EL DESTINO, LA PELOTA Y YO

El destino, la pelota y yo - Capítulo IX

- por Redacción EG: 21/11/2018 -

Por José Manuel Moreno. El delantero integrante de “La Máquina” relata sobre el gran vínculo con Pedernera, y no sólo dentro de la cancha. Una amistad que llegó a jugar en el gran estadio de River.

A través de mi larga y accidentada carrera futbolística tuve muchos amigos, con quienes me unieron afectos entrañables; pero el más íntimo de todos, el de la amistad perfecta, fue sin duda alguna —y el afecto se mantiene inconmovible— ese puntero maravilloso: Adolfo Pedernera. Pedernera, sí: el mismo apellido del glorioso jefe puntano de la Independencia, camarada de Pringles.

Adolfo cree que es un gran billarista. Pero yo soy mejor que él. ¡Si le habré dado ventaja y ganado!

Lo mismo que yo, Pedernera, como footballer, provenía de los potreros de extramuros, de los que pasó, por gracia de sus relevantes condiciones, a la 6° de Huracán; de allí a la 4° de River, donde nos encontramos, y ése fue el comienzo de nuestra alianza inconmovible, nuestra fraternal amistad. Era más purrete que yo, creo que le llevaba dos años. En, 1935 —cuando él contaba solamente 17— formamos juntos en el ala derecha de la 4° especial que ganó el campeonato. Y con escasa diferencia de tiempo posamos a la primera división. Esta amistad permaneció inalterable durante toda nuestra vida futbolística. En 1956 —mucho más tarde—, el Periodista Miguel Zapata Restrepo, de "El Colombiano", de Medellín, dijo al respecto:

 

"VIDAS PARALELAS.  Moreno y Pedernera llevaron siempre sus vidas paralelas. Desde que en 1932, al pasar de Huracán a River Plate, Adolfo conoció en las divisiones inferiores a José Manuel, se inició entre ellos una amistad entrañable, que en contadas ocasiones ha ofrecido para los dos la paradoja sublime de la emulación deportiva, sin que nunca llegue a empañar sus relaciones. Pedernera sintió cierto escozor cuando Moreno ascendió antes que él a la primera división y, un poco más tarde, cuando supo que habla debutado en el Brasil. Por su parte. Moreno debió suspirar algunas veces ante los triunfos de su amigo, en ocasión en que él permanecía aparentemente apocado. Pero al reunirse se complementaron como dos gotas de agua."

 

Castillo, Adolfo, yo y Rodolfi en un vestuario de aquellas nuestras primeras incursiones en el equipo superior.

Yo diría que como el hidrógeno y el oxígeno en una sola gota.

Los azares deportivos nos tuvieron separados durante largos años —como luego se verá—, en los que yo recordaba diariamente al gran amigo, al formidable puntero, colaborador mío en las goleadas fantásticas. ¡Quién me diría entonces que esos mismos azares nos habrían de juntar, ya un poquito maduros, nada menos que en Colombia! Y también la emoción tremenda que el reencuentro nos produjo. (Porque mirá que nos hemos entendido bien y nos seguimos entendiendo, Adolfito) Teníamos casi la misma Juventud, la misma propensión romántica, idénticos anhelos y ambiciones...

 

EL GRAN ESTADIO

En aquellos diálogos de la vieja cancha de Alvear y Austria, pibes los dos —apenas salidos de la famosa incubadora de la 4° especial—, ¡cómo nos gustaba recordar los difíciles comienzos, celebrar lo conquistado a fuerza de tremendo empuje y palpitar el incierto porvenir lleno de incógnitas y nobles aspiraciones! (¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquéllos?)

Era el año 1935. Yo recuerdo una mañana, después del entrenamiento de la primera en la vieja cancha de la Recoleta, un diálogo que sostuvimos llenos de incertidumbre y esperanza. River estaba construyendo el gran estadio de cemento en Núñez, gracias al tremendo empuje de don Antonio Liberti. Habría de ser —según se decía— lo mejor de la América del Sur en la materia, y legítimo orgullo para nuestro país. Esa mañana, Pedernera y yo nos fuimos tranqueando por los jardines de la Recoleta para mirar los diarios y ver lo que decían del campeonato y su desarrollo. En el huecograbado de La Prensa encontramos algo grande: la maquette del futuro gran estadio de River y fotos de los encofrados de las tribunas y otras dependencias, parque ya estaba adelantada la construcción. Nos quedamos estáticos. ¡Dios, lo enorme que iba a ser aquello! 

