¡HABLA MEMORIA!

Anatomía de … un delirio futbolero

- por Redacción EG: 05/10/2014 -

La metamorfosis de Rodolfo De Paoli, quien pasa de relator del Fútbol Para Todos a ayudante de campo del Turu Flores en Defensa y Justicia, tiene un antecedente. Fue Pepe Peña, el emblemático periodista que duró 3 fechas como DT de Huracán.

      Nota publicada en la edición de octubre de 2014 de El Gráfico

PEPE PEÑA con su clásica elegancia en su oficina.

En la época fue una revolución y también lo sería ahora. Imagine que, para los partidos que restan del campeonato de 2014, o para el arranque de la temporada 2015, un periodista asuma la dirección técnica de uno de los principales equipos de Primera División. Pero no piense en un conductor o panelista cualquiera, sino en uno ya consagrado, en una de esas contadas excepciones de profesionales de los medios que combinan prestigio, fama y reconocimiento unánime. En un formador de opinión que, además, levante la voz y le pegue con el puño a la mesa para convencernos de su verdad. Y que a la vez sea un informador culto, de buen manejo de la ironía, polémico a veces, irresistible siempre. Más un oráculo que un trabajador de prensa. Un periodista deportivo que, en definitiva, usted quisiera presentarle a su hija –si eso fuera posible–.

Pepe Peña –el padre del actor Fernando Peña– cumplía esos requisitos al comienzo de la década de 1960. Su voz frente a los micrófonos garantizaba sabiduría futbolística. Sus notas en El Gráfico, también. Pepe actuaba de fiscal y de juez. Era una de las palabras más celebradas –a la altura de su amigo, el mítico Dante Panzeri– cuando, sin que nadie lo esperara, en 1961 se convirtió en el entrenador de Huracán. La sorpresa por el salto de profesión fue total. Peña no tenía antecedentes en el cargo y la expectativa por su nueva aventura, aún en tiempos en que los técnicos no trasuntaban la trascendencia actual, resultó formidable.

El periodista reciclado en entrenador fomentó ese murmullo. Anunció, frente a sus repentinos excolegas, un cambio de época. Habló de la inminencia de una “mística del quehacer futbolístico”. Y prometió que su equipo sería la base de la selección argentina en el Mundial del año siguiente, el de Chile 1962. El problema es que, tres fechas después, su debut ya se había convertido en despedida. Huracán perdió dos partidos, ambos por goleada (el estreno fue tan desastroso que perdía 5 a 0 a los 10 minutos del segundo tiempo, y encima con San Lorenzo), empató uno y no ganó. Descolocado aunque nunca ruborizado, Peña renunció y volvió a la cabina de transmisiones. Nunca le importó el qué dirán, pero había quedado en el precipicio del hazmerreír. Al menos, de la burbuja que duró uno de los ciclos más delirantes del fútbol argentino, trascendió un anecdotario fabuloso, al nivel de una figura icónica de la prensa especializada. Aunque su nombre se haya evanescido en el tiempo –y ni siquiera lo reconozcan los jóvenes que hoy estudian periodismo deportivo–, Pepe Peña forma parte de los imprescindibles.

En realidad, todo en él era exagerado, al borde de lo inclasificable, al punto que Pepe –José Gabriel González Peña, según su verdadero nombre- había comenzado su carrera de periodista solo cinco años atrás, en 1956, cuando tenía 35. La modestia no iba con él. “¿Por qué me dediqué a esto? Por vocación y por falta de capacidad (dicho con ironía). Estaba muy mal explotado el ramo deportes. No fui un creador ni un doctrinario. Fui un agente de la fatalidad. O lo hacía yo o no lo hacía nadie. No soy dueño de la verdad absoluta, pero no se podía vivir más de chácharas inconducentes. Los comentaristas son medrosos, no arriesgan. ¿Cuáles me gustan? De los importantes, nadie”, respondió cuando asumió en Huracán, el domingo 26 de marzo de 1961 a las 15.50, y le pidieron que recordara sus no tan lejanos orígenes como periodista.

