¡HABLA MEMORIA!

A la carta: Elías Figueroa

- por Redacción EG: 18/10/2018 -

Desde Chile Renato Rojas nos pidió una nota el mejor jugador chileno de la historia. Elías, admirable en la cancha y en la vida, mostró al mundo como debe jugar un "dos", y cómo son los caballeros de estas tierras.

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¿Toda mi vida?

—No, Elías, memorias..., podés jugar con el tiempo.

Y salió jugando. Un pase a la infancia, otro a la juventud. Un toque a Peñarol, otro al Internacional de Porto Alegre. Cortó una pared y se detuvo a edificar anécdotas. Un cruce a la derecha para encontrarse con sus compatriotas, otro a la izquierda para encender la luz en la galería de personajes inolvidables.

¡Qué señorío, Elías! Admirable en la cancha, en la vida y también esa tarde del sábado 13 de junio, mientras, una libreta de apuntes se iba llenando de recuerdos; mientras el sol jugaba con ese manto de nieve posado en la cordillera. Santiago de Chile. El monólogo de Elías consumió tres horas. Pero el punto final de estas memorias fue tan imprevisto como el fútbol mismo. Nos despedimos hasta un día cualquiera, que ninguno de los dos imaginaba tan cercano. Viernes 3 de julio. Un llamado telefónico desde la redacción de EL GRAFICO hasta su casa de Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos.

— ¿Hoja, Elías, qué te pasó? 

—Me faltaba un cuento sangriento para tu nota...

Figueroa defendió los colores de Peñarol de Montevideo desde 1967 hasta 1971, año en el que emigró al Brasil. Ganó en Uruguay 2 campeonatos de Primera División, en 1967 y 1968.

—Por suerte lo podés contar.

—Sí, y ahora de buen humor porque ya pasó todo el peligro. El sábado pasado fuimos a jugar de visitantes contra el Jacksonville Tea. Mi equipo, el Strikers, estaba dominando el juego en un partido normal, sin incidencias. Hasta que Bob Newton, el centrodelantero de ellos, no tuvo mejor idea que meterme un codazo cuando la pelota estaba a cincuenta metros de nuestra posición. Me fracturó el maxilar, me abrió la mejilla y perdí cuatro dientes. Volví a casa después de pasar dos días en un hospital, con cuarenta puntos...  

Pero no para la tabla de posiciones, sino puestos en mi cara: veinte por dentro y veinte exteriores, porque me hicieron cirugía plástica. Este Newton ya tenía antecedentes de peleador en Inglaterra...

— ¿Imaginás por qué te agredió de esa manera?

—Creo que hay un solo motivo: le saqué limpiamente dos pelotas en el área cuando estaba para definir. Se habrá enojado por eso.

Y así, el punto final de estas  memorias, jugando con el tiempo, pasó a ser. . . casi un prólogo. Ahí lo vemos a Elías quitándole la pelota limpiamente a Newton. Ahora la imagen se torna difusa. Hago mío un viejo ardid del cine.

Elías Figueroa gana en el salto ante su rival en Alemania 1 – Chile 0, por la Copa del Mundo de 1974. El jugador chileno fue elegido como el mejor defensor del Mundial.

• "He sido un hombre de suerte; un hombre que ha conseguido mucho de la vida. Cuando tenía dos años un médico diagnosticó que nunca iba a ser un niño normal, porque había sufrido una traqueotomía por difteria y me quedó un asma rebelde. Yo vivía todo el verano abrigado, corría un poco y me venía ese asma con complicaciones al corazón. El médico dijo que me iba a tener que conformar con una vida sedentaria. Así viví hasta los seis años, mirando jugar y correr a los demás niños. Si me metía en un picado a los pocos minutos estaba morado, tosiendo. Me salvó el clima de Quilpué, un pueblo cercano a Villa Alemana, donde nací, un 25 de octubre de 1946."