El nuevo estadio de River en construcción.

Adolfo me dijo:

-¡Viejito, esto va a ser grande!

- ¡Grande con ganas! – asentí.

- ¿Se terminará?

- Yo pienso que sí, porque don Alfredo le está poniendo el hombro.

- ¡Los dos hombros; y la cabeza!

-Sí, pero, ¿Para cuándo?

- Ah, eso...

- ¿Te parece que nosotros alcanzaremos a jugar en esa cancha?

- No sé… pienso que sí…

- ¡Si nos tocara, Adolfo!: ¿te imaginas? Vos de winger, yo de insider... vos que me centreás, yo que la emboco…

Soñábamos; soñábamos a perfecto compás, sin reservas mentales, candorosamente.

¡Y jugamos en el gran estadio de cemento: jugamos juntos...! (Yo aquí, vos un poquito más allá… ¡y las cosas grandes que hicimos, hermanito, y habré de relatar cuando llegue el momento!)

¡Compañero lindo! Y lo cierto fue que una vez, algo más adelante, pero en tiempos que yo tengo evocados, estuve a punto de matarte. Y como esa es una deuda que tengo con el lector, voy a saldarla. Luego seguiré con el relato de la inauguración del estadio.

 

¿TE MATO, ADOLFO?

Era el año 1938 y yo estaba cumpliendo el servicio militar. Yo me haba comprado un Ford 35 y fuimos un día a visitar a un tío mío, dueño de una quinta en Lourdes. Él iría con la madre, y me pidió que llevara la mía, pues ya eran amigas también. El tío en cuestión nos esperaba con un asado a la criolla. Y allá nos fuimos: las dos madres Y los dos amigos. Gran asado (1938), gran chupandina y lujosa conversación. Se habló de fútbol, por supuesto, de armas de cacería, de matar conejos a tiro de bala.

Y en este punto de la charla se fue mi tío para las casas y volvió mostrando una formidable pistola automática. Le sacó el cargador, y dijo, poniéndola en mis manos:

—Esta pistola es brava... Pero inofensiva. ¿Ves? Le acabo de sacar el cargador. Si la precisás…

La tomé en mis manos y, por gracia, o como resultas del copetineo, me encaré con Pedernera, diciéndole, mientras le apuntaba con el arma "descargada":

— ¿Te mato, Adolfo?

Y se la puse a quemarropa cobre el corazón

¡Dios de misericordia! Me acordé en ese instante de lo que me habían enseñado en el Ejército: "¡Cuidado cuando se saca el cargador del arma: Puede ser que haya quedado una bala en la recámara! ¡Cuidado con eso! En caso de duda hay que disparar hacia arriba o hacia abajo".

Y también recordé el divulgado refrán de que "las armas las carga el diablo". Lo cierto fue que, antes de apretar el disparador. Volví la pistola hacia la tierra, disparé..., y salió el tiro, que le rozó los pies a Pedernera. ¡Si no hubiera pensado todo eso, hermanito, si no lo hubiera pensado!... Gracias, oficial instructor, que me enseñaste a manejar las armas. ¡Gracias, Dios mío, que me inspiraste a tiempo el pensamiento de prudencia! 

Parados: Hirschi, Vasini, López, Cuello, Mínella y Wergifker. Agachados: Malasio, Vaschetto, Bernabé Ferreyra, yo, Pedernera y Deambrosi. La delantera era una invasión de criaturas junto al astro legendario, "La Fiera".

 

EN EL GRAN ESTADIO

¿Te acordás, Adolfo, lo que fue aquel jueves 26 de mayo de 1938?. Se cumplía nuestro sueño: íbamos a jugar en el partido inaugural del gran estadio de cemento, en Núñez, en el que podían caber —según los diarios— 150.000 personas. Y creo que las contuvo ese día. El aspecto de las tribunas era cosa jamás vista en el país.

Desde muchas horas antes bombas de estruendo anunciaban el acontecimiento. Y en lo alto de las tribunas tremolaban banderas argentinas y otras con los colores del Club. Fue imponente, también, aquel desfile de los fundadores y los sucesivos presidentes, llevando por la pista una enorme bandera argentina… Y frente el Palco oficial, aquel gran escudo del Club, donado y confeccionado por el socio floricultor: Juancito Ritucci

(¿Te acordás, hermano?) 

Como corolario de los festejos en el field, el gran partido contra el "Peñarol", de Montevideo: "el tradicional y caballeresco rival del club de los millonarios", según dijo el cronista. El match se disputó por la copa Bacigaluppi-Sosa, en memoria de los dos grandes presidentes de ambos clubs, y fue un tanto flojo, tal vez debido a las celebraciones previas, o porque a todos nos embargaba una gran emoción.

26 de Mayo de 1938. Los jugadores de Peñarol y River saludan al público el día de la inauguración de su estadio.

Ganamos por tres goles a uno. Peucelle marcó el primero; Ferreyra, el segundo, y yo el tercero... de cabeza.

Junto a mí, en el ala izquierda, preparándome la maniobra, se hallaba Adolfito Pedernera. Si, allí, estábamos los dos, como lo hablamos soñado, en el estadio de cemento, rompiéndonos el alma, una vez más, por la victoria. Esa noche siguió la fiesta con champagne y todo. Al compás de los brindis, nos pusimos a evocar cositas con Adolfo:

— ¿Te acordás de aquella vez, en las jardines de la cancha vieja, cuando comentábamos lo imposible que nos parecía llegar a jugar en ésta?

— ¿Si me acuerdo? ¡Caray! ¡Los recuerdos que nos guarda la canchita de la Recoleta!

—Bueno, pues lo cierto es que llegamos a jugar en la nueva, y nada menos que en el match inaugural... Lo importante es que sigamos, hermanito.

Y seguimos; seguimos Por algunos años. En 1939 dijo de nosotros un cronista de "La Cancha": “...Existe en el juego colectivo del ala izquierda (de River) una comprensión perfecta, producto de una amalgama total de las condiciones de ambos. No hace falta que se miren o se indiquen la jugada; ya la intuyen. Moreno no hace más que amagar un pase, insinuar un desplazamiento, y ya sabe Pedernera el lugar exacto de la cancha donde debe esperar la pelota, que llega con matemática puntualidad. Y en ese ensamblamiento de múltiples pases en un avance fulminante. En la gambeta individual coordinada con la cesión de la pelota al compañero; en eso, en todo, queda evidenciada la unidad absoluta de criterio que priva en el juego de la pareja.”

“Todo eso aumentado, agrandado por la clase individual. Pues no solamente se puede llegar a esa admirable exhibición de alta calidad que nos brindan por medio de un entendimiento tan íntimo; requiere —y eso es lo que poseen— la pasta de las cracks de verdad.”

"En su club, frente a los compromisos de todos los domingos el juego de esos todavía "botijas" en el estallido nervioso del entusiasmo riverplatene. En las tardes clamorosas de la victoria —tan frecuentes para el equipo—, corresponde a los aleros de la izquierda el papel bullicioso vistoso de la copa de champagne, que en sus líricas burbujas borra el materialismo grosero de la mesa."

Salvo el entusiasmo desbordante del cronista, fuimos eso, en verdad, con Pedernera: dos corazones y dos voluntades actuando en perfecto entendimiento, Y en amistad perfecta, que comenzó apenas egresados del potrero y habría de continuar toda la vida. Lo comprendimos mejor que nunca aquel día de la inauguración del estadio de Núñez. Por eso, a la hora del champagne —y no por culpa suya—, nos dijimos:

—Siempre Juntos…

— ¡Claro que sí!...

Repito que no fue culpa del champagne aquello de que en ese momento nos abrazáramos lagrimeando.

(Continuará)

En el próximo número. El Pibe Siete Cabezas.

 

Por Redacción EG: 21/11/2018

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