EL DESTINO, LA PELOTA Y YO

El destino, la pelota y yo - Capítulo VI

- por Redacción EG: 01/11/2018 -

Por José Manuel Moreno. El Charro relata sus inicios en el primer equipo de River, y el mundo novedoso y atractivo que se le presentaba: “La fama lo trae todo. Y entre todo, el peligro de marearse…”

LO PRIMERO... ¡NO MAREARSE!

No es que yo quiera sentar cátedra sino que escribo estas palabras pensando en tantos muchachitos humildes como yo lo fui, llenos de esperanzas y ambiciones, pero cercados por asechanzas bárbaras que también conozco. Y ensayo estas razones con la esperanza de ayudarlos a que tengan voluntad, resolución... No sólo en el deporte sino en cada cosa de la vida que emprendan con voluntad honrada. La voluntad lleva al triunfo. Lo supe yo a través de mis andanzas... y ésta es la historia que les voy relatando. Si me extiendo un poco, perdónenme, pues lo hago con esa intención.

Les estaba contando lo de mi regreso a Buenos Aires, y les aseguro que fue grande para mí. Entre la muchedumbre divisé a mi padre, que me había visto y trataba de abrirse paso. Yo tenía unos deseos locos de abrazarlo, pero no fue posible: sentí que me levantaban por el aire... Recién a la salida del puerto pude zafarme, y allí estaba mi viejo. Nos apretamos fuerte y escapamos para casa en taxímetro, desusado lujo para mí hasta aquel entonces.

La casa y el vecindario estaban en tremenda conmoción; el patio iluminado con farolitos de papel, guitarras, acordeones... Allí se tendió una larga mesa cordial; se le puso encima lo mejor que se pudo conseguir, se abrieron las puertas para todos los amigos...

Yo había leído alguna vez, que "la patria es el hogar ausente".

¡Y esa noche comprendí... que era verdad!

Esta fotografía es de mis inicios, yo formando al lado de mis ídolos de potrero. Parados: Malazzo, Vassini, Sirni, Minella, Wergifker y Gusbertti. Agachados: Peucelle, "el autor", Bernabé Ferreyra, Lago y Deambrosi. Los pichones ya volábamos casi solos...

LA FAMA Y 18 AÑOS

Debo insistir aquí en que yo tenía, en esa época, sólo 18 años. Y que me encontré, de súbito, protagonista de una resonante, maravillosa aventura, mimado y halagado por las multitudes y los cronistas deportivos, a veces excesivamente entusiastas o exuberantes en sus comentarios, sobre todo cuando se trata de un caso curioso. Y "eso" era yo: un chiquilín de 18 años, apenas "egresado" del potrero donde jugaba con la pelotita de trapo o la de goma de 0.20 y a quien le habían sonado ya en los oídos frases como ésta, dicha por un cronista internacional: "Moreno es un crack entre los cracks". No, todavía no lo era, y yo lo sabía; era un muchachito capaz y me había desempeñado bien; pero además, no era del todo feo... las tentaciones me acechaban; me gustaban el baile, la farra, tenía dinero y juventud...

Afortunadamente no me faltaron buenos consejos en aquella época crítica. El primero mi padre, siempre severo, siempre sentencioso, pero tan camarada, tan amigo... Luego algunos periodistas e hinchas de River, que me querían cuidar. Y por último, yo mismo, que tenía en el corazón sentimientos substanciales adquiridos en el hogar paterno. Y ese compromiso sagrado —juramento más bien— de comprarles la casita propia.

