LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

La leyenda de Marrapodi

- por Redacción EG: 13/04/2018 -

En 1954, El Gráfico investigaba de dónde había salido un arquero de Ferro tan espectacular que parecía milagroso: Roque Marrapodi. Los orígenes y las fotos increíbles de un hombre que podía volar.

 

Marrapodi

Roque Marrapodi juega al fútbol por la superposición de varias coincidencias: la primera, porque cuando era pibe trabajaba en el almacén de un comerciante y periodista, que por suerte tenía mucho más de periodista que de comerciante.

La segunda, porque una vez el equipo de Asfalto Frío necesitó un arquero y el único pibe que quedaba disponible era él.

Y la tercera, porque el arquero anterior de Asfalto Frío, del Sasso, sabía nadar muy bien.

Vamos a explicar todo esto. A los 12 ó 13 años, Roque Marrapodi repartía los productos del almacén en un triciclo. El almacén era del colega puntaltense Héctor Louro, periodista por vocación irrenunciable. Louro escribía en un diario de Punta Alta, y por una de esas razones circunstanciales que a veces se presentan en la vida, un día compró un almacén. Y allí entró a trabajar aquel pibe rubio, flaco y alto, que apenas aparentaba 10 años. Y el pibe hacía diariamente el reparto de las mercaderías.

1949. Recién llegado a Ferrocarril Oeste posa para el fotógrafo Ricardo Alfieri.

No siempre regresaba temprano. En el camino solía detenerse a mirar a dos pibes que se daban trompadas sistemáticamente, sin guantes, sin descanso y con una extraordinaria calidad boxística y natural de los grandes valores del pugilismo. Marrapodi, que ya iba al gimnasio y se entrenaba –había hecho algunas peleas de forma oficial en el Boxing Club- admiraba a aquellos dos hermanos que se daban tan lindo.

Uno de aquellos pibes se llama José Santiago.

Cuando Roque volvía al almacén, a veces demasiado tarde, Louro, el almacenero, le protestaba:

-Pero, pibe… ¿dónde te habías metido? ¡Tenés que volver más temprano! ¡Hay que llevarle fideos y aceite a Doña Ramona, que llamó como diez veces!

Y luego Louro, el periodista, le preguntaba:

-Y... ¿te entrenaste con el pibe Santiago? ¿Cómo andás?

Así, sangrándose mutuamente todos los días, Marrapodi y Santiago llegaron a ser grandes amigos.

1951. Marrapodi y una volada inaudita en La Bombonera para sacar un disparo de H. Gonzalez. (Foto Poliznetti)

-Yo le daba consejos –dice Marrapodi- pero a mí, ¿quién me los daba? Yo sabía muy poco de boxeo, pero como algunas veces había peleado en un ring, creía tener autoridad…

Fue por el entusiasmo de Roque que Santiago se animó a ir por primera vez a un gimnasio. Y en la pelea inicial, a falta de otra colaboración, el mismo Marrapodi le hizo de segundo frente a Urdinez, en un combate muy lindo que terminó empatado. Era el único segundo y tan chiquito que el público comenzó a reír. Y al final también volvió a reír, porque cuando el juez llamó a los dos boxeadores al centro del cuadrado para levantarles la mano, fue Urdinez sólo. Santiago esperaba que su segundo le sacara el guante derecho, pero el pibe, con la emoción y los nervios no podía desatar el nudo… Así pasó tironeando un buen rato, hasta que un amigo que estaba en el ring-side, Escalante, le alcanzó un cortaplumas. Peor. Por miedo a lesionarlo, ni desató ni cortó. Finalmente, Santiago fue al juez con el guante puesto y así regresó a los vestuarios, mientras el público seguía riendo. Algunos años más tarde, ya no reiría de ninguno de los dos. Santiago llegaría a ser un gran boxeador, y su segundo de esa noche es el arquero internacional argentino.

La segunda coincidencia: Asfalto Frío –el único club de aquellos pagos que no tiene nombre solamente- se fundó en el barrio donde vivía Marrapodi, cuando en una avanzada de progreso comenzaron a pavimentar sus calles. Digamos de paso que en la reunión de fundación se discutieron varios nombres para el club: Once Corazones, Corazones unidos y otras cosas “corazonadas”. Hasta que uno de los fundadores se levantó y dijo:

-¡Qué tantos corazones! ¡Vamos a ponerle Asfalto Frío, que es el progreso del barrio!

