Notas de la revista

Leandro Marín, un 4 que se levantó a tiempo

- por Darío Gurevich: 15/11/2014 -

De marearse en 2010 y soportar horas difíciles en 2011 y 2012 cuando lo borraron hasta de la Reserva, a refrescarse con Bianchi y a resurgir con Arruabarrena. La infancia en Neuquén. El curioso debut en el Argentino B. El nivel del juego xeneize y una certeza: “Debo demostrar por qué soy el 4 de Boca”.

  Nota publicada en la edición de noviembre de 2014 de El Gráfico

LA GENEROSA sonrisa a cámara denota su buen presente, mientras posa en el restaurante La Dorita, de Belgrano.

EL COMBO de aires de adolescencia contenida y vértigo, a raíz de una situación tan deseada y desconocida como integrar repentinamente la Primera de Boca, lo llevó a derrapar a los 18 años. Aquel pibe que había aprendido a ser un profesional, mientras jugaba en las inferiores de Boca y en la Selección Argentina Sub 17, parecía que ya no lo era. Sus malas decisiones e influencias lo habían dejado en offside.

“No jodía en los entrenamientos, si estaba enfermo, me entrenaba igual; no faltaba al colegio porque era mi otra responsabilidad. No daba ventajas. Así me habían enseñado a comportarme en juveniles. Pero viví los momentos más complicados y lindos en 2010. Fue todo muy rápido: firmé contrato y tenía mi plata y mis cosas, me fui a la pretemporada con Primera a principio de año, me rompí los meniscos de la pierna derecha, empezaron a aparecer los amigos del campeón, y me enganché en la joda y a salir… Me gustaba porque era chico. Bueno, debuté en la Primera de Boca en abril, después comencé a jugar con Claudio Borghi y me rompí de nuevo los meniscos, esta vez los de la pierna izquierda, a fines de ese año… Ahí volví a salir y me costaba recuperarme de la lesión… Me mareé”, se sincera el entrevistado.

-Cuando surgieron “los amigos del campeón”, ¿te diste cuenta o no?
-Sí, sabía que eran amigos del momento y que había un límite en las salidas. No me arrepiento porque las disfrutaba, aunque no era lo mejor. Igual, tampoco es que descarrilaba. Yo por algo estaba en Boca, tenía claro cuál era mi objetivo a la larga. Por suerte, supe verlo a tiempo y la corté.

-¿Quiénes te abrieron los ojos?
-Mis viejos, por un lado, y tuve algunos amigos, que son mis amigos de ahora, que me marcaron lo que estaba mal y me ayudaron mucho. Tardé poquito en entender que eso de salir no era lo mío y que tenía que volver a ser profesional.

Leandro Marín desnuda su alma y admite lo espinado que se tornaron sus inicios en la Primera de un monstruo como el Xeneize. El único pasaje de felicidad absoluta, por ese entonces, lo concretó el 12 de abril de 2010, en el triunfo 4-0 ante Arsenal, cuando Roberto Pompei –que ya lo conocía– lo mandó a la cancha para reemplazar a Hugo Ibarra, histórico lateral derecho del club, al que admiraba. “Fue inesperado, increíble y hermoso haber entrado por Hugo, que tenía un dolor muscular. Era mi debut, pero estaba tranquilo y sin nervios”, recuerda.

No fue el primero ni será el último futbolista de inferiores de Boca al que le costó horrores empezar a afirmarse en la Primera del club. Del plantel actual, sus amigos Cristian Erbes, Nicolás Colazo y Emanuel Insúa también lo padecieron. Sin embargo, Leandro jamás pensó que esa ola enorme que había surfeado como pudo se pondría cada vez más fiera en 2011 y 2012. “Subí rápido, que no es normal, y bajé más por lesiones que por rendimiento. Esos años fueron complicados en Reserva: jugaba, iba al banco, ni concentraba y estaba afuera de todo, y se me hizo difícil porque me jugaba mucho la cabeza”, advierte.

-Imagino que resultaron tiempos de reflexión y de replanteos…
-Sí, me preguntaba qué mierda hice, por qué no aproveché esto o lo otro. Te replanteás muchas cosas.

-¿Cómo saliste a flote?
-Me siento y me creo fuerte, pero me ayudó un montón la psicóloga del club, Mara. A partir de analizar y de ver qué había hecho mal y bien, salí adelante. Esos dos o tres escalones que bajé me dieron muchísimas fuerzas para lo que venía.

Al número 4 que hoy parece una fija en el once titular de Rodolfo Arruabarrena, Julio César Falcioni no le dio cabida y Carlos Bianchi lo rescató del fango tras verlo varias veces en la Reserva. “Increíblemente, Carlos me incluyó en la lista de la Copa Libertadores 2013, me puso otra vez en Primera y creo que tuve un buen rendimiento. Después de perder ante All Boys por la Copa Argentina, me lesioné el hombro”, repasa y se fastidia.