Entre los mil comentarios halagüeños de aquella época que —confieso— me embriagaban un poco, recuerdo uno de un periodista de "Noticias Gráficas" que, al par que me elogiaba, me llamaba a la reflexión. Y dijo:

"Moreno no parece un jugador criollo de los que se han hecho a empujones de puro inteligentes o de puro pícaros, de los que han aprendido todo sin haber estudiado nada, a fuerza de precocidad y de intuición maravillosas, más bien, viéndolo accionar, sereno y majestuoso, con la prestancia y el señorío de los que están plenamente confundidos con su alta misión sobre la tierra ( ! ), llega la impresión hasta las retinas de que siempre hubiera ido a la escuela con el exclusivo propósito de aprender esa ciencia y arte a la vez que es el fútbol. Pero ya lo hemos dicho, nació crack y será crack, aunque las alturas traten de marearlo a él, que no podrá marearse porque es capitán y no marinero de agua dulce."

Hacía historia de mi participación fuera de lo vulgar en la primera de River que fue al Brasil, y agregaba:

"Para muchos que consideraban prematuro su ingreso al cuadro superior, su inclusión en esos momentos significaba un error garrafal que se pagaría caro. Para los otros, la presencia de Moreno se imponía ya como una cosa definitiva, pues en la cuarta especial —cuna de campeones como siempre— destacaba su personalidad de footballer con perfiles netos. Moreno fue; vio y venció..." Y terminaba:

"Es, en síntesis, un crack que nació crack y que seguirá siéndolo, si es que el incienso de los elogios— y conste que éste no lo es— no lo aturde y, al aturdirlo, lo desmorona".

La fama lo trae todo. Y entre todo, el peligro de marearse… Mírenme, todavía pichón, entreverado entre artistas. La importancia de esta foto finca en la presencia en ella, de la gran Gloria Guzmán... Haciendo la parodia de arquero...

LA ENORME RESPONSABILIDAD

No me desmoronó el incienso, no, pero..., ¡mi Dios!, lo que tenía visto y paseado en esos cortos 18 años de mi vida. Del potrero a la 5° de River; de allí a la 4° y luego a la "especial"; enseguida al Brasil a definir el cotejo con los grandes. Y ahora, en Buenos Aires, el asedio de los periodistas, las cámaras fotográficas a todas horas para un reportaje, una lámina, una carátula de qué sé yo qué revista, los reporteros que me hacían preguntas... Y los agasajos, los convites, los festivales... En una palabra, la "milonga", que, lo mismo que el fútbol, me tiraba con fuerza, y la juventud, que la tenía radiante, conspirando en contra de la indispensable disciplina. Eso lo comprendí poco después, cuando me tocó el servicio militar, en el que la disciplina prevalece sobre la voluntad o el capricho de millares de muchachos, sean quienes fueren y vengan de donde vinieren. Pero hasta el aislamiento... ¡lo que tuve que luchar, mi Dios! 

Aquí me tienen con Sirni, un arquero que nos fue siempre muy útil en River Plate.

 

MI PRIMO OSCAR

Oscar Madó se hizo llamar cuando logró cierta nombradía como cantor y guitarrero en radio. Antes de eso le llamaban Oscar Amador; pero su verdadero nombre es Oscar Fernández. Él me enseñó algunos acompañamientos en la viola y hasta me quiso hacer cantor. Esas aficiones se me malograron: ni yo era cantor ni tenía uñas para guitarrero. Para el fútbol sí; creo que uñas... y todo lo demás. En un reportaje de "El Gráfico", Borocotó me cortó de un saque la afición melódica con un cuentecillo,... Y creo que hizo bien. ¿Lo cuento? Bueno.

Dijo que una vez tocó el timbre de mi casa un tipo a quien atendí y me informó que iba a templarme la guitarra,

— ¡Pero yo no lo he llamado! —le repliqué, según Borocotó. Y él habría respondido.

—Sí, ya lo sé; los que me mandan son los vecinos.

Este primo Oscar, de tal modo fracasado en su intento de convertirme en "Gardelito", fue, por un tiempo, mi compañero de farras. Y me llevaba a todos los festivales en que actuaban él y su conjunto. Agregaré que Oscar no tiene culpa de nada porque la cosa me gustaba en grande, y... bueno.

