RUGBY

Nicolás Sánchez, el arte de superarse

- por Darío Gurevich: 25/06/2016 -

Charla íntima con el goleador del último Mundial: los reveses en su carrera, el consejo de Les Cusworth para cambiar “ese físico de bailarina”, la consolidación como figura, su método para patear a los palos, Los Pumas, los Jaguares, y el sueño de ser campeón del mundo.

Ahí está, en Buenos Aires Cricket & Rugby Club, donde los Jaguares se entrenan. Es una de las figuras del equipo.

Es el epílogo de octubre de 2015. Los All Blacks vencen a Australia y son campeones del mundo. Nicolás Sánchez resulta el goleador del Mundial de Inglaterra con 97 puntos, a través de 20 penales, 13 conversiones, dos drops y un try al cabo de seis partidos. Solo no le anotó a Namibia, porque no jugó.

El apertura, clave para que Los Pumas alcanzaran un valioso cuarto puesto, pega un salto de calidad en su carrera. Aquel pibe que empezó a divertirse con el rugby a los ocho años en Tucumán Lawn Tennis Club, que sentía adrenalina cada vez que se armaba un partido, que gritaba como un condenado cuando caía inevitablemente en el césped y se daba un ruck, que tenía miedo de que lo golpearan, cristaliza uno de sus sueños. El tucumano, que se inició como medio scrum y que se paró de centro hasta que se consolidó de 10, se transforma en una de las tres figuras del seleccionado argentino en el torneo de mayor envergadura y conquista un intangible: el respeto internacional. Su goleo impresiona, al igual que su aporte en defensa: 60 tackles, 85% de efectividad en ese rubro.

El Cachorro -apodo que ligó en su infancia por ser chiquito y bastante hincha, por romper todo lo que tocaba- trasciende el microambiente del rugby. En un país copado por el fútbol -como es la Argentina-, el grueso de la gente lo identifica. ¡Otro triunfo sólido! Hasta acá, pareciera que el protagonista, de 27 años, es un elegido, un tipo que nació con un talento sin igual. Bueno, lamentamos desilusionarlos. Porque Sánchez resulta un producto del trabajo, de la perseverancia, del arte de superarse. “Mi historia es rara. No siempre me tocó jugar en los equipos que estuve. Creo que la mayoría de las cosas fueron más malas que buenas en mi carrera”, admite para luego enumerarlas.

  • “A los 17 años, me fracturé la mandíbula antes de jugar una final con mi club. Después, me perdí un Campeonato Argentino de Menores de 18”.
  • “Integré Los Pumitas en el Mundial de Irlanda -en Menores de 19- y en el de Gales -en Menores de 20-, y jugué poco y nada. Fue doloroso, sobre todo tras el primero. Estaba ilusionado, era mi primer desafío importante, y me golpeó no haber participado. Lloré durante esa Copa del Mundo. Es más: no sabía si quería seguir jugando al rugby. Cuando volví a Tucumán, jugué pésimo durante un mes y medio o dos en mi club. Creo que era mental. Porque me llamaron para subir a la Primera, lo que me motivó, y salí del pozo”.
  • “Después de regresar de uno de esos Mundiales en los que no jugué, Ricardo Le Fort, el manager del plan de alto rendimiento de Tucumán, me llamó para decirme: ‘Hay un inglés, que colabora con la UAR, que se llama Les Cusworth, que quiere hablar con vos’. Yo salí corriendo y nos juntamos en un hotel. ‘Vi cosas buenas en vos -arrancó Les-. Si cambias ese físico de bailarina, podrías jugar en Los Pumas en un tiempo’. Y me interné en el gimnasio (se ríe)”.
  • “Luego del Mundial 2011, firmé con Bordeaux. Estuve tres años en el club y no jugué nada. Desde lo deportivo, fue muy malo. Me la aguanté por el hecho de respetar el contrato. Me entrenaba a fondo, pero solo jugaba en Los Pumas. Igualmente, esa situación me sirvió para no aflojar y fortalecerme desde lo mental”.

-¿Qué aprendizaje te dejaron esos reveses?
-No jugar me ayudó para superarme. La vida da vueltas; podés estar arriba o abajo. Cuando estás arriba, no tenés que creértela ni confiarte. Porque podés bajar en un segundo. Y, si estás abajo, sabé que, de todas maneras, podés ser exitoso.

