LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Marcelo Barovero, cuando un Trapito se va

- por Diego Borinsky: 05/04/2016 -

En tres meses dejará el arco de River y la gente no pierde oportunidad para agradecerle y pedirle que no lo haga. Charla a fondo con el hombre que se ganó el puesto, la idolatría y la capitanía hablando en susurros. Repaso de estos cuatro años increíbles, repletos de proezas y emociones.

Barovero en el arco del Monumental. Llegó a River en 2012 y ante Central cumplió 150 partidos oficiales.

“Le cumplí el sueño a mi hijo”.

Van apenas 12 minutos de la final del Mundial de Clubes, y el resultado aún se mantiene 0-0. Lionel Messi la recibe de Iniesta, a un metro del punto del penal, y gatilla el zurdazo. Marcelo Barovero saca su brazo izquierdo en un milisegundo y, mientras vuela hacia su palo izquierdo, consigue desviarla con la punta de sus dedos. Luego, se reincorpora como un felino y se lanza sobre el balón, antes de que el pequeño genio la empuje casi sobre la línea. Pero resulta que el pequeño genio, en vez de maldecir y enfadarse por el gol que le robó el SuperMar (celo) de verde, va y le tiende el brazo derecho para ayudarlo a levantarse. Y, una vez que está de pie, le acaricia la cabeza.

“Le cumplí el sueño a mi hijo”.

A menudo los hijos se nos parecen, canta el Nano Serrat. Y Agustín Barovero, de 9 años, el mayor de los tres hijos del arquero de River, es… arquero. Por ahora de entrecasa, claro. Es la edad en que los hijos ven a los padres como héroes. Ya vendrán la adolescencia y la rebeldía. Mientras tanto, cada vez que podía sentarse con su papá a ver los partidos de Champions por TV, le comentaba, con la inocencia propia de la edad: “¿Y vos cuándo vas a jugar contra el Barcelona?”. Más aún: “¿Y vos cuándo le vas a atajar un tiro a Messi?”. Eso: ¿cuándo?

A los 12 minutos de la final de un Mundial de Clubes. Y flor de tiro, hijito. Papá cumplió. Que 23 minutos después se rompiera el hechizo, Cenicienta volviendo de raje al palacio, el carruaje hecho calabaza y Messi convirtiendo el 1-0 no viene al caso, al menos para esta pequeña historia que contamos.

-Cuando me dio la mano para levantarme, le dije eso a Lionel. Siempre veíamos como algo inalcanzable enfrentar al Barcelona, no solo mi hijo, yo también, y Agustín me lo decía seguido: “¿Y vos cuándo vas a jugar contra el Barcelona? ¿Y vos cuándo le vas a atajar un tiro a Messi?”. Se dio esa jugada, me acordé y se lo dije.

-¿Te felicitó Messi?
-No recuerdo, la verdad que no recuerdo, solo que le hice ese comentario.

-¿Lo conocías?
-No. La primera vez que lo vi fue antes de entrar a la cancha a jugar esa final, en el pasillo. Ahí se acercó a saludar Mascherano, al que conocía de las selecciones juveniles (ambos son categoría 84) y se dieron algunos saludos más, entre ellos con Messi. La verdad que hubo mucho respeto de todo el equipo del Barcelona. Nos deseamos suerte, lo normal.

-¿Después de tu atajada del principio volviste a hablar con Messi en el partido?
-No, recién cuando terminó, que me acerqué a felicitarlos, como mis compañeros. Le pedí a Lionel la camiseta, pero se habían anticipado, llegué tarde (risas). Y un rato después, ya en el pasillo que comunicaba los vestuarios, que estaban muy pegados, le pedí si me cambiaba el buzo de Bravo. Le di el mío y a los pocos minutos llegó con el buzo de Bravo, y con un par de botines en la mano. “Estos son para tu hijo”, me dijo. Eran los botines de él.

-¿Y vos?
-Nada, me quedé mudo de admiración. Jamás me imaginé que iba a hacer eso.

-Es decir que el tipo se acordó de ese comentario que le hiciste al comienzo del partido y, sin que se lo pidieras, te regaló los botines para tu hijo. ¡Qué lindo gesto!
-Totalmente, así fue. Un gesto del más grande.

-Me imagino que al salir del estadio llamaste a tu hijo para contarle…
-Le mandé una foto con los botines...

