba con un razonamiento lógico: no es un personaje para 100 preguntas, vamos a ir por una hora de charla y seguro sin haber superado la N° 5. Imposible.

Pero en el periodismo los desafíos vuelven sin que uno los convoque. Están ahí, acechando en el inconsciente. Le pregunté a Guillermo Blanco, uno de los habituales comensales en las cenas de los miércoles que tienen a Menotti como figura convocante, periodista amigo y referente en la profesión, cuál era la vía más efectiva. “Escribile un mail, que los lee”. Cuando me dio la dirección de correo (elachique@....) no pude menos que reírme unos segundos solo. Le escribí. Le expliqué, sin las limitaciones del WhatsApp ni de los mensajes de voz: queríamos hacer un repaso de su vida y ponerlo en la tapa, por la sección habían desfilado, de Maradona para abajo, todos. Su última nota en El Gráfico era de 2008, la última tapa de 1997 (6-0 de Independiente a Colón). Le remarqué las fechas para que notara que había pasado mucho tiempo. Y se me ocurrió agregarle un datito más que seguro le pulsaría alguna cuerda sensible en su interior: “La última nota de las 100 se la hice a Luis Artime, me recordó todo lo que compartieron en Brasil”. Sabía que Menotti lo quiere muchísimo a Artime, le guarda un profundo respeto, cariño y admiración. La respuesta desde la mitad del campo contrario (elachique) llegó a los dos días: “Llamame la semana que viene que la hacemos”. ¿Camino allanado?

Llamé lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Mañana, tarde y noche. Teléfono con filtro, a la vieja usanza, de esos en los que uno dice el nombre y está seguro de que del otro lado está el interlocutor escuchando y apretando la tecla roja que te manda derechito al contestador. Luego, un par de mails adicionales expresando mi creciente ansiedad. Y en el comienzo de la semana siguiente, ya cuando mezclaba en mi ánimo dosis parejas de nervios y decepción, apareció el llamado con la leyenda “César Menotti” en mi celular. “¿Te viene bien el martes a las 15 horas en mi oficina? Anotá la dirección…”. Ya la sabía, por supuesto, es el sitio donde da notas desde hace 20 años.

Un minuto antes de las 3 de la tarde, lo divisé con nitidez caminando desde la esquina, donde suele almorzar, por Paraguay desde Esmeralda hacia Suipacha. Imposible no distinguirlo. Por la altura, por la corona de algodón blanco en la cima y por el andar encorvado y pausado. Puntualidad absoluta para derribar el primer mito: el parlanchín de café que no respeta los horarios, que le da lo mismo las 3 que las 3 y media, las 3 y media que las 4. “¿Dónde quieren hacerla?”, preguntó, apenas pisamos el tres ambientes. Dos de sus oficinas asomaban tapadas de papeles, revistas, libros, CD. Un auténtico caos. “No aguanto más, me quiero ir de acá, en unas semanas dejo esta oficina, pero no sé cómo hacer con todo esto”, comentó, antes de sorprendernos con una primera confesión: “Ven esas cajas grandes del fondo, son todas de videos, ¿qué hago con eso?”. ¡¿Videos?! ¿Dijo videos? Son tres cajas enormes apiladas en equilibrio precario. ¡Capaz que viene Bilardo, se dan un abrazo y se ponen a festejar dando vueltas olímpicas alrededor de las cajas de los videos! Eso pensé. No se lo dije.

ULTIMA TAPA en El Gráfico: 3/6/97, como DT de Independiente, besando a Acuña tras el 6-0 a Colón, que dejó al Rojo en la cima.

Antes de prender el grabador, le mostré su primera nota en El Gráfico, año 1962, intuyendo que no la recordaría. “¿Vos sabés que mi vieja me hizo comprar un traje y me obligó a ponerme el chaleco? Mirá, mirá, si yo nunca me ponía el chaleco”, entró en calor, antes de brindar detalles de aquella charla con su madre. Me impresionó el registro de su memoria. Lo corroboraría en unas cuantas ocasiones más durante la entrevista: su primer gol en la Reserva de Central, la escena de su padre llorando en el comedor cuando supo que moriría, el dinero que ganaba su amigo Chacho Rena como ferroviario, el diálogo con el Gitano Juárez cuando él lo invitó para ser el DT de Newell’s y no al revés, como cuentan los libros. “De esas cosas es imposible que me olvide, pero quizás no me acuerdo de lo que tengo que hacer esta tarde”, confirmó ante la sorpresa del periodista.

¿La verdad? Esperaba a un hombre distante, algo agrio, superado, tal vez resentido, ya de vuelta de todo a los 76 años, por todo lo que significó para el fútbol argentino. Un hombre en retirada. Encontré todo lo contrario: un tipo que se involucró en la charla con entusiasmo como si fuera un novato, que recordó con sonrisas y también con bronca, que demostró una pasión por el juego, por sus ideas, por la “raza de futbolista”, como le gusta decir, que realmente hizo volar por los aires mis preconceptos.

Tiene el insulto fácil. Muy fácil. “Agüero es un futbolista de la reputa madre que lo parió”, dirá, separando sílabas para que la puteada tenga la fuerza y la sonoridad que amerita. Un homenaje, seguramente involuntario, al querido Negro Fontanarrosa, tan rosarino, Canalla, puteador y defensor de las malas palabras como él.

No fumó un solo cigarrillo en las tres horas y media de charla, porque ya le ganó la batalla, como contará, aunque ocasionalmente prende alguno, en las antípodas de aquella imagen que popularizó el cómico Mario Sapag, con tres cigarrillos prendidos al mismo tiempo entre sus dedos. Cada tanto suena un tango: es el ringtone de su celular, que repta sobre la mesa. No le presta atención. Y un par de veces, se escuchará un aviso sonoro que llegará desde la computadora. Girará un poco hacia su derecha (¡sacrilegio!), tocará el mouse y dirá: “¿Qué es esto? Ah, sí, los goles de Toni Kroos. Sí, sí, después los miro”. Desactualizado no está.

A Bilardo lo nombró al pasar 4 veces antes de que cayera mi pregunta sobre su pelea. Lo hizo naturalmente, hasta con humor. Me resultó extraño que afirmara que si lo viera en un ascensor, probablemente lo saludaría. Se mató de risa cuando recordó cómo se le presentó el Kun Agüero cuando asumió en Independiente. Y hasta me pidió que hiciera de Menotti para que él hiciera de Kun, en un reparto de roles que jamás imaginé que ocurriría en esa oficina.

“No nos limitemos a 100 preguntas ni a la cantidad de páginas habituales”, me sugirió Elías Perugino, Secretario de Redacción. ¡Canilla libre de caracteres, el sueño de mi vida! El único que tenía ese privilegio, hasta aquí, era Eduardo Sacheri. Siempre se lo decimos: “Vos escribí lo que se te cante”. Esta vez me tocó a mí. Bah, a Menotti, en realidad. Aún sus más encarnizados enemigos aceptarán (en voz baja, sin que los escuche nadie), que hay un antes y un después de Menotti en el fútbol argentino. A disfrutar de la entrevista, entonces.

Por Diego Borinsky. Fotos: Emiliano Lasalvia

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