RUGBY

Juan Manuel Leguizamón, pensamientos de un líder

- por Darío Gurevich: 18/04/2017 -

Tiene 33 años, está a un mes de cumplir 12 en Los Pumas y fantasea con competir en Japón 2019, el que sería su cuarto Mundial. Sus inicios, su intimidad, los aprendizajes en Europa, los momentos únicos en el seleccionado, la influencia de Pichot, la idolatría por Lomu, el equipo de Loffreda y el de Hourcade, y los Jaguares.

"El objetivo es volver a terminar entre los cuatro primeros del mundo", afirma al mirar hacia Japón 2019.

A Ana Alicia hay que canonizarla. La madre de Juan Manuel Leguizamón es una santa. Nunca se fanatizó con el rugby, jamás le gustó demasiado. Pero, por amor, lo tolera de buena manera. Soportó con hidalguía que en su casa se hablara muchísimo de este deporte. Se bancó que su marido, Juan Carlos, y sus hijos, Gonzalo y Juan Manuel, lo jugaran. Incluso, sus pibes progresaron tanto que defendieron la camiseta argentina. Ella siempre acompañó, más allá de que es capaz de tener un partido de fondo y leer un libro a la vez. Hoy, lo único que le interesa es que el Negro, su hijo menor, no termine machucado tras el juego.

Los Leguizamón son tercera línea. Juan Carlos extendió su carrera para cumplir un deseo: compartir plantel junto a sus hijos en el club, Santiago Lawn Tennis. Durante una temporada y media –sea en la Primera o en la Intermedia–, lo logró. El vínculo entre padre e hijos se fortaleció en cantidades industriales. Los tres mosqueteros, entonces, eran la tercera línea del equipo: Gonzalo se paraba de octavo, y Juan Carlos y Juan Manuel, de alas. La buena onda reinaba hasta que un sábado pareció cortarse. “Llegamos 10 minutos tarde al club para jugar el partido de la Intermedia; el entrenador se enojó y nos mandó al banco. Estábamos furiosos con nosotros mismos y no parábamos de decirnos de todo. Entramos en el segundo tiempo, y el equipo ganó un partido duro e importante, contra un club de Tucumán”, admite el Negro.

Al comenzar a recorrer su intimidad, aparece rápido un detalle: Legui se siente como uno más. De hecho, a este santiagueño de pura cepa lo incomoda el trato diferencial, que lo valoren por lo que logró en el rugby y no por lo que es.

-¿Qué otra cosa pocos saben sobre vos?
-Soy impaciente, inquieto y sensible. Hace poco, descubrí que me encanta el dulce de leche. Cuando vivía en el exterior, conseguía pero no lo tenía tan a mano. Desde el año pasado, que regresé para asentarme en el país, me di cuenta de que me gusta mucho. Igual, como poco.

-¿Qué te sensibiliza?
-Ver a mis hijas crecer. Francisca, de dos años y medio, y Josefina, de uno, me tienen loco. Soy feliz cada vez que dan un paso adelante en sus aprendizajes de vida. Haber sido padre me cambió mi manera de mirar las cosas. De repente, me fanaticé con los chicos. Por otro lado, disfruto de acostarme en la cama, hacer un ratito de silencio y pensar; ahí, obviamente, me sensibilizo al extrañar a mis padres, a mis hermanos, al resto de mi familia y a mis amigos. Más allá de que en la actualidad nos vemos seguido, porque ellos vienen para Buenos Aires o yo voy para Santiago del Estero, me alejé de mí día a día hace bastante tiempo. De todas maneras, tengo la cabeza bien puesta y entiendo que hay que seguir para adelante, que son situaciones y momentos. La pasé muy bien en Europa y estoy bárbaro en los Jaguares. Es más, no siento que haya disfrutado tanto en mi carrera como ahora, por jugar en los Jaguares, por seguir como opción para Los Pumas. Si pienso en lo que pasé, en lo que me costó, también me sensibilizo. Y eso que no soy medio flojito, para nada. Pero, bueno, todo esto me moviliza.

