ANóNIMOS RECONOCIDOS

Rolando Arrada: la fuerza de la ilusión

- por Redacción EG: 22/01/2013 -

Hace 30 años, a Rolando Arrada le impidieron entrar en la Escuela de Jockeys porque creían que tenía Síndrome de Down. Igual logró el permiso para correr y se recibió de jockey con 120 victorias. Luego quedó viudo, pero siguió aferrado a un pura sangre y volvió a ganar tras dos años. “No he visto gente más querible que una persona Down”, dice sin rencor.

  Nota publicada en la edición de enero de 2013 de El Gráfico

NADIE pudo ponerle límite al sueño de Arrada.

La historia y las sensaciones fuertes no se detienen para el jockey Rolando Alberto Arrada. Ya con 45 años y 28 de profesión, su vida puede ser, cuanto menos, motivo de inspiración para un escritor, guionista o director de cine. Es una inagotable catarata de episodios que abonan el terreno de las emociones. Que pegan en el centro de gravedad del alma. Que muestran sacrificio, abnegación y condiciones atléticas de su parte y, como contrapartida, discriminación, prejuicios, incomprensión, intolerancia y lo que es peor: ignorancia. Y también, por fortuna, un reconocimiento y un éxito que son el corolario de un acto de justicia.

Arrada nació un 25 de mayo de 1967 y enseguida experimentó su primera situación traumática. No vivió con sus padres biológicos, quienes lo abandonaron. Fue criado por sus tíos, Felisa Batalla y Horacio Sachi. Sin caer en un lugar común, sin generar justamente el efecto no deseado, los rasgos de Arrada llevaban a pensar que era un niño que padecía Síndrome de Down. “Nunca me sentí así en ningún momento de mi vida, ni en los peores, cuando me discriminaban en la escuela y en mi profesión. Y ahora que soy un hombre grande, que tengo hijas, si hubiese sido Down o me siguieran confundiendo con una persona que tiene esa enfermedad, para mí no sería motivo de enojo o vergüenza. Al contrario, no he visto personas más cariñosas, buenas y sensibles que los chicos Down. Lo he palpado personalmente, son seres increíbles. Pienso que son ángeles”.

Sin embargo, no pensó así Rolando cuando siendo adolescente –ya de a caballo, porque montaba en el campo–, con la furia de un pura sangre, con su rostro aplastado por el viento y con su corazón erguido por el orgullo, pretendía llegar a la meta que aspiraba: convertirse en jockey.

Pero llegó otra piedra en su camino. Cuando finalizaba la década del 80, Arrada ingresó en la Escuela de Jockeys Aprendices del Hipódromo de San Isidro. Cursó un año, se le vieron condiciones, pero médicos de una clínica privada aconsejaron no otorgarle la licencia justamente porque pensaban que era Down. Ignorancia, intolerancia. Error, grave error.

A Rolando no le quedó opción. “Me fui a Rosario. Solo, con mi tristeza como compañera, pero también con el pensamiento de que iba a tener una oportunidad. Llegué a dormir en un box, en la cama de paja y pasto de un caballo. Me aceptaron porque yo siempre me expresé con claridad. Siempre supe lo que quería. No me tuvieron lástima, al contrario. La discriminación duele, pero puede motivar más de la cuenta. No soy quien para decirlo, pero nadie puede juzgar a los demás sólo por su apariencia”, afirma. Y en Rosario debutó como jockey aprendiz después de montar innumerables mañanas de invierno entre las sombras y el frío, siempre detrás del calor de la luz de la estrella que lo guiaba. Incluso concretó la hazaña de ganar el Clásico Gobernador de la Provincia en ese escenario. “Ya era jockey. Piensen lo que piensen, digan lo que digan...”, recuerda.

Con una licencia oficial llegó a Palermo, al turf grande y en 1991 debutó ganando con la yegua La Filosa, algo que muchos grandes jockeys no pudieron lograr. Y llegó una época dorada, donde los triunfos se sucedieron uno tras otro.

