LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Más que mil palabras [sobre Lobanovskyi]: la estatua

- por Martín Mazur: 05/04/2014 -

El técnico más influyente en la historia de Ucrania, convertido en protagonista de las manifestaciones.

 Nota publicada en la edición de marzo de 2014 de El Gráfico

HAY FUEGO, hay cenizas, hay destrucción y muerte. Y hay una estatua que observa, testigo de una batalla en las calles de su amada Kiev. La estatua es de un técnico de fútbol, Valeriy Lobanovskyi, que ostenta el título de Héroe de Ucrania.

El Coronel, como le decían, fue uno de los técnicos más influyentes en la historia del fútbol moderno. Su concepto se asemejaba al fútbol total promovido por Rinus Michels, sólo que tenía un enfoque distintivo: la ciencia. Doctorado en ingeniería matemática, desde que Lobanovskyi asumió en el Dinamo de Kiev, en 1974, llevó el concepto científico al fútbol. Coincidió con la época de mayores logros en la Unión Soviética, particularmente en el territorio de Ucrania: desde la carrera espacial a la creación de las primeras supercomputadoras, el laboratorio despertaba admiración en el mundo soviético. Su fútbol era laboratorio puro, pero no lo que ahora entendemos por laboratorio, sino algo mucho más complejo: en la mirada del Coronel, un partido era una ecuación desplegada en el campo. “Toda vida es un número”, decía. Le gustaba el buen fútbol (como jugador fue un exquisito extremo izquierdo), tanto como la preparación casi militar, el cuidado por la dieta, la aplicación metódica de entrenamientos específicos y la obsesividad por la rehabilitación. El Politburó soviético supo que tenía en él una figura representativa como para transformarlo en el Yuri Gagarin del fútbol. Con él llegó la primera victoria soviética a nivel internacional, la Recopa de Europa de 1975.



SUS EQUIPOS eran máquinas, en el sentido total de la palabra. Capaces de destruir tanto como un tanque aplastaría a una bicicleta, como puede dar fe el Atlético de Madrid, en la final de la Recopa 1986. Los individuos eran piezas de un motor. Si el motor funcionaba bien, el equipo tenía que mostrar un juego colectivo sorprendente. Lobanovskyi dividía la cancha en franjas y cuadrículas. Un partido era un sistema de 22 elementos, con dos subsistemas de 11 elementos, regido por ciertas leyes. La ecuación tenía que dar cero si los dos subsistemas se bloqueaban. Su trabajo era que su equipo colectivamente fuera capaz de resolver esa ecuación. “Lo más importante en el fútbol es lo que cada jugador está haciendo en el campo cuando no tiene la pelota”, decía.

No creía en el pressing asfixiante como principal método de ataque. En uno de sus libros, describió las tres formas de presionar que tenía que aplicar cualquier equipo. El pressing alto, perfeccionado cerca del área rival, para propiciar el error del adversario; el pressing bajo, en bloque detrás de la mitad de la cancha, y el pressing falso, en el que el equipo simula darle libertad al adversario, pero algunos futbolistas presionan individualmente. Llevar a cabo sólo una forma de pressing, concluía Lobanovskyi, terminaba por favorecer la concentración del adversario; variando el modo de presionar, en cambio, se inducía a la distracción y, por ende, al error.
El aprendizaje era el trabajo de la semana. Durante los partidos, el técnico seguía el juego en silencio, con movimientos oscilantes, como si el banco fuera una silla mecedora. A cada jugador del Dinamo no se le suprimía la capacidad de jugar, pero sí se lo inducía al juego intuitivo, basado en los ejercicios ya realizados. Si un jugador le decía: “Pero yo pensé...”, él lo interrumpía: “Yo pienso por usted. Usted no piense, ¡usted juegue!”.

Mucho antes de la aparición de los joysticks y los videogames, Lobanovskyi se metía en la mente de los jugadores y los hacía ejecutar por él, a distancia.

Al contrario del catenaccio, sus equipos no promovían la abolición del juego ofensivo. Por eso, los delanteros más talentosos –Oleg Blokhin en los 80, Andriy Shevchenko en los 90– reverenciaban al DT tanto como los defensores. En su carrera ganó 30 títulos, entre 1974 y 2001, incluyendo 13 ligas, dos Recopas y una Supercopa de Europa, más dos medallas olímpicas (bronce 1976, plata 1988).
Luego del exilio forzoso en el Golfo Pérsico, tras el fracaso de la URSS en el Mundial 90 (última en el grupo de Argentina), Lobanovskyi regresó a la Ucrania independiente y forjó su último gran equipo, el Dinamo de Kiev de fines de los 90, una máquina que llegó a las semifinales de la Champions League con Shevchenko y Rebrov en ataque, y Gusin como tuerca defensiva, ajustable según requiriera el partido. En esos cinco años (1997-2002), el Dinamo consiguió registros casi imposibles: 79,7% de efectividad, con 110 victorias, 20 empates y 8 derrotas. El Coronel murió el 13 de mayo de 2002, pocos días después del partido contra el Metalurh. Ya le habían otorgado el título de Héroe de Ucrania. Cuando Shevchenko ganó la Champions League con el Milan, volvió a Kiev, posó el trofeo junto a la estatua, y dejó su medalla en la tumba de su técnico más querido.

Lobanovskyi no sólo se transformó en un entrenador mito; también es el nombre del estadio del Dinamo, un memorial en el cementerio de Kiev, un hotel y una estatua en las calles de la capital, hoy conmovida por los sangrientos sucesos que dieron la vuelta al mundo.



EN UNA manifestación que no tuvo líderes visibles –las primeras protestas las empezaron los estudiantes, salvajemente reprimidos por la policía–, la estatua de Lobanovskyi también fue protagonista, transformada en un indignado más: su cara quedó semitapada por la bandera ucraniana; le pusieron casco y antiparras, una máscara antigás en la mano, y una piedra apoyada sobre la otra.

La llegada tardía del invierno a Kiev dejó a la estatua cubierta en hielo, al que luego se le adosaron las cenizas de los crecientes choques en las calles. El 19 de febrero, la estatua había pasado a ser un gigantesco bloque de hielo y ceniza, como una piedra virgen que aún no hubiera sido esculpida. Quizás, para evitarle el disgusto de presenciar lo que estaba ocurriendo.

Ucrania decretó su independencia del régimen soviético en 1991. La última elección fue objetada, repetida y consagró al actual presidente, Viktor Yanukovych, que desde entonces, avanzó sobre ciertas libertades promovidas por aquella constitución nacional firmada en 1991, hoy severamente comprometida.

Con sangre en las calles y el riesgo de terminar en una guerra civil, quizás valga la pena recordar una frase de Lobanovskyi el día que le tocó perder (cuando no clasificó a la Euro 84), para abrazar aquellos principios democráticos hoy olvidados: “Un camino es un camino. Es un camino a la luz del día, es un camino en la oscuridad y también es un camino al atardecer”.

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Por Martín Mazur 

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