LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Guillermo Farré, marcado por un gol eterno

- por Redacción EG: 13/06/2017 -

Héroe y verdugo. Guillermo Farré, capitán de Belgrano y autor del histórico gol del ascenso Celeste en el Monumental, el descenso de River en el 2011, tuvo un antes y un después que lo vincula para siempre con aquel recordado día.

La mirada transparente de Farré. Luego de momentos dorados, a él y a Belgrano les toca surfear un panorama complicado.

Un día, una tarde, un antes y un después... Un 26 de junio de 2011. Una fecha que cambió la historia del fútbol argentino... Una fecha que transformó su vida. Para algunos se convirtió en héroe; para otros, en un verdugo. Desde aquella jornada de invierno de 2011, Guillermo Farré quedó estampado en la memoria popular. Pero para llegar a ese día hubo una previa, un largo proceso de lucha, de ilusiones, de frustraciones, de posters descolgados. Y también un después que lo llenó de satisfacciones, sorpresas gratas e ingratas, y un nombre inolvidable.

Todo arrancó en el potrero que estaba frente a su casa en la localidad bonaerense de Colón. En esa canchita, siendo un niño, jugaba con sus hermanos mellizos mayores. Jugaba sin pensar en el futuro. Jugaba por el placer de jugar. Pero, de una u otra forma, se fue destacando. Y arrancó en el club del barrio, en el Club Atlético El Fortín. La curiosidad de los detalles: la camiseta de ese equipo es un símil a la de Boca. Curiosidad pensando en lo que pasó aquel día que está presente siempre en la vida de Farré.

“No recuerdo otro juguete que una pelota de fútbol en mi niñez”, rememora el volante central, al tiempo que agrega: “Era jugar todo el día, y muchas veces con jugadores más grandes”. A los 7, ya con su El Fortín querido, jugaba frente a nenes de 11 años. Así se fue forjando el capitán de Belgrano.

Jugando en aquel club del pueblo, ya con 17 años, en 1998 logró su primer título y también el primero de la institución después de 40 años. Ese año fue trascendental para Farré, ya que junto a la vuelta olímpica, llegó la prueba en... Boca Juniors.

-¿Cómo fue eso?
-De chico solo quería jugar a la pelota, no me importaba más nada. Con el correr del tiempo, y ya en la adolescencia, comienzan las pruebas en los equipos y empezás a darte cuenta de que el fútbol profesional es otra cosa. Con 17 años me tocó la posibilidad de probarme en Boca. Estuve seis meses, iba dos o tres veces a la semana. Ahí empecé a notar un nivel distinto, otro ritmo con respecto al que jugaba en mi pueblo. Y me di cuenta de que me gustaba, y sentí que quería dedicarme a esto. Después no se dio por distintas circunstancias, cuando estaba todo muy avanzado. Fue un golpe muy duro, porque me había ilusionado mucho.