-Y le escribiste: "¿Adiviná de quién son?".
-Exacto, así es (sonríe). Agustín no lo podía creer. Más aún cuando llegué y se los di.

-Le dijiste: “Guardalos bien, que en 20 años valdrán unos cuantos millones”…
-No, no, Agustín me pidió que los guarde con mis cosas, en el museo que tengo. Y ahí están ahora.

Ahí están. Los botines y el gesto. Los dos gestos, en realidad. El de Messi, que lo humaniza frente a quienes solo se detienen en sus goles, apiladas, títulos y trofeos. El de Barovero, que retrata su modestia: no anduvo contando la proeza a los gritos. Y si lo relata ahora, es porque nos enteramos por otro lado y se lo preguntamos.

Es viernes 19 de febrero. El SuperMar (celo) de River se acerca a paso lento al arco de la Sívori para las tomas fotográficas, y aún le dura la bronca por el zapatazo al ángulo que le clavó Gabriel Carabajal, de Godoy Cruz. Desde al lado, el arco se ve grande. Demasiado grande. Mucho más grande que desde la tribuna. No es joda custodiarlo. Luego de las fotos, se prestará durante una hora a la charla. Faltan solo unos meses para que se cumplan 4 años de su llegada a River y esta será su primera nota en El Gráfico como arquero del club. Primera y última, seguramente. Una buena excusa para repasar los momentos vividos, como reza el cantito, y palpitar los que restan, que el público disfrutará con melancolía y tristeza. Arrancamos por Messi y el Barcelona, casi el final de la historia, así que seguimos por allí…

-Después del 3-0, ¿no tuviste miedo de que viniera la goleada?
-No. Esa final fue uno de los pocos partidos que no quería que terminara. La verdad que cada vez que me pongo a pensar en lo que fue, en el lugar que estuvimos, me agarra nostalgia, una mezcla de nostalgia, orgullo y alegría de haber llegado ahí, no sé si por la lejanía, por lo que cuesta llegar, porque es lo que uno soñó desde chico. Y encima por tener enfrente al mejor equipo de la historia. Por eso, ni pensé en una posible goleada. Al contrario, recuerdo haber mirado el tablero, creo que iban 65 o 68 minutos, y en ese momento pensé que no quería que se terminara.

El saludo con Messi al final del partido. Se conocieron ese día y Leo le regaló los botines.

-Pero te podías comer más goles, un resultado catastrófico…
-Cuando uno entra al campo de juego, debe aceptar que hay tres resultados posibles, y que lo importante es competir y probarse. Y entonces, en el transcurso del partido, uno quiere mostrar sus armas, más allá de todo.

-¿Sentís que el Barcelona bajó el pie del acelerador, que no quiso humillar a River? En su país meten de a 5, 6 o 7…
-No, para nada. Yo vi que Neymar siguió encarando, Suárez se siguió moviendo, el técnico siguió al lado de la raya exigiendo. Es lógico que si tenés un resultado amplio a favor, te tranquilizás, pero siguieron intentando.

-La verdad, ¿te habías llegado a ilusionar con un triunfo?
-Sí, obvio, obvio, cualquier futbolista de estas tierras, si algo tiene que lo distingue, es esa mentalidad, la de nunca creerse menos que nadie. Fue muy bueno poder enfrentarlos y medir fuerzas, y al final te queda la tranquilidad de que no solo son los mejores en sus puestos, sino a nivel colectivo. Es para aplaudirlos.

-¿La semifinal la jugaron con tremenda mochila, no? Vos declaraste que durante ese partido pensabas en el sacrificio de los hinchas…
-Sí, perder ese partido sí hubiese sido catastrófico, porque llegar a la final era la ilusión de todos.

-Voy para atrás en el tiempo: ¿quién te trajo a River: Almeyda, Passarella, de quién fue el interés?
-No lo tengo claro. A mí, la verdad, nunca me llamó un técnico para avisarme que me iba a pedir, como ocurre con frecuencia ahora. En realidad, el único que me llamó en un momento fue el español Serra Ferrer, para jugar en Grecia. Me junté con él, justo cuando salía de Rafaela e iba a Huracán, y al final no se dio.

