Notas de la revista

Pratto: “Volví para ser feliz”

- por Redacción EG: 11/11/2013 -

Ahora que el reconocimiento le sonríe, el delantero de Vélez no olvida los comienzos a pura humildad, cuando se hacía fabricar unos botines truchos para jugar en Cambaceres. El despertar en Boca, la sucesión de préstamos, la explosión en Chile y la confirmación de su doble jerarquía de goleador y asistidor en Liniers.

     Nota publicada en la edición de noviembre de 2013 de El Gráfico

A PUNTO de cumplir dos temporadas en Vélez, Pratto se muestra como un delantero integral: asiste y define.

Los Nike truchos tal vez estén en algún rincón de la vieja casa familiar del barrio Los Hornos, en La Plata. O tal vez ya no, quién sabe. No importa tanto: aún hoy habitan en la memoria de Lucas Pratto, muchos años después de haber calzado sus pies en tantas tardes de fútbol. ¿Cómo convencerlo de que estos botines que ahora lleva puestos en cada partido, originales y con la pipa lustrosa, valen más que aquellos?

Paradojas de la vida, la ecuación se invirtió: este muchacho de 25 años, grandote y cara de bueno, recibe dinero por lucir en sus pies lo que en esos años de adolescencia era un lujo inalcanzable. “En Cambaceres me tenía que comprar los botines, y como no tenía plata para tener unos de marca, mi mamá me los hacía fabricar en una zapatería del barrio, donde me salían mucho más baratos, la mitad de lo que costaban los Envión, por ejemplo. Ni hablar de unos Puma o unos Nike. En la zapatería salían 25 pesos los negros y 30 si los querías de un color. Para combinarlos con los colores de Cambaceres yo los pedía blancos y con la pipa de Nike roja. Todo trucho, por supuesto”. Sentado a la sombra de la inmensidad de la Villa Olímpica de Vélez, aquí y ahora, los ojos claros de Lucas apuntan hacia arriba, escarbando en el recuerdo. En esos tiempos de esfuerzos anónimos: “Yo había empezado en Gimnasia de Los Hornos. Después me probé en Estudiantes, pero sólo me querían para la liga local, no para AFA, y yo creía que estaba para más. Entonces me fui a Cambaceres porque estaba mi hermano, y empecé en Séptima. Iba al colegio en bici a la mañana, volvía a mi casa y caminaba 20 cuadras para tomar un colectivo para viajar a Ensenada. Tenía una hora de viaje de ida y otra de vuelta: volvía a casa a las 9 de la noche, muerto. Me vieja me preguntaba si tenía deberes y le mentía diciéndole que no, sólo quería comer y acostarme”, prosigue.
De padres separados, a la vida de Lucas en esos años la protegían Daniela –su mamá, a la que lleva tatuada en el antebrazo derecho– y Leandro, su único hermano, tres años mayor que él, al que define como su mejor amigo. Era Leandro quien lo cuidaba mientras la mamá trabajaba como empleada doméstica, vendedora de ropa o lo que hiciera falta para sostener a los Pratto pichones. Para Lucas, el fútbol se combinaba con la escuela y, ya más grande, con repartir volantes u oficiar de “cuidador de un salón de fiestas”, una changa que le reportaban preciosos 50 pesos por noche. Todo ayudaba.