-¿Pero de chico eras hincha de River?
-Sí –se ríe–, es así. Nunca fui un fanático ferviente. Sí que festejaba o iba al centro a celebrar cuando ganaba. Nunca había ido al Monumental hasta aquel partido de la Promoción. Cuando empecé a jugar al fútbol en Central Córdoba entendí que te hacés hincha del equipo donde jugás. Das todo por esa camiseta, por ese club. A River sí lo veía, lo seguía; cuando iba a Rosario, quería ir a verlo. Cuando jugaban River y Boca, gritaba los goles de River, igual que cuando salía campeón. Toda mi familia era de River. Cuando me fui a Rosario, yo ya estaba de novio y la familia de quien hoy es mi esposa también era hincha de River. Estaba en un entorno todo de River. Pero cuando corre el tiempo, empezás a ver solamente tus propios resultados, tu equipo, a ser profesional. Y cuando vine a Belgrano, fue todo Belgrano. Mi vida comenzó a ser Belgrano, y a  River lo miraba de lejos, en segundo plano. Sí añoraba alguna vez jugar allí. Pero bueno, después la situación quiso que en el 2011 se corone todo en la cancha de River. Ya no era lo mismo, yo trabajaba para mi equipo, ya era hincha de Belgrano.
Mediodía en la ciudad de Córdoba. Café en un bar del Paseo del Buen Pastor. Gente que pasa caminando, y de fondo la fuente de aguas danzantes y las estatuas de la Mona Jiménez y el Potro Rodrigo. Entre los paseantes, uno lo reconoce. Y no es de Belgrano. Tampoco de Talleres o Instituto. En la Docta hay visitantes de todo el país. Y sí, el transeúnte es un hincha de River. Lo reconoce a Farré. No le cae en gracia. Mira y le hace señas al fotógrafo que lo está retratando para la entrevista de El Gráfico. El gesto es de dolor y con sus manos hace la mueca de la banda riverplatense. Y sigue caminando. Farré no se da cuenta. Este cronista se lo hace saber minutos después. El sonríe y acepta que ya se acostumbró a no caerles en gracia a los hinchas millonarios.

Esas curiosidades del fútbol, de la vida... Un pasado riverplatense, un presente alejado a aquella simpatía.

Otro gusto que se dio con Belgrano: jugar competencias internacionales. Aquí frente a Coritiba, por la Sudamericana 2016.

LA LLEGADA y LAS PROMOCIONES
A los dos meses de aquella chance en Boca, llegó a las inferiores de Central Córdoba de Rosario. Y ahí empezó su carrera futbolística profesional. Como él quería, aunque en otro contexto al esperado. Inferiores de un club de la B Nacional, que al tiempo descendió. Debutó en la Primera B Metropolitana el 15 de marzo de 2003, un día antes de su cumpleaños 22, ante Estudiantes de Caseros, que tenía a un pibe llamado Ezequiel Lavezzi. Debutó directamente de titular. “Fue una situación rara. Justo al plantel había llegado de refuerzo Cristian Vella, pero no lo habían habilitado y debuté de un día para el otro, sin entrenar con los titulares. Dos partidos así. Al tercer partido ya empecé a ir al banco. Después roté mucho, sin ser titular, yendo al banco hasta faltando cinco fechas para que terminara el 2003. Cambió el técnico y ahí llegó el puntapié inicial mío y no paré más”, resume. ¿Qué pasó? “Ibamos a jugar ante Almirante Brown, yo iba de 17, concentraba pero no estaba en el banco. Cuando llegamos al colectivo nos enteramos de que Cartucho Reboledo, que era suplente de volante, había tenido un accidente. Subí al colectivo ya como suplente. Comienza el partido, a los 10’ se lesiona  Fernando Brandan, nuestro volante por derecha. Entré, anduve bien, ganamos, y ya en el 2004 fui titular todo el torneo. Nunca más salí del equipo”. Cuatro años con Los Charrúas haciendo muy buenas campañas, siendo capitán. Hasta que un sábado a la medianoche, un llamado telefónico lo alertó de que al otro día tenía una reunión. Un cónclave inesperado y rápido, donde le dijeron que en Belgrano lo habían estado estudiando y le proponían ir a jugar a Córdoba. “Fue lo mejor que me pasó”, reflexiona, al tiempo que, entre risas, rememora: “Cuando me dijeron que me tenía que sumar al otro día, sin dudar dije, ‘¡Sí, vamos para Córdoba!’. A mi señora siempre le gustó Córdoba. Era mi gran posibilidad”. Esa noche, de ese domingo de julio de 2007, preparó las valijas; y al otro día se sumó al plantel del Pirata, que en ese entonces venía de descender de categoría. Debutó en el Celeste el 18 de agosto de ese año en el Gigante de Alberdi. Y a partir de allí, una vida ligada a Belgrano, donde en mayo de 2017 juega su partido 300 en el club.

