Notas de la revista

Mauricio Hanuch: "La palabra transplante era algo gravísimo"

- por Redacción EG: 07/02/2011 -

En menos de tres años un virus le destruyó los riñones y estuvo muy cerca de morirse. El Turquito de Platense, aquel de los inolvidables goles a Boca y del carácter siempre alegre, recibió el órgano de su hermana mayor. Una historia que conