EL DESTINO, LA PELOTA Y YO

El destino, la pelota y yo - Capítulo IV

- por Redacción EG: 06/10/2018 -

Por José Manuel Moreno. Continúan las apasionantes crónicas contadas en primera persona. En este capítulo detalla el salto a la Primera de River Plate y nada menos que en una gira por Brasil.

CAPÍTULO IV EL DEBUT EN PRIMERA

LA CASA Y EL BARRIO

Perdonará el lector si me extiendo en detalles que me llegan del recuerdo; del recuerdo tierno, porque la juventud, a mi entender, es la que mejor los acumula porque tiene fresca la niñez, y son los que más vivamente nos acosan más tarde.

Nadie, ni siquiera el señor Liberti, ni el entrenador Hirsch, me habían pedido que guardara el secreto. Y yo estaba eufórico, frenético, y lo desparramé a los cuatro vientos.

Cuarta división “de la mañana” ¿Hace falta que les diga que soy el segundo de los agachados, de izquierda a derecha? La foto está tomada de la vieja cancha de Alvear y Tagle.

– ¿Sabés, hermano? Me llevan al Brasil, ¡nada menos que al Brasil!, como suplente de la primera.

Cada uno de los compañeros lo propaló por el barrio; mi padre en la comisarla, mi madre, siempre hacendosa, con cada vecina que quiso escucharla, de cerro a cerco. Y la voz se corrió como el fuego en la mecha de una gruesa de cohetes:

— ¿Saben una cosa?: al pibe Rulito Moreno, el que fue Insider del Lamadrid y lo aceptaron en la quinta de River… se lo llevan al Brasil por si hace falta algún buen goleador en la primera.

— ¡Rulito! ¡No me diga, vecina! ¡Pero si es un Pibe! ¡Hace apenas un año... no sé… dos..., que lo vi en los potreros jugando con alpargata bigotuda!

— ¡Y bueno, doña, ya lo ve!: Cuestión de clase... o qué sé yo.. Lo cierto es que se lo Llevan al Brasil. ¡Póngale la firma!

Esa noche, después de hablar con el "Maestro" Hirsch, debí sostener otra conferencia con mis padres

—Bueno, muchacho —me dijo el viejo—; tu destino se va cumpliendo… Seguilo no más. Nos duele que te vayas lejos, pero, ¿qué le vamos a hacer?

Mi madre no dijo nada. Lloraba. Y también mis hermanas… Mi padre arrancó por el lado práctico:

—Bueno, mijito.... lo que haya que gastar…

—No, papá —le respondí—: el viaje lo paga el Club, y nada menos que en Primera...

Haciendo correr los huesitos están Landoni, Albérico, D errico, un amigo que ahora no identifico, y el monito D ambrosi. Yo, de sombrero, estoy haciendo para el fotógrafo de policía que los sorprende “in fraganti”.

Lo cierto es que había que llevar alguna ropita decorosa. Yo ni me atreví a imponerles ese sacrificio a los viejos. Pero cuando la fecha de la partida se aproximó, nada me faltaba, todo lo tenía: ropa interior, camisas, corbatas, traje de calle… ¡Viejitos lindo!

Me prometí en la mente, fuerza de juramento solemne, la promesa de regalarles la casita propia. Tenía la oportunidad, la fuerza y la inquebrantable resolución. ¡Yo triunfaría en aquella formidable prueba! ¡Yo sería, si Dios me ayudaba, uno de los grandes!

Entre los pibes del barrio el alboroto fue mayúsculo, todo el mundo me aconsejaba.

— ¡Acostate temprano, Rulito!

— Comé churrascos jugosos que no engordan y dan fuerza

—Y aceite de bacalao ¡yo lo tomé y me puso fenómeno!

Uno me prestó su bicicleta para que me entrenara, otro me quería masajear las piernas… Todos solidarios, todos contentos. No vi la envidia en los ojos de ninguno ¡Muchachitos lindos; compañeritos de fierro!

EN RIVER PLATE

Éramos tres los pibes de la cuarta especial elegidos para la gran aventura. Rongo, Albérico y yo. En la primera, la noticia fue recibida bien. Cuando participábamos en los entrenamientos, los grandes nos estimulaban. En lo que a mí respecta, recuerdo que una vez le oí comentar al magnifico artillero Bernabé Ferreyra, y lo repito sin vanidad ninguna:

—Es jovencito, pero tiene clase este pibe. Creo que le deberían dar alguna oportunidad.

Y lo mismo afirmaron los delegados de la cuarta, Burzurro y Calocero —actualmente entrenador, este último, de la primera B—. Esas opiniones influyeron en mi destino, pero me crearon un cierto complejo de orgullo y de temor. Yo tendría que responder, como bueno, a toda esa confianza depositada en mí. Conocía, por lecturas y comentarios, la tremenda pujanza de los cuadros brasileños: el "Botafogo", el "Corinthians", el "Vasco da Gama"… y habría de ser con ellos, quizá, que me tocaría batirme. ¡A mí, el chiquilín que estaba más cerca del potrero que del stadium!