Y así fue.

Reteniendo un disparo imposible al ángulo de Coll de San Lorenzo. (Foto: Poliznetti)

Como en el equipo hacían falta jugadores, Marrapodi fue algunas veces al arco, y después de jugar allí un tiempo pasó a Rosario Puerto Belgrano. En su debut en el club de la Liga del Sur le ocurrió algo pintoresco que ya hemos contado alguna vez, pero vale la pena repetir. Había jugado un partido en la cuarta de la mañana y uno en cuarta especial, cuando le tocó reemplazar a Ramón Barrios, que ya quería dejar de jugar. El día que debía debutar en primera fue a la cancha de Villa Mitre con un complejo terrible por el debut. Y el portero, al verlo tan chiquito, no lo dejaba entrar:

-Pero señor portero, tengo que jugar –decía Marrapodi.

-Llegaste tarde pibe. La quinta juega a la mañana.

Tuvo que venir el presidente.

1954. Tirándose a los pies del Nene Sanfilippo.

Y la tercera coincidencia: un día fue a bañarse y se alejó un poco de la costa. Se acalambró y comenzó a sumergirse. Tragó agua, se hundió dos veces, y cuando se iba por tercera vez, del Sasso, que era arquero de otra división de Asfalto Frío, se tiró al agua, lo tomó del cabello y lo sacó ya completamente inconsciente.

Dos horas de respiración artificial.

***

Ahora es arquero de Ferro Carril Oeste. Lleva cinco temporadas consecutivas y ha sido designado para integrar el pre-seleccionado nacional. Hace un par de meses el presidente del club, don Francisco Codeglia, me decía que desde sus principios Oeste ha tenido buenos arqueros, pero ninguno como Marrapodi.

-Con él –decía Codeglia- entramos ganando 2 a 0…

Y en estas notas semanales, muchos delanteros nos han dicho que para hacerle un gol a Marrapodi hay que acertar la grande: un premio cada miles.

Casi todos los domingos, las crónicas lo señalan como uno de los mejores valores de su equipo. Quienes suelen verlo espaciadamente creen que ataja por casualidad, que la pelota lo busca, le pega en un brazo. Y es que algunas veces es tan espectacular que realmente parece milagroso.

Pero cuando la casualidad se repite tanto, ya no es casualidad.

1954. Marrapodi detiene abajo un disparo de Navarro. El arquero era figura todos los domingos en Ferro. (Foto: Vázquez)

En Juan Bautista Alberdi hay un viejo caserón que fue residencia provincial de cuanto jugador provinciano llegó a Ferro. Allí vivió Marrapodi sus primeros años en Buenos Aires. Días de bohemia completa, superados por el tiempo, que pasa, y por la vida, que va modificando a los hombres…

Hoy vive en Haedo. Tiene su casa, su hogar, su esposa. Y en los días que las prácticas le dejan libre pasa horas sembrando su quinta y regando su jardín. Pocas veces se lo ve en el centro. A lo sumo una vez, a fin de mes, cuando va al correo a hacer un giro a Punta Alta, donde vive su viejita…

A poco de llegar a  Ferro, Marrapodi fue figura popular. Al terminar los partidos, una barrita de pibes amigos lo esperaba a la salida de la cancha para felicitarlo, caminar con él unos metros, expresarle su cariño. A veces esa barrita aumentaba o disminuía, de acuerdo con el resultado del partido, pero por lo general era numerosa. Y fue mucho más cuando trascendió que Marrapodi, para poder llegar tranquilamente a su casa, se desprendió de sus admiradores arrojando hacia atrás un puñado de monedas. Los pibes, por recogerlas, se iban quedando…

-¿Ya no lo hace?

-No. Al principio salía barato, pero una vez a un colega suyo se le ocurrió publicarlo y a la semana siguiente había como trescientos esperando. ¡Nunca tuve tantos hinchas!

Por AMPELIO M. LIBERALI (1954).
 

En Vélez. Marrapodi atajó en El Fortín de 1956 al 59 después, tras un breve paso por Temperley, volvió a Caballito.

Por Redacción EG: 13/04/2018

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