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Messi nos dio más que un Mundial

- por Darío Gurevich: 15/01/2016 -
Lionel Messi y Diego Maradona, la creación del fútbol.

Una pregunta socarrona hirvió la sangre de este periodista que, a través de estas líneas, admite qué les regaló el mejor del planeta a su generación y a las que vienen detrás.

-¿Cinco Balones de Oro o un Mundial?

-¡Qué malo el de la pregunta! Obviamente, un Mundial. Los premios colectivos están por encima de los individuales. Para cualquiera, ganar un Mundial sería lo máximo. Me quedaría con eso.

Lionel Messi respondió con corrección y cortesía, de manual, pese a que intentaron revolverle el estomago en la entrevista previa a obtener su ¡quinto! Balón de Oro. Merecida distinción, Leo. Escribir “bestial” para adjetivar tu carrera ya es poco. Pero no nos dispersemos. Acá, el asunto es la visión errada del mundo de cara a los logros de semejante genio. Porque para nosotros, para los que apenas superamos los 30 años -o para los que tienen menos-, nos diste más que un Mundial.

Nací en abril de 1984, en Capital Federal. Crecí al ver a Gabriel Batistuta, a Claudio Caniggia, a Fernando Redondo, y a Diego Maradona. Pero lamento gritarlo a cielo abierto: no estuve ahí para gozar del mejor Maradona. Enganché la época del mito en la cancha: Sevilla, Newell’s, la Selección Argentina que compitió sin éxito en el Mundial de Estados Unidos 1994, y la segunda parte en Boca.

Maduré y cargué con esa frustración: no haber sido contemporáneo con el mejor tiempo de Diego. Ni aquel de los Cebollitas, ni el del seleccionado juvenil, ni el de Argentinos, ni el del Boca del 81, ni el del monstruo que ridiculizó al mundo entre 1984 y 1990, sea en Italia, en México o en Fiorito. Diego te pintaba la cara sin importar donde fuera.

Por gracia del destino, sí compartí tiempo y espacio, como decía, con el Diego de Estados Unidos 94. Le cortaron las piernas, es verdad. Lloré como un condenado, también lo es. Pero nadie, absolutamente nadie, me va a quitar aquel golazo a Grecia y las pinceladas con esa hermosa zurda. De todos modos, no me alcanzó: seguía sin ver al mejor Maradona. Y en 1997, me había resignado. “No lo vi, ni lo veré; ya está”, repetía.

Por eso, quizá, cada vez que charlo con alguien que tiene un vínculo con el mejor Diego le preguntó por jugadas, partidos, anécdotas, curiosidades, vivencias, y detalles al respecto. Un día, sin pensarlo tanto, entendí que esa es mi manera de acercarme a aquel fenómeno.

Hace rato, fui testigo del crecimiento de un pibito, que salió campeón del mundo Sub 20, que se colgó la medalla de oro olímpica, que nos entregó esa magia futbolística que se pensaba que estaba perdida.

Le vi realizar movimientos que ni en la Play se logran. Lo vi romperla en un picado en Ezeiza, en los partidos por los puntos en el Monumental, en el Camp Nou, y en el estadio que se te ocurra. El también te pinta la cara sin importar donde sea. De hecho, tengo la sensación de que, cada vez que la para, la jugada va a terminar en gol; y entonces, quiero que esos segundos, en los que traslada la pelota, jamás se evaporen.

El resto de la obra de este pibito, hoy padre de familia, está a mano; se recuerda fácil. Sus sostenidas conquistas en España, en Europa, y en el mundo, son sabidas; resultan historias tan reiteradas que hasta parecen naturales.

Messi no ganó una Copa del Mundo de mayores, es cierto. Tal vez la conquiste en Rusia 2018, quizá no la acaricie nunca. A esta altura, ¿qué importa? Porque para nosotros, para los que apenas superamos los 30 años -o para los que tienen menos-, Leo nos dio más que un Mundial. Y no lo aseguro porque haya ganado el Balón de Oro por ¡quinta vez!, porque sea pentacampeón en la “competencia” que solo disputan las estrellas. Lo afirmo, entonces, por otra cuestión. Lionel nos regaló una alegría eterna: nos sacó de encima del lomo aquella cruz que cargábamos por no haber visto al mejor Maradona.

[ Ilustración: Selva Bianchi y Daniel De Majo ]

- por Darío Gurevich: 15/01/2016 -