-¿Y qué pensaste cuando River se interesó en vos? Era justo el regreso a Primera tras el Nacional B…
-Primero y principal, venía a un club enorme, un gran desafío para mí. Después, sí, estaba acostumbrado a un gran equipo como Vélez, que venía de ser campeón y protagonista en Copas internacionales y desde un primer momento supe que en River no participaríamos en Copas y que las cosas iban a ser difíciles, aunque al mismo tiempo sabía que había todo por ganar. Después, sinceramente, al llegar al club, me sorprendió el estado de muchas cosas…

-¿Qué cosas?
-Infraestructura especialmente. Venir de un club modelo en ese momento, como lo es Vélez, con un predio impresionante, y bueno, ver ciertas cosas acá (sonrisa), fue todo llamativo, pero yo la he luchado desde abajo, así que tampoco me iba a asustar por eso. Por otro lado, tampoco hubo mucho para pensar, porque la operación se hizo muy rápido.

-El día que ganaron la Libertadores, Gallardo fue abrazando a todos los jugadores en el podio y con vos se quedó un rato más largo. “A Marcelo le va todo por dentro”, me dijo.
-La verdad que sí (sonrisas), soy de pensar mucho las cosas. También es un puesto en el que no estás constantemente quemando energía corriendo, tenés que analizar qué puede pasar, qué hice bien, qué hice mal, y ya viene otra jugada y es difícil. También, por el lugar que uno ocupa como referente y por ser de los más grandes, tenemos otro vínculo con el cuerpo técnico.

-Pero es así eso de que procesás todo muy para adentro, y no sacás nada para afuera…
-No es que lo sufro tanto. Tuve compañeros de los que aprendí mucho y eso me ha generado convicciones y siento que me da mucho respaldo… El Flaco Comizzo, Diego Alarcón, Hugo Barrientos, Claudio Ubeda, el Tano Ortiz, Seba Domínguez, fueron muchos los jugadores que tuve al lado y a los que realmente escuché. Es la mejor manera de crecer y de anticiparse a las experiencias que pueden venir.

-Se te ve poco demostrativo, y la primera imagen que me viene es el festejo sin gritos con tu dedito en alto tras atajarle el penal a Gigliotti…
-Salió así. Se habló mucho de ese festejo, pero el problema, en ese momento, es que quedaban 90 minutos y no habíamos ganado nada. Como arquero, uno está constantemente imaginando cosas y hasta que no llegás al vestuario, realmente andás preocupado y pendiente de que no entre ninguna pelota.

-Si esa noche, por adentro eras una bomba atómica de felicidad, no nos enteramos…
-Es que solo pensaba en seguir y desear que pasáramos. Ese partido con Boca fue un antes y un después. Veníamos muy bien, marcando un camino, y todo lo que quieras, pero acá, si no ganás, más contra el clásico rival, hubiese sido un golpe durísimo para toda la estructura que se estaba armando.

-Hasta ese momento, no habían ganado nada con Gallardo…
-Claro, de hecho después Racing nos arrebató el torneo, así que es difícil. Yo lo vivo de esa manera: hasta que no se consiguen los logros, realmente uno no estalla.

En River le patearon 15 penales en tiempo regular y solo atajó 2: a Franzoia (Unión) y el histórico a Gigliotti.

-¿Vos sabías antes de que pateara Gigliotti que eras malo atajando penales?
-En River había atajado uno solo, en Rafaela tenía un buen promedio (se pone a la defensiva), en Huracán estuve un año y no me acuerdo… pero sí, no era lo mío, la verdad que no soy un Goyco para nada (larga la sonrisa, aceptando su debilidad). A la mañana había visto los penales que había pateado Gigliotti y en el momento en que mis compañeros protestaban, me alejé de la jugada, para tratar de pensar y estar lúcido. Tuve fortuna, me iluminé…

-Adivinaste el palo pero casi te pasás…
-Sí… cuando las cosas tiene que ser, son.

-Dijiste que ese partido fue un antes y un después, ¿por qué?
-Porque una derrota nos hubiese marcado mucho, nos hubiese hecho tambalear. Más allá de que todos tenemos las convicciones claras, ¿cómo lo explicás a veces en nuestro fútbol si no se dan los resultados? Y después se vino todo junto, todo bueno, eh, pero era la primera vez que River eliminaba a Boca en una Copa, estábamos en nuestra casa… Muchos después me cargaban por el festejo y por la conferencia de prensa posterior, que no fui muy demostrativo, pero para mí lo más importante es obtener los títulos. Y faltaba eso. Después, terminó saliendo todo redondo.