“Gran parte de mi vida transcurrió en Belgrano y vi pasar de todo. Cosas buenas y malas. Lo más importante fue compartir vestuario con chicos que habían visto el Belgrano de antes, como Juan Carlos Olave y Gastón Turus, que trasmitían lo que era la época donde no tenían ropa ni lugar donde entrenar. Tuve la suerte de nutrirme de la historia de Belgrano. Llegué a un Belgrano ordenado, pero con la necesidad de conseguir cosas. Me integré en un segundo plano, como una alternativa, aunque siempre trabajé para ser importante”, sintetiza su carrera en el Pirata, donde tuvo como técnicos a Ferraro, Mario Gómez, Dalcio Giovagnoli, Omar Labruna, Griguol, Chiche Sosa, Jorge Guyón, Zielinski, Teté González, Madelón y ahora Sebastián Méndez. Farré es capaz de cronicar cada juego que participó, como aquel partido de marzo de 2009 ante la CAI, cuando fue por primera vez capitán del equipo y también marcó su primer gol. “Fue un antes y después ese gol en Belgrano. Hacía un año y ocho meses que estaba en el club, pero todavía no era ‘Farré’ en Belgrano”, narra. Pasó buenas y malas. Y entonces están las sensaciones de las promociones perdidas ante Racing (2008) y Central (2009). “Después de la Promoción con Racing, en el colectivo tenía mucha angustia, un dolor en el pecho, lágrimas, nostalgia… Sentía que mi paso por Córdoba había terminado”, recuerda. Es que se terminaba el préstamo. Debía regresar al club rosarino. Belgrano renovó el préstamo un año más. Y otra vez una Promoción y el llanto. Ya no se podía renovar el préstamo. Se alejaba su sueño de Primera. Regresaba a Central Córdoba, pero lo quería San Martín de Tucumán. Estuvo a media hora de concretar ese pase al club tucumano. Pero, sobre el filo, le avisaron que le compraban el pase. “A Belgrano siempre lo he valorado, respetado e idolatrado. Me hice hincha, y no de la boca para afuera. Porque ellos me lo demostraron con acciones, confiaron en mí, compraron mi pase, y yo creí que le podía dar cosas a Belgrano. Quise demostrarlo con un ascenso. Y desde que me compraron, el compromiso fue mucho mayor”, recuerda. Dos años después de aquellos días de incertidumbre, logró su sueño: llegar a Primera. Farré asegura: “Si vos me das a elegir, perder esas dos Promociones para después ascender ante River, como sucedió, te la firmaba”. Y pasó lo que pasó.

 

DIA HISTORICO EN EL MONUMENTAL
¿Qué contar de ese día que no se haya contado? Se han repetido tantas veces esas imágenes históricas. Ese gol tiene millones de reproducciones en YouTube. El propio Farré confiesa que lo vio ciento de veces. Se lo acuerda de memoria... al igual que los fanáticos de Belgrano... y al igual, pero con otra sensación, que los hinchas de River. ¿Qué contar que no se haya dicho? Farré recuerda que la noche previa, en la concentración, por la madrugada tuvieron que saltar de la cama por las bombas que habían tirado los hinchas millonarios. Todos en pijamas en el hall del hotel cercano a Plaza de Mayo. Farré evoca con detalles esa noche en que no los dejaron dormir, pero que fue positiva para el grupo. En ese momento se juramentaron lograr la hazaña imposible. Farré también se acuerda de que esa temporada no fue nada fácil, estaban últimos hasta que llegó Zielinski. El volante no se olvida, incluso, de la primera charla del Ruso, donde habló de “intensidad en la marca, orden táctico y solidaridad con el compañero”. Y tampoco de la de esa jornada en tierras porteñas. No se olvida de la táctica del partido en el Gigante de Alberdi. En la ida de esa Promoción. Y menos en la de la vuelta en el Monumental. Farré no piensa omitir, además, que les llegaron mensajes mientras almorzaban, horas antes del partido en el Monumental: “Mensajes que decían que River no podía descender. Hubo una bomba de humo en el hotel, donde se prendieron las alarmas a las 4.30 de la madrugada. Sabíamos que eran los hinchas de River. Después, en el almuerzo previo, recibimos mensajes. Que River no descendía. Que Armando Pérez había vendido el ascenso para que le levanten la quiebra de Belgrano para poder ser presidente. Nosotros hablábamos de esos mensajes mientras comíamos. Y decíamos que no, que no podía hacer eso. Nosotros lo usamos para potenciarnos, y nos dijimos que teníamos que hacer el partido perfecto, no dar motivos para que nos perjudicasen, para que el árbitro no nos perjudicase. Nos mentalizamos para no cometer errores, y así entramos a la cancha”.

