ENTREVISTAS

Nicolás Blandi, un nueve elegante

- por Darío Gurevich: 03/08/2017 -

Es goleador, pero convirtió pocos goles “feos”. Se moldeó en Boca, aunque se transformó en figura en San Lorenzo. Charla profunda, cargada de historias y conceptos atrapantes, con el delantero que se propone jugar en la Selección.

Brilla en San Lorenzo, club en el que ya cumplió 100 partidos. Su contrato culmina a mediados del 2019.

Coleccionista. Desde chico, Nicolás Blandi juntaba latitas de gaseosa, bidones y figuritas. Era de agrupar y amontonar; no sabe con exactitud por qué. Desde adolescente, comenzó a atesorar goles, una costumbre que lo distingue, y camisetas. “Tengo un museo en mi casa –advierte–. Ahí están las camisetas de jugadores importantes: Totti, Lavezzi, Pastore, Palermo, Schiavi, Ortigoza, Belluschi, Nico Gaitán… También, guardo otras que conservan un valor sentimental porque son de amigos, como la de Mouche, la de Gaona Lugo, la de Santiago Prim, con el que jugué en Puerto Nuevo, Villa Dálmine y Chacarita, y que ahora juega en Estudiantes, de Buenos Aires”.
El hombre de 27 años, que vio la luz el 13 de enero de 1990 en Campana –provincia de Buenos Aires–, se topó con la felicidad rápido, durante su niñez. “Disfruté mucho de la calle; jugué a la bolita, a las figuritas, a las escondidas, a la pelota. Me encantaba correr por el campo, ir al río y a pescar. Tuve el privilegio de vivir una infancia feliz y divertida. Pude hacer todo lo que quise; siempre fui libre, y mi familia me acompañó, me apoyó y me contuvo”, cuenta relajado, en la popular de San Lorenzo.
-¿Qué valores te transmitieron tus padres, Alberto y Hebe?
-La honestidad, el amor, la importancia del trabajo y del esfuerzo; me enseñaron que las cosas me las tenía que ganar, que no son fáciles, que tal vez no iban a salir en un primer intento; por eso, nunca hay que dejar de insistir y de buscar ser feliz. Mis padres son simples, frontales, compañeros. Sin decirme nada, me dieron el ejemplo. Mi mamá es maestra, pero trabajó en un banco durante toda su vida; mi papá trabajaba desde chico, antes de haber cumplido los 18 años, en distintos negocios familiares. Hasta hoy, la sigue; no lo puedo convencer de que se haga más tiempo para disfrutar lo que consiguió. Porque salió desde muy abajo y, junto a mi mamá, nos dieron un futuro.
-Al plantearles que querías ser futbolista, ¿se opusieron?
-No, de ninguna manera; todo empezó como un desafío: salíamos a caminar con mi abuela, Nilde, y yo siempre me paraba a ver a unos chicos que jugaban a la pelota en una cancha y con un profesor. Como ella me veía con ganas de empezar, se lo comentó a mi papá y comencé en la escuelita de Pedro Ithurburu. Ahí estuve desde los cinco hasta los diez años sin presiones ni exigencias. Como ya quería competir, mi papá me llevó a Puerto Nuevo, que estaba en la D. Después, se produjo un crecimiento paulatino: Villa Dálmine, ya en cancha de 11, y Chacarita –club en el que lo pusieron de 9 por primera vez–. Aquel fue un momento de mucho sacrificio: era chico, vivía en Campana y viajaba tres veces por semana para entrenarme en Chaca. Mi papá me pasaba a buscar al mediodía por la escuela con un tupper y, en el viaje, me comía la comida que me preparaba mi mamá. Me entrenaba y llegaba a casa a eso de las 20, muerto. Después, me probé en Boca y quedé.
-¿Por qué sos un 9 con buena técnica?
-Hay algo que es innato y mucho que es aprendido y perfeccionado. Ramón Maddoni me enseñó un montón; me recalcaba que el 9 tiene que ir siempre para el arco, terminar las jugadas, encarar, jugársela y creer en él. Mi papá también me apuntaló. Antes de ir a Boca, me escribió en un papel las cosas que un 9 importante debe hacer: aguantar la pelota y meter goles, porque al 9 se lo juzga por los goles. Sergio Saturno también resultó importante, porque me inculcó estar del lado opuesto a la jugada, que es el lugar en el que generalmente se termina. Entonces, al estar en ese lugar, quedás de frente al arco y con mayor panorama para elegir cómo y dónde definir. Después, cada entrenador que tuve me dejó conceptos. Además, crecí y aprendí al ver a compañeros.

Su esencia. "me comprometo con las cosas; me gusta terminar lo que empiezo y hacerlo bien".

