ARGENTINA EN LOS MUNDIALES

1974. El último capítulo de la improvisación

- por Redacción EG: 19/05/2018 -
La partida en Ezeiza

Chau Mundial. Errores recurrentes erosionaron las posibilidades de Argentina, que encima chocó contra la Naranja Mecánica. Fue la gota que rebasó el vaso de la historia.

Ni la herida absurda de Mé­xico 70 revirtió el caos organizativo que condi­cionaba a la Selección en el amanecer de la dé­cada. “Confusión y anarquía”, fueron las palabras que utilizó El Gráfico para calificar el ciclo que desembocó en la insípida partici­pación en Alemania 74, apenas un eslabón más de una extensa cadena de frustracio­nes. Lo cierto es que las turbulencias no tendrían fin en esos cuatro años que pare­cieron cuatro siglos para los involucrados. Y algunos, como Ángel Bargas, no lo oculta­ ron al regreso: “Fui a la Selección con una ilusión enorme, pero a los quince días tenía unas ganas bárbaras de irme…”

Miguel Santoro, Agustín Balbuena y Francisco Sa en la habitación de la concentración. (foto: Ricardo Alfieri)

Luego del fracaso en la ruta hacia Mé­xico 70, téc­nicos y jugadores le escapaban a la camiseta de la Selección como si provocara alergia. Hasta que Brasil convocó a otras 23 selecciones para disputar la Minicopa, en honor al tricampeonato mundial y al 150° aniversario de la independencia brasileña. Entonces la AFA designó como entrenador a Juan José­ Pizzuti y el equipo consiguió un discreto cuarto puesto, que significó el prematuro certificado de defunción para el téc­nico y varios jugadores.

A un año y medio de las eliminatorias ante Paraguay y Bolivia, pautadas para septiem­bre de 1973, los dirigentes reaccionaron por el temor a otro fracaso y designaron al Cabezón Sívori como director de las Selecciones Nacionales. De movida, hubo un hecho auspicioso: con goles de Ghiso, Ber­toni y Brindisi, se le ganó 3-2 a Alemania Federal, en Munich. Y el ánimo pareció reno­varse de cara a la eliminatoria, que arrancó con un 4-0 sobre Bolivia, en Buenos Aires. Mientras los titulares ajustaban la mira hacia Asunción para enfrentar a Para­guay, un equipo paralelo, adiestrado por Miguel Ignomiriello, trabajó dos meses en el norte del país y en Cuzco con un objetivo: jugar con Bolivia en la altura de La Paz. Un plantel que, sometido a los tests mé­dicos del doctor Pittaluga –sí, el mismo desestimado en la previa de Mé­xico 70–, fue bautizado por la prensa como “La Selección Fantasma”.

La parada en tierra guaraní tuvo sus dificul­tades. Inducidos por el téc­nico local, el Pul­pa Etchamendi, cientos de estudiantes congregados frente al hotel Guaraní armaron un verdadero carnaval con el objetivo de perturbar el descanso de los argentinos. Pero el tiro les salió por la culata. Alertado de la maniobra, el embajador argentino, José­ María Rosa, ofreció su residencia y allí durmieron los 16 jugadores. Finalmente, Argentina igualó 1-1, con gol de Ayala, y el engranaje clave para obtener la clasifica­ción se mudaba a La Paz.

Vladislao Cap, encabezó el trío de entrenadores para el Mundial de Alemania 74 que completaron José Varacka y Víctor Rodríguez.

Imprevistamente, Sívori llegó el día anterior en compañía de cuatro jugadores –Carnevali, Bargas, Telch y Ayala– con la finalidad de incluirlos en el partido, lo que detonó un conflicto con Ignomiriello. Entonces se produjo un episodio insólito: Sívori y sus jugadores aguardaban en el segundo piso del hotel Copacabana e Ignomiriello y el resto lo hacía en el sex­to. Como nadie se movió, se subieron al micro sin cruzar palabra. Ya en el vestuario, Sívori distribuyó las camisetas e inser­tó a sus cuatro pilares en la base de “La Selección Fantasma” que, gracias a un cabezazo de Fornari, obtuvo el triunfo que valió media clasificación, resuelta con el 3-1 sobre Paraguay en la Bombonera.

Molestos por la fuerte personalidad de Sívo­ri, varios dirigentes presionaron para su ale­jamiento, que tambié­n produjo la disolución de la infraestructura generada en torno de la Selección. El año del Mundial encontró a Argentina sin téc­nico y al interventor de AFA, Baldomero Gigán, desesperado por encontrar un sucesor. La elección recayó en Vladislao Cap, que en los últimos dos años había dirigido al Deportivo Cali.

El primer gol argentino en el Mundial lo hace Cacho Heredia, fue el descuento de la selección frente a Polonia que ganaba 2 – 0 en menos de 10 minutos.

Semanas despué­s, Gigán fue reemplazado por Fernando Mitjans y el Polaco se sor­ prendió llevándole su proyecto a un hombre que no lo había contratado. Le rebota­ ron tres de los cuatro nombres que sugirió como colaboradores –Zubeldía, Daguerre e Ignomiriello– y sólo le aceptaron al PF Jor­ge Kistenmacher. Para reemplazarlos, pen­só en gente amiga: José­ Varacka, Víctor Rodríguez y el profe Alberto Alvarez.

Con la base de las eliminatorias, inició las prácticas en Buenos Aires y 37 días antes del Mundial desembarcó en Europa para una serie de cinco partidos: Granada, Francia, Inglaterra, Holanda y la Fiorentina.