Bueno: todas esas reflexiones terminaron en una consigna mental que me impuse para dominar la trepidación:

— ¡Allá veremos!...

Cuando aparecimos en Primera, los que veníamos empujando desde las inferiores, se nos tomó esta fotografía tan linda, tan hermosa ahora como lo edad que entonces teníamos, a Castillo, a Rongo y a mí.

EN EL BARCO

Para mí, muchachito de barrio humilde, aquel camarote, los salones, el gran comedor, el cine, el natatorio...todo aquel lujo de la primera clase del "Conte Grande" resultaban algo así como un cuento de "Las mil y una noches". Traje reluciente, zapatos charolados…, yo, que tenía fresquito el recuerdo de las alpargatas bigotudas. Pero el señor Liberti quería eso: que fuéramos corno señores. Era River lo que estaba de viaje; River en representación del fútbol argentino. En aquella primera iba gente de renombre por varios aspectos. Recuerdo a Discépolo, a Tania, la notable actriz... Viajaba también el famoso luchador conde Karel Nowina —que se entrenaba a bordo; Y no pocas veces conmigo— y a quien debo un consejo que también me grabé en el archivo de la mente y que ahora les repito a los muchachos que me toca entrenar:

—El hombre cansado —me dijo—, o que se cree cansado (cosa que puede ocurrir por fenómeno psicológico), siempre da un poco más de lo que supone. Hay que tener en cuenta que el contrario puede estar más fatigado, pero lo disimula con mayor habilidad. Nunca hay que demostrar el cansancio ni entregarse mientras quede una reserva de energía.

Perdóneme el lector la incursión en cosas que quizá no me competen, pero creo que ésa es una magnífica regla para la vida cuando hay que luchar por algo. Sobre todo por algo bueno y edificante. Pero volvamos al fútbol.

EN BRASIL

De la misma época. Aquí, a la derecha, estoy con Samaniego y alguno de los amigos que uno recuerda por fisonomía, pero cuyo nombre borra la acumulación de nombres.

En Brasil nos recibieron con esa cordialidad clásica de los brasileños, que es honra de América meridional. Paseos, reuniones, fiestas... En nuestro caso todo bajo la mirada feroz del maestro Hirsch. Deportista ciento por ciento, hombre de mundo y de gran cultura, nada le tomaba de sorpresa y sabía bien en lo que andaba. Estábamos en Río con la consigna de ganar. Y él era el entrenador y se consideraba el responsable de todo y de todos.

Perdóneme aquí el lector una digresión. Al cabo de los años y los campeonatos de gran aliento, ando yo mismo: entrenando, cuidando muchachos, en procura de que triunfen los que valen; de que no se malogren los que tienen condiciones: y se me agranda mucho más en el recuerdo la figura grande del maestro Hirsch, a quien tildábamos de "gringo" a la sordina, y que siempre mereció nuestro cariño y nuestro respeto. Él sabía que éramos jóvenes, que nos gustaba la farra y el milongo, pero que debíamos conservar las energías para el momento de los grandes cotejos.

Nosotros, deslumbrados por la cordialidad fluminense, las luces, el jazz, las típicas que nos recordaban lo nuestro y.... ¡Bueno, vaya: las mujeres brasileñas, tan... tan... y tan...! Y a las 19 años unos, y otros a los 25...

¡Pobre maestro Hirsch! Lo que debió luchar con cada uno de los titulares y suplentes, pues nos conocía el temperamento y la índole. Creo que todos le perdonamos aquella cara suya de lobo feroz.... Incapaz de tragarse a ninguna Caperucita.

Comenzó el entrenamiento. Hirsch modificaba con frecuencia las posiciones sin apelación posible La suya era palabra sacramental. Yo sabía que en esas prácticas me lo estaba jugando todo: mi destino, el de mis padres, tan lejanos y que soñaban conmigo…

Me rompí el alma en los entrenamientos. Hirsch me vigilaba de cerca porque tenía confianza en mí. Sin embargo, una noche…

Un entrenamiento en esos mis primeros asomos a la primera. Uno de ellos era precisamente Bernabé Ferreyra, que está a mi lado. Completan la foto el cordobés Fatechi (segundo de izq. a der.) y el "ruso" Wergifker.

EL ESPECTRO DE HIRSCH

Decían que yo era buen bailarín: en la cancha y en el encerado. Lo de la cancha creo que se probó; lo del encerado... Bueno sí, me gustaba bailar: milonga, tango, vals, fox-trot... la Marsellesa… lo que tocaran. Y una noche, en pleno entrenamiento, cuando había que acostarse a las 22 a más tardar, Rongo y yo sobornamos al portero del hotel, que ya estaba pagado por Hirsch para no dejarnos salir, y nos fuimos a una boite, donde estábamos citados con..., Bueno, los parroquianos nos reconocieron en seguida, y todos fueron agasajos. Cuando la orquesta rompió con "La Cumparsita”, uno gritó y todos corearon:

—¡Os argentinos sozinhos!