-Te moldeaste en Boca, pero debutaste en Argentinos en agosto de 2010. ¿Por qué el grueso de los chicos de las inferiores xeneizes no pueden desarrollarse y sostenerse en la Primera del club?

-Los clubes grandes son muy exigentes, no hay tiempo para esperar el desarrollo y el crecimiento de un jugador; es resultado ya, y son muy pocos los futbolistas que pueden dar un primer paso y afianzarse rápido. Eso, aparte, tiene que estar acompañado de un funcionamiento, de un equipo consolidado, y tal vez a uno le pueden tocar momentos difíciles de un equipo grande, en los que no hay paciencia, en los que se apuesta por gente de experiencia. También, puede tocar un club que sea comprador por naturaleza, que busque un producto finalizado, y no le da la posibilidad a un joven que tal vez tiene mucho más potencial. Después de mi paso por Argentinos, jugué en Boca. Pero, al pasar los años, me vi tapado. Sentía que cuando jugaba, lo hacía bien, rendía. Sin embargo, me costaba mucho hacerme un lugar. Entonces, San Lorenzo apareció con un interés firme y sincero; el club se había ordenado un montón a través de sus nuevos dirigentes, venía de ser campeón, y me iba a permitir pelear campeonatos, ser protagonista y jugar con cancha llena. Reconozco que me costó decidirme… Pero, en Boca, entendieron que era un buen negocio y me abrieron la puerta. Las cosas, por suerte, me salieron bien: me desarrollé como jugador, aprendí y crecí, y disfruto mucho de este presente, tanto personal como grupal.
-¿San Lorenzo es tu club en el mundo?
-Me resulta difícil decirlo, porque también es difícil saberlo. En cada club, viví cosas importantes. Sin dudas que en Argentinos estuve un año, y en Evian, seis meses. Boca y San Lorenzo son los clubes en los que más tiempo pasé; eso también te marca, hace a tu historia, a tus vivencias. En Boca, crecí, viví en el club durante tres años, estudiaba mientras jugaba, salí campeón por primera vez en Primera y después gané la Copa Argentina; disputé mis primeros clásicos y metí goles importantes. En total, estuve ocho años, que es muchísimo. En San Lorenzo, me siento un privilegiado. Viví situaciones históricas como haber conseguido la Copa Libertadores y que se haya concretado la vuelta a Boedo, la casa del club. Tengo la gran satisfacción de haber contribuido desde una parte muy pequeña, con mi esfuerzo y mi trabajo, para lograr estos objetivos tan importantes.
-¿Cuántos saben acá, en San Lorenzo, que tu bautismo de gol en Primera lo padeció el Ciclón?
-No sé si muchos; es un lindo dato. Me costó meter mi primer gol en Argentinos. Pasé siete u ocho partidos sin convertir. Al principio, jugando bien y teniendo situaciones; después, empecé a ponerme nervioso. Estaba acostumbrado a hacer goles, siempre. De hecho, fue la primera vez que estuve tantos partidos sin convertir. Justo se me dio contra San Lorenzo.
-El martes 20 junio, ante Banfield, cumpliste 100 partidos en San Lorenzo. ¿Cuáles son los tres que están en tu podio?
-La vuelta de la final de la Copa Libertadores 2014 acá, en nuestra cancha. No me tocó jugar, fui al banco. Pero es el partido más importante. Después, me quedo con el triunfo ante Flamengo en la Copa Libertadores de este año; conseguimos la clasificación a la siguiente ronda en el último minuto. Me cuesta elegir un partido más y, por eso, me gustaría nombrar dos: el clásico ante Huracán que ganamos 1-0, con mi gol, en nuestra cancha; y la final de la Supercopa Argentina frente a Boca, en la que se dio un partido increíble, y nadie esperaba un resultado así, como aquel 4-0, con hinchas de los equipos, que ya no es normal en el fútbol argentino.
-Sos de meter goles lindos y estéticos. ¿Cuáles destacarías de los que hiciste a lo largo de tu carrera?
-En Boca, hice dos muy lindos: uno a Rafaela, de chilena, y otro a Excursionistas, en el que le tiré un sombrerito al arquero y definí. En San Lorenzo, destaco uno a Vélez tras una gran jugada que terminó con un centro de Buffarini y una pirueta mía, entre tijera y chilena. Después, me gustaron los goles a Tigre (asistencia de Belluschi y definición lujosa por encima del arquero) y a River (tras otra pirueta).   

Casero. Adora a su familia: sus padres, su hermano Mauro, su novia Valeria y su perra Kiwi.

-De chico, admirabas a Gabriel Batistuta y a Hernán Crespo. ¿Qué conservás de cada uno?

