ANóNIMOS RECONOCIDOS

Vasiliy Bogdanov y el secreto de sus dedos

- por Diego Borinsky: 21/04/2015 -

Nacido en Asjabad, ex Unión Soviética, hace 44 años, su arrojo le valió un premio: un viaje a Buenos Aires. Pisó suelo argento en 1999 sabiendo sólo tres palabras y no quiso irse más. Fue masajista de Lanús; hoy lo es de Arsenal.

Vasiliy, en su mesa de trabajo, la camilla del vestuario de Arsenal.

Buenos Aires. Tango. Maradona.

Vasiliy Bogdanov sólo conocía tres cosas del país al que estaba por visitar. Apenas pronunciaba tres palabras.

Tenía 28 años y vivía en Asjabad, capital de Turkmenistán, un pequeño país de Asia Central que formó parte de la Unión Soviética, cuya superficie es similar a la de España, pero su población apenas un décimo (5 millones de habitantes). Claro, el clima no ayuda. La aridez de un territorio cubierto mayoritariamente por montañas y por el desierto de Karakum, tampoco. Estar rodeado por Irán, Afganistán, Kazajistán, y depender de la voluntad bélica de Rusia no seduce demasiado.

Vasiliy había estudiado 6 años en la Universidad del Deporte para recibirse de entrenador. Y a eso se dedicaba. A enseñarles básquet a chicos. Y también oficiaba de guardavida e instructor de colonia. Esa changa de verano le determinó el futuro de manera fortuita. Y su destino quedó marcado para siempre. Cuando se desató de imprevisto una tormenta de arena un día de verano con cielo celeste, Vasiliy no tenía idea de que su vida comenzaba a ser otra. Los padres habían dejado a sus hijos para irse a trabajar, y Vasiliy se lanzó sobre ellos para abrazarlos y protegerlos de las sillas, mesas y ramas voladoras. Varios años más tarde lo observaríamos con una actitud protectora similar en un campo de juego, pero no nos adelantemos. Lo cierto es que los padres, en agradecimiento, le regalaron a ese ángel de la guarda el pasaje a un rincón alejado del planeta. Al país donde habían nacido. A Argentina, sí. Un poco porque los argentinos estamos en todos lados (hasta en Turkmenistán), y otro porque los chicos esos de la pileta eran (son, en realidad) hijos de los dueños de Bridas, la compañía argentina de los Bulgheroni que explota gas y petróleo. Y en Turkmenistán hay mucho gas y petróleo.

“Cuando llegué acá, venía de frío, de 30 grados bajo cero y acá calor, el sol, todo florido, maravilla y dije: yo me quedo acá, de acá no me voy más”.

Vasiliy mueve los brazos desde el banco de suplentes local de la cancha de Arsenal, señalando el verde del campo de juego. Ya sabe más que tres palabras del país que lo ha adoptado hace 15 años. Porque, efectivamente, y tal como se lo propuso en ese primer día en que pisó la tierra de Maradona: de acá no se fue más. Hoy repite con frecuencia “laburo”, “quilombo”, “¿viste?” para cerrar sus afirmaciones, y hasta se anima con un “culeao”, todo con un acento europeo del este que nos remite al estilo y los tonos de Ion Tiriac, el entrenador rumano de Guillermo Vilas. Lo trasladaremos así al papel, no para burlarnos (ojalá pudiéramos aprender los idiomas turcomano y ruso en 3 años como él), sino para leerlo tal como suena, para escucharlo con su voz y su acento.

“¡Rusito, Rusito, así, así, ayyyyyy, pará, cómo duele, ayyyy, qué lindo, ahora sí, qué alivio Rusito!”.

De este modo nos cuenta Vasiliy que le hablan los jugadores de Arsenal, como hasta hace unos años lo hacían los de Lanús y algunos otros de diversos equipos que lo visitan en el consultorio que montó en su casa de Lanús, donde vive en pareja con una argentina. El Rusito es el masajista de la Primera de Arsenal. Mete dedos y te saca los dolores. Y no pierde el tiempo fuera de su actividad laboral. Un personaje y una historia que valen la pena conocer.

Celebrando el campeonato con Arsenal.