• "No me quiero comparar con Alfredo Di Stéfano (¡por Dios!). Pero hay algo que nos une. Así como ustedes, los argentinos, no vieron la gran época de Alfredo, tampoco los chilenos vieron mi mejor ciclo futbolístico. Es cierto que jugando para Wanderers me convocaron para el Mundial de Inglaterra, porque ya era alguien en el fútbol chileno, pero de todas maneras todavía me faltaba la personalidad que me dio Peñarol."

• "Y pensar que yo estaba con un pie (diría con los dos) en el fútbol argentino. Primero me quiso llevar don Luis Seijo a Huracán. Después se interesó Independiente. Había hecho la revisación médica y todo. Pero los dirigentes no terminaban nunca de discutir las condiciones del pase con el Wanderers. En una de ésas apareció Washington Cataldi —yo estaba en Buenos Aires, esperando—, me subió a un avión taxi y aparecí firmando para Peñarol en la Asociación Uruguaya de Fútbol."

• "¡Aquel Peñarol! Ese sí que era un gran equipo. Gané tres campeonatos uruguayos seguidos y disputé varias Copas de América. Fue la reunión de varios jugadores de gran personalidad como Abbadie, Goncalves, Rocha, Spencer, Joya... Yo era muy joven al lado de ellos: llegué con 21 años. Y en Peñarol me tuve que hacer al tipo de juego uruguayo. Yo no era hombre de poner la pierna muy fuerte. Pero allá en Montevideo hasta los delanteros venían con todo, y sintonicé enseguida porque si no me pasaban por arriba."

• "Eso sí, nunca traicioné mis convicciones. Aprendí a reventarla como último recurso, nada más. Pero cuando puedo salir jugando no dudo, lo hago. Porque una pelota asegurada a un compañero vale diez veces más que una tirada lejos y a cualquier parte. En este juego, el fútbol, la responsabilidad ofensiva no es sólo de los delanteros o los volantes, como muchos piensan. Para mí el ataque empieza en la pelota bien tratada desde el fondo. Y eso era Peñarol: una de sus principales virtudes era conservar la pelota al ritmo que nos convenía a nosotros, cambiando únicamente para sorprender."

Elías Ricardo Figueroa Brander es considerado el mejor futbolista chileno de la historia y fue elegido tres veces como el mejor futbolista de América (1974, 1975 y 1976), compitiendo con Pelé, entre otros.

• "Algún día habrá que escribir la historia de ese Peñarol. Porque nosotros viajamos tanto como el Santos de Pelé. Más de una vez llegamos a un país sobre la hora del partido, y mientras un empleado se llevaba las maletas para el hotel nosotros nos íbamos directamente al estadio. Un plantel de hombres, de buena gente. Parábamos en los mejores hoteles y nadie se disfrazaba, cada cual seguía siendo el mismo de entrecasa. Rocha, Abbadie y Goncalves siempre bien vestidos. Pero por ahí bajaba al hall Tabaré González, en chancletas y con el termo. Me acuerdo que una vez en Londres unos turistas americanos le sacaron una foto, como si fuera una especie de otro planeta."

• "Una mañana, yo estaba lesionado, o engripado..., no sé, por algún motivo me quedé en la cama, y veo entrar a mi mujer con el desayuno y el diario. No me gusto su cara, enseguida dio media vuelta y se fue. Abro la página deportiva y leo una noticia: Murió Ermindo Onega. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Habíamos sido compañeros en Peñarol, poco tiempo, pero lo suficiente para conocerlo y hacernos muy amigos. Ermindo cayó muy bien en Peñarol porque estaba hecho de la misma pasta que el resto del plantel: era un hombre derecho. En Peñarol, en las concentraciones, en los viajes, no se hablaba mucho. Me costó mucho entender eso. Hasta que me di cuenta de que ese silencio significaba amistad, respeto, una forma de ser y actuar que sólo conocí en los uruguayos."

