INFORME

Daniel Willington: el exorcista

- por Redacción EG: 23/01/2018 -

Así bautizó Roberto Fontanarrosa a este “cordobés” nacido en Santa Fe, que brilló en Vélez y en Talleres. Dueño de una habilidad exquisita y de una pegada demoledora, irradiaba tanto carisma que hasta terminaba por derretir a quienes lo tildaban de vago.

SONRISA pícara y serena, a punto de salir a la cancha para jugar con Vélez. Nunca sintió presión ni lo abrumó la responsabilidad.

Daniel Willington era tan pero tan bueno con una pelota en los pies que alguna vez Roberto Fontanarrosa lo llamó “El Exorcista”. En una época, el conjuro que Willington ponía en práctica en la cancha era contra el espíritu maligno del cansancio: por eso, leyenda incluida, jugaba un tiempo en un sector del campo y otro en el contrario. Para quedarse siempre del lado de la sombra
.
Así y todo, la estela que dejó Willington iluminó caminos. Su andar cansino, su creatividad y talento, por caso, se reprodujeron en otros nombres que pasaron por el fútbol argentino. Ya casi no quedan jugadores con sus características (existirá en breve el tiempo en el que uno no encuentre parangón para esta clase de futbolistas), aunque Willington podría compararse con el Juan Román Riquelme de estos tiempos.

El hombre que nació en Guadalupe, Santa Fe, el 1º de septiembre de 1942 se paraba de 10 y tenía personalidad. Era caudillo en sus equipos y tenía estampa: medía 1,85 metros, era habilidoso, portaba una pegada que brillaba. Pensaba con rapidez y su ritmo era inversamente proporcional al funcionamiento de su cabeza. Y era, claro, un poco vago, como él mismo asumió alguna vez: “Me decían que yo sólo jugaba en las sombras, pero no era así, lo que pasa es que era medio pachorra”.

Willington nació en Santa Fe, pero es cordobés. Esa provincia lo adoptó. Y Talleres, el club en el que se inició, lo elevó a la figura de ídolo. El Exorcista fue, capacidad mediante, más allá. Y, entonces, con los años se volvió prócer en dos clubes. La T ya lo consideraba un hijo pródigo. Después Vélez lo anotó entre sus tótems.

SOY CORDOBES. Daniel Willington debutó en Talleres a los 16 años. Estuvo en el club en dos etapas. La primera fue desde 1959 hasta 1961. La segunda, desde 1974 hasta 1976. En total, disputó 168 partidos y anotó 66 goles.

A HURACAN llegó gracias a las gestiones de su buen amigo Ringo Bonavena. Vistió la camiseta del Globito durante una temporada.

El día de su cumpleaños número 70 respondió al cariño de la gente de la T, que en una encuesta realizada por el diario cordobés La Voz del Interior en 2010, lo había elegido como el máximo referente de la historia de la institución. “La mayor parte de mi vida pasó acá. Es que yo soy Talleres. Mi familia lo es. Mi viejo (Atilio, otra gloria del club) se murió jugando acá. Hay una cuestión familiar. Yo soy Talleres”, expresó en la fiesta que le hicieron.

Uno de los motivos del reconocimiento fue el gol que le hizo a Belgrano, el máximo rival, en la final de la Liga cordobesa de 1974. Un grito de esos que se vuelven cuadro y que son titulados. En este caso, quedó con el nombre de “El gol de los estadios”. Willington disparó un tiro libre y clavó la pelota en un ángulo. Y tiempo después contó su propia hazaña: “Cuando me paré para entrar, los hinchas de Belgrano me putearon. Mi hermana, que estaba en la tribuna me dijo: ‘Haceles uno que les dure toda la vida’. Y yo le contesté que ese gol iba a ser para ella, en broma. El tiro libre era unos metros después de la mitad de la cancha. Pensé que iba a mandar la pelota a cualquier lado. Pero no, miré y había entrado. Se metió en el ángulo, pegó en el soporte y salió. Lo cobró el línea porque el juez Vergonzi no lo vio. Ese día ganamos el título”.

Talleres, dirigido en ese entonces por Angel Labruna, ganó 2 a 0 y se coronó en Alberdi después de haber igualado en la ida 1 a 1. El gol fue desde 30 metros, a los 17 minutos del complemento, y figura como un hito en la página de la historia del club y del propio Willington, que temporadas más tarde sería entrenador de Talleres. En Córdoba también tuvo éxito como DT: junto con José Trignani estuvo a cargo del plantel de la T que consiguió el ascenso a Primera División en la campaña 1993-1994.

Aquel tanto inspiró al periodista Nilo Neder a escribirle un poema que en su inicio mostraba el amor por el ídolo: “Yo te saludo Daniel de los Estadios/ Y te agradezco/ Por ellos, y por mí. / No por el gol de un triunfo ambicionado / Sino por todo / Por el juego del poeta y del cerebro / Por el canto de un pueblo que olvidó colores / y gritó tu nombre para llamar al fútbol”.

