LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Disparador: La frase del año

- por Elías Perugino: 15/12/2014 -

Termina el 2014 y los balances salen con fritas. En un país donde la verborragia es un deporte nacional, se nos dio por elegir una frase que nos dejó una secuela de enseñanza. No será de las sentencias más galantes del universo, pero en el fondo transmite un mensaje que nos convendría metabolizar a todo nivel.

Sebastián Domínguez

Diciembre es el mes de los balances. Ese tiempo afiebrado en el que corremos de acá para allá ajustando temas importantes antes de que el país cuelgue el cartelito de “cerrado por vacaciones”. Esas horas alocadas que siempre, invariablemente, dejan un respiro para mirar por el espejo retrovisor y balbucear un diagnóstico.

No son imprescindibles ni necesariamente agradables los balances. Tampoco tajantes y absolutistas. Menos para quienes vivimos en esta República de la Volatilidad. Pero en el paladar queda un regusto aproximado, cierta sensación térmica de frustración o plenitud, alguna pena irreparable por un alma que partió, la ternura florecida por un amor flamante, la bocanada de un proyecto que se despereza, o el latigazo impiadoso de la intrascendencia...

Diciembre es el mes de los balances y ahí andamos todos, danzando entre recuerdos frescos, auscultando hechos, actitudes, frases... Vaya si se dicen cosas en este país repleto de todólogos[1]. En la amplia alameda que aglutina a la política, al deporte y al espectáculo se entrelazan decenas de sentencias. Quejas, proclamas o definiciones que, desde ya, jamás eclipsaran al tuitero oral número uno del mundo,[2] Diego Armando Maradona, autor de “la pelota no se mancha”, “se le escapó la tortuga”, “me cortaron las piernas”, “la mano de Dios”, “más falsos que dólar celeste” y tantos éxitos.
Una frase que pegó y gustó bastante lleva la firma de Javier Mascherano, el insólito embajador para las vacaciones en Uruguay.[3] Se la dijo en la cara a Chiquito Romero antes de la definición por penales contra Holanda, en la semifinal del Mundial: “Hoy te convertís en héroe”. Palabras justas, dichas en el momento indicado, con la carga épica que luego adquirieron y que a nosotros, en El Gráfico, nos llevó a utilizarla como rótulo de una sección en On Side (ver página 7). Estuvo buena esa frase de Masche, casi un ruego teñido de esperanza. Sonó a una inyección de fe, tan necesaria en un país de autoestima raquítica.

Merece un reconocimiento esa impronta de Masche, pero a uno, humildemente, le quedó picando otra sentencia. Si se quiere más grosera, menos académica, acaso no apta para susurrársela a una dama en medio de una salida romántica, pero más áspera y profunda. Brutal y necesaria para inocularla en una sociedad global –no solamente deportiva– cada vez más proclive a las miserias del egoísmo. Se la dijo un jugador a El Gráfico, una tarde de agosto. La pronunció un tipo como Sebastián Domínguez: pensante, analítico, generoso, que mira más allá de su ombligo. En charla con Diego Borinsky para el tradicional reportaje 100x100, el defensor de Vélez, a contramano de la corriente, se mostró feliz por la consagración en la Copa Libertadores de San Lorenzo –supuesto archirrival de su club– y lo graficó con un eslogan que suele transmitir cuando charla con los chicos que recién comienzan a desandar el camino del fútbol: “Si deseás mierda, viene mierda”.

Indudablemente, que dos de las cinco palabras de la frase sean “mierda” parece conspirar contra la salubridad de la candidatura. Incluso arguyendo el incunable monólogo del Negro Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua de 2004 [4], en Rosario, donde defendió con maestría la sonoridad contundente de esas seis letras, el valor innegociable de pronunciarlas como Dios manda. Pero si la bajamos al llano, si la hacemos jugar con la apropiada vulgaridad con que se la utiliza día a día en la calle, no necesita dobles lecturas ni nubladas entrelíneas. Pega como piña de King Kong.[5]

En el mundo del fútbol, se vive deseando mierda. Los jugadores piden tarjetas para los contrarios con una insolencia descarnada. Ventajeros crónicos, simulan faltas que jamás recibieron, ruedan como si les hubieran amputado un pie y luego emergen de su propia ciénaga agitando la manito en alto, clamando por la amonestación sanadora. Las plateas se llenan de entrenadores caranchos que desean la veloz lápida para un colega en actividad, cosa de rapiñar el espacio vacante. Los hinchas disfrutan más la derrota del rival de toda la vida que la victoria propia. Y a los árbitros no les exigen justicia, sino injusticias a favor. Los candidatos presidenciales opositores prenden velas para que el equipo trastabille y, de ese modo, se limen la credibilidad y las chances electorales del oficialismo. Si se programa una fecha del campeonato, se cuentan las horas, los minutos y hasta los segundos de descanso que tendrán en comparación con el rival de turno, y se lloran litros de lágrimas mediáticas si la ecuación resulta desfavorable. Si se lesiona el crack del otro equipo, mejor para nosotros...

La deportividad, la buena leche, cotizan en baja. Si vamos ganando, desaparecen las pelotas. Si el resultado nos conviene, el arquero tarda un minuto y medio para cada saque de arco. Si el resultado nos sirve, pero nos están cascoteando el rancho, se corta la luz.[6]. Si suben diez equipos a Primera, tratemos de que no tengan voz ni voto...

En el fútbol se vive deseando mierda y se asumen actitudes de mierda como si estuviera garantizada la invisibilidad de esos actos. Pero sucede todo lo contrario. Saltan a la vista, salpican. Porque en el deporte, como en la vida, subyacen miles de situaciones en las que no existe el gris. Es blanco o negro. Sos contribuyente o evasor. Te hacés cargo de un hijo o lo dejás a la buena de Dios. Comerciás en su lógica medida o sos un mercenario del sobreprecio. Sos un funcionario intachable o te cabe la calificación de corrupto. Competís por derecha o te dopás. Jugás la Copa Davis por la camiseta o te agarrás de cualquier diferencia personal para no estar…

Grieta no es una palabra simpática, pero si en la Argentina de hoy decimos grieta, ya sabemos de qué hablamos. Grieta es división, atomización.

Se nos viene un año que amenaza con profundizar las grietas. A nivel político, a nivel social, a nivel cultural y, por carácter transitivo, también a nivel deportivo. Grieta y mierda van de la mano. A más mierda, más grieta. Entonces se revaloriza la sabiduría de Sebastián Domínguez en aquella tarde de agosto. La frase del año, a nuestro humilde entender, fue esa: “Si deseás mierda, viene mierda”. Convendría metabolizarla ahora, en 2014, para que nos ayude a transitar con más dignidad el 2015.

Por Elías Perugino
TEXTOS AL PIE


1- Dícese de aquellos argentinos que opinan de todo sin tener argumentos sólidos para casi nada.

2- El libro Diego dijo, de Marcelo Gantman y Andrés Burgo, contiene una selección de 1000 frases de Maradona.

3- Increíble: el símbolo y subcapitán de la Selección nos propone ir de vacaciones a otro país. Pasa acá solamente. Culpa nuestra, que tenemos a “la gaseosa argentina” y le ponemos de nombre Manaos. De locos.

4- Pueden verlo en YouTube bajo el título “Las Malas Palabras: Roberto Fontanarrosa (completo)”. Son 16 minutos memorables.

5- Gorila de ficción que vivía en la isla Calavera, todo un ícono de la cinematografía. La película original se estrenó en 1933.

6- Un ejemplo patético ocurrió en el Temperley-Crucero del Norte que se jugó en noviembre. Ganaba el Celeste, apretaban los misioneros y las torres se fueron apagando de a una –no al unísono, como en cualquier apagón- en el tercer minuto adicionado.

Por Elías Perugino: 15/12/2014

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