-En la vida cotidiana, con tu mujer y tus hijos, ¿también sos poco expresivo?
-(Sonrisa un poco más ostensible) Preguntales a ellos, no sé… Puertas adentro trato de disfrutar, de aprovechar…

-¿Te sale una puteada cada tanto?
-Sí, sí, con ellos es como uno debe ser, je, después, puertas para afuera, realmente uno está pensando siempre la situación, porque todo cambia una vez que vestís esta camiseta y es difícil manejarse afuera.

-Cuando decís que aquel clásico marcó un antes y un después, ¿también significó un clic en tu relación con la gente de River?
-Creo que a todos nos marcó, pero sí, es una jugada que nadie la va a olvidar y más que todo por cómo terminó la historia, con un título internacional ganado tras 17 años.

-¿Pero sentís que a partir de ese penal la gente empezó a demostrarte el afecto de otro modo?
-Sí, sí, las demostraciones fueron más fuertes a partir de ese día.

“¿Puedo sacarme una fotito con vos, vine especialmente para eso?”, solicita con timidez un empleado de limpieza que ha conseguido meterse, no sabemos bien cómo, en el Paddock, el sector donde hacemos la entrevista. “¡Gracias Trapito, no te vayas nunca de River!”, le dice, ya en la retirada. Chelo, como lo conocen en la intimidad del plantel, dibuja una pequeña mueca, mitad felicidad y mitad resignación. La escena pareció montada adrede, como si ese hincha anónimo viniera a traer el mensaje de todos, justo durante la nota.

Barovero ha tomado una decisión, después de meditarla largamente, y sabe que estos tres meses tendrán mucho de agradecimiento pero también de ruego y reclamo. Ya desde el primer partido con Quilmes, en el Monumental, se escuchó un par de veces el “Trapito no se va”. Lo siente con nitidez cuando sale a hacer la entrada en calor, y luego cuando ingresa al campo con sus compañeros. Hay que tener las ideas muy claras y las convicciones muy firmes para no dejarse atrapar por tanto cariño.

Aunque sus gestos no den demasiadas señales y el hombre sea un canto a la sobriedad, hurgando en el archivo descubrimos que alguna vez usó pelo largo y vincha. “Sí, sí, es verdad –acepta-, tenía un corte medio rolinga, en realidad había una banda importante de muchachos con el pelo largo y yo era uno de ellos”. De todos modos, ya practicaba el culto a la modestia en el arco y su representante, un poco en broma, le recomendaba que volara más, que le adosara espectacularidad a sus intervenciones. Que se vendiera mejor.

“Marcelo habla tan bajito que tenés que acercarte para escucharlo”, me había comentado Marcelo Gallardo en las charlas para su biografía. Y está claro que desde ese lugar es más difícil erigirse en líder y ganarse la capitanía. El arquero se ríe cuando escucha la frase de su DT. Realmente habla bajito Barovero, con tono suave y sereno.

-Se dio, no es que la busqué, la cinta me la dieron, y hay que hacerse cargo. Somos un grupo de perfil bajo, nos manejamos de esa manera. Yo tengo el orgullo de llevar la cinta, pero no se puede solo, estoy respaldado por mis compañeros, es muy lindo.

Momento culminante: los dos capitanes levantan la Libertadores. Barovero lo había sido durante toda la Copa, ya que Cavenaghi era suplente.

-Está claro que no hace faltar gritar para ser capitán o líder…
-De mi lado pienso que no, que se puede manejar con diálogo, más que todo prevenir las situaciones, anticiparse a lo que puede pasar y después tener siempre la convicción de que acá lo más importante es trabajar y que cada uno tenga respeto por el compañero y el compromiso de prepararse para dar lo mejor

-¿Sos de marcarle cosas al grupo?
-Sí, las vamos hablando, siempre tenemos conversaciones…

-Todos cerquita para escucharte…
-Ja, ja, siento mucho respeto de mis compañeros y, gracias a Dios, tampoco es que tuvimos que hablar muchas cosas fuertes, pero ayuda prevenir.

-¿Qué te aportó Gallardo?
-Tiene una forma de trabajar diferente, de entender y analizar, y hubo un cambio grande en cuanto a la intensidad. Nos da todas las herramientas para enfrentar cada partido.

