HISTORIAS

Che, fútbol

- por Redacción EG: 31/03/2014 -

El club Che Guevara no cobra cuota, no mancha la camiseta con publicidad y no compra ni vende jugadores. Cobija a más de un centenar de pibes que, a modo de charla técnica, reciben valores como la solidaridad, el respeto y la honestidad.

Nota publicada en la edición de marzo de 2014 de El Gráfico

LA BANDERA lo dice todo. Un homenaje para uno de los argentinos más famosos del mundo.

“Usted esta loca”. Claudio Ibarra se olvidó de las formas cordiales. Hasta entonces, la charla había transitado los senderos habituales: la organización de un nuevo taller sobre las ideas del Che, la elección de una fecha para difundir esos documentales que tanto les gustaban, la discusión política habitual… Pero esa tarde de febrero de 2006, Ibarra creyó que su amiga había ido demasiado lejos: se había animado a poner en palabras lo que venía amasando en silencio desde hacía tiempo. “Tenemos que fundar el club Che Guevara”, le acababa de decir esa señora de voz pausada y convicciones a prueba de refutadores.

Era febrero de 2006. El 14 de diciembre de ese año la idea se hizo acta: los dos, más María Luna, fundaron el Club Social Atlético y Deportivo Ernesto Che Guevara. El lugar elegido fue el mismo de la charla inicial: la casa de Mónica Nielsen, la primera y única presidenta del club. La loca.

Romper el molde
Jesús María y Colonia Caroya, dos localidades unidas y ubicadas 50 kilómetros al norte de Córdoba, arman un cordón urbano que alberga alrededor de cincuenta mil habitantes. Un lugar que cada enero es el epicentro de una tradición: allí se celebra el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María, amplificado por TV a todo el país. A la sombra del espectáculo de los caballos y las guitarras, el Club Che Guevara extendió sus brazos desde el principio para contener a aquellos que no podrían siquiera pagar la entrada más barata del festival. “Entramos a los barrios donde no cualquiera camina. En esos lugares, nosotros tenemos un arraigo muy grande”, cuenta Mónica, la voz de un proyecto que se pelea a trompada limpia con las formas imperantes en el fútbol actual.

Después de un tiempo de acomodamiento, el club fue perfilándose como lo que es hoy: un espacio horizontal, en el que el fútbol es una excusa antes que un fin. “Al principio se acercó mucha gente a la que sólo le interesaba el fútbol. Pero de a poco la idea fue quedando clara: elegimos este deporte porque es masivo y popular, dos condiciones muy buenas para difundir el pensamiento del Che”, explicita la presidenta, a la que nadie llama así. “Para todos soy ‘la Moni’”, asume, orgullosa.

El manual de usos y costumbres del club –nunca escrito– tiene preceptos innegociables. “La camiseta del Che no se mancha más”, sentencia Mónica; es que durante algún tiempo, algunos comerciantes de la zona aceptaban comprar las camisetas para el club a cambio de colocar publicidad en ella. Eso es pretérito. “Nuestro único sponsor es el Che”, afloja una sonrisa la señora, que trabaja en el archivo de la Municipalidad de Jesús María. La camiseta tiene la histórica imagen del Che como única referencia. Es la misma que tomó en 1960 el fotógrafo cubano Alberto Korda en la Plaza de la Revolución, en La Habana, y que hoy identifica a Guevara en el mundo entero. Cuando el equipo entra a la cancha, la mirada del Che acompaña a los jugadores. Cuando se van, sus espaldas repiten la declaración de principios hecha bandera: “Hasta la victoria siempre”, que se puede leer en la parte posterior de las camisetas.

Otro punto central de la ideología del club es que no hay transacción posible: “Al Alexis no lo vendo”, se planta la mujer, para poner como ejemplo el caso de un chico buscado por los clubes grandes de Córdoba. No venderlo no significa cortar su carrera, apenas no comerciar con las personas. Alexis, cuando quiera, podrá irse a otro club: el Che le dará el pase libre. En la misma condición llegan los que quieren sumarse: no se vende ni se compra.

El abecé se puede completar con la inexistencia de la cuota social. “Tenemos socios, claro, pero no para que paguen, sino para que se involucren”, argumenta Mónica. Asentado en el barrio Sierras y Parques de Jesús María, el club encuentra en esa zona populosa y con necesidades elementales su núcleo de pertenencia. Entonces, para sobrevivir y darle forma al proyecto, mejor que cobrar cuota es hacer: empanadas, locros, rifas, todo es bueno para conseguir fondos. “Llegamos a la masa, logramos que la gente trabaje por amor a nuestra causa”, le da sentido al colectivo que forman. “Ningún club debería cobrar una cuota social. Estos son espacios de pertenencia que en los noventa se destruyeron, y contra eso también luchamos. No lo hacemos por caridad, el deporte es un derecho”, sienta posición.

TROTANDO y entrando en calor, los jugadores del club.En el frente de la camiseta domina la imagen del Che.