Rongo se retrajo, cohibido, pero yo me largué. ¡Qué florituras! — como ya conté una vez- Aquello sí que fue dribbling. Un corte fantástico que me mandé arrancó a los espectadores una salva de aplausos. Busqué los ojos de Rongo para que me confirmaran el éxito, y me encontré con... ¡los de Hirsch! Eran dos faros que lanzaban llamaradas. Rongo también lo vio, abandonamos a las compañeras, que se quedaron estupefactas, y saltamos sobre las mesas y las sillas en dirección a la calle.

A poco de llegar al hotel oírnos que se abría la puerta de nuestra habitación. Rongo le hacía honor a su apellido: roncaba con escape libre. Y yo también. Hirsch no nos dijo nada esa noche; pero al día siguiente, al levantarnos, comprobamos que nos faltaban la billetera, los charolados y otras cositas indispensables. Y entonces vino la filípica, que fue como tormenta chaqueña:

—¡Esto no se repite!, ¿comprendido? ¡No se repite, o yo les rompo la cabeza a ustedes!

Comenzaba yo en River Plate y cuanto hincha personal iba a verme jugar. Se trata de mi sobrino, Jorge Soriano, que habría de seguir mis huellas. Puesto que llegó o jugar en la cuarta de River y ahora es el interior derecho de Quilmes de Mar del Plata.

PRIMER PARTIDO EN PRIMERA

Esa tarde me llamó Manuel Ferreyra (Nolo) y me dijo:

—Pibe, ya sos un hombrecito, y te puedo decir algo que acabo de saber: mañana debutarás en el equipo contra el "Botafogo".

Me quedé de una pieza y le respondí:

—¿Le parece que estoy en condiciones?

—Tranquilo, pibe; vos ya jugas a lo grande. Pero tené cuidado con el "mate"; hacé de cuenta que no te dije nada… Dormí tranquilo esta noche; mañana será otro día.

..

Esta es la cuarta especial famosa de River Plate. Allí está arrodillado, Castillito, el pibe de prematuro alejamiento de este mundo, A mi lado está Rongo. Entre los defensores, otro buen amigo fallecido, el arquero Manzini.

Pero esa noche no me sentí bien; tal vez los nervios. Sin embargo no dije nada. No fuera a ser el diablo que me excluyeran por eso...

Era cierto. En la cancha, esa tarde, formamos así: Bernabé en el centro (¡Bernabé!). Yo en el ala derecha con Landoni. Mi ambición —me la propuse— consistía en lograr el gol. ¡El gol! Era mi debut en Primera División y yo quería marcarlo, consagrarme de entrada; responder a la confianza de don Antonio Liberti, a la de Hirsch... No conseguí marcarlo, pero comentaron que jugué bien; con buena estrategia, con disciplina... En los diarios cariocas se dijo que, más que la ambición del gol, me había guiado el empeño de servir a la línea delantera para lograrlo. Y la victoria fue lograda. Ganamos por 2 a 1.

Dos días después tendríamos una prueba de fuego: el "Vasco da Gama", con un tal Rey en la valla, que, según decían, era "una puerta blindada". Yo tenía la esperanza de que me incluyeran en el cuadro. Con el "Botafogo" no lo había hecho del todo mal... Por lo menos ésa fue la opinión del maestro al estrecharme la mano cuando sonó la pitada final. ¡Bernabé Ferreyra me dijo!:

— ¡Estuviste bien, muchachito!

 

POR QUÉ NO FUI BOXEADOR
Varias veces en la cancha de fútbol, a raíz de agresiones de que fuimos víctimas mis compañeros y yo —Incluso en partidos internacionales—, me vi forzado a repartir algunas piñas y, por cierto, que lo hice con singular eficacia según se comentó. Dijeron que aquello no era de llamar la atención, puesto que antes había actuado en el ring. Y así fue, pero no mucho. Les contaré.
Tenía 12 o 13 años cuando me entró el "berretín” por el box. Frecuentaba la Misión de Marineros en San Juan y Azopardo, en la que oficiaba de instructor el gran Luis Rayo. Me dieron unas "leccioncitas", dijeron que tenía condiciones y me hacían pelear pagándome dos pesos por cada match. Y sostuve unos ocho o diez, ganándolos todos.
Un día me plantaron enfrente a un inglés grandote que sabía bien el oficio. Levanté la derecha para saludarlo, al par que le sonreía ton afabilidad. Pensó el que yo iniciaba el ataque, y me mandó un uppercut de zurda que me desvió el tabique nasal, dejándome la “napia" en falsa escuadra.
Lo malo fue que el segundo round tuvo lugar en casa con mi madre. Ganó ella, por cierto... y a raíz de todo eso se me acabó la afición por el boxeo. Regresé al potrero con los resaltados que ustedes conocen.
Lo que no olvidé nunca fue la poca o mucha técnica aprendida en el arte de cascar.
Ya lo verán, si me siguen .

(Continuará) En el próximo capítulo:

"Sigue la cosa en Brasil". 

Por Redacción EG: 06/10/2018

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