-No, no sé si tengo algo de ellos. De Crespo, me gustaba su elegancia, sus movimientos, su fineza, su capacidad para encontrar siempre el lugar; era un jugador limpio adentro del área, lo que es muy difícil de conseguir. De Batistuta, me encantaba esa potencia, esa voracidad por convertir, esa confianza en sí mismo; parecía que pasaba por arriba a los rivales; no importaba si pateaba donde estaba el arquero porque lo hacía tan fuerte, con tanta convicción, que la pelota entraba igual.
-¿Sos un 9 elegante?
-Intento trabajar para serlo, para desarrollar un juego pulcro, armónico; para cuidar los detalles, y en mi posición es difícil, porque estoy mucho en el cuerpo a cuerpo, en la pelota dividida, en el salto a cabecear, en aguantar, en ir a chocar a un defensor; entonces, en esas situaciones, ser sutil o elegante no resulta fácil. Pero a mí, desde la tribuna, me gusta ver a jugadores vistosos. Sé que no tengo la técnica de Ibrahimovic… Pero, como decía, intento mejorar cada día. Es lindo que se vea algo fino adentro del campo: un pase, parar una pelota de pecho, devolver bien una pared. Yo disfruto de esas cuestiones cuando juego, y la gente también al verlas desde afuera.
-¿Qué comprendés sobre el juego que antes no entendías?
-La experiencia ayuda para interpretar los momentos del partido, para conocer mejor y sacarles fruto a tus compañeros; creo que esto último es importantísimo. Más allá de que hay videos, mucho análisis sobre el juego, y de que todo está muy a la vista, lo que no se conoce es cómo cada jugador siente el fútbol y qué cosas a cada uno le gusta más hacer. Porque existen un montón de cuestiones que nosotros, los futbolistas, hacemos adentro de la cancha por obligación, porque es el trabajo correcto para el equipo, porque se trata de lo que el entrenador pide o porque, simplemente, es lo que el partido demanda. Pero otra cosa es desarrollar lo que uno siente, lo que le sale con facilidad. Entonces, conocer a los compañeros, saber cómo van a responder ante un partido importante o una situación de presión, da una ventaja.
-Cambiemos de tema. ¿Qué te jode del ambiente del fútbol?
-Es un ambiente difícil, en el que se ponen muchas cosas en juego. Por ahí alguien que lo ve desde afuera piensa que simplemente se trata de entrenarse, de correr detrás de una pelota, de patearla, de hacer un gol o no… Sin embargo, hay intereses, sobre todo afuera del rectángulo de juego; es política, dinero, ego; hay muchos egos. De todas maneras, prefiero ver lo lindo que tiene el fútbol. 
-Entonces, ¿qué te llena el alma?
-Meter un gol; es el momento de máximo desahogo y disfrute, aunque resulte ínfimo, mínimo; se trata de una situación que no tiene precio. Después, jugar los fines de semana porque ahí se ve el trabajo realizado. Adentro de la cancha, es donde me siento más cómodo, donde puedo expresar lo que mejor sé hacer, donde me doy un espacio para ser feliz, más allá de las obligaciones. Por otra parte, tengo el privilegio de que me acompañe, de que me vea crecer, lograr objetivos y frustrarme, la gente que me quiere: mis padres, mi novia, Valeria, mis amigos y mi hermano, Mauro.
-Nombraste a tu hermano y se te llenaron los ojos de lágrimas…
-Mauro es un gran compañero; es mi hermano, mi amigo… Es tan genuino, tan sano, tan honesto, tan todo, que me emociona hablar sobre él.
-Volvamos a conversar sobre San Lorenzo. ¿Sos la debilidad del entrenador, Diego Aguirre?   
-No lo sé… Cuando me elogió públicamente, le di valor y hasta me tomó por sorpresa. Porque Diego es responsable, correcto, medido, cuidadoso y reservado; se preocupa tanto por los que juegan como por los que no, prioriza al ser humano por encima de todo. Está bueno que la cabeza del grupo a uno lo valore, no solo por el rendimiento, sino por lo que uno hace afuera de la cancha, por lo que uno es afuera del campo de juego. Siento mucho respeto por él y su cuerpo técnico. En el fútbol, hablar de aprecio es difícil, en especial por el lugar que Diego ocupa y por el lugar que yo ocupo. Insisto, de mi parte, hay un gran respeto hacia Aguirre como profesional y como persona; creo que se lo ganó. 

Gol emotivo: la empuja ante Huracán, en el 2016, para el delirio cuervo y el 1-0 en el clásico.

-San Lorenzo mantiene su alta competitividad hace cuatro años y medio. En ese período, el equipo se desmembró y se recicló. Hasta contó con cuatro entrenadores distintos. ¿Por qué el club se sostiene en los primeros planos? 