• "Mi gran duelo en el fútbol uruguayo fue con Artime. Creo que es el jugador más extraño que enfrenté en mi vida. Por apariencia era el más fácil de marcar, y en realidad era el más difícil. Porque uno, como defensor, nunca lo encontraba... Claro, si jamás agarraba la pelota. Se podía pasar ochenta y nueve minutos sin tocarla, y en un segundo definía un partido. Contra ese tipo de goleadores, los fantasmas, no hay libreto que valga. Luis tenía una gran virtud: esperaba su oportunidad, de arriba o de abajo, y si ganaba la posición, adiós, a buscarla adentro del arco."

• "Peñarol comenzó a sufrir una crisis económica y tuvo que venderme al Internacional. En Montevideo dejé muchos amigos y cinco años de mi vida que recuerdo como fantásticos. Yen Porto Alegre, gracias a Dios, la suerte siguió de mi lado. Me costó aclimatarme porque en Brasil la sociedad, la gente, mira casi despectivamente a los futbolistas. Pero conocieron mis poemas, mis estudios de abogacía, mi preocupación por leer y estar informado, y pasé a ser algo más que un jugador. Porque esto es lo fundamental: cultivar al hombre para cuando muera el deportista."

• "Claro que me ayudaron los títulos: fui cinco años campeón del estado de Río Grande y dos veces nacional. Y también me di cuenta de lo que significa ser ídolo en Brasil, con todos los riesgos de la fama. A los dos años de estar radicado en Porto Alegre un diario no encontró mejor nota que fotografiarme desnudo. Yo no me di cuenta, me sacaron a través de una ventana, desde lejos, con un teleobjetivo. Por entonces se habían hecho famosas unas fotos de Jacqueline Kennedy desnuda, y ese diario quiso hacerlo conmigo. Cuando las vi publicadas, me indigné: pensé en mi esposa, en mis hijos. Pero después comprendí que se trataba de una muestra de cariño. Al día siguiente salí con mi familia a almorzar. Fuimos a un restaurante bien apartado porque la vergüenza me duraba. Apenas entré, la dueña, una italiana gorda, simpática, empezó a golpear las manos: 'Atención, gente, aquí llegó el hombre desnudo; por fin el diario trajo una nota para mujeres'. Cuando terminé de almorzar todavía estaba colorado."

Figueroa recibe un premio en Guayaquil, en la previa del partido por Eliminatorias en el que la selección de Chile venció por 1 a 0 a Ecuador.

• "Hoy, viendo todo aquello a la distancia, me doy cuenta por qué muchos jugadores brasileños se pierden en los laberintos de la fama. Hay que tener una gran dosis de voluntad para escaparse a las tentaciones. Yo, en Brasil, escribí libros, compuse y grabé canciones, me aguantaron todo porque era Elías Figueroa, pero nunca me olvidé que básicamente era un futbolista, y me cuidé, no caí en los vicios. Me casé a los 16 años, mi mujer (Marcela) tenía 15, y ella ha sido la gran compañera de mi vida. Me dio dos hijos (Ricardo Elías y Patricia Marcela) y siempre cuidó que no extralimitara esa dosis de vanidad que todos llevamos adentro."

• "Es imposible no hablar de Pelé. Jugamos muchas veces en contra y mentiría si dijera que para mí fue un rival más. Pero mal no me iba, y los periodistas de San Pablo empezaron a picarlo diciendo que cuando yo lo marcaba la estrella de Pelé no lucía tanto. A esos comentaristas no les tengo nada que agradecer. Un domingo vamos con el Internacional a jugar en el Pacaembú, contra el Santos. A los cinco minutos, Pelé me metió un patadón en la rodilla derecha que todavía hoy me duele. Ese era Pelé, por las buenas o por las malas quería ganar siempre. Y así corno digo esto debo agregar que fue un jugador excepcional. Era bravísimo de arriba, porque ponía muy bien los codos. Y de abajo, bueno, había que ir un poco a la lotería, porque inventaba donde hay que inventar: dentro del área. Yo a veces le daba un lado para que siguiera por ahí, pero él frenaba de golpe y encaraba al revés, y ya me tomaba un poco desarmado... un infierno."