A la cancha
En su primer año de acción en la Liga Regional de Colón, el Che –así llaman todos al club, dentro y fuera de él– se presentó con Primera y Reserva. Andando, lograron ir agregando divisiones juveniles: hoy tienen formadas la escuelita de fútbol para menores de 5 años y las categorías Sub 10, Sub 12, Sub 14 y Cuarta. Cubren todo el espectro, justo lo que aspiraban.

Los entrenadores, en su mayoría, son familiares de los chicos. Juegan de local en el club Deportivo Colón, de Colonia Caroya, que les cede gratuitamente las instalaciones para todas las categorías. A cambio, el Che ha construido vestuarios. La tarea de juntar peso sobre peso se traduce en números que Mónica entrega de memoria: “Cuando somos locales tenemos que pagar 1700 pesos por los árbitros, 1450 pesos por el operativo policial y 256 pesos por la ambulancia”. Los jugadores no sólo no cobran: además se compran su propia camiseta. Tienen nombre y apodo, algunos con impronta humorística cordobesa. Están Casita, Wilson, Perdiguera, Pata… Daniel Mamondi, uno de los jugadores de la Primera, es Truchudo, vaya a saber por qué extraña asociación con su cara. Truchudo se ríe. Y sigue corriendo.

En la semana, los entrenamientos se hacen donde se puede. Parques, descampados, plazas también. Y los viajes, en colectivos de línea cuando se juega de visitante, si la plata alcanza para costear la movida.

Entre pelotazos, Mónica dice que ellos van plantando las semillas en las cabecitas de los chicos. Que hablan de valores: solidaridad, respeto, honestidad. Que los chicos van aprendiendo. Que, en el fondo, los grandes sueñan con alimentar conciencias. “Acá hay una mística. Empezamos por lo básico: el saludo. Nadie llega ni se va sin haber saludado a todos los demás”. Tienen barra, también: “Aplauden hasta cuando perdemos”. Y políticos que rondan la cancha: “Sobre todo cuando están en campaña. A todos les decimos lo mismo: que vuelvan cuando ganen las elecciones y ahí charlamos”.

Una manera sencilla de aplicar esos valores que inculcan es la difusión de “Operación Milagro”, el programa de la Fundación UMMEP por el que personas sin recursos económicos se operan gratuitamente de cataratas. Mónica relata con emoción el caso de la abuela de un chico del club que recuperó su visión después de acceder a esta iniciativa. “Gracias a que el nene viene acá, la familia se enteró del programa. Para eso está el Che”, sintetiza.

En el horizonte del club se ubica la pretensión del terreno propio. Un espacio donde el club pueda enclavarse definitivamente. Saben que para eso falta, que para lograr ese propósito se necesita que la coyuntura política y económica patee la pelota para el lado del Che. Mónica elige otras palabras para anclar ese sueño: “Estamos esperando que el guevarismo internacional despierte. Ese día lo conseguiremos”, remata, sin bajar la guardia.

Sólo entonces se anima a soltar una confesión, a mano con lo que sienten esas personas especiales que la pasan mejor dando todo que recibiendo algo. “Este club me ubicó en mi lugar en el mundo. Y es una conexión maravillosa”, se ilumina.

ALEIDA GUEVARA, la hija del Che, posa junto a dos chicos del club, que ya cuenta con representatividad en todas las categorías.

Nacional y popular
En enero de 2012, el club Che Guevara asumió el desafío de organizar la Copa América. Pero nada de Neymar, Luisito Suárez ni Messi; se trató de la denominada “Copa América Alternativa Hombre Nuevo”, una especie de homenaje al fútbol solidario, presentado como contracara de la lógica del mercado que domina al fútbol en general. De América, la copa tuvo apenas una parte: hasta Jesús María llegaron equipos de Argentina, Chile, Brasil, Bolivia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Lituania. De esa reunión –que terminó con la consagración de Autónomos, de Brasil– salieron las imágenes del documental “Copa Hombre Nuevo. Una película de fútbol”.

Que tantos equipos del mundo hayan ubicado a Córdoba en el mapa se debe, en buena medida, al interés que el club local despierta fronteras afuera. La revista alemana Der Spiegel fue la primera fuera de la Argentina en interesarse en el Che del fútbol. Con el tiempo, se publicaron notas en L'Equipe (Francia) y Panenka (España), por citar dos medios especializados en deportes, y también se rodó un documental para la BBC inglesa.

El mes pasado, la productora catalana Boogaloofilms se instaló en Jesús María para contar la historia desde una mirada más abarcativa. Ellos eligieron al club como uno de los tres protagonistas del documental Where Football is (no estrenado aún, cuyo afiche está arriba): los otros son el Ceares (Gijón) y el St. Pauli (Hamburgo). En todos los casos, la defensa de una identidad propia y vinculada a la izquierda –que llevan adelante los clubes– motoriza el relato.

La difusión tiene sus consecuencias: “Hemos enviado camisetas del club a personas que nos escriben desde Latinoamérica y también de Europa”, cuenta Mónica Nielsen, la presidenta. El problema es si les piden veinte a la vez: la serigrafía (técnica que se utiliza para reproducir el escudo) corre por única cuenta de la mano artesanal del Pibe Molina, el artista del club.

Por Andrés Eliceche

Por Redacción EG: 31/03/2014

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