Boca, la ilusion de la infancia
En Cambaceres su puesto era de volante central o por derecha, pero con la idea fija del gol, al que llegaba seguido. “Estilo Maxi Rodríguez, pero no tan bueno”, se ríe. Hasta que llegó uno de esos días bisagra en la vida de los futbolistas: se entreabría la puerta de Boca. El repasa la historia con prólogo incluido: “En Cambaceres tenía un profe que era socio de Gabriel Palermo, el hermano de Martín. Un día de diciembre me dijeron que me llevaban a hacer una prueba, pero yo no sabía en qué club era, recién me enteré cuando llegamos a Casa Amarilla. Alfredo Altieri, que era el coordinador, me preguntó de qué jugaba y le contesté que era delantero. Hice una buena práctica y me dijo que en enero volviera, que me iban a llevar a la pretemporada y que seguiría a prueba. Yo era fanático de Boca. Cuando volví a mi casa y le conté a mi mamá, se puso a llorar. Yo no entendía nada, era raro para mí verla así”, rebobina la película de su vida.
Acunó la ilusión en esa Navidad, pendiente de la oportunidad que tenía por delante. “El día de la salida a la pretemporada, lo primero que hicieron fue mandarme al lugar donde daban la ropa. Yo estaba acostumbrado a otra cosa, nada que ver con lo que veía ahí. Me tomaron las medidas y me dieron conjuntos y también botines. Mi vieja no lo podía creer”, revive la emoción de esa mañana de enero. Dos buenas primeras prácticas en Tandil con goles incluidos le dieron el certificado de jugador de Boca que tanto deseaba. Debutó en la primera fecha, en Sexta, con un gol a Gimnasia, el del triunfo, además, ante la mirada de Daniela en la tribuna.

Al año siguiente, en Quinta, festejó 25 goles y salió campeón con la división. Empezaba a escalar: lo subieron a la Reserva y a mitad de 2007, después de que Boca ganara la Libertadores, Miguel Russo lo llevó de pretemporada a Tandil con la Primera. Pasó por la rapada clásica con Nico Gaitán, Roncaglia, Forlín y Monzón. A la vuelta de las sierras, con la inquietud de quien quiere probarse a sí mismo, se fue a préstamo a Tigre. En Boca, su puesto estaba sobrecargado: Bosselli y Marioni eran los suplentes de Palermo. “Cagna me pidió, yo ya tenía casi 19 años y quería jugar. Me sirvió, tuve mis primeras concentraciones, empecé a tener minutos, lo que buscaba. Hice mi primer gol, contra San Martín en San Juan: me quedó una pelota a la salida de un tiro libre, la acomodé y le di de zurda. Lo grité como loco. Después terminé jugando de titular los últimos partidos. Me di cuenta de que podía”, le pone imágenes a ese tramo vital en que un proyecto de futbolista termina convenciéndose de que saltará la barrera. Y que el fútbol, además de su pasión, será también su medio de vida.

VELEZ es el séptimo club de su carrera. Junto con Católica es el equipo donde pudo mostrar su mejor versión.

Trotamundos a los 20
El olfato le sugirió, una vez de vuelta en Boca tras la experiencia en Tigre, que había que marcharse otra vez. La omnipresencia de Palermo le señalaba a ese chico de 20 años que había que buscar otro horizonte para ganarse el pan. Iniciaba, sin saberlo, una cadena de idas y vueltas non stop. En julio de 2008 se fue al exótico fútbol noruego (ver aparte) y, al verano siguiente, estaba en Casa Amarilla, listo para demostrar que Boca definitivamente podía ser su lugar. Era Coco Basile quien llevaba las riendas, y en los seis meses siguientes Pratto vio cancha sólo dos veces en Primera. “Pero fue uno de los semestres más positivos de mi carrera, a pesar de eso”, sorprende. “Cambié mi forma de jugar, antes me basaba más en la potencia, para mí la jugada tenía que terminar en un centro a un compañero casi siempre. Basile me dio confianza, y yo me empecé a animar más, a jugar, a tirarme atrás para tocar, y también a buscar el gol con más decisión”, argumenta, seguro de que en ese tiempo nació el delantero que explotaría después.