Desde ahí, producto de esa maldita lesión, el Virrey probó con Erbes (el que mejor anduvo de 4), Jesús Méndez y Matías Caruzzo, mientras Leandro integraba el banco de los suplentes en los últimos partidos de 2013. Al año siguiente, Hernán Grana se incorporó al equipo para clausurar un carril diestro que siempre dejó abierto. “Cuando arrancamos esa pretemporada, sentía que terminaría jugando yo. Estaba confiado porque Carlos es un técnico que pone a los jugadores por rendimiento. Pero, bueno, se decidió por Grana y yo después me desgarré y estuve un tiempito para recuperarme”, destaca.

Si bien había sido titular en la derrota 3-1 ante Estudiantes (el último partido que Bianchi dirigió), la refundación se produjo con Arruabarrena, que lo puso y lo respaldó desde que asumió, en el triunfo 3-1 ante Vélez, hace dos meses. “El Vasco me dio mucha confianza, pero necesito demostrar por qué soy el 4 de Boca. Y esa es mi ventaja: jugar para demostrar que el puesto es mío. Acá no podés relajarte, tenés que rendir siempre”, asegura.

-¿Qué te pide Arruabarrena?
-No quiere que hagas cosas de más, es simple para hablarte y, como conoce muy bien el puesto de lateral, sabe aconsejarte: “Esperá el momento para pasar al ataque; ahora pasá seguido, dale; a este encaralo más; ahora quedate un poco porque el volante hace tal movimiento”.

-Desde aquellas situaciones difíciles que comenzaron en 2010 hasta este dulce presente que te tiene como titular, ¿qué cambio hubo en vos?
-Maduré mucho y eso me llevó a ser lo que soy como jugador… Lo más importante es que pude volver a levantarme después de haber llegado a Primera y de haber bajado bastante tiempo, y fui paciente para esperar el momento y aprovecharlo.

JUEGA y festeja. Sus dos goles en Primera se los marcó al mismo equipo, Central, en los dos últimos meses.

CUANDO SE TRASLADA imaginariamente a su Neuquén natal, no tarda ni dos segundos en focalizar el Club Alta Barda, que compraron sus padres: José Luis y Gabriela. Ahí Leandro se crió y creció, lloró y festejó, esquivó el básquetbol –deporte que practicó y que le gustaba a José Luis–, se copó con la natación, y se enamoró del fútbol al seguirlo a Santiago, su hermano mayor. “Me encantaba en verano buscar chicos por el club para jugar los triangulares de fútbol y después, tipo 8 de la noche, meternos en la pileta. Esperaba mucho esos momentos durante el año, porque pateábamos y nos divertíamos todo el día”, afirma.

Hincha de Boca desde la primera hora, sufrió un revés a los cuatro años, que digirió más adelante: su padre falleció tras un accidente en la ruta. “Como era chico en ese momento, no me daba cuenta de lo que estaba viviendo… Físicamente, yo me parezco a él. Todos me lo nombran como una persona excelente y lo recuerdo así. Después, me seguí criando con mi mamá y con Jorge, el Colo, que para mí es mi viejo”, asevera.

Como con Santiago querían saltar de cancha de 5 a cancha de 11, se anotaron con el aval del Colo en la escuelita de Independiente de Neuquén, donde luego largarían en las inferiores. Ahí Leandro se plantaba como volante por derecha, posición en la que debutó en la Primera de la Liga de Neuquén, donde acreditó sólo dos partidos. A los 14 años, se probó en Centenario, club que manejaba un grupo gerenciador que acercaba jugadores a equipos de Buenos Aires y que Néstor Craviotto supervisaba. Así como Otto lo llevó a mostrarse sin suerte a Estudiantes de La Plata, Marín debutó a los 15 años en la Primera de Centenario, en el Argentino B, Cuarta División del fútbol argentino.

La curiosidad pasaba, entonces, por ser el benjamín de un plantel de Primera, aunque fuera amateur, y por compartir el once con Roberto Pompei, Raúl Cascini y José Basualdo, futbolistas de una respetable trayectoria que fueron campeones del mundo a nivel clubes y que sólo disputaban los partidos con el equipo, sin necesidad de ir a entrenarse.

“Jugar con ellos fue una locura. Hacía poco que Cascini había ganado la Intercontinental con Boca. Era groso. Igualmente, Pompei me sorprendió más que todos en cuanto a lo futbolístico, porque tenía una pegada impresionante, metía un cambio de frente y te ponía la pelota en el pecho. ¿Si les decía algo? Qué iba a decirles, si ni hablaba (risas). Los escuchaba y aprendía a moverme mejor… En el Argentino B se jugaba más con actitud y con ganas que con fútbol… Y ellos te decían ‘hacé este movimiento’ y capaz quedabas solo, ‘tirá una diagonal por allá o encará para el otro lado’, cosas que nosotros no teníamos en cuenta. Esto me ayudó mucho para cuando llegué a Boca”, sentencia.