Hasta 1956 había sido hombre de negocios, financista en concreto, aunque sin dejar de ser un bon vivant de Buenos Aires. Era docto, pícaro, imaginativo y avasallante. A tono con su fetiche por la cultura inglesa, al mediodía jugaba de local en una esquina británica de la ciudad, el Lloyd s Bar, en Sarmiento y Reconquista, pero por la noche recorría las tertulias de los bodegones porteños de la época: Miami, Freddy, Saint Moritz y Bohemia. También tocaba el piano. Nada, sin embargo, lo apasionaba más que el fútbol. Aunque hinchaba por Estudiantes y simpatizaba por Huracán -en honor a su idolatrado Herminio Masantonio-, en realidad era más un fanático del juego pulcro que de sus equipos: así conoció y se hizo amigo de Adolfo Pedernera, figura central de La Máquina, el museo móvil con el que River había fabricado fútbol en los años 40.

Peña había atajado en las inferiores de All Boys, pero sin llegar a Primera División y, en 1956, entró al periodismo a través de un programa de radio que se presagiaba marginal y que terminó marcando una época: Fútbol al centímetro, los lunes a las 23 en Belgrano, junto con su compadre Pedernera y con Panzeri, entonces figura central de El Gráfico. Eran radicales del fútbol ofensivo, honesto y de toque. Denigraban a los pataduras y a los tacticistas. Los conocían como “Las tres P”, aunque a Pepe Peña, de tan ácido y crítico, le decían Pepe Leña.

SINTESIS EN EL GRAFICO del desastre en el debut ante San Lorenzo.

Sus comentarios iban a los tobillos. De Osvaldo Nardiello, centrodelantero de Boca en 1958 y 59, Pepe dijo: “Juega con un balde en la cabeza”. De José Sanfilippo, goleador de San Lorenzo, opinó: “Está dentro de una casilla de guardabarrera con una caña de pescar en la mano”. De Pedro Dellacha, defensor de Racing, apuntó: “Aeronáutica va a prohibir el paso de aviones sobre la cancha donde él juegue porque un día los va a voltear de un pelotazo”. También arremetía contra otros defensores y mediocampistas renombrados, aunque no demasiados dúctiles como Juan Carlos Colman, Francisco Lombardo y Natalio Pescia –más bien recios para marcar y expeditivos para despejar–, a quienes acusaba de “defraudadores del fútbol porque había una juventud que al verlos triunfar, pese a su falta de idoneidad, se cree que ese es el camino. Y sin embargo la pelota debe venir dominada desde atrás. Si no, el fútbol sería como cazar mariposas”.

Aunque en su pontificio hería y cultivaba enemigos, sobre todo cosechaba fieles. De a cientos de miles. Discutir con él podía ser un ejercicio agotador. En 1960 Panzeri –ya como director de la publicación- lo hizo ingresar a La Meca del periodismo deportivo latinoamericano, El Gráfico. Peña creaba tendencia en cada uno de sus artículos y opiniones. Profesaba un fútbol de talentosos que atacaran y defendieran, con dinámica y sin modorra. Con pases al espacio y no al pie. Y era un showman. Una noche, en la radio, comenzó a opinar de un esperpéntico partido del día anterior: “Jugaron sin pelota. Los jugadores se pintaron las camisetas sobre el cuerpo. Llovió. Se borronearon los colores. No entendí nada. Buenas noches”, dijo, y se fue.

El presidente de Boca, Alberto José Armando, lo tanteó para asesorar en Boca a finales de la década de 1950. No hubo acuerdo, pero el titular de Huracán, Luis Seijo, lo convenció en 1961 para que fuera el técnico de un equipo que, según una crónica firmada por el entonces periodista –y luego lobbista mediático– Bernardo Neustadt en el diario El Mundo, llevaba 33 años sin salir campeón –la cuenta obvia es que se contabilizaba el título de Huracán en 1928, en el fin del amateurismo–. Frente a Neustadt, y ya en su nuevo trabajo, el flamante técnico siguió usando sus palabras como si fueran topadoras. Insistió en que Sanfilippo era un buzón, aunque “algo” había evolucionado. Reiteró que Dellacha era un preso. Y no dudó en perjudicar a sus flamantes ex colegas, los periodistas: “No permito que nadie vea mis prácticas, hay espías. El presidente del club tampoco podrá presenciar prácticas. Ni discutir esquemas. Nadie (golpeando la mesa)”.

Peña, que renunció a El Gráfico para su nuevo rol, también sería un iconoclasta como entrenador. O eso anunciaba. “¿Si me importa la conducta? Claro. Antes de cada partido voy a hablar con el árbitro y le pediré que me anote el nombre del jugador que le comente los fallos. No quiero que le protesten. Y al que lo haga, lo multo“. Entonces le preguntaron cómo domesticaría a las figuras de ese Huracán, Néstor Pipo Rossi –el año anterior había sido jugador y técnico del equipo en simultáneo– y Norberto Beto Menéndez, ambos cracks con fama de quejosos.