A medida que pasaban los días, crecía la confusión. En los hoteles merodeaba un cardumen de empresarios en busca de juga­ dores. “Parece un mercado persa”, diría Rubé­n Glaría. Y el equipo presentaba cam­bios permanentes, básicamente porque Cap no quería dejar afuera a los seis repatriados –Perfumo, Heredia, Bargas, Ayala, Yazalde y Carnevali– ni prescindir de los valores del fútbol local. Entonces dudaba...

Pasaron Granada (0-0), Francia (1-0) e Inglaterra (2-2), hasta que Holanda sopapeó con un 1-4 en Amsterdam. “¡Quiero revancha ya mismo, és­tos nunca más nos hacen cuatro goles!”, bramaba Víctor Rodríguez en los vestuarios. Justamente Rodríguez quedó en manos del equipo que cayó 0-2 en Florencia, mientras Cap iba hacia Cracovia para espiar a Polonia, primer rival mundialista. Allí se agudizaron los problemas. Prime­ ro, porque Rodríguez hacía jugar al equipo de otra manera (líbero, stopper, marca personal). Despué­s, porque se encaró un sexto amistoso contra el Munich 1860 (victoria 2-0) jugando un tiempo “a lo Cap” y otro “a lo Rodríguez”. Y porque tantos cambios pro­vocaron un humor de perros en el grupo, atomizado al máximo, sin la cohesión para encarar un Mundial.

Mazzola de Italia intenta “La Mano de Dios” pero ataja Carnevali . Fue 1 a 1.

Faltaba la frutilla del postre. Diez días antes del debut, convocaron de urgencia a Carlos Babington, volante de Huracán. No bien se incorporó, Cap llamó a reunión. Quería ter­minar con las habladurías y supuso que lo mejor sería confirmar los 11 para Polonia. Sorprendido, el Inglé­s escuchó su nombre. Recié­n llegaba, no tenía entrenamientos encima, pero era titular… Para el grupo, el remedio fue peor que la enfermedad.

Medalla dorada en Munich 72, Polonia era un rival de temer. Y eso quedó comprobado a los 8 minutos, cuando Argentina ya per­ día 0-2 por errores de dos piezas solventes: Carnevali y Perfumo. Apariciones de Kem­pes, pinceladas de Babington, la jerarquía de Heredia y la frescura de Houseman, fue­ ron algunos puntos altos del equipo, aun­ que la derrota resultó inevitable: 2-3. Los errores se pagaron muy caros. Y tambié­n algunas decisiones posicionales. Por ejemplo, que un central como Sá jugara de late­ral izquierdo. O que otro central, Bargas, fuera el cinco. “Perfumo, Heredia y Bargas tienen mucha jerarquía, no podía darme el lujo de dejar a uno afuera”, explicó Cap. Pero Bargas se hizo escuchar: “No jugué­ en mi puesto y lo hice mal, pero creía que podía serle útil al equipo. Ahora pienso que voy a ser más útil si me sacan.”

Bargas quedó afuera en el frustrante 1-1 con Italia. Argentina fue superior y se puso arri­ba con un golazo de Houseman. Neutralizó a los azzurros y mantuvo las riendas del desarrollo, pero un gol en contra de Perfu­mo estampó la inmerecida paridad.

El capitán de Holanda Cruyff y el argentino Perfumo, se saludan antes del baile. Fue 4 a 0 para los naranjas y el principio del fin de Argentina en el Mundial.

Los cruces de la última fecha decidirían el segundo clasificado, ya que Polonia estaba adentro. Argentina necesitaba ganarle por tres goles a Haití y que los polacos bajaran a Italia. Y la suerte le hizo un guiño: Polonia ganó 2-1 –“Tuvimos que hacer una vaquita para incentivar a los polacos”, admitieron Wolff y Telch– y los nuestros despacharon a los caribeños con la diferencia justa, 4-1.

El sorteo de la segunda fase marcó el principio del fin. Argentina cayó en el Grupo A con Brasil, Alemania Democráti­ca y Holanda, bautizada como “La Naranja Mecánica” gracias a su “fútbol total”. Aquella revancha soñada por Rodríguez –“¡Nunca más nos hacen cuatro!”– no pudo ser. Conducidos por Johan Cruyff, bordaron un 4-0 que se quedó corto. Si no era por Carnevali, llegaban a 8. “Divi­dían cada tiempo en tres segmentos de 15 minutos. Presionaban en el primer cuarto de hora, bajaban el ritmo en el segundo y volvían a subirlo en el último. Eran una topadora”, definió Perfumo.

A tanto había llegado la decepción, que San­toro se negó a atajar en el 1-2 con Brasil. “No me tuvieron en cuenta durante la gira, nunca jugué­. No me siento seguro para afrontar un partido decisivo”, dijo Pepe. Y en el anecdótico 1-1 con Alemania Democrá­tica debutó un chico: Ubaldo Fillol.

El regreso fue una ensalada de mal humor y conformismo. “Octavo no es tan malo”, decían algunos. “El balance no es ni bue­no, ni regular, ni malo”, diría incomprensiblemente Cap. Pero un espectador del Mundial ya tenía claro los errores que Argentina no debía cometer para el Mun­dial 78: 1) Dividir el mando entre varios responsables. 2) Hacer una extensa gira previa. 3) Concentrar en hoteles de fácil acceso para quienes no tienen nada que hacer junto a un equipo.

Ese espectador era Cé­sar Luis Menotti. 

Por Redacción EG: 19/05/2018

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