-¿Como pateador te la clava seguido?
-Sigue intacto. La verdad que se lo sufre...

-¿Está a la par de los mejores pateadores del plantel?
-Está entre los tres primeros, sí, en el podio, con Pisculichi, Mora y alguno más. Es realmente admirable ver su pegada.

-¿Fue importante que te dejara a Tato Montes como preparador y no trajera a otro?
-Sí, muy importante. Tato fue para mí un maestro del arco: no solo te prepara, sino que te enseña. En estos años crecí muchísimo con él, nunca pensé que podía mejorar tantas cosas.

-¿Qué cosas puntuales?
-Muchas: preparar las piernas, la coordinación para llegar a la pelota lo más rápido posible, tratar de hacer las cosas lo más simple más allá de que después en el partido hay que sacarlas como sea. Cualquier arquero que haya pasado este tiempo por River con Tato Montes te va a decir lo mismo, que aprendió muchas cosas y que Tato es un maestro. No es fácil encontrar a alguien que te enseñe, sí te pueden preparar.

-¿Creés que con un físico más robusto hubieras llegado a la Selección?
-Cambió el prototipo de arquero, depende de cada país, yo creo que pasa más por el gusto del entrenador.

-¿Tenés aún la ilusión o sentís que ya fue?
-Y… son las últimas cartas, por ahí siento que es difícil, que el momento de explosión mía, que se genera la parte periodística que sacude y por ahí te impone, ya pasó. Y a veces me da un poco de no sé cómo definirlo, eeeeeh, impotencia, bronca, porque todos los arqueros que pasaron por River han estado en la Selección y yo debo ser uno de los pocos que no…

-Te frustra un poquito…
-Sí, eso, pero bueno, seguiré luchando.

-Porque además vos arrancaste en las selecciones juveniles cuando estabas en la Séptima de Rafaela…
-Sí, me vio la gente de Pekerman y vinimos con Juan Pablo Carrizo el primer día, los dos del interior, que nos trajo el Pato Fillol al Sub 15 y al Sub 17. Estuve casi un año viajando. Me tomaba el micro en Rafaela los domingos a la medianoche y llegaba los lunes a las 7 de la mañana a Retiro. A las 2 de la tarde me presentaba en AFA, en la calle Viamonte, y de ahí nos llevaban en micro al predio de Ezeiza. Y me quedaba hasta el jueves, dormía en el predio.

-¿Y entre las 7 de la mañana y las 2 de la tarde qué hacías?
-Y… era un poco loco (risas), porque tenía 15 años, me acuerdo que salía a caminar por todos lados, por Retiro, por la peatonal, me metía en algún shopping, imaginate de dónde venía, de un pueblo tan chiquito como Porteña, y de golpe solo en esta ciudad. Por suerte, ni lo pensé en ese momento, pero era un poco peligroso. Gracias a Dios, no pasó nada.

-Si quisieras ahora caminar por la peatonal se te complicaría un poco...
-Es cierto.

Concentrado, práctica en Japón.

-¿Qué es mejor?
-(Piensa) ¡Qué difícil! (risas), la verdad que lo que viví acá es único, impagable, y todo esto me lo dio River, así que, totalmente agradecido, como te dije antes, pero también es cierto que uno, cuando sale a la calle, tiene que estar pensando todo y a veces no actúa naturalmente.

-No quedar como soberbio…
-Tomarse el tiempo con el hincha, que tiene tanta euforia y tanta pasión.

-¿Ese es el tema que te lleva a dejar River?
-A ver, a veces se interpreta que a mí me preocupa la presión o la exigencia futbolística. Y no, al contrario: yo busco la exigencia y adentro de la cancha soy el tipo más afortunado y más feliz, después pasa por una cuestión de cómo se vive el fútbol y no poder manejar ciertas situaciones. Por ejemplo, cómo se vive en la calle, acá la pasión se desborda, y no solo es con uno, sino que rodea a toda la familia.

-Es más por tu familia que por vos…
-Claro, más que todo por la parte familiar. Uno la controla, yo me puedo encerrar en mi casa y esperar el día del partido. Después, mi familia, mis tres hijos, mi señora, mis viejos y mis hermanos tienen que laburar en el día a día y hay mucho desborde de pasión.

-¿Tus hijos la pasaron mal en lugares públicos?
-Hay mucho respeto en general, es bárbaro, pero te pueden venir a saludar 100 personas y si una te dice algo te va a quedar grabado eso. Acá hay mucha locura, y así como hay gente que lo puede manejar, yo no puedo. Es un combo de cosas. Es darle prioridad a la familia y tener la posibilidad de vivir las pequeñas cosas que uno no puede en este lugar.

-¿Gallardo trató de convencerte?
-Hablé con Marcelo, y me dio su opinión. Lo mismo con el presi. Entienden. La mía es una postura clara y por eso quise avisarles con tanta anticipación, hace casi un año, con responsabilidad, para que pudieran ir pensando el tema.

-¿Hubo algún hecho puntual que te llevó a tomar esa determinación o se fue dando gradualmente?
-Se fue dando desde hace un año o año y medio. Si me quedaran solo unos años de carrera, podría estirarlo, pero siento que pueden ser 6 o 7 años más y entonces no puedo llevar ese ritmo todo ese tiempo. Es tan simple como darle prioridad a mi familia.

-¿Ves los buzos verdes en la tribuna?
-Sí, la verdad que sí. Lo que se generó fue realmente increíble

-El “Trapito no se va” me imagino que lo escuchás…
-Claro, sí, y me toca, me moviliza, por supuesto, como todas las demostraciones de afecto, pero esto es una decisión muy pensada, que no la tomé de un día para el otro. Insisto: hay gente que la puede llevar muy bien, yo no, a mí me cuesta, y por eso quiero un cambio, disfrutar de la familia, darle la prioridad a ellos. Una etapa hermosa, pero que se termina. He dado lo mejor de mí en estos cuatro años.

-Y si River llega a semifinales de la Libertadores, que se disputarían después de la Copa América…
-No sé, no me gusta hablar sobre supuestos. En todo caso, ojalá tenga ese problema para decidir, querrá decir que hemos llegado a semifinales.

-¿La idea es ir a jugar a México?
-No sé, veremos qué pasa, en la mayoría de los países no se vive con tanto desborde de pasión el fútbol, así que hay muchas oportunidades.

-Pero en otro club de Argentina no…
-No, eso seguro que no. Ya le di mi palabra al presi y a la gente de River: en Argentina solo atajaría en River.

El gesto sereno, durante la charla en el Paddock del Monumental. Deja el club en junio.

-¿Tiene asidero el rumor de que te quiere el Barcelona o te parece un disparate?
-Lo leí, pero no hay nada real. A veces no sé cómo se maneja el mundo periodístico, pero convivimos con estas cosas.

-Pero si querés tranquilidad para tu vida, el Barcelona no sería el destino ideal…
-No sé, no quiero hablar de eso, es todo en el aire y estoy pensando en estos meses que me quedan en el club.

-Ahora, si llega a ser verdad, sería más sorpresivo eso o cuando, estando en la Séptima de Rafaela, te llamaron de la Selección Juvenil?
-Ja, ja... esto, esto, lo del Barcelona no tendría comparación.

Se ríe Barovero. No es una carcajada que retumba en los salones del Monumental, tampoco vamos a exagerar, pero el cordobés de Porteña se permite asomar su silueta por sobre su perfil de bajísima expresividad.

-¿Quién te puso Trapito?
-Un relator partidario de Huracán, por el personaje de la historieta. En Rafaela no me decían así, y en Vélez tampoco, se mantuvo un poco en la incógnita. Reapareció en River.

-¿Te gusta?
-La llevo, sí, la llevo sin problemas –cierra el arquero, que tampoco parece morirse de entusiasmo por su apelativo.

“Trapito es un espantapájaros con corazón de oro”, se lee en Wikipedia, sobre el personaje creado por Manuel García Ferré en 1975. Y uno sonríe al leerlo: qué pintura perfecta.

Un espantapájaros con corazón de oro.

Trapito Barovero no te manguea plata ni te raya el auto ni te pone nocaut si no le querés pagar. Trapito no te pide, Trapito te da. Si alguien tiene dudas, que le pregunte a cualquier hincha de River. O al pequeño Agustín.

Por Diego Borinsky / Fotos: Nicolás Aboaf

Nota publicada en la edición de marzo de 2016 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 05/04/2016

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