-¿Qué cuestiones aprendiste, vinculadas a la vida, durante la década que viviste en Europa?
-El orden, la disciplina; potencié mi profesionalismo, aprendí sobre culturas y hablo tres idiomas: español, inglés y francés. Me encantó haber vivido en Inglaterra y en Francia. Conocí de todo: gente buena y mala.

-¿Qué compañeros te deslumbraron?
-Jugué con algunos fuera de serie, como Mike Catt. Es un sudafricano que se transformó en un histórico de Inglaterra; podía jugar de fullback, de apertura o de centro, y tenía una serenidad y una capacidad para transmitir cosas buenas y positivas. En Los Pumas, me sorprendían Pichot y Juan Martín Hernández. Agustín estaba diez pasos por delante de todos, y Juan Martín era uno de los mejores del mundo. Hoy, sigo jugando con Juan Martín y es muy lindo porque, además, es un amigo.

La mentalidad positiva, la perseverancia y las ansias de levantar la frente y avanzar resultan tres legados que sus padres le transmitieron. La esencia del mastodonte de 1,90 de altura y de 105 kilos se forjó en base a eso. Adentro de la cancha, se la nota fácil al poner el pecho sin preguntar, al ir al frente sin medir consecuencias. De hecho, registra un dato envidiable: les marcó try a los tres poderosos del hemisferio sur. Afuera de la cancha, también se la detecta rápido. Un ejemplo: cuando decidió emigrar de joven hacia Inglaterra, no lo analizó demasiado, no se tomó un tiempo para pensarlo; firmó y punto.

El mastodonte, de 105 kilos, avanza ante Chiefs en la apertura del Super Rugby en la Argentina.

En Los Pumas, construyó relaciones inoxidables junto a Corcho Fernández Lobbe, Gonzalo Tiesi, Horacito Agulla, el Toro Ayerza y Juani Hernández. A través de un recorrido que cumplirá 12 años en abril y que aún no vislumbra la terminal, se comió cachetazos y conoció la gloria; vivió momentos irrepetibles, sagrados, que desmenuza.

- “En la primera semana de trabajo durante mi primera convocatoria, sentí algo diferente. Significó una mezcla de alegría con emoción, y no entendía nada. Nos preparábamos para enfrentar a Japón en abril de 2005. Como no era una ventana internacional, nos citaron a los jugadores del ámbito local; éramos un montón de amigos… Ganamos, y aquella semana fue especial”.

- “Cuando dieron la lista definitiva para el Mundial 2007, fue un momento inigualable. Al Tano Loffreda le agradezco por haberme incluido. Porque aquella de Francia resultó la Copa del Mundo que más me llenó. Realmente, me volvió loco”.

- “El primer partido del Mundial 2007; tengo recuerdos muy fuertes. Jugamos contra Francia en el Stade de France, había 80.000 personas y el 95% eran franceses, y le ganamos (17-12). La previa a la Copa del Mundo también me pareció alucinante: fuimos al centro de entrenamiento de Pensacola, en Estados Unidos, por primera vez; nos mataron en las prácticas; no teníamos la más pálida idea sobre qué tipo de entrenamientos hacíamos. Era todo nuevo. Encima, nos cruzábamos con jugadores de la NBA y de la NFL que se entrenaban y se rehabilitaban. Aquel grupo que se formó es difícil de igualar. Hubo una conexión bárbara entre los más chicos, entre los que estaba yo, y los más grandes: Agustín Pichot, Mario Ledesma, Chalo Longo, Felipe Contepomi, Nacho Fernández Lobbe. El final del Mundial fue mejor aún: logramos el tercer puesto después de superar a Francia (34-10)”.

- “Mis otras dos participaciones en un Mundial también son especiales. En Nueva Zelanda 2011, perdimos ante los All Blacks, que fueron los campeones, en los cuartos de final. Pese a eso, nos pasaron cosas muy buenas. En Inglaterra 2015, el equipo anduvo bárbaro (culminó cuarto). Pero, para mí, resultó un torneo raro: fui al banco ante los All Blacks, jugué contra Georgia y me lesioné antes del partido frente a Tonga. Me presioné mucho para recuperarme rápido y estuve muy estresado. Trabajé un montón y recién volví a estar disponible para las semifinales. Pero, bueno, ya venía desde muy atrás, y jugué el último partido, por el tercer puesto. Obviamente que, para el grupo, fue un Mundial impresionante. Pero a mí me mató esa lesión de casi cuatro semanas. Representó un momento difícil para mi cabeza, para mi cuerpo en general”.

