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Julio Lamas, la era de la plenitud

- por Darío Gurevich: 20/12/2016 -

Charla profunda con el entrenador más prestigioso que tiene la Liga Nacional: el actor que no fue, la añoranza de tomar un café con León Najnudel, varias pinceladas sobre su carrera, su equipo ideal, la Generación Dorada, Manu Ginóbili y cómo vislumbra a la Selección, el valor de la Liga, y la construcción hecha en San Lorenzo.

A los 52 años, posa en el estadio Roberto Pando, en el que su Ciclón, el campeón de la Liga, juega de local.

A Julio Lamas se le pide contar una historia suya, una anécdota, o hasta una característica, que se desconozca. Sin rastros de vanidad ni de falsa modestia, entiende que resulta un personaje conocido para nuestros lectores. El entrenador más prestigioso que tiene la Liga Nacional piensa y levanta la vista, como si fuera un acto reflejo. Está sentado en un cómodo sillón, de cara al vestuario de San Lorenzo, que se encuentra dentro de las coquetas instalaciones del Polideportivo Roberto Pando, estadio de básquetbol que es el disparador de la vuelta a Boedo. El coach, entonces, retrocede de modo imaginario en el tiempo y, por supuesto, detecta el hecho a describir.

“Mientras hacía el curso de entrenador de básquet, estudiaba teatro con Carlos Gandolfo y buscaba mi oportunidad como actor. En ese entonces, planeaba ser actor, como decía, o entrenador de básquet. Bueno, se dio lo segundo”, sintetiza.

-¿Realizaste las dos actividades al mismo tiempo?
-Sí… Entre los 18 y los 20 años, hice estas actividades distintas que ocupaban mis sueños. Estudié actuación hasta que terminé el curso de entrenador e, incluso, creo que hasta seguí dos años más con Gandolfo. Si no me equivoco, eran cuatro años. Sin embargo, se me presentó la oportunidad de trabajar en el básquet, con el equipo de Primera de San Andrés, y me aferré a esa chance sin dudarlo.

-¿Qué conservás de aquel actor?
-Todo lo aprendido se puede utilizar en distintas actividades, en diversos ámbitos. En ese caso, alguna cosa habré incorporado para poder, sobre todo, tratar de comunicarme con los demás en las distintas facetas que el rol del entrenador tiene.

-¿Qué aprendiste de tus viejos?
-Mi papá, Cesáreo, se murió cuando yo tenía ocho años. Tengo recuerdos afectivos y emocionales suyos. Mi mamá, María Vicenta, que estuvo al frente de mi crianza, me transmitió que la honradez y la decencia son valores primordiales, y que es importantísima la cultura del trabajo. Quizás mi mamá, que también falleció, sea la persona más trabajadora que conocí. Ella me inculcó esto con el ejemplo y me hizo notar el significado que la familia tiene en la vida.  

-¿Qué, de todo esto, les transmitís a tus tres hijos?
-Trato de enseñarles los mismos valores que aprendí, tal vez algunos otros porque la sociedad ha cambiado. Siempre les recalco que intenten ser felices, que persigan sus sueños, que encuentren aquello que les gusta en la vida y que traten de hacerlo bien, bajo esos valores.

-¿Qué etapa atravesás hoy, a los 52 años, como entrenador?
-La de la plenitud, la de la madurez; tengo experiencia al dirigir.

-¿Qué descubrís en esa plenitud?
-Se aprende todos los días; en cada temporada empieza una historia nueva, en la cual se debe estar alerta, en la cual hay que tratar de tener buenas ideas; y si no se tuvieran, habrá que corregir sobre lo que está. El deporte es una actividad para vivir el presente; mirar poco para atrás y, como decía, vivir el momento para dar lo mejor que se tiene adentro.

-Para vos, ¿qué es la Liga Nacional?
-La Liga es lo más importante que le pasó al básquet argentino en su historia. Es la competencia que nos permitió a todos ser profesionales, dedicarnos de manera exclusiva, y, a partir de ahí, crecer. Es un torneo bien parido, federal, que ha sido modelo, que han imitado otros deportes, y en el que se enfrentan durante nueve meses los mejores contra los mejores del país. Me parece la mejor liga de Latinoamérica. La Liga, además, se trata del principal, del fundamental escenario que tiene el básquet argentino. Me siento un hijo de la Liga y la quiero con el alma.

-¿Extrañás a León Najnudel?
-Sí… En realidad, lo tengo presente siempre. Me gustaría tomar un café con él.

-¿Sobre qué conversarían?
-Sobre básquet, la vida; hablaríamos de él y de mí. Yo lo extraño con alegría. Es una de las personas que más quise en la vida. La actividad del básquet también lo extraña. Era un líder, una referencia indiscutida para todos los estamentos, que se ocupaba del bien común. Aunque no sea tan fácil de medir, su ausencia se siente. León resultó único, porque fue formador de jugadores, entrenadores, periodistas, dirigentes, y tenía un pacto fundamental con la instalación de la Liga y con cuidar la actividad. El espacio que ocupó nadie lo puede reemplazar. León fue la persona más importante de la historia del básquet argentino.

-¿Qué aplicaste de aquellas largas charlas que mantuvieron?
-Hubo muchas cosas que él me dijo sobre el básquet y la vida. Yo pisaba los 22, 23, 24 años, y, en ese momento, recibía los conceptos. Por el respeto y la admiración que le tenía, los adoptaba y, con el tiempo, me daba cuenta del verdadero significado de las cosas que me decía, que fueron tan importantes para mi carrera y mi vida.

Le da indicaciones a Pablo Prigioni.

-¿Podés mencionar uno, al menos, de esos dichos?
-Me acuerdo de una frase: “Para ser entrenador de básquet, hay que saber de básquet. Pero también de varias cosas más para poder estar al frente de un grupo, guiarlo y liderarlo”. Yo, en ese momento, quería hablar siempre de básquet... También, me recalcaba que uno tiene que tratar a los demás como quiere que lo traten a uno. Muchas cosas que León me decía, en diferentes situaciones, las recuerdo como enseñanzas.

-¿Qué es lo más importante del espíritu de un coach?
-Ser auténtico; sin actuar ni imitar a nadie; ser uno mismo.

-¿Qué significó dirigir al Real Madrid?
-Es el club más famoso del mundo por afuera de la NBA. Allí crecí como entrenador y como persona, porque trabajé en una institución que contó y cuenta con profesionales de calidad. Es, sin dudas, uno de los clubes más importantes que dirigí.

-Afrontaste dos ciclos como entrenador de la Selección: 1997-99 y 2011-14. ¿Qué conclusiones sacaste?
-Haber dirigido a la Selección es lo más importante de mi carrera. Es el máximo orgullo. Se juntan el orgullo, justamente, con el alto nivel deportivo. Fueron experiencias de mucha plenitud que me hicieron crecer. Cuando dirigís a los mejores y competís en ese nivel, aprendés adentro de la cancha. La competencia internacional es una exigencia que te eleva. En la primera etapa, era muy joven, tenía apenas 32 años. Fue una situación de intensa felicidad. En cambio, en la segunda, esa alegría le hizo lugar al saber qué cargo ocupaba. Porque ser el entrenador de la Selección también es representar bien a los demás entrenadores y al básquet argentino en general. Ya, en ese segundo ciclo, entendí la importancia del cargo.

-Encima, coincidiste en tiempo y espacio con el tramo inicial y final de la Generación Dorada. ¡Qué caricia del destino!
-Me siento un afortunado… Es difícil dirigir a la Selección, mucho más que te toque dos veces, e incluso con la Generación Dorada, que fue un grupo extraordinario, de los más importantes que tuvo el deporte argentino, de jugadores con gran calidad, con ambición, que se comprometieron muchísimo con la Selección y que disfrutaron de jugar juntos con la camiseta argentina. El seleccionado fue el último espacio amateur que han tenido esos deportistas superprofesionales. Todo el cóctel dio como resultado un equipo inolvidable.

-En el básquetbol, ocurre una particularidad: los entrenadores más calificados integran el cuerpo técnico de la Selección para los torneos internacionales de renombre. En el fútbol, esto es impracticable. ¿Por qué?
-Creo que deben estar los mejores en la Selección, y el básquet lo hace. Considero que la actividad se ve favorecida por el orden y, entonces, los entrenadores unimos fuerzas para estar a la altura y demostrar que la Selección está por encima de los individuos. En el fútbol, no lo pueden hacer porque hay tantos intereses, tanto dinero de por medio, que les resulta muy difícil dar ese paso. Tienden a cuidarse y se retraen un poco. Es muy difícil abrir la situación.

-¿Esto no sucede por un tema de egos?
-No, no creo, porque en el básquet también hay egos que controlar. Considero que es por un tema de usos y costumbres de cada actividad. Nosotros, en el básquet, nos formamos al mirar a Estados Unidos, y ellos desarrollan esto como una práctica común, habitual. Por otro lado, se puede llevar a cabo porque esta cuestión dura un tiempo corto. Es decir, se hace durante un mes y medio para torneos determinados. Ningún entrenador permanece tres o cuatro años seguidos como asistente.

-¿A qué basquetbolistas que dirigiste no les encontrastes defectos?
-A Ginóbili no le encontré ninguno. Después, dirigí a un montón que tenían muy pocos, pequeñísimos. Pero, insisto, a Manu no le encontré ninguno.

-¿Ni cuando él era más chico, allá por 1997?
-No, ahí solo le faltaba experiencia.

