FúTBOL ARGENTINO - PRIMERA

Con Daniel Osvaldo, hay rocanrol en La Boca

- por Darío Gurevich: 06/04/2015 -

Intimo, el 9 que se roba las miradas revela cómo nació su amor por Boca y la envidia que sentía por los jugadores del Xeneize; opina sobre Gago, Tevez, Riquelme y Maradona; cuenta anécdotas teñidas de azul y oro y su costado humano; habla sobre música, con una vivencia increíble, y detalla su expectativa para este semestre.

Revolucionó a los medios cuando pisó el Aeropuerto Internacional de Ezeiza hace menos de un mes, y motivó a torcer la agenda. Movilizó las esperanzas de la República de La Boca, y picanteó sin pronunciar una palabra: alcanzó con aquella remera blanca que mostraba los cinco dedos de una mano.

Daniel Osvaldo, delantero de categoría nacido en Lanús hace 29 años, había aterrizado para firmar un contrato ansiado y afrontar su primera temporada en Boca y en el fútbol grande de la Argentina. Aunque parezca mentira, el 9 que clavó goles aquí y allá, inclusive con una amplia gama de recursos, porque hasta la metió de chilena, sólo había tenido un recorrido fugaz por nuestro país. Huracán, que jugaba en la B Nacional, lo moldeó y lo lanzó para el mundo hace una década, y el hombre, en ese entonces un chico, no defraudó. Pulió su técnica, creció en conceptos tácticos y en su físico, y potenció su juego para transformarse en un futbolista de elite, de selección italiana, respetado y valorado en el ambiente, que se perdió el Mundial de Brasil 2014 por decisión del entrenador Cesare Prandelli. De hecho, en su peregrinar europeo, jugó en nueve clubes de tres ligas distintas –italiana, española e inglesa–, en nueve años. En Italia, comenzó y terminó su expedición. Largó en Atalanta, donde ascendió a la A en 2006, y bajó la persiana en Inter. Pero la rompió en la Roma (ya lo había hecho en Espanyol de Barcelona), y aportó lo suyo en Juventus para conseguir el scudetto en 2014.

Aquí y ahora, en pleno desarrollo de la producción de tapa, se lo observa contento, predispuesto y con buena onda. Asegura que algunos pibes en el colegio le decían Pablo –su primer nombre– y, cuando llamaban a su casa, su mamá generalmente respondía “equivocado” y cortaba. “Ah, era para Daniel”, se daba cuenta después. Rápido, como cuando gira y encara para el arco, cambia el foco, y habla sobre su amor, su viejo amor…

“Nadie me hizo hincha de Boca. Quizá pudo haber tenido que ver mi hermana mayor, pero no recuerdo que alguien me haya hecho hincha de Boca. Creo que me tiraba, y eso lo tengo grabado desde los tres o cuatro años. Cuando era chico veía a la gente de Boca, y no te podés hacer de otro club (se ríe muchísimo). Me pasó eso, y a mucha gente les pasa también, pero de grande, incluso en Italia, en Europa, porque les llama la atención la Bombonera y los hinchas, porque todo esto es muy místico, genera incredulidad, se quedan mirando, como diciendo: ‘Estos están locos’ –afirma a las carcajadas–. Por eso, la hinchada de Boca es única en el mundo, lo mejor que hay. Siempre que venía a la cancha, lo hacía con una idea fija: miraba a los jugadores de Boca y sentía muchísima envidia, sea de chico o de grande. Incluso, ya tenía mi carrera hecha en Europa y venía a la Bombonera, y sentía una envidia por esos jugadores…”.

-¿En serio? Parece increíble, porque tal vez los que estaban en Boca te envidiaban a vos…
-Sí, entiendo, pero me pasaba eso porque lo vivía como hincha, y creo que el sueño de cualquier hincha de Boca es entrar a la Bombonera como jugador. Y ahora también, porque me resulta muy difícil apartarme de eso… En el club miro las paredes, el escudo, me miro al espejo con la ropa de Boca y parezco un nenito. Estoy viviendo un sueño, evidentemente, y lo necesitaba porque estaba con esta idea hace dos o tres años, pero por una cosa u otra me quedaba en Europa. Como justo tuve un problema con el Inter, dije: “Bueno, ya está”. Incluso, pude haberme ido a otros clubes, sean importantes a nivel deportivo o un poco más modestos que me pagaban una cifra desorbitante (risas). Pero yo quería jugar acá, en Boca.

-¿Quién te puso la ficha más pesada para llegar a Boca: tus amigos, Fernando Gago y Carlos Tevez, vos mismo, tu familia? 
-No sé, todo surgió muy espontáneo. Coincidió que me hiciera muy amigo de Fernando en la Roma, y como soy hincha de Boca, le preguntaba sobre el vestuario u otras cosas, y después se generó una relación… Si yo fuera un estúpido o si él lo fuera, no se hubiera dado esta relación. No es que porque él es de Boca, o había jugado en Boca, pegamos buena onda. Fernando es más bueno que el pan. Y Carlos, que era uno de mis ídolos, me dio una mano bárbara para integrarme al grupo de la Juve y pegamos mucha onda enseguida. Justo había llegado al club unos días antes de que Carlos cumpliera años, y me invitó a su cumpleaños, y mi mujer y su mujer también pegaron la mejor onda. La verdad es que comíamos asado dos o tres veces por semana y veíamos los partidos de Boca.

-¿Los partidos los veían con ojos de hincha o de profesional?
-Yo los veía con ojos de hincha, pero siempre analizás el lado profesional. El hincha, que es pura pasión, nunca va a entender ciertas cosas, o no te las va a “perdonar”, o no las ve como nosotros, porque uno inevitablemente se mete en el lugar del jugador. Igual, por ser impulsivo, se me escapó algún comentario de hincha. Pero siempre estaba más cercano al jugador que al hincha.

-Te pido una anécdota con Tevez…
-Qué sé yo… Carlos, en realidad, es muy tranquilo, y yo también, y nos complementamos bárbaro: charlábamos, escuchábamos música…

-¿Qué sonaba?
-Cuando iba a la casa de Carlos era cumbia y cuarteto a morir. De esa, no zafé. Pero le metía onda. Cuando estás en un ambiente en el que tenés que hinchar los huevos, está todo bien. No es que tengo rechazo. Me gusta la música en general. Pero si me tengo que comprar un disco, prefiero uno de B.B. King antes que uno de La Mona Jiménez (risas). Es una cuestión de gustos.

-¿Se juraron con Carlitos jugar juntos en Boca?
-Siempre le decía que para mí era un sueño jugar en Boca, y con él. Debo admitir también que hubiera sido un sueño jugar con Román. Yo lo veo desde la parte del hincha, y Riquelme es un ídolo, no lo puedo evitar. De lo que vi, es el mejor jugador de la historia de Boca, y uno de los mejores de la historia del fútbol. Pero, bueno, con Carlos tengo una relación distinta, porque es de amistad; y siempre hablamos sobre Boca en algún momento, es inevitable… O lo saca él o yo el tema. Carlos es más hincha de Boca que cualquiera, y yo también. Encima, Carlos tiene muchos amigos que son fanáticos de Boca. Entonces, charlar sobre Boca es normal.

Bostero, su cuenta pendiente es jugar con Riquelme, al que idolatra.

-¿Tu cuenta pendiente en el fútbol es haber compartido la cancha con Riquelme u otra cosa? Porque vos no jugaste un Mundial…
-Me queda pendiente compartir la cancha con Román, para tirar una pared, aunque sea algo (risas)... Me hubiera encantado poder hacerlo.

-En twitter le rendís homenaje a Maradona. ¿Qué hizo Diego por vos?
-Nada personal, yo le agradezco por lo que hizo como jugador, porque te hace amar más y más a este deporte. Te pasa, y creo que a todos los jugadores les pasó, que un día pensás que estás podrido y que no querés jugar más a la pelota, y basta con ver 10 minutos un video de Maradona y te vuelven las ganas de jugar. Y no es porque querés ser Maradona, sino porque este deporte es hermoso, y dónde vas a ir, cómo vas a hacer otra cosa. Y él es el más grande de la historia. Yo creo que no habrá otro igual, por su carisma, por su personalidad, por cómo amaba la camiseta, sea la de Boca o la de la Selección Argentina… Para que no juegue un partido para el seleccionado argentino lo tenías que matar, y eso me parecía espectacular. Te genera algo en tu vida, una ilusión que pocos te generan. Incluso, no sé si alguien te genera más que Diego en ese sentido.

-Retrocedamos hasta tu infancia. Como te costaba pagar una entrada para ver a Boca, ¿te colaste alguna vez en la cancha, te metiste entre La Doce?
-No, nunca me colé. Era medio cagón en ese sentido, tenía miedo de meterme y que me cagaran a palos, y aparte era chico. Como mis amigos son más grandes que yo, me llevaban ellos. Incluso, también lo hacía una familia amiga en la que son todos de Boca, y me acuerdo de que el papá de Chicho tenía un camión y nos subíamos ahí para ir desde Lanús hasta la Bombonera; era muy divertido.

-A Román le pediste entradas, al Vasco le agradeciste por los títulos ganados y le preguntaste cuándo iba a volver a Boca en el medio de un partido…
-(Interrumpe)… A todos los volvía locos. En un amistoso, me enfrenté a Boca; yo jugaba para el Espanyol de Barcelona… Bueno, el árbitro me cobró un penal que no existió. El Flaco Schiavi me “tocó”, y yo me tiré porque la pelota se me iba larga. “Hijo de puta, no te toqué”, me dijo Schiavi. “Bueno, Flaco, perdoname”, le respondí. Y el Flaco me cagaba a puteadas, pero en joda porque era un amistoso. Ese día le metí dos goles a Boca, y no los grité por amor al club y porque si no, era una traición. Ese partido no lo quise ni jugar. Bueno, cuando se terminó, fui para el vestuario de Boca. Quería mi foto con Riquelme. “Mirá, Flaco, acá está el que te simuló el penal. Igual, arrancaste bien el año, Flaco: un penal y una expulsión”, lo jodía Román, y a mí me dio mucha gracia. Al final, me saqué la foto, estuve un rato en el vestuario, y me quería volver con ellos.

En la intimidad, dentro de la sala de conferencia de la Bombonera, cuando ya transcurrieron 40 minutos de producción y nos encaminamos hacia la hora, se percibe al mismo Daniel que al principio: copado y tímido, tan divertido para contar experiencias y opinar que jamás esconderá su risa. Le fascina hablar sobre música, ya verán. Curte un look relajado, no convencional, similar al de Johnny Depp –celebridad mundial del ambiente artístico–, vive feliz y apasionado, y dista miles de kilómetros de aquel torbellino, polémico y explosivo, que construyeron los medios durante el grueso de su carrera.

“La gente habla por hablar muchas veces, y me da mucha bronca; no me gusta, y siendo impulsivo, si me encuentran, quizá entraría en ese juego inútilmente. Pero después, pensándolo en frío, no valdría la pena –se suelta–. Mirá, después de mi llegada a la Argentina, me di cuenta de que no saben nada sobre mí, en especial en el país (se ríe muchísimo). Porque le erran en todo, sinceramente. Incluso, le erran en datos; no sé quién dijo que jugué un Mundial y yo no jugué un Mundial. Y no es difícil de saber, basta con entrar 10 minutos en Wikipedia. Sobre mi persona, no me conocen y tampoco me van a conocer, porque me abro con la gente que tiene interés en cómo soy yo, Daniel, la persona. Los que buscan quilombo y puterío, sobre todo en la Argentina que está muy de moda, no me gustan”.

-¿Qué te sensibiliza?
-Muchas cosas, porque soy un pibe muy normal. Me interesa el país, los chicos, el futuro de la juventud, que la veo cada vez más (piensa)…

-¿Picada?
-Sí, picada, sí… Los pibes cada vez tienen menos recursos como para que salgan mínimamente normal.

-¿Qué músico se brinda arriba del escenario como vos lo hacés adentro de la cancha?
-¡Qué difícil! Si digo un terrible músico, se va a comentar: “Este tiene una moral bárbara”. Por la entrega, podría ser Angus Young (principal guitarrista de AC/DC), que se deja la vida y está quemadísimo, reloco.

-¿Y por el talento?
-No, esa te la dejo a vos, yo no lo voy a decir. Pero que quede claro, si llegás a poner algo, que lo escribiste vos (risas).

-¿No podrías ser como Mick Jagger o Jim Morrison?
-Por la entrega, podría ser como Jagger porque se corre como 14 kilómetros por recital…

-No, estamos hablando por el talento… 
-¡No! Mick Jagger es Maradona. Yo no me puedo comparar con Jagger (risas), y Jim Morrison es Messi.

Le encantan los Rolling Stones, The Doors, Pink Floyd... No resulta más fanático de una o de otra banda. ¿Por qué, Daniel? “La música es un estado de ánimo –anticipa–, y entonces tengo etapas: de Pink Floyd, muchísimas; de The Doors, de los Rolling Stones, que son happy. Cuando estás bien, ponés a los Stones y te cagás de la risa; y Doors es una etapa más oscura (risas), media dark… Porque Jim era bastante oscuro. Pero me gusta, porque también tengo mi lado oscuro. Y Pink Floyd sería más mambo negro (risas), más corta vena, más flashero… Pero es genial. Capaz apago todas las luces de mi pieza, cierro los ojos y me pongo los auriculares con Dark Side of the Moon (Lado oscuro de la luna, extraordinario disco de Pink Floyd), y me voy a Júpiter”.

Historias copadas en recitales tiene varias, pero hay una sin desperdicio: en Londres, y con los Stones. “Jugaba en la Roma, y nos enfrentábamos al Pescara –arranca–. Hacía rato que había comprado dos entradas para ir a ver a los Stones con Cristian Alvarez, que es como mi hermano (con el arquero forjaron una amistad inoxidable cuando coincidieron en Espanyol de Barcelona). Como había sido el cumpleaños de Cristian, le hice ese regalo… Viste que ahora hacen como una lengua en el escenario, y en el medio hay gente… Bueno, ahí íbamos nosotros, ¡zarpado! El concierto era el mismo día que el partido que nombré. Entonces, había hecho toda una movida para salir rápido de Pescara para Londres. Cristian había jugado un día antes que yo y me estaba esperando en la puerta del O2 Arena, donde era el recital. Cristian, no lo podía creer… Y bueno, pedí el cambio diez minutos antes de que terminara el partido, no fue muy profesional de mi parte (risas)… Pero íbamos ganando, el partido estaba tranquilo, y aparte debía ducharme para irme porque tenía dos horas de vuelo privado y llegaba con lo justo. Estaba cambiadito para irme, con el bolso y todo, y se me acercó el médico de la Roma y me dijo: ‘Te hacen el doping’. Yo pensé que me cargaba porque todos sabían en el club que me iba para el recital de los Rolling Stones. ‘¿Me estás jodiendo?’, le contesté al tipo. ‘No, te lo juro’, me respondió. Hasta me mostró la lista, porque no le creía; encima, yo había hecho pis en la ducha mientras me bañaba y no tenía ganas de volver a hacer, y tardé como 40 minutos o una hora en hacer pis otra vez. Ya salí tarde, ya estaba caliente, ya me quería pelear con todo el mundo (risas)”.

Tras nueve años en Europa, experimenta su primera temporada en la máxima categoría del fútbol argentino.

-¿Cómo siguió?
-Mientras volábamos, el piloto me dijo que no podíamos aterrizar donde estaba pautado, que era cerca del O2 Arena, y que teníamos que hacerlo en Gatwick, que queda en la otra punta de la ciudad respecto del estadio. Cuando aterrizamos, lo llamé a Cristian: “Loco, ¿estoy llegando bien?”. Y él: “Tranquilo que todavía no empezó”. Y ya iba como una hora de concierto (risas). Entonces, me subí a un taxi, y el taxista se sorprendió: “¿Tenés que ir al O2 Arena? ¿Pero queda en la otra punta de Londres?”. “¿Cuánto tardás”, le pregunté. “Como una hora”, me respondió. “¡Una hora! –grité–. No, no, andá lo más rápido posible, te pago el doble, te pago las multas, pero lleguemos en media hora, no sé”. Bueno, el tipo no le metió mucha onda (risas), la verdad es que fue a dos por hora. Y cuando llegué, estaba Cristian en la puerta, con la camperita de los Rolling Stones (se ríe muchísimo), siempre lo cargo con eso, estaba como un fan ahí… Y yo tenía las entradas y le dije: “Intentemos entrar, capaz enganchamos la última canción”. Cuando encaramos para pasar, el tipo de seguridad nos frenó: “No, no pueden entrar. Ya se terminó el concierto”. “No, no importa, dejanos entrar igual, si tengo las entradas… Así le saco una foto al escenario, por lo menos”, le contesté. “No, no pueden entrar, ya está saliendo la gente”, me tiró. Una mala onda… E intenté por otra puerta y tampoco. “Ya está, se terminó”, nos dijeron. Entonces, nos fuimos a un bar que está en la esquina… El que estaba adentro del estadio era Daniele De Rossi, compañero mío en la Roma que no había jugado ese partido contra Pescara porque estaba suspendido, y que había ido para ver a los Stones. Y como a la media hora, Daniele salió y se sentó con nosotros. “¿Por qué no entraron?”, me preguntó. “Si no nos dejaron… Tengo una calentura que no puedo más. Aparte, llegué tarde, y ya se había terminado cuando quisimos entrar”, le respondí. “¿Qué: recién llegaste?”, me dijo. “No, hace como media hora”, le contesté. “Ah, pero el concierto acaba de terminar. Porque los tipos se fueron y volvieron, y tocaron media hora más”, me explicó. Me levanté de la silla y corrí a buscar al primero que no nos dejó entrar, y menos mal que no lo encontré porque si no, estaría preso.      

-¡Ja, ja! Muy buena anécdota… ¿Te gusta pescar o estoy equivocado?
-Sólo fui una vez. Soy muy amigo del Gringo Heinze, y una vuelta nos fuimos a pescar para Entre Ríos, al pueblo de él, con mi hermano, Johnny, y mi viejo, Raúl. Nos alquilamos unas cabañas y pescamos. Bueno, pescar en realidad era una excusa, porque lo que menos hicimos fue pescar: comimos asado, lechón y cordero, jugamos al truco y al póquer. Creo que fui a pescar media hora (se ríe un montonazo), y mi viejo también.

Listo, preparado, ya. Daniel se entrena en el complejo Pedro Pompilio a la par del grupo.

Su bautismo con la camiseta azul y oro todavía no se había producido al cierre de esta edición. Las urgencias defensivas de su equipo tras la roja a Orión, en el trabajado triunfo 2-0 ante Temperley, generaron que el 9 se quedara con las ganas en el banco de los suplentes. De todos modos, su estreno es inminente, y a partir de ahí se plantea una incógnita: ¿Osvaldo concretará en Boca todo lo maravilloso que hizo en Europa? “Haberme incorporado a Boca es una bendición. No cualquiera juega acá, y para mí es un sueño. Si no me va bien, será una frustración”, enfatiza.

-¿Pero justo a vos te va a ir mal, que acumulaste nueve años de experiencia en Europa, que la rompiste en Espanyol de Barcelona y en Roma en especial, que ganaste el scudetto con Juventus en 2014, que sos un jugador de selección?
-El fútbol no es matemática, no es exacto, porque puedo agarrar una racha buena o mala, hacer goles o no… Pero, bueno, yo lo voy a dejar todo por esta camiseta, y pensemos que me va a ir muy bien, pensemos en positivo.

Una relación diferente

“Mi viejo, Raúl, y mi hermano, Johnny, son mis mejores amigos, y siempre lo van a ser. Están por encima de todos y de todo, más allá de que tengo la suerte de tener muy buenos amigos y una mujer extraordinaria en la que puedo confiar con los ojos cerrados para cualquier cosa. Papá, porque las monedas para viajar en colectivo para entrenarme en Huracán, cuando arrancaba en el fútbol, me las daba él. Capaz que no las tenía y se las rebuscaba para conseguirlas. Y cuando tenía que ahorrar, ahorraba en otra cosa, pero esas monedas se las guardaba para dármelas a mí, porque esa era la prioridad, su prioridad. Mi viejo era un laburante, se rompió el lomo para que mis cuatro hermanos y yo tuviéramos lo mínimo e indispensable. Nunca nos faltó para comer, jamás. Si el momento era bueno, quizá íbamos a un restaurante una vez por mes. Pero también pasamos por momentos en los que nos ajustábamos bastante, sobre todo cuando a mi vieja, que también se rompía el lomo al trabajar 12 horas por día, la echaron de su laburo, en un supermercado… Por eso, yo siempre quise ser como mi viejo, en todo… Y sobre Johnny, mi hermano, qué te puedo decir… Es un fenómeno. Si le propongo irnos caminando hasta Junín, me acompaña con la mejor, estoy segurísimo de eso… Incluso hasta se cebaría unos mates en el viaje (se ríe muchísimo).”

Por Dario Gurevich. Fotos: Emiliano Lasalvia. Ilustración: Gonza Rodríguez

Nota publicada en la edición de marzo de 2015 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 06/04/2015

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