Vasiliy nació el 21 de enero del 71 en la capital de Turkmenistán y responde que está bien que le digan ruso. “Antes era Unión Soviético, después de Perestroika, un quilombo bárbaro, no sabés ni dónde estás, no hay más gas, no más petróleo, no hay más comida, viste, todas amistades se cortaron y después, despacito país empezó a levantarse, porque tiene mucho petróleo y mucho gas, y ahora también uranio y algodón”, arranca, para ir pintando el escenario. El tema del clima surge enseguida. ¿Cuánto de frío? “Llega a 24 o 27 bajo cero, y en verano a 50 de calor”, contesta, asegurando que no exagera. ¿Y con tanto frío se suspende el trabajo? “Noooo, todos a laburar como día común, no es Rusia, hay días en Rusia que dicen: hoy no va a laburar nadie, viste, y no laburan”, se enoja. ¿Y qué se ponen para combatir esas temperaturas? “Cincuenta kilos de ropa se pone, dos pantalones, subís campera y bajás gorrito para que queden solo los ojos libres”, simplifica. ¿Comidas? “Mucho arroz y pollo, no hay tanto carne como acá, y después comida rusa, a mí me gustan los varenikes”, responde, y no tiene que explicar que son una especie de ravioles rellenos de papa y con cebollita arriba, porque en este punto el diálogo no es de periodista a entrevistado, sino de ruso natal a descendiente de rusos. Hmmm, ¡qué delicia! Como los hacía mi abuela.

Vasiliy completó el colegio y luego estudió Deportes en la Universidad, como adelantamos. Una de las materias era “masajes”. Le sacaría mucho rédito. El fútbol siempre le gustó, pero su Selección no le acercó demasiadas posibilidades. Está 141° en el ranking FIFA, apenas clasificó una vez a la Copa de Asia y ninguna a un Mundial. “Ultimo partido jugaron con Irán y perdieron 8-1 o 7-0, algo así. El estadio es hermoso, con techo que abre y cierra”, se enorgullece y lamenta a la vez, chasqueando la lengua.

Ya sabemos qué motivó su viaje a Argentina, pero el Rusito lo cuenta en detalle: “En verano encontré laburo en cuidar pileta. Pileta muy grande, padres y madres fueron a laburar y dejaron chicos, todos argentinos que laburaban en mi país. Un día hermoso, no pasa nada, y fuuuuh –mueve los brazos–, tormenta de arena, como película ¿viste? Arena por todos lados, árboles volando, sillas, una mesa que nosotros cuatro no podíamos levantar y se la llevó el viento, yo me tiré, abracé a chicos y salvé”. Le dieron los pasajes, pisó Buenos Aires, vio el sol, las flores y no lo dudó. Sólo volvió a su país a recoger lo que le quedaba, a saludar a su madre y a su hija y a despedirse definitivamente. Se fue con 1000 dólares, más no le dejaban sacar.

Se estableció en Villa Domínico, en una casa de familia, donde lo ayudaron mucho. Le daban clases de castellano, él anotaba palabras, aprendía el abecedario. No es sencillo: ni las letras coinciden con las de su lengua materna. “En un año empecé a entender, en dos a escuchar y escribir y después de tres años ya manejaba idioma”, sintetiza con precisión, antes de aclarar: “Igual, a veces hablan rápido y no entiendo, o tienen dialecto especial, ‘culeado’ dicen y esas cosas”.

El contacto para comenzar a trabajar se dio en un parque de Villa Domínico, donde iba a jugar al básquet. Allí lo vio un profesor que daba clases en las inferiores de Boca y le propuso sumarse como colaborador. Estuvo dos años caminando La Bombonerita, y el mismo profesor le consiguió un puesto de preparador físico de básquet en Lanús. En eso estaba cuando un día se le apareció Nicolás Russo. “Mañana andá a masajear a la Primera. A la Primera de fútbol, eh”, le pidió, y le aclaró por si no había entendido bien, el mandamás del Granate.

Cara de feliz cumpleaños el día que conoció a Maradona en un partido en Lanús.

“A veces un jugador de básquet me decía: ‘Me duele, ¿me ayudás’. Luego venía otro y me decía: ‘Yo sé que vos arreglaste a uno, ¿me masajeás?’. Y después otro: ‘¿No me mirás cuello?’. Y otro: ‘¿no me mirás cintura?’, así empezaron a comentar gente hasta que un día vino Nicolás Russo y me pidió que fuera a fútbol. Sacaron a los dos masajistas que laburaban 30 años en fútbol, Pocho y Pascual, dos leyendas, y me mandaron a mí solo. Fue en 2006 y al año siguiente salimos campeones en cancha de Boca”, saca pecho nuestro protagonista.

En total fueron 7 años en Lanús, pero con el cambio de dirigencia, debió marcharse. En ese período hizo contactos, sus manos con poderes sanadores comenzaron a cotizarse, por eso no le faltaron pacientes cuando puso la camilla en una habitación de su casa y decidió atender ahí. Mientras tanto fue a trabajar como entrenador de básquet a otro club del sur del conurbano que prefiere ni nombrar. Estuvo 6 meses, no cobró ni uno solo. Y comprendió definitivamente que en Argentina no son todas rosas y cielo celeste.

Mostrando sus manos mágicas en el vestuario de Arsenal.