-Si tuvieras que resumir a la figura de Manu en una frase, ¿qué dirías?
-Es el jugador que todos quisimos ser.

-¿Te animás a armar tu quinteto ideal sobre los jugadores que dirigiste?
-Dale… Prigioni, Ginóbili, Delfino, Nocioni, Scola y Oberto. Es un equipo de seis. De uno, juegan Pablo o Manu; de dos, Manu o Carlos; de tres, Carlos o Chapu; de cuatro, Chapu o Luis; y de cinco, Luis o Fabricio. Dame a estos seis y le jugamos a cualquiera y en cualquier cancha del mundo. 

-Se te complicaría decidir a los cinco iniciales, ¿o no?
-Los iríamos cambiando. Arrancaría desde atrás un partido cada uno.

Lamas espía por detrás de Carlos Delfino, y Andrés Nocioni aplaude. Fue en su segunda etapa al frente de la Selección (2011-14).

-¿Te sorprendió el enorme salto de Nicolás Brussino: de Peñarol a Dallas, de la Liga Nacional a la NBA?
-Sí... Wolkowyski lo había hecho antes; el Colorado se fue de la Liga a la NBA en el 2000, y Brussino lo hizo en 2016. Esta vez no me impactó tanto como hace 16 años. Antes, parecía que allá jugaban extraterrestres y, por eso, ningún argentino iba a poder llegar. Hoy, ya contamos a más de diez argentinos en la NBA. Está visto que, desde nuestro país, se pueden ir para allá. También, lo pueden hacer desde Europa o desde el básquet universitario, como fueron los casos de Pepe Sánchez y de Garino. Están los distintos caminos. Argentina tiene talentos que pueden aspirar a la NBA.

-Nicolás Laprovittola y Patricio Garino se probaron en San Antonio, Facundo Campazzo la rompe en el Murcia, Marcos Delía desanda su primera experiencia europea en ese equipo español. Todas son buenas noticias…
-Sí, porque la Selección vuelve a tener a jugadores jóvenes en los espacios de elite mundial: NBA, Euroliga y Eurocup. Esto es muy bueno e impacta como beneficio para la Selección. Ojalá se agreguen algunos más.

-¿Cómo vislumbrás a la Selección?
-Creo que seremos competitivos. Venimos de nueve podios consecutivos en América y considero que vamos a estar entre los ocho o diez mejores del mundo. Bueno, con la Generación Dorada, nos acostumbramos a estar entre los tres o cuatro primeros. Quizás haya que volver a armar un núcleo fuerte y desarrollarlo para ilusionarnos otra vez.

-Regresemos a tu carrera. ¿Cuáles son los picos de felicidad?
-Los títulos ganados; el vestuario con los jugadores al tirar para el mismo lado, que es una de las cosas que más me gusta. Soy entrenador de básquet porque amo el juego, porque creo que ser parte de un equipo es mucho más grande que lo que podés hacer por tu cuenta, y porque me gusta desarrollar cosas junto a personas. Estar con 12 tipos, elaborar un plan para enfrentarte contra otros y conseguir algo es un pico de felicidad.

-¿Cuál es el revés más doloroso, más amargo, que padeciste?
-La medalla de bronce que no pudimos ganar en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Esa derrota ante Rusia fue durísima. De todos modos, no me reprocho nada porque analizo los errores para la siguiente oportunidad, y acá no la hubo. Cuando se sale campeón, se da vuelta la página. Cuando la competencia se termina y no se cumple el objetivo, también. Si no, la carga sería muy pesada. Siempre se observa la labor realizada para aprender y, luego, empezar otra vez. Cada temporada se arranca de cero, y una de las maneras de cumplir con eso es dejar atrás todos los partidos ganados y perdidos, y estar enfocados únicamente en el presente.

-Tengo ganas de tener un equipo de básquet.

-Bueno, entonces, lo vas a tener.

-En serio, quiero tener un equipo en la Liga. Tengo un equipo de vóley…

-Lo sé, conozco al equipo de vóley…

Los interlocutores se cruzaron de manera casual en diciembre de 2014. Marcelo Tinelli, vicepresidente de San Lorenzo, le comentó la nueva aventura que deseaba emprender a Lamas. Meses después de aquella ágil conversación, el Ciclón compró una plaza en la Liga Nacional, y Marcelo lo llamó a Julio. “Me invitó a desarrollar durante dos temporadas al segundo equipo profesional del club. Además del entrenador, creo que buscó en mí a una persona de confianza, que hace muchos años está en la actividad. Y con un agregado: él y yo somos hinchas de San Lorenzo, y eso terminó de redondear la cosa”, explica.