-El club consiguió una estructura, en especial a través de sus dirigentes; no es fácil mantener el nivel alto de competitividad cuando se producen tantos cambios de jugadores importantes y de entrenadores. San Lorenzo sigue alimentando esa estructura que le permite salir de las situaciones de dificultad y quedar mejor parado. Siempre es preferible que se apueste por un proceso, que haya convicción por una forma de trabajo, que se puedan retener a los jugadores por un buen tiempo y sin capricho… Porque también existe el momento en el que la puerta se debe abrir y tiene que haber un recambio, como sucede en todo ámbito. La clave está en ser competitivo, pelear todos los torneos que se jueguen; y eso se consigue a través de un camino. El club lo encontró, y, como los dirigentes tienen esa convicción, todos los que venimos debajo nos encarrilamos más fácil detrás de eso.
-Al recortar las últimas cinco temporadas, surge una afirmación: el Ciclón se transformó en un equipo a medida de las situaciones límite. ¿Qué opinás al respecto?
-San Lorenzo saca lo mejor de sí en los partidos límite, en los momentos límite. El equipo encuentra la motivación para sacar la situación adelante, para imponerse. Pero también esto debe aparecer en otras circunstancias, como en los partidos que no son tan exigentes, en el momento que no es tan adverso. Porque si querés ser campeón, debés imponer condiciones en todo momento. Nuestra búsqueda se trata de encontrar ese nivel de motivación, ese nivel de autoexigencia, compromiso y esfuerzo para sostenerlo en el tiempo y en los diferentes partidos. Si logramos conseguirlo, el equipo será cosa seria. 
-El San Lorenzo de Aguirre combina ataque rápido, profundidad, transiciones cortas, retroceso ordenado, y, sin la pelota, trata de no dejar jugar. ¿Coincidís? 
-A partir de la salida del Patón Bauza, San Lorenzo cambió mucho su estilo de juego. Vino un entrenador, Guede, con formas diferentes y con una idea distinta de juego. El equipo había tenido a un técnico similar, Pizzi, al que no conocí; era parecido en cuanto al esquema, a la intensidad, al vértigo. Bauza, en cambio, tenía otra visión y apostaba por un equipo más ordenado, más prolijo, más compacto y con menos riesgo. Creo que Guede le dio mucho a San Lorenzo, más allá de las situaciones personales que vivió con jugadores y dirigentes. En lo futbolístico, hizo crecer muchísimo al equipo, le dio una identidad a base de trabajo y potenció a muchos jugadores. Justamente, la virtud de Aguirre fue esa: interpretó rápido que no había tanto por cambiar e hizo hincapié en reforzar cosas, en mejorarlas o en encontrarles otro tipo de ventajas y beneficios. Y lo logró. Porque, en el segundo semestre del año pasado, el equipo era agresivo, protagonista; proponía, buscaba el arco rival con intensidad y buen juego. Después, se fueron jugadores importantes, llegaron otros y hubo que acomodarse. Porque la adaptación de los nuevos compañeros lleva su tiempo. Porque, además, cambiaron las características de los futbolistas. Rubén Botta es talentoso y desequilibrante, pero completamente diferente a Seba Blanco; por eso, le aporta otra cosa al equipo. El Pocho Cerutti, que es rápido y desequilibrante, empezó a jugar en lugar de Cauteruccio y le da un condimento distinto al equipo respecto de aquel que le daba Caute. Nos costó reencontrarnos con nosotros mismos; en el comienzo del año, fuimos irregulares; éramos conscientes de eso, pero también sabíamos que no teníamos que apartarnos del camino, que había y hay equipo con capacidad para marcar la diferencia. Pudimos revertir a tiempo aquel momento, encontramos regularidad y avanzamos en la Libertadores.
-¿Te obsesiona conquistar la Copa Libertadores de este año?
-Es una ilusión, un deseo. Parece lejano, pero a la vez está cerca; es extremadamente difícil, el torneo más complicado que puede haber, y nos quedan ocho partidos. Apuntamos a jugar esos ocho partidos; tenemos que creer que podemos lograrlo; no hay que estar confiados, pero sí debemos confiar en nosotros.
-¿Qué te falta para jugar en la Selección?
-No lo sé… Hace un tiempo, era un sueño; hoy, es un objetivo. Hay algo que cambió, que se transformó; sé que es lo máximo, lo más lindo para un futbolista. Tengo la convicción y la confianza de que, si crezco y le incorporo más cosas a mi juego, me pueda tocar en algún momento. Voy a luchar por eso.

Por Dario Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de Julio de 2017 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 03/08/2017

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