-Contanos una enseñanza que te marcó.
-En mi club, me entrenó siempre Bernardo Urdaneta, un obsesivo del entrenamiento y del armado del equipo. Nos enfrentábamos ante unos sudafricanos en Córdoba, en Menores de 17. Ellos eran gigantes y nos masacraron en el primer tiempo: 19-0. Entonces, Bernardo nos motivó: “Hay personas comunes que logran cosas extraordinarias”. Y, en el segundo tiempo, les metimos tres tries y les empatamos. Ahí entendí que la convicción y creer en uno mismo son muy importantes.

-Haber “perdido” tres años en Bordeaux, te rindió en Toulon, otro equipo de Francia. ¿Coincidís?
-Sí, fue una linda recompensa. Jugué más en los seis meses en Toulon que en los tres años en Bordeaux, y encima compartí el vestuario y la cancha con jugadores que tenía de la PlayStation: Matt Giteau, Bryan Habana, Chris Masoe. También, estaban Jonny Wilkinson, que me entrenaba la pegada, y Juan Hernández y Felipe Contepomi. Ellos tres fueron siempre mis referentes.

-Te preguntaste: “¿Qué hago entre estas bestias?”.
-Sí, por supuesto. Al principio, era raro. En el primer entrenamiento, estaba tensionado. No quería tirar un pase mal para que no pensaran: “Uh, este es un muerto”. A medida que pasó el tiempo, me acostumbré a estar con ellos. 

-¿Qué rescataste de estos fuera de serie?
-El juego defensivo de Felipe, porque se paraba acá (pone una de sus manos a centímetros de la cara); Juan Hernández tiene todo: destreza, pie, pase, ataca, tacklea; Giteau juega a una velocidad diferente; y Wilkinson es un enfermo de los detalles en cuanto a la patada.

-¿Siempre tuviste buen pie?
-No lo sé. Desde chico, jugaba al fútbol con mi hermano y en el colegio. Pero cuando arranqué en el seleccionado tucumano y en la Primera de mi club, entrené más la patada. Por eso, lo mío es práctica. Además, la confianza resulta importante. Si sale bien en los entrenamientos, no tiene por qué salir mal en los partidos.

-¿Adónde hay que impactar a la pelota para que el tiro a los palos sea correcto?
-Trato de pegarle cinco centímetros arriba del extremo inferior de la pelota. Si la agarro ahí, saldrá bien direccionada. Si le entro más abajo, saldrá alta y corta. Si le doy más arriba, no levantará vuelo. Igualmente, hay otros jugadores que patean de otra manera. 

-¿Nunca les hiciste marquitas a las pelotas? Pienso en esos cinco centímetros (risas)…
-¡No! Cuando agarro la pelota, ya miro ese lugar. Cambié muchas veces de tee, de formas de patear, o los pasos que hacía para el costado, pero nunca marqué pelotas.

Se sumó a los Jaguares porque quiere seguir ligado a Los Pumas; además, le seducía volver a vivir en la Argentina.

-¿Qué considerás que es lo más importante para el pateador?
-No modificar la manera de patear y confiar en lo que sabe. Apenas llegué a Toulon, quería hacer lo mismo que Jonny Wilkinson. Juro que, antes de enfrentarnos contra Clermont, no la podía meter adentro de los palos. “Pateá naturalmente, como sabés. Después, vamos a entrenar”, me tranquilizó.

-¿Cuál es tu primera imagen vinculada a Los Pumas?
-En River, frente a Australia. Estaba de gira con el club y fuimos a la cancha. Recuerdo que me senté al lado de mi mejor amigo, nos miramos y nos dijimos: “Hasta no llegar a Los Pumas no paramos”. Obviamente, nunca creí que lo iba a lograr. Porque, en su momento, me veía muy lejos de las figuras, como Juan Hernández y Felipe Contepomi.

-¿Qué recordás sobre tu primera citación importante al seleccionado?
-Fue muy raro, porque se dio el día en el que salimos campeones de la Vodacom Cup 2011 con los Pampas XV. Justo, en esa final, me golpeé la cabeza, sufrí una conmoción cerebral y no me acordé de nada hasta las 21. No recordaba ni la final, ni los festejos, ni el tercer tiempo. Entre las 15, cuando esa final se terminó, y las 21, habré preguntado 200 veces: “¿Es verdad que me llamaron de Los Pumas?”. Volví locos a todos; se me había apagado la grabadora (se ríe).  

-Si tuvieras que elegir tres momentos significativos en Los Pumas, ¿cuáles serían, y por qué?
-Un abrazo con Joaquín Tuculet, cuando Juan Imhoff hacía el try ante Irlanda, por los cuartos de final del último Mundial. Después, un abrazo con Juan Hernández al ganarle a Francia en la última jugada, en París. Los tackleamos adentro del ingoal y el partido se terminó; ahí nos abrazamos en pleno ingoal. Por último, otro abrazo con Imhoff tras vencer a Gales en el Millennium.