• "Llevaba cinco años en Brasil y decidí pegar la vuelta a Chile. Nunca había dejado de ir ni atender los llamados de la Selección (jugué el Mundial de 1974). Pero vivía pensando que estaba en deuda con mi país. Muchos compatriotas decían que yo en Porto Alegre organizaba partidos a beneficio de los niños brasileños y que me olvidaba de los cabros chilenos. Eso por un lado —me dolió—, y por el otro las ganas de cerrar mi carrera entre los míos, en un buen nivel. El Palestino hizo un gran esfuerzo y me contrató."  

• "Pero está escrito: en la tierra de uno es donde menos se recibe respeto. Había ganado por tercer año el trofeo al mejor jugador de América; el presidente del Internacional, antes de irme, me firmó un cheque en blanco y me dijo: "llénelo y quédese con nosotros"; le tuve que contestar que no, que no me iba por dinero; hago las valijas, subo al avión, bajo emocionado en el aeropuerto Pudahuel de Santiago y ¿cuál es la primera pregunta que me hace un periodista chileno,: “Elías, ¿usted viene porque está acabado?..."  

• "Mi paso por el Palestino fue bueno: salimos campeones y creo que mis compatriotas pudieron ver al —casi— mejor Figueroa. Debe ser así porque nadie discutió mi convocatoria a la Selección para las eliminatorias del Mundial de España, que seguramente será el broche de mi carrera internacional. Pero no me fue tan bien en otra tarea que me impuse con ganas de aportar algo al fútbol de mi país. Veía en Chile escuelas de tenis repletas de niños que deseaban emular a Jaime Fillol y Guillermo Vilas, y me pregunté: “¿Por qué no hacerlo con el fútbol?” Hablé con técnicos y la idea gustó. Se conversó con la Corporación de Fomento de Chile y nos dieron el estadio de Las Condes. La escuela era paga: se cobraba unos 20 dólares al mes que apenas alcanzaba para cubrir los gastos de controles médicos, kinésicos, dentales y el cuerpo de preparadores físicos. Al principio todo fue bien, pero un tiempo después se empezó a decir que Figueroa quería ganar plata. Eso no lo pude soportar y abandoné la escuela."

El defensor chileno de regreso a Santiago luego de la victoria en Ecuador.

• "El Palestino no podía pagar mi contrato y para salvar la situación económica me vendió a principios de este año al Strikers de Fort Lauderdale. La experiencia en Estados Unidos es positiva, no sólo en el plano deportivo sino también en el humano. El equipo tiene jugadores ingleses, holandeses, alemanes, haitianos y canadienses... A veces me causa un poco de gracia porque para entendernos tenemos que apelar a los métodos más extraños —para no decir que parecemos tarados—, pero no deja de ser una vivencia interesante. Creo que esta etapa es la última. Veo que se acerca el momento de dejar de jugar — ¿una, dos temporadas más?— y se me hace difícil pensar que debo renunciar a lo que he hecho toda la vida. Espero ser inteligente para abandonar antes que el fútbol me deje a mí. Ahora, cuando voy por la calle, todo el mundo se pega codazos y dice: “Mire, ahí va Elías Figueroa”. Pero soy consciente de que un día me voy a transformar en un caminante anónimo."

Villa Alemana, allá en Chile. Un pueblito oculto entre los cerros que serpentea la ruta a Viña del Mar. De allí vino Elías Ricardo Figueroa, para mostrarle a la América contemporánea como debe jugar un "dos" de este continente, y cómo son los caballeros de estas tierras.

¡Ah, Estas memorias —por ahora— van a esperar el punto final! Elías está jugando. Mejor dicho, como él se lo merece: Elías sale jugando.

Natalio Gorin (1981)

Por Redacción EG: 18/10/2018

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