Por aquel entonces, y a raíz de mi actuación en Brasil, en la 1° de River lo que se sabía de que yo había sido siempre hincha de Boca, los chimentos del vecindario... (¡qué sé yo!), fueron causa de que nos mudáramos a Avellaneda, porque la vida se me iba haciendo un poquito penosa.

Oscar, por desgracias de familia, se fue a vivir con nosotros. Era una casa con un corredor largo, de la que yo no tenía la llave a pesar de mi performance, y por supuesto que Oscar tampoco. Pero había una tapia que se podía saltar fácilmente... y volver por el mismo conducto. Lo malo estaba en que mi padre tenía un tero en el patio, que al menor ruido se transformaba en clarín estridente, fuera la hora que fuese, Y también había en la casa un gato, que se había hecho amigo del tero, y se dormían juntitos para darse calor.

Bueno..., pues una noche, de vuelta de la milonga, salté la tapia como de costumbre, le pisé la cola al gato, que gritó como loco, despertó al tero, le agregó su clarinada, se encendieron las luces del patio... ¡y nos pescaron! Nos pescaron un tanto achispados...

Miradas severas pero ni una palabra de ellos. Solamente dos de mi madre.

—Vení, acostate.

Al día siguiente sí: una larga y severa mirada de mi padre, parecida a las de Hirschl. Y luego...

—Bueno, muchacho —me dijo—: creo que ya nos un hombre... y esto es una estupidez.

Tomá la llave de la casa. Yo no Ia necesito: siempre me acuesto temprano… Si, le la doy..., pero pensá un poquito en lo que vas a hacer con ella. Sé que tenés contraídos compromisos grandes..., que debes cuidarte… ¡Pensó en River, muchacho!

Primeros días de 1936, primeros días en la primera de River… esta foto fue en el vestuario de San Lorenzo durante el campeonato nocturno que ese año hizo suceso. A mi lado “Manzanita”, el ahora muy gordo masajista de River.

UN "SOSEGATE" A TIEMPO

Pensé; pensé tanto que me llamé a sosiego. A la cama a las 10, gimnasia por la mañana, entrenamiento en forma cuando se nos indicaba… , porque River tendría que afrontar el 24 de marzo del mismo año (1935) al "Belgrano" de Córdoba, que era un cuadro formidable. Toda la "docta" estuvo esa tarde en la cancha de Alberdi. A mí me hablan conservado todavía en la 1° de River, y nuestra línea delantera formó así: Landoni, yo, Ferreira, Lago y Luna. La cosa fue tremenda: avances relampagueantes de uno y otro lado... Estaban bien los cordobeses: vuelta a vuelta se nos venían hasta el área penal. Y allá nos íbamos nosotros hasta la de ellos en furiosos contraataques. Pasaron así 22 minutos, y aquí se produjo una jugada que el cronista del diario "Córdoba" relató así: "En una corrida de Belgrano cede comer Bossio, pero el tiro de Salas no resulta, pues Cuello aleja de cabeza. A los 22 minutos Wergifker lleva la pelota adelante cediendo a Ferreira, éste Pasa Moreno, el que engaña a la defensa para volver sobre la izquierda, despidiendo un shot esquinado y potente que señala la apertura del score"

Se animaron los muchachos y el partido terminó 3-1.

Esa fue la época del mareo. Y no por los elogios que me complacían – confieso -, sino porque ellos me traían aparejadas aventuras por demás riesgosas para un muchacho de 19 años.

El primer sosegate me lo dio la hinchada. Una tarde jugué mal, muy mal. Me parece recordar que fue contra Ferro... No veía la pelota; no podía concertar una combinación. Es cierto que había estado con gripe... Sin embargo no era eso. Estuve flojo, debo confesarlo. Cuando salí de la cancha, de los grupitos de hinchas me llegaron frases lapidarias:

Una de las primeras cosas que aprendí a hacer en el fútbol fue saltar. Llegué a convertir goles de cabeza. Aprendí algunas tretas del salto, como son los codos lícitamente puestos. Aquí a Aranda, de Quilmes, en 1937, a quien le haré gol cuando no llegue.

- ¡Es un compadrito!

- ¡Un milonguero!

- ¡Andá a la milonga, pillado!

El hincha pretende que el jugador sea una máquina, un tractor, un cronómetro... Y es un hombre; un hombre que puede indigestarse, divertirse... Todo eso y algo más me había sucedido a mí.

Lo cierto es que los dirigentes y el entrenador de River decidieron, con muy buen acuerdo, cortarme el posible mareo volviéndome a la 4° especial. En reemplazo mío contrataron a Moyano, y el campeonato siguió, pero declinando. No es jactancia mía, pero la línea delantera se había resentido; le faltaba empuje, cohesión... Repito lo que dijo la crónica periodística. Mientras tanto, en la 4° especial y en 2° yo continuaba rompiéndome el alma con el ardiente anhelo de una rehabilitación que no tardó en llegarme. Porque era triste eso de que en la calle lo miraran a uno con sonrisitas conmiserativas, y le sonaran en las orejas aquellas palabras, como latigazo de arreador:

— ¡Anda a la milonga, pillado!

Y habían pasado dos años desde aquella fanfarronada mía:

—Dentro de tres años, viejitos, les voy a regalar la casa propia.

Me porté bien en ese tiempo; tanto, que cierto día me llamó el presidente del club para decirme:

—Bueno, Morenito..., en marzo pasado resolvimos devolverte a la 4° especial, para mantenerte en reserva..., y también llamarte un poquito a la realidad. Creemos que eso te hizo bien... Ahora, hemos dispuesto tu retorno a primera. Estamos en vísperas del gran clásico entre River y Boca, y se te presenta la oportunidad de tu vida. Suponemos que no la desaprovecharás...

¡GRACIAS, "DOCTOR" MACHIN!

De una foto de un combinado porteño que integré apenas subido a primera me quedó este fragmento, en el que estoy con Coletta, aquel zaguero de Lanús e Independiente, y Aranda, "El Tarzán”, que atajaba por Quilmes.

Algo más sobre aquello del forúnculo en mi pierna en vísperas de mi primer internacional. Y del convenio entre caballeros que concentrábamos José Machín y yo para que no me denunciara esa noche como un hombre inútil para el gran partido del día siguiente. Y también de su discreción y su nobleza, porque me tenía fe.

Se disputó el partido, y la camparía culminó, como ya dije, con mi contrato en firme para la primera de River, ofrecido en principio por don Antonio Liberti.

Una noche, en el bar de la nave que nos traía, nos reunimos con Machín y una tropa de camaradas y colegas. Se evocaron los recuerdos de la reciente gira luego de haberse descorchado abundantes botellas, y de pronto Machín se encaró conmigo:

 — ¿Te acordás, Rulito, de aquel grano?...

— ¿Si me acuerdo? Era como una berenjena...

Y comentó:

— ¿Sabes lo que me iba jugando la noche que te lo reventé? Nada menos que el puestito que necesitaba para parar la olla en mi casa. Pero te tenía fe, Rulito; pensé que a lo mejor vos le ibas a dar la victoria a River, y no dije nada. Y no me engañé. Luego supe que te contrataban para la primera del campeonato...

Al llegar aquí, Machín lagrimeaba. Y yo también al verlo. El diálogo que siguió fue corto pero emotivo; según recuerdo Mochín me dijo:

—Falté a mi deber esa noche... pero me felicito porque nos llevamos un nuevo crack para Buenos Aires...

A mí se me ahogaban las palabras, pero alcancé a decirle, con tremenda emoción, aunque procurando bromear para disimularla:

—¡Gracias, doctor Machín!

(Continuará)

POR JOSÉ MANUEL MORENO (1959)

En el próximo número: "Otra vez en Primera".

 

 

 

 

 

Por Redacción EG: 01/11/2018

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