- “Nunca me olvidaré del único triunfo ante Inglaterra en Twickenham (25-18), en noviembre de 2006. También voy a recordar por siempre la primera victoria frente a Sudáfrica en la historia (37-25). Se dio en Durban, en agosto de 2015; jugamos un partido casi perfecto y sometimos a Sudáfrica con lo difícil que es. Encima, coincidió con la celebración de Los Pumas del 65, que nos acompañaron. Ellos nos transmitieron sensaciones hermosas, y creo que a nosotros nos pasará lo mismo dentro de 30 o 40 años. Aquello que vivimos nos encantó; fue un plus para el partido”.

-¿Qué clase de líder sos?
-No pienso que soy un líder. Un porcentaje alto de las cosas que hago sale desde el corazón. Me considero un tipo bastante lógico y, en los últimos tres años, me encanta estar cerca de los más chicos del equipo para charlar, conocerlos, compartir y ver cómo se sienten. Si noto una irregularidad, una indisciplina, lo digo de manera frontal. Quizá soy un poco calentón al expresarme; esa no es mi virtud. Jamás voy a insultar ni a gritar, pero no soy político.

-¿Es jodido encarrilar a los más jóvenes del grupo por cómo está la sociedad?
-No, no; nunca renegué por eso. Todos entendemos los objetivos, las normas de convivencia y de respeto, que se cumplen a rajatabla. Si no, las cosas no funcionarían. Entonces, tratamos de ser simples y solidarios. Me gusta fomentar el compañerismo, la disciplina, el respeto y el orden. Todo esto aporta claridad y fortalece al plantel.

-¿Qué líder te impresionó en tu carrera?
-Pichot; jugamos juntos en Los Pumas y en Stade Français, y observé cómo piensa y cómo ejecuta. Está un tiempo antes que el resto. Es un adelantado.

-¿Quién es el hombre más influyente del rugby argentino en la última década?
-No lo dudo ni un segundo: Agustín Pichot es la persona más influyente en los últimos diez años del rugby argentino, por lo que trabajó para que sucedan las cosas que pasaron, por su convicción para cumplir los objetivos que se planteó, por cómo lleva a cabo sus ideas. Se logró la inclusión en el Rugby Championship y en el Super Rugby; hoy, existe una cantidad interesante de partidos. Es, además, el vicepresidente de la World Rugby.

-¿Nos hablás sobre Jonah Lomu, tu ídolo durante tu infancia y tu adolescencia?
-El jugaba cuando yo era más fanático, más enfermito del rugby, y a eso hay que sumarle el boom de los All Blacks. Me sorprendía su superioridad desde lo físico y lo atlético. Cuando se le ocurría hacer un try, lo metía. Adentro de la cancha, hacía lo que quería: te pasaba por arriba, cambiaba de dirección y desbordaba gracias a su velocidad y a su potencia. No había chances de que no fuera el mejor. Lo tenía todo. Se murió muy joven, y me tocó mucho. No lloré, pero lo sentí. Es más, también me pasó algo parecido cuando falleció Jerry Collins, un tercera línea de los All Blacks que me encantaba.

-¿El mejor tackle de tu vida se lo comió Sébastien Chabal?
-No, no (se ríe). Para mí no es un buen recuerdo porque me sacaron tarjeta amarilla y dejé al equipo con 14 en un partido importante del Mundial 2007. Igualmente, muchos recuerdan ese tackle por el contexto, porque se trataba de Chabal, que era el showman de esa Copa del Mundo por su tamaño gigante, su barba y sus pelos largos. Después, compartimos plantel en el rugby francés y nunca se tocó el tema. Porque todo era parte del show.