Jorge Valdano fue otro de los que se admiró ante el talento de Willington. La primera vez que jugó en Córdoba, con Newell's, se sorprendió: “Adelante tenía a Willington y pensé que mi profesión y la de él eran distintas. Fue en 1974, en cancha de Talleres, y ellos tenían un tiro libre a unos 40 metros. El arquero pidió barrera y yo no entendía cómo se podía pedir a tanta distancia. Se acomodó Willington para pegarle con la pierna derecha y no le gustó el ángulo. Entonces se acomodó para pegarle con la izquierda. Y sacó un tiro impresionante que casi rompe el travesaño. Por eso dije: si este es el nivel del fútbol, voy a tener que progresar mucho para ser alguien. Luego me di cuenta de que Willington había muy pocos”.

FORTINERO. “Hay otros jugadores que quizás han sido más que yo. Y no han tenido la suerte, por ahí por no tener carisma, de que les haya pasado lo que uno vivió”. Willington reflexionó sobre su carrera hace un tiempo, quizá con humildad. El 25 de marzo de 1962 debutó en Vélez, que lo adoptaría como hijo pródigo.

Victorio Spinetto, un hombre de la casa, fue quien se fijó en él y lo recomendó. Lo había visto en un preliminar de la Selección. En la prueba, Willington duró 20 minutos. Creyó que lo habían sacado por malo. Pero no, Spinetto le aclaró que lo habían relegado para cuidarlo de las patadas.

En Liniers le generaron un arco protector que, ya adulto, Willington valoraría. José Amalfitani, el presidente del club por entonces, fue una gran contención, el responsable de que terminara sus estudios primarios, ya que lo anotó en un colegio nocturno.

Además, le ponía límites. Como veía que Willington despilfarraba el dinero que ganaba en el fútbol, Amalfitani se hizo cargo de ser su administrador personal. Así, el cordobés, que sólo recibía plata para gastar en comida, terminó comprándose la casa primero y el auto después. “El era como un padre para mí. Y yo era su diamante encontrado. Si no hubiera sido por él, no habría llegado a nada”, dijo alguna vez sobre el dirigente.

EN TALLERES coincidió con un prócer del fútbol argentino, Angel Labruna, quien fue su entrenador y supo aprovechar su jerarquía.

Los hinchas se encariñaron con su talento. Y el primer cuadro de un equipo del club campeón lo tiene a Willington como estrella. Con él como estandarte, el Fortín dio la primera vuelta olímpica de su historia en el Nacional de 1968, en Boedo, tras un triangular con Racing y River. En esa tabla final terminó igualado con el Millonario, pero se coronó por mejor diferencia de gol, después de vencer a Racing por 4 a 2 en la final, en el Gasómetro.

Y Willington ayudó a que otros también brillaran. Omar Wehbe aportó los goles de la campaña y terminó como máximo artillero con 16 conquistas. Carlos Bianchi, entonces un jovencito que peleaba por su lugar entre los titulares, hizo siete.

En 1969, en ocasión de la inauguración de la iluminación del estadio, el Santos de Pelé llegó para disputar un amistoso. Willington erró un penal (“Era horrible para los penales”, declaró), pero anotó otro tanto después para el 1 a 1. Y como premio se llevó el elogio del astro brasileño, que tiró una frase que quedaría en el currículum vitae del cordobés (y de todas las leyendas que rodean su historia): “Es el mejor jugador del mundo”.

De Vélez, eso sí, no se fue bien: el club le dio el pase libre y de ahí partió a México para jugar en el Veracruz. Así y todo, en el 79 volvió para retirarse. Después, en la temporada 1988-1989 condujo al equipo como DT sin obtener buenos resultados.

HINCHA DE BONAVENA. “A Ringo lo conocí en el boliche La bola loca, que era del padre del cantante Piero. Nos habíamos juntado con Brindisi y Babington a jugar al bowling y Ringo estaba ahí. Me apostó una botella de Chivas (un whisky). Y le gané en todo. Ahí nació nuestra amistad. Eramos como hermanos”. Si Willington jugó en Huracán una temporada, la de 1972, fue por ese vínculo. Tentado por el boxeador Ringo Bonavena, Luis Seijo, presidente del Globo por entonces, llamó al cordobés.

“Yo tenía la misma locura de Ringo. Hablan de códigos, yo hablo de lealtad y de respeto. Y él los tenía”, recordó Willington. Y negó que Bonavena hubiera aportado plata para su contratación: “Eran todas mentiras eso de que me compró. Ringo venía de un año sin pelear, y yo venía de un año de estar afuera. Entonces había que hacer una publicidad para llamar la atención y lo inventamos. Nunca puso un mango ni fue dueño de mi pase, ni nada”, le contó entre risas al portal Día a Día, de Córdoba.

Del Willington atorrante, vago y mujeriego también habló, con el paso de los años. Nunca confirmó si tuvo o no un romance con Mirtha Legrand, pero se jactó de haber salido con vedettes del Maipo. “Fui un loco, siempre me gustó tomarme un vino y estar con amigos. Y fumar un cigarrillo. Y tomaba, eh. Si no tomaba una ginebra con Coca, cuando salía a bailar con una mina no sabía qué decirle”, detalló.

Después, también jugó en Instituto, donde se juntó con Osvaldo Ardiles y Mario Kempes (también fue técnico de ese club), el Minessotta de Estados Unidos y disputó 11 partidos con la Selección argentina (marcó un gol), su cuenta pendiente: ahí no pudo brillar como hubiera querido. Debe haber sido uno de los pocos ítems contra los que no pudo El Exorcista.

Ayelén Pujol (2014)

Por Redacción EG: 23/01/2018

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