“Los voy a corregir. Tengo más admiración por mí que por ellos“, respondió Peña.

También le concedió una entrevista a La Nación. Fue publicada el 7 de abril, nueve días antes de que comenzara el torneo, y sus profecías multiplicaron la curiosidad en la antesala del debut: “Peña está dispuesto a establecer lo que él denomina la mística del quehacer futbolístico –publicó el matutino-. El plantel deberá concurrir todos los días a las clases teóricas para estar al tanto de cuantas novedades se originen en el campo de la estrategia. Y los jugadores, además, reestablecerán el pechazo como un retorno de las formas más puras del viril deporte. Queda ahora por meditar si las dos premisas, corrección y pechazo, podrán cohabitar”. Incluso Peña, que parecía estar en el esplendor de su extravagancia –y disfrutarlo–, proclamaba nuevos cargos: “Huracán precisa un dietista. No la mera ficha topométrica. Necesito saber los reflejos de mis jugadores. Pero test en manos de médicos”.
Lo estrambótico de los entrenamientos superó lo imaginado. En el mes y medio que transcurrió para el debut, Peña colocó sillas en la cancha simulando que eran defensores y mandó a que sus delanteros avanzaran eludiendo los obstáculos. “Casi se me fracturan dos jugadores. Venían con la pelota pero en vez de pasar amagaban y, como la silla no se movía, se la chocaban”, recordaría después, siempre exagerado, siempre divertido. Del travesaño mandó a colgar un neumático para que los jugadores ensayaran puntería. También pidió una soga –la desenrollaba sobre el césped- para mostrarle al arquero cómo se reducían los ángulos si se adelantaba. “Yo soy la pelota, ¿Ves que si vos te adelantas sobre la bisectriz del ángulo le reducís el espacio al delantero?”, actuaba. Y hasta provocaba por anticipado, por ejemplo oteando el partido de la tercera fecha contra Atlanta: “Estoy dispuesto a suspenderlo si no se juega con pelota de FIFA. Huracán se entrena con esa pelota reglamentaria para los torneos internacionales, que el señor Armando (el presidente de Boca) me trajo con gentileza desde Río de Janeiro”.

En el apogeo de lo estrafalario, Peña les pidió a sus jugadores que, si Huracán iba ganando un partido y contaba con un tiro libre a su favor cerca de su área, le pasaran la pelota a su arquero para que este la dejara pasar –adentro de su arco– sin tocarla. Que, por reglamento, el árbitro debía cobrar córner y no gol. Y que de ese córner, como sus centrales cabeceaban bien, seguro que surgiría un contraataque para Huracán porque agarraría mal parados a los rivales. Ese delirio, sin embargo, nunca se puso en práctica.

“¿Y si le va mal en Huracán? ¿Dónde queda su doctrina?, se anticipó Neustadt en El Mundo.
-Yo no compré los jugadores.

-Es una excusa. Si no, no habría aceptado.
-Correcto. Con todo, voy en busca de plata grande. Huracán cambiará su modo de juego. Será distinto. ¿Mi eslogan? Huracán tendrá un equipo donde cada jugador será el onceavo. Entonces todo será al servicio del conjunto. La sociedad. Y llevaré por lo menos cinco hombres a la selección al Mundial del 62: (Miguel Angel) Vidal, (Eduardo) Domínguez, (Norberto) Menéndez, (Humberto) Juárez, acaso (Vladislao) Cap. Después, acaso yo sea el asesor de la selección”.

ERNESTO LAZZATTI, leyenda del fútbol devenido en comentarista, analizó la derrota ante San Lorenzo para el Gráfico, medio al que Peña había renunciado para ser DT.

El debut fue contra San Lorenzo, el 16 de abril. Huracán se había reforzado con trece jugadores a cambio de 40 millones de pesos, 10 de ellos destinados a Menéndez, proveniente de River. La expectativa era enorme pero el fracaso, ay, resultó proporcional. A un gol de San Lorenzo le siguió otro y otro y otro y otro y a los 10 minutos del segundo tiempo, el equipo de Pepe Peña, avasallado en el banco de suplentes, perdía 5 a 0. Para colmo, dos goles los había convertido Sanfilippo, el delantero al que el periodista/técnico de lengua filosa había menospreciado por jugar con “la caña de pescar”. Sobre el final descontaron Jorge Diz y Menéndez, pero el 2-5 no borró el desastre.