-Ahora, ya frío, ¿disfrutás más del cuarto puesto conseguido en el último Mundial?
-Se digirió; siempre me va a quedar la sensación de que podríamos haber llegado a la final. Esos 20 minutos ante Australia son difíciles de olvidar. Porque los jugamos mal, y si lo hubiéramos hecho de otra manera, habríamos clasificado a la final. También, hubo otra situación: Escocia perdió en el último minuto ante Australia, por los cuartos de final; y si hubieran pasado los escoceses, la historia habría sido diferente. Obviamente que estoy conforme. Pero, en mi interior, sé que podríamos haber estado en el partido que definía el título. Ahora, ya pasó y no podemos vivir de ese cuarto puesto. Debemos afrontar el Rugby Championship y las ventanas, que son desafíos importantes. 

-¿Qué moraleja te dejaron los Championships que jugaste?
-El mínimo error es punto para el rival. Eso está bueno para no equivocarse tanto; y si nos equivocamos, nos comemos 70 puntos, como contra Sudáfrica.

-¿Qué te genera ser el último goleador del Mundial?
-Me sirve desde lo mental, me ayuda para la confianza. Pero fue una circunstancia que se dio y trato de que no me influya, más allá de lo que conté.

-¿Los Pumas en qué crecieron en la Copa del Mundo?
-En la mentalidad; por el nivel de confianza que alcanzamos, creíamos que a Australia le podíamos ganar, que si nos hubiera tocado una final ante los All Blacks, la habríamos ido a ganar.

-¿Ya son una selección de elite internacional?
-No, hay seleccionados muy superiores. Se está cambiando el histórico juego de Los Pumas, que se basa en la garra, en la actitud y en el tackle, para jugar bien al rugby e intentar acercarnos al nivel de las potencias. Todavía nos falta mucho.

-Hablemos sobre tu actualidad: los Jaguares. ¿Qué te parece el Super Rugby, torneo que experimentás por primera vez?
-Es muy competitivo; nos va a ayudar mucho para trasladar este juego, este nivel, esta velocidad, este contacto a Los Pumas. Los partidos son muy físicos, tremendamente duros, y el tema será mantenerse para jugar muchísimo en el año. 

-¿Qué deben mejorar?
-La defensa porque recibimos muchos puntos. 

Los Jaguares volverán a jugar como local el sábado 14 de mayo frente a The Sharks, en Vélez.

-A veces, se equivocan y se los critica. Pero los errores son inevitables, sobre todo si se apunta a crecer desde el juego en un nivel de excelencia. ¿Qué pensás?
-Al arriesgar, hay una probabilidad de que algo no salga bien. A veces, se nos critica por salir jugando desde abajo. Pero, por eso, metimos un try de 70 metros ante Chiefs. La idea es jugar. Pero, en la última pelota de ese partido, la pateamos. No sé si teníamos miedo a perderlo (finalmente, lo perdieron sobre la hora). Por ahí, si la hubiéramos jugado, habríamos encontrado espacios. Esa jugada y tantas otras nos servirán de aprendizaje. Afrontar 18 partidos de este nivel nos hará crecer.

-Ultima: ¿cuál es tu sueño?
-Ser campeón del mundo.

Algo más sobre el cachorro
Nació el 26 de octubre de 1988, en Tucumán. Mide 1,77 metros y pesa 83 kilos. Estudió abogacía y ciencias económicas, pero les dedicó poco y nada de tiempo para progresar en el rugby. Tenía apenas 20 años, y la decisión le salió bien. Calentón e impulsivo -características que asume como defectos-, se enoja con la gente impuntual. Argumenta que se trata de “una falta de respeto”.

Firme en sus convicciones, reconoce que le gustó ir a terapia: “Hice dos veces: una en Tucumán, creo que fueron cinco o seis meses; y la otra en Buenos Aires, durante tres o cuatro meses. Me sirvió muchísimo, sobre todo para ordenar la cabeza”. Hombre que se aburre si no juega al rugby tras una semana -lo mismo que le sucede a su compañero, Joaquín Tuculet-, admite a qué le tiene miedo: “Al fracaso. Si competimos en un torneo, tenemos que llegar a las instancias finales. Ahora, si el equipo dejó todo y el rival es mejor, no hay con qué darle”.

Por Darío Gurevich / Alejandro Del Bosco

Nota publicada en la edición de mayo de 2016 de El Gráfico

 

 

Por Darío Gurevich: 25/06/2016

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