-¿Por qué?
-Tenía otro roce y, cuando me vieron a principios de 2007, ya me guiñaron un ojo como que quedaba y a la segunda prueba, que fue un tiempo después, me confirmaron que me fichaban. De todas maneras, arranqué en enero de 2008 porque tenía que terminar 3º año de la secundaria en Neuquén.

-¿Qué tal te bancaste la lejanía de la familia y la vida en la pensión?
-Al principio, era todo felicidad, pero me costó adaptarme. Como tenía compañeros que estaban en la misma que yo, se hacía más fácil la convivencia, atravesar los momentos de soledad… Y me ayudó llegar a Boca y jugar, porque hay muchos chicos que hasta les cuesta encontrar su puesto.

-¿Vos lo encontraste fácil?
-Me lo encontraron en una de las pruebas. “Che, me piden si podés jugar de 4”, me dijo Craviotto, que me había llevado con Cascini, que después fue mi representante. “¡Cómo no voy a ir de 4, sí!”, le respondí. Bueno, me probaron, gusté y quedé. Cuando había pisado el club en 2008, comentaban: “Ahí viene el 4 de la Séptima”. Y bueno, ya estaba: a esa edad no te animás a decir nada, sólo querés jugar. Después, me acostumbré al puesto y me gustó.

-¿Qué es lo que más te costó durante esa adaptación?
-El centro cruzado a la espalda o para cerrar con la pierna inhábil.

En ese 2008, lo convocan a la Selección Sub 17 y en 2009, además de jugar en Reserva de Boca, salió segundo en el Sudamericano, tercero en el Torneo Esperanzas de Toulon (era Sub 21), y no superó los octavos de final en el Mundial. “Fue hermoso haber jugado en la Selección, donde están los mejores del país. Me quedé dolido en el Mundial porque podíamos haber terminado más arriba, pero perdimos 3-2 un partido increíble ante Colombia, que ganábamos 2-0 y que teníamos controlado. Igualmente, esa derrota me sirvió como experiencia”, agrega.

"SOY El primer neuquino en jugar en la primera de Boca", dice. Debutó en 2010 y aún busca consolidarse.

LATERAL POTENTE y que tira el centro de primera (una virtud preciada), comprende que le sobra soga a los 22 años para pulir varios aspectos en cuanto a su fútbol. “Quiero mejorar mi pierna inhábil y ganar de cabeza -describe-. Creo que eso me lo dará la experiencia. Sé que voy a crecer en mi rendimiento con el ritmo de juego y a medida que pasen los partidos”.

El Xeneize, aquí y ahora, surge como el disparador en el tramo final de una conversación que superará la hora. El equipo no sólo cambió la cara y la actitud, sino que también mejoró en su juego desde que Arruabarrena lo dirige. Esto, sin dudas, genera expectativas en la gente y en la prensa, y puede significar el prólogo del despertar futbolístico. “Esperemos que así sea. Mientras tengamos chances, vamos a pelear el campeonato que juguemos porque a eso nos obliga este club, y aquel que está o llega a Boca lo tiene clarísimo”, sentencia sin titubear.

-¿Pagarías una entrada para ver este Boca?
-La pagaría para ver a Boca, a este o a cualquiera, porque venir a la Bombonera es impresionante, por lo que se genera.

-¿Desde adentro, al jugar, te podés aislar?
-Cuando jugamos, me aíslo. Pero, si prestás atención y no estás acostumbrado, te puede pesar la Bombonera porque es increíble lo que la gente alienta y grita.

-¿Ustedes ya tienen una identidad definida con Arruabarrena como técnico?
-No lo sé… El equipo tuvo momentos en los que jugó bien, pero se caracterizó más por el ímpetu ganador que por el buen fútbol. Ahora tenemos que jugar más desde la inteligencia, como ya hicimos contra Vélez y Central (por la Copa Sudamericana), que desde las ganas.

-¿Por qué les cuesta encontrar y sostener esos pasajes de buen fútbol?
-La cabeza juega mucho… No es fácil lograr ni mantener un rendimiento alto siempre. Este es un equipo que está en formación, que va a hacer muy buenos partidos y que encontrará esa regularidad porque tenemos un plantel impresionante individualmente.

-¿Qué compañeros te sorprenden?
-Muchos: Gago siempre demostró que es bárbaro, Meli que está en un muy buen momento, Chávez y su potencia para llevarse puestos a los rivales, Carrizo me gusta mucho, como Colazo y varios más.

-¿A qué aspirás?
-Afianzarme como titular en la Primera y todavía sueño con ser campeón como protagonista en el club. Estuve en el plantel y fui al banco cuando ganamos el Apertura 2011 y la Copa Argentina 2012, pero no jugué ni un minuto.

-¿Después de Boca qué, no hay vida?
-Me gustaría llegar a un club importante de Europa, y jugar un Mundial con la Selección Mayor sería un sueño.

Por Darío Gurevich. Fotos: Emiliano Lasalvia

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