En la segunda fecha, Huracán fue local con Vélez y empató 2 a 2. Podría haber sido un signo de recuperación si no fuera que, al partido siguiente, el 30 de abril, perdió 4 a 2 contra un buen Atlanta, que tenía a Osvaldo Zubeldía de técnico y a Carlos Griguol y Luis Artime como figuras. Entonces Pepe Peña se resignó precozmente, presentó la renuncia y ya no solo no dirigiría a Huracán en la cuarta fecha, sino que no lo haría nunca más en ningún otro club. Sus ideas singulares habían recibido once goles en tres partidos. Huracán tendría técnicos interinos hasta la duodécima fecha, cuando asumiría Juan Carlos Zoppi y la campaña, que parecía revolucionaria, terminaría en la medianía, apenas el décimo puesto entre 16 equipos. Seijo le ofreció reasumir como entrenador en las divisiones inferiores, pero Peña no aceptó. Al año siguiente, de los futbolistas que el fugaz entrenador anunció que jugarían el Mundial, solo Cap (pero ya en River) participó en Chile 62. Peña, por supuesto, tampoco sería asesor de la Selección Argentina, aunque sí estaría muy cerca del entrenador inglés, Walter Winterbottom.

EN LA REDACCION, donde tecleaba sus textos con firmeza, pimienta y convicción. Se inició en el periodismo a los 35 años.

Mucho después, Pepe empezaría a filtrar algunos detalles de su chasco. Lo hizo a su manera: mordaz, con humor y sin autocrítica. “Antes del primer partido, insistí en la importancia de algunas jugadas de ataque. Por eso le dije al wing derecho: “Cuando viene el córner, vos te parás delante del arquero de San Lorenzo, lo mirás fijo, pero bien fijo a los ojos, desentendiéndote de la pelota. Alguno de los contrarios, el arquero o un compañero, te va a empujar para sacarte. Te tirás al suelo como si te hubieran matado y seguro que nos dan un penal”. Empezó el partido –continuó su relato Peña– y tuvimos un córner. El wing cumplió lo que le había pedido, y lo empujaron, pero no se tiró. No pasó nada y perdimos por cinco goles. En el vestuario le pregunté por qué no se tiró, ¿y sabés que me contestó? “Atrás había unos abrojos bárbaros, mirá si me voy a tirar”. ¿Te das cuenta? ¡Abrojos!”, se maldijo.

Cuando Peña se sumó a la televisión –en las primeras emisiones de Polémica en el fútbol– le recordaron que sus palabras sobre Sanfilippo se habían convertido en un búmeran. “Y si jugaba, como usted dijo, dentro de una casilla de guardabarreras con una caña de pescar, ¿Por qué le hizo dos goles?”, le preguntaron.
“Porque yo no jugué”, se desentendió.

Peña también volvió a la radio. Ya alejado y peleado con Panzeri, que lo había criticado por su desempeño en Huracán –en realidad Panzeri detestaba a todos los DT, a los que trataba de Decí Tarado, y no hizo excepciones con su ahora examigo–, Pepe fue comentarista de José María Muñoz. Algunos de sus gafes fueron inolvidables: un futbolista de Boca estaba a punto de patear un penal y Peña sacó pecho: “Por cómo está parado, lo va a patear arriba y a la izquierda”, anunció, pero el remate fue exactamente al revés, abajo y a la derecha. Como fuera, Peña repitió su experiencia de Huracán y renunció a su nuevo cargo a los tres meses para después, poco a poco, ir alejándose del periodismo y dedicarse a ser jefe de Relaciones Públicas de Adidas, hasta que murió en 1980, cuando tenía 60 años –su hijo Fernando había nacido en Uruguay, en 1963, durante una breve estadía de Pepe en ese país–.

“Siempre me dijeron loco. La gente le tiene miedo a vivir. A dejar algo que ya conoce, desde un trabajo hasta una mujer. Como piensa en cuidar lo que consiguió, todas las actitudes son tibias. No hay quejas, no hay renuncias. Y yo fui de otra manera, cada vez que algo no me gustó, me fui”, dijo Peña en una de sus últimas entrevistas, una frase que definía su carrera como periodista, y también como entrenador, ese ciclo tan bizarro que apenas duró un poco más de dos meses, pero que fue una revolución. La revolución olvidada.

Por Andrés Burgo. Fotos: Archivo El Gráfico

Por Redacción EG: 05/10/2014

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