Farré se enfoca en los minutos previos. “Antes del partido en Alberdi, nos pasaron un video de nuestras familias. Eso tocó lo emocional y nos despertó un compromiso mayor. Lo teníamos, pero le agregamos un plus, porque también era por la familia. Y en el partido de visitante, mi señora me dio un sobre con una foto que debía abrir en el vestuario del Monumental. Cuando lo abrí, tenía la foto de mi hijo Salvador. La pegué en el locker y la miré antes de entrar a la cancha. Me emocioné y me dio un plus”, rememora. Su hijo nació ese mismo 2011, y claro que es hincha de Belgrano, como su otra hija Guillermina, que llegó años después. Y también evoca cada detalle del partido. Incluso jugadas que parecen intrascendentes. Todo está clavado en su memoria: el gol de Pavone, las atajadas de Olave. Es capaz de describir los 90 minutos del juego. De lo que sintió cuando César Pereyra estuvo a punto de convertir apenas comenzó el segundo tiempo. “Ellos empezaron más desordenados y nosotros en la primera tuvimos una jugada del Picante, que le pegó por arriba. Pensé que si no metíamos esa, no la metíamos más. El ascenso podía escaparse, porque ellos se venían con todo...”, describe.

Hasta que llegó el minuto 16 con 29 segundos. Ese instante glorioso para la vida de Farré, para el hincha de Belgrano... Ese instante negro y angustiante para el fanático millonario. Llegó el gol que lo convirtió en eterno.

“Me lo preguntan siempre, sé que voy a convivir con ese recuerdo. Es lindo. Marcó un antes y un después en el fútbol argentino. Fui partícipe importante, pero no fue culpa mía, fue todo de Belgrano. Y es lindo contarlo, que me lo recuerden. No creo que vuelva a suceder un descenso de un grande de esa forma... Lo que recuerdo mucho de ese momento es que estaba concentrado solo en pegarle, en no errarle. Corrían mucha tensión y adrenalina por el cuerpo. Y cuando le pego y es gol, siento una liberación de tensión tremenda en el cuerpo, expresada en un grito. Una alegría que descomprimía esa tensión”, las palabras le brotan y saltan. “Cuando llegamos a la mitad de la cancha, el Picante se me acercó, me abrazó y me dijo: me salvaste”.

La celebración del gol histórico a River. A los 36 años, Farré ya piensa en el retiro y desea que sea en Belgrano.

“Al principio lo veía mucho al gol, analizaba la jugada, no sé, buscaba detalles. Después pasó. Pero hace unos meses, mi hijo me pidió verlo, me empezó a preguntar y lo volví a ver en detalle”, recapitula. Un gol que lo marcó, como el penal que atajó Olave. Ese mismo día, recibió la llamada de Diego Armando Maradona mientras volvía a Córdoba. Aún hoy no puede creer haber hablado con el Diego, al que nunca pudo conocer personalmente.