-Fuiste tercero del mundo bajo la conducción de Marcelo Loffreda y sos cuarto del mundo bajo la dirección de Daniel Hourcade. ¿La identidad de juego de esos dos seleccionados es la misma?
-No, es diferente. En su momento, teníamos un juego más conservador; jugábamos más con los forwards; usábamos muy bien el scrum, el maul, el pick and go con los forwards; pateábamos bombas arriba y presionábamos bien; y los backs hacían lo suyo. De hecho, hay tries muy buenos de los backs en el Mundial 2007. Ahora, en la era del Huevo Hourcade, el juego es mucho más dinámico y continuo. Pasa que también el rugby se transformó a medida que pasaron los años. Hoy, se corre muchísimo. Las preparaciones físicas están en un nivel altísimo, y los jugadores son maquinitas y tienen muy desarrolladas las destrezas.

-¿Cuál es la ubicación real de Los Pumas en el contexto internacional: 4º –según el último Mundial– o 9º –según el ranking de la IRB–?
-Estamos entre los mejores 10. Después del Mundial, vivimos un año de experiencias nuevas a través de los Jaguares en el Super Rugby y no estábamos acostumbrados. No solo por el juego, sino también por tantos viajes, por las giras de un mes, por estar lejos de la familia. A cada uno le pega diferente. Es desgastante, bastante trajín, por más que se disfruta mucho. De hecho, yo estaba como un chico de 20 años. No podía creer la posibilidad que se nos daba, por ir a jugar a Sudáfrica, a Australia y a Nueva Zelanda; por ir a jugar contra los Crusaders en Christchurch, frente a los Hurricanes en Wellington… Entonces, el nivel de Los Pumas bajó un poco.

-Para ganar en el Rugby Championship, hay que bordear la perfección. ¿Esa afirmación es verdadera o falsa?
-Verdadera; estoy convencido de eso. Si bien Sudáfrica no está en su mejor momento, hay que someterlos físicamente. Si ellos no están bien ni técnicamente ni con su sistema de ataque y de defensa, se debe sobrellevar y sobrepasar la densidad física de los sudafricanos. Entonces, no tengo dudas de que, para ganar los partidos en el Championship, hay que rozar la perfección. Si no, es muy difícil. Y ni hablar ante los All Blacks.

-¿Sería tan osado fantasear con tu cuarto Mundial en Japón 2019?
-No, no (se ríe). Me siento muy bien en lo mental y en lo físico. Pero soy lógico: voy a tener 36 años durante ese Mundial, y hay chicos que suben que se los ve muy bien. Como estoy tan o más motivado que cuando debuté, frente a Japón en abril de 2005, daré pelea. Después, dependerá de los entrenadores.

-Si Los Pumas terminaran entre los cuatro mejores del mundo en 2019, ¿se daría la épica o la lógica?
-No voy a hablar ni de épica ni de lógica. El trabajo que se hace está enfocado al 2019. El objetivo es volver a terminar entre los cuatro primeros del mundo.

Se perdió el inicio de la temporada, ante Kings y Stormers, por una lesión. Ya está listo para la acción.

-Charlemos sobre los Jaguares. ¿Qué concluiste tras la primera temporada en el Super Rugby?
-Fue un año de aprendizaje. Por ahí la gente piensa que significó un año malísimo, que los Jaguares somos un desastre, que somos un seleccionado que perdió ante clubes, y no es tan simple como eso. Hay que acostumbrarse a los largos viajes, a los arbitrajes y a la intensidad del juego. En el Super Rugby se juega desde las 22 yardas, desde el fondo, y se arriesga siempre. Es un rugby menos conservador que el que las selecciones llevan adelante. La adaptación es permanente, y no es que en un año vamos a ser como los Chiefs. Pienso que debemos optimizar todas las vivencias y, a partir de ahí, rescatar lo positivo.

-La competencia ya arrancó y el primer partido de local será el 11 de este mes ante Lions. ¿Qué desafío se plantearon para la temporada?
-Creo que debemos romper un factor mental: si, con Los Pumas, vencimos a Sudáfrica y estuvimos cerca de derrotar a Australia, ¿por qué no podemos ganarles a Stormers, a Waratahs, a Reds, con Jaguares? Esas experiencias tenemos que trasladarlas, manejarlas y potenciarlas. Considero que Jaguares progresó; el equipo se desarrolla bien y está en condiciones de lograr más victorias que el año pasado. Nos irá bien, tengo fe.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de marzo de 2017 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 18/04/2017

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