Le siguieron otros seis meses en Unión, en la B Nacional, jugando los 19 partidos de titular. Entonces, vino su último regreso a Boca: cuando los sonidos del Mundial de Sudáfrica empezaron a callarse, un chico de 22 años recién cumplidos entraba en la letra chica de los diarios argentinos que hablaban de la llegada a la Bombonera del chileno Gary Medel; Pratto era “la parte de pago” que recibiría la Universidad Católica al otro lado de la cordillera de los Andes. Su quinto club fue su trampolín definitivo: a los tres minutos de haber entrado a la cancha por primera vez con su nueva camiseta ya estaba festejando un gol, contra el Everton. Un guiño de lo que vendría. En diciembre de 2010 era campeón del torneo chileno, y al año siguiente, con el 2 en la espalda, su apellido se lucía en las estadísticas de la Copa Libertadores: dos goles a Vélez en Liniers y otros dos al Gremio en Porto Alegre le daban chapa de delantero para seguir. Y fue el Genoa italiano quien puso los 4,5 millones de dólares que pedían en Chile por su pase.

Pero en su nuevo destino jugaba entre poco y nada. Allí, además de aprovechar los días libres para deslumbrarse con Mónaco y Milán, la pasó mal. Lo explica con lógica de oficinista maltratado por un jefe: “Cuando estás mal en tu trabajo, estás mal en tu casa”, dice. Sólo seis meses después de su ingreso en el Calcio, apareció la voz de Christian Bassedas en el teléfono. La oportunidad justa para que la rueda dejara de girar tan rápido.

Estacion Liniers
Vélez, además de su séptimo club, es el primero en el que Lucas superó la barrera del año en continuado: en enero la cuenta llegará a dos, tomando como punto de partida el verano de 2012. “Me decidí cuando me llamó Christian, y luché para que se hiciera el pase porque noté un interés concreto. Me importa mucho que se den las cosas así, y después me siento en deuda, quiero devolver esa confianza”, asume. La primera charla con Gareca fue clara: “Adaptate, yo te voy a ir llevando de a poco”, le dijo el Tigre. Y cumplió la palabra. “Llegué para jugar sólo la Libertadores, pero después se dio que pude jugar el torneo local también. Estaban Burrito Martínez, Augusto Fernández, Zapata, Pocho Insúa, Domínguez, Cubero, Barovero… Cuando hay tantos jugadores de renombre, uno piensa que puede ser difícil entrar. Pero acá, nada que ver, formaban un grupo muy unido”, retrocede.

Unido y futbolero: dice que las charlas sobre partidos y jugadores son trending topic en las concentraciones de la Villa Olímpica. “Yo miro mucho fútbol local, de Primera y de la B Nacional. Y si no hay otra cosa, te miro hasta un partido del Itagüí”, grafica. Su primer semestre fue bueno, pero se lesionó y se perdió los cuartos de final de la Libertadores, la instancia en la que Vélez quedó eliminado contra el Santos. Pero los seis meses siguientes… “Fueron redondos. Se suponía que iban a ser de transición y terminamos campeones con cinco puntos de ventaja. Les hice goles a River, a Racing y a All Boys en el partido clave, de visitante”, repasa.

Jugar en Vélez, después de tanta agitación y camisetas intercambiables, lo transportó a otros momentos de su vida. “Acá volví a ser feliz”, acorta la idea a cinco palabras. También, la felicidad es sinónimo de Pía, su hija de tres años. Lucas se siente cómodo; se le nota en las maneras, en el saludo por el nombre a los parqueros del predio que pasan caminando. “Vélez puede tener lapsos de no pelear campeonatos, pero mantiene una identidad. Incluso ahora se está nutriendo con más juveniles que durante los primeros tiempos de Ricardo. Hay muchos jóvenes, y esa es una idea para valorar”, pondera.

Seguro que entre esos chicos que ahora empujan desde abajo, habrá varios que sueñan con ocupar el lugar
que hoy disfruta Pratto. Como le pasó a Lucas alguna vez, cuando se imaginaba cómo sería hacer un gol con la cancha llena, mientras perseguía la pelota arriba de los Nike truchos.

Por Andrés Eliceche. Fotos: Maxi Didari
Por Redacción EG: 11/11/2013

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