Café con leche. Un alfajor. El teléfono sonó en varias oportunidades durante las más de dos horas de charla con El Gráfico. Y claro, era una jornada especial cuando se llevó a cabo la entrevista. ¿El motivo? El día de su cumpleaños. Otro gesto que lo describe. No estuvo apurado nunca. Habló, se explayó, pensó sus respuestas, sus palabras. Fue generoso. Así como es cuando juega con la Celeste. Un jugador predispuesto a colaborar y sacrificarse por el compañero. En este caso pronto a jugar en la entrevista, con sus armas, las de un mediocampista solidario.

EL DESPUES
Belgrano ascendió a Primera. Se afianzó. Se hizo fuerte. Clasificó a torneos internacionales. Con Farré como emblema, figura y bandera. Desde aquel junio de 2011 hasta el 2016, Farré vivió lo que es ser idolatrado por el fanático. Pero en el 2016 los resultados no acompañaron, no tuvo aquel gran nivel que lo hizo destacar y muchos dejaron atrás el recuerdo y le recriminaron. Llegaron las malas y los cuestionamientos. El 30 de noviembre del año pasado, en un partido ante Central por cuartos de final de Copa Argentina, se fue expulsado.

-Después de aquel partido ante River tu celular explotó de mensajes de felicitaciones. ¿Cuántos recibiste después de esa tarjeta roja?
-Tres: mi señora, mi viejo y mi hermano.

-¿Y sentiste el golpe?
-Cuando estás en el sistema del fútbol te das cuenta de ese tipo de cosas. Lo entiendo: el hincha, la gente, es pasional y el resultado está por sobre cualquier cosa. Es lógico que después de la derrota y de la expulsión, no quieras ni mandar un mensaje de aliento. Pero con el tiempo llegaron otros mensajes. También entendí que había cometido un error, como en otras ocasiones había ayudado al equipo. Como soy parte de un sistema donde el resultado está por encima, lo entiendo. No me hace ni bien ni mal. No me debo creer el mejor por haberle hecho el gol a River, ni el peor por una expulsión después de cuatro años.

-Por primera vez fuiste muy criticado. ¿Por qué te quedaste en Belgrano?
-Uno va creciendo, pero no estaba preparado para la crítica. Hasta que te toca. Lo empezás a analizar, y entendés. Siempre se busca un culpable para hacer una descarga cuando las cosas no están bien. Esta última etapa en Belgrano la estoy asumiendo como que puedo llegar a perder toda la idolatría que logré. La estoy poniendo en juego. Lo asumo, y no me tengo que llevar por eso. Quiero ser lo que soy, ir en contra del sistema, forjar una personalidad en la adversidad también. Es mucho más fácil trabajar en un ambiente donde todo es más lindo, con elogios, porque lo experimenté. Ahora me toca una etapa donde mi rendimiento es cuestionado. Debo sobreponerme, y lo asumo para forjar una personalidad para el resto de mi vida, aun sabiendo que era uno de los más elogiados y hoy soy de los más cuestionados. Pero me voy a sobreponer con mis ideales y mi profesionalismo.

Abre bien los ojos. Mira a los ojos. Cruza los brazos. “Sí, ya estoy pensando en el retiro y me gustaría que sea en Belgrano”, sentencia. Córdoba parece que hace una pausa mientras él anuncia, en El Gráfico, esta oración. Su voz en ese momento titubea, por primera vez. Pero está seguro de lo que dice, porque ya lo pensó muchas veces. Muchas veces. “Estoy pensando en el retiro, y no falta mucho”, repite. Lo analizó mucho. Y se imagina entrenador, aunque todavía sus ganas pasan por la pelota en el pie, dentro del campo de juego. Estar con esa pelota que tantas sensaciones le provocó. Y al hacer el balance de su carrera, asegura: “Logré lo que me merezco. Trabajé para ser jugador profesional, me cuidé para estar en actividad hasta la edad que tengo actualmente. Me merezco la carrera que hice”.

Por Marcos J. Villalobo / Fotos: Nicolas Aguilera

Nota publicada en la edición de Mayo de 2017 de El Gráfico

Por Redacción EG: 13/06/2017

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