Pero la intolerancia no se apartaba de su camino. No faltaba quien le gritara alguna barbaridad desde la tribuna y, pese a haber ganado más de 40 carreras en Palermo, no le permitían correr en el hipódromo de San Isidro, en el mismo lugar donde no lo habían dejado seguir cursando en la Escuela de Jockeys. Entonces, para evitar que la estupidez se siguiera enquistando en su destino, el doctor José Gonzalo Juarrós, jefe del Servicio Médico del Hipódromo de Palermo, y Jorge Valdivieso, el más grande de los jockeys argentinos de las últimas décadas, se convirtieron en sus patrocinantes. Valdivieso era, además, secretario general de la Asociación Gremial de Profesionales del Turf. Todo fue sencillo, Juarrós envió a Arrada en 1994 al Instituto Nacional de Genética Médica. A Rolando le efectuaron los estudios pertinentes. Y los resultados fueron contundentes: “No se han encontrado anomalías cromosómicas numéricas ni estructuradas. Tampoco ningún rasgo fenotípico que se asocie a un síndrome genético conocido”.

Más claro imposible. “Me tuvieron que dejar correr en San Isidro. Pero se ve que me la tenían jurada porque la primera carrera que corrí, al largar se me fue el caballo para adentro y me suspendieron”, recuerda con una sonrisa dibujada en el rostro. Y como estaba escrito, como era de esperar, en San Isidro cruzó victorioso con un caballo llamado Rincón Pleno en julio de 2001 y logró su victoria número 120, la que lo convirtió en jockey profesional.

"Les gané a todos los que de alguna forma me discriminaron. Prefiero pensar en los que me ayudaron. Mis compañeros me respetaron y superé la intolerancia y la ignorancia. Es fuerte sentir esas sensaciones, pero yo estaba preparado, si hasta mis padres me habían dejado. Sabía que montando un caballo mi libertad estaba asegurada y nunca sentí lo que me quisieron hacer sentir. No sé si fui fuerte. Simplemente luché por el objetivo al que quería llegar. Lo demás fue circunstancial”.

Rolando se casó con Viviana Cuervo y tuvieron dos hijas: Evelyn (10) y Lucía (5). Compró su casa, su auto, sintió el amor en su más firme expresión. Pero la vida parecía empeñada en provocarle heridas a traición. A puro dolor. Hace tres años, un 24 de diciembre, su esposa murió víctima de una enfermedad y lo dejó cuando el camino que estaban recorriendo juntos recién comenzaba a trazar huellas llenas de amor.
“Me deprimí. Miré al cielo tantas veces, me pregunté una y otra vez por qué, por qué siempre a mí... No tuve respuestas en las palabras de consuelo. No había respuestas ni sentido, simplemente debía vivir y vivir y, además, tenía y tengo a mis dos ángeles que me cuidan y que me empujan todos los días para ir adelante”, le dice a El Gráfico.

Arrada dejó un tiempo de competir, pero volvió a montar. Y aunque no corre tan seguido, trabaja todos los días en Palermo como jockey vareador. Sigue desafiando al viento. Su corazón está retacón. Sintió demasiadas alegrías, muchos dolores, hasta esa incomprensión que ni el mejor analista del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) podría explicar. Pero luce el orgullo de estar en peso y en forma para seguir compitiendo.

Por eso, hace unas semanas, después de dos años, volvió a cruzar victorioso. Ganó en Palermo con la yegua La Etiopía. “Fue algo increíble. Mis hijas se enojaron un montón porque no las llevé al hipódromo. Volver a ganar fue como volver a empezar. Para mí ya era un triunfo competir. No sé, puedo decir muchas cosas, pero quiero agradecerles a todos aquellos que siguen confiando en mí. A mis compañeros, a los entrenadores, a todos. Yo no viví ni viviré con ningún karma. No es que me sienta fuerte o más que nadie. Pienso que un ser humano merece siempre una oportunidad”, dice hoy con la misma sonrisa que cuando este periodista lo entrevistó hace once años, justo en el momento en que se recibía de jockey.

Hay uno o varios mensajes fuertes en la historia de Rolando. Y habrá más. Porque como debe ser, el esfuerzo, la solidaridad, la vocación y el amor superaron a la incomprensión. No es común. No se da siempre, pero quizás, como lo hace un caballo, Rolando sale cada día a enfrentar la vida con coraje, con orgullo, con la altivez de los que saben que algunas frases tan sencillas suelen ser verdades fuertes. Que las apariencias engañan... Hay un mensaje muy fuerte en la vida de Rolando, muy fuerte...

Por Adrián Casaccio. Foto: Hernán Pepe
Por Redacción EG: 22/01/2013

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