Bajo la bandera azulgrana, Lamas escribió historia dorada: el club ganó su único título en la Liga -modelo 2015/16-, fue el primero de la Argentina que se enfrentó ante un equipo de la NBA (caída ante Toronto por 122 a 105), y disputará su primer torneo internacional, la Liga de las Américas, a partir de enero del año que viene.

-¿Sos refundador en el básquetbol de San Lorenzo?
-No, no... Yo no escribí historia dorada, el equipo la escribió. Solo tengo la porción que le corresponde al entrenador. Me tocó participar en esta etapa, en este momento histórico; se dio naturalmente.

-¿El memorable duelo ante Toronto, en Canadá, fue el inicio de qué?
-Fue trascendente; disputarlo significó una responsabilidad y un orgullo. Lo jugamos porque se nos ocurrió gestionarlo. Considero que esto puede servir para que otros equipos de la Liga Nacional se enfrenten contra equipos de la NBA en un futuro. Creo que todos nuestros jugadores que fueron y que son NBA, más los resultados de la Selección Argentina en los últimos 15 años, más nuestros dos abanderados olímpicos (Emanuel Ginóbili y Luis Scola), que tan buenos embajadores son, hicieron que nos abrieran la puerta.

-Tu carrera como entrenador es de novela. ¿Qué te moviliza todavía hasta tocarte las fibras íntimas?
-Esta temporada con San Lorenzo: la competencia en la Liga Nacional y en la Liga de las Américas; el vestuario con el grupo al tirar todos para el mismo lado, el partido que jugamos ante Toronto, y la vuelta a Boedo, a ser locales en nuestra cancha, que es el regreso a las raíces… Un acontecimiento importantísimo para el club que excede al básquet. Todo esto me mueve las fibras íntimas, igual que el primer día.

-El primer día en Sport Club, de Cañada de Gómez, allá por 1989, ¿verdad?
-Sí… Desde afuera, se ve otra cosa. Pero no tengo otra manera de sentir, sino otra experiencia para manejar situaciones. Si pego un salto de menos centímetros, es porque ya salto menos. Pero lo que me corre por adentro es lo mismo de siempre.

-¿Lo más difícil que lograste en los últimos años es defender el prestigio?
-Obviamente que mantenerse es más complicado que llegar. Al ganar, sube el nivel de dificultad. Los demás quieren vencer al campeón, y la exigencia se eleva. Entonces, debemos crecer para volver a consagrarnos. Por otro lado, siento que haber sido campeón en diferentes equipos refuerza mi confianza y mi convicción. Conozco qué hace bien para conseguir los objetivos. 

San Lorenzo es el séptimo club argentino que dirige. Es el único coach en ganar la Liga con cuatro equipos distintos.

-Sos el único entrenador que ganó la Liga con cuatro equipos distintos. ¿Tu desafío es lograrla en temporadas consecutivas por primera vez?
-Esta es una temporada movida. Hay varios desafíos. Por un lado, queremos desarrollar aún más el básquet formativo de San Lorenzo. Hace un año, había 34 jugadores. Ahora, hay 240. Ojalá se pueda aumentar más la cantidad de chicos federados, la base en la escuela de básquet y la cantera de reclutados. En los últimos 15 meses, se mejoró en las instalaciones. Se hizo una cancha para entrenarnos debajo de la platea sur del estadio de fútbol, y se construyó este polideportivo, en Boedo, para entrenarnos y jugar. Esto también tiene que ver con el proyecto. En cuanto al juego, ahora, el desafío es constituirnos de la mejor manera posible, tratar de ser un equipo que juegue bien. Llegado el momento, si está la opción de disputar finales, vamos a intentar ganarlas. Yo parto desde un origen: amo el juego, me gusta competir y me mueve la fibra íntima el próximo partido. Entonces, jamás pondré el verbo ganar antes que el recorrido que se debe transitar. Ganar es una consecuencia de cómo jugás. Por eso, nosotros tenemos que intentar ser un buen equipo. Esto lo disfruto, lo vivo más pleno que nunca. Se trata de construir, guiar a un grupo humano, y desarrollar a un equipo de básquet.

El comité de excelencia
En la edición de septiembre, en la sección Disparador, planteamos la posibilidad de conformar el Comité de Excelencia Deportiva en la Argentina, a través de las mentes brillantes de nuestro país, en busca de sugerencias para implementar políticas a corto, mediano y largo plazo. Se trata, en definitiva, de conjugar método con inspiración, de creer más en la construcción que en los milagros. Julio, ¿si te propusieran integrarlo junto a Julio Velasco, por ejemplo, aceptarías? “Sí; los entrenadores siempre estamos predispuestos a aportar para el bien del deporte, es un poco nuestro rol. Además, Julio Velasco es uno de los mejores entrenadores argentinos al contemplar a todos los deportes. Resulta una autoridad, un coach muy inteligente que siempre dice cosas interesantes”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de noviembre de 2016 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 20/12/2016

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