Pese a la salida no deseada, a Lanús le agradecerá por siempre. Fue su puerta de ingreso al fútbol, en el club conoció a Silvana, que trabajaba como asistente social, y hoy es su mujer. Y Lanús le permitió tener DNI. “Manolo Quindimil me dio ciudadanía”, destaca, recordando al eterno intendente de Lanús. Y escuchar la simple frase que pronunciará nos permite entender por qué aquí pasan seguido cosas extrañas: “Viví 5 o 6 años sin documento, nunca me paró un policía”.

Ah, y Lanús también le dio un regalo que conserva como tesoro en su teléfono móvil. Es la fotito que lo identifica en el whatsapp. Ya conocía Buenos Aires, había ido a una milonga, le faltaba tachar uno de los objetivos de su lista inicial, la de las 3 palabras que sabía pronunciar. “Ibamos jugar partido a beneficio para Talleres de Remedios de Escalada –recuerda–, estamos todos adentro del vestuario y escucho que de atrás dicen: ‘buenas tardes’. Aparece uno, se saca remera y el del al lado dice: ‘Es Maradona’. Este no es Maradona, no puede ser tan chiquito, pensé yo. Era. Le fui a pedir una foto. ‘Soy ruso’, le digo. ‘Vení Abramovich, todo bien’, me contestó. Sacamos fotos y mandé a mamá en Turkmenistán. Me contó que iban vecinos a ver la foto mía con Maradona y le sacaban fotos”. Vasiliy se ríe con ganas y está claro: va a la canción de los parecidos con nuestro colega Emiliano Pinsón.

En 2007, su primer campeonato, con Lanús.

Unos meses después de irse de Lanús, lo llamó Juanjo Villafañe, kinesiólogo de Arsenal, y le propuso sumarse al cuerpo de colaboradores. Y repitió la fórmula: arrancó en 2011 y un año después salió campeón argentino con Alfaro de técnico.

En noviembre del 2014 tuvo a sus dos equipos del alma compitiendo en cancha del Grana. Ganaba el Arse y Lanús lo dio vuelta en el quinto minuto de descuento. Fue la fatídica noche de Andrés Merlos. El Rusito no dudó cuando vio a un integrante del cuerpo técnico de Arsenal yendo directo a trompear al juez. Su instinto altruísta, ese mismo que le valió un giro absoluto de vida, volvió a saltar a escena. Mientras los jugadores de Arsenal corrían a Merlos para boxearlo, Vasiliy lo envolvió entre sus brazos y lo protegió con su cuerpo cual escudo humano. “Yo conocía chicos de dos equipos, sabía que no me iba a pegar nadie. Vi muy chiquito árbitro, asustado, no sabía ni dónde estaba. Entonces hice dos cosas: salvé árbitro y a los jugadores de Arsenal calientes que después si hacían algo, no iban a jugar cinco fechas, al pedo. Agarré a Merlos y dije: ‘por favor, ni te movés, quedate tranquilo, ya está, ya pasó todo’”.

-¿Desde chico pensaste en irte de tu país?
-Se dio la oportunidad. Vos fijate: siempre quilombo allá, Rusia quiere guerra con Chechenia, hoy con Ucrania, mañana termina y quiere guerra con no sé qué país y es feo vivir siempre con esta cosa. Quería cambiar de vida.

En su consultorio con un amigo y Braghieri, Ortiz y Andrada (todos jugaron en ambos equipos).

-¿Volviste alguna vez?
-No fui nunca, muy jodido, ahí podés entrar, salir no sé. Mi padre falleció, mi madre vive allá y tengo una hija de 22 años que estudia en Moscú. Vino a visitarme, fuimos Cataratas, gustó mucho.

-¿Te juntás con compatriotas acá?
-No. Estoy en Facebook y me invitan, pero se mete la política. “¿Y vos cómo te sentís con Putín?”, preguntan, te mandan propaganda rusa, invitan a consulado, yo no quiero saber nada con política.

-¿Qué es lo que te gustó tanto de Argentina para quedarte?
-Todo me gustó: el aire, el clima, la gente.

-Las rusas también son lindas...
-Sí, pero más frías, acá sangre caliente.

-¿Qué comida te encantó?
-Todo me gusta: muy rica la carne, el asado. Y el mate, tomo mate todos los días.

-¿Cuál es el principal masaje que te piden los jugadores?
-En piernas, espaldas, cuello, en todos lados.

-¿Y la frase que más te repiten?
-“Rusito, ¿no me tocás un poco que me duele?”; “Rusito, un masajito por favor”.

-¿Cuál es la clave del masajista?, ¿cómo sabés qué tiene el jugador?
-Por tantos años de meter dedo, ya sentís músculo de jugador. A veces masajeo con ojos cerrados (hace la mímica), y encontrás dónde está hinchado. Hay que meter dedo, viste, hasta lloran jugadores, “ay ay ay, Rusito” y de golpe aflojás y dicen “ayyyy, qué bien, Rusito, qué bien”. Ese es el secreto.

Por Diego Borinsky

Nota publicada en la edición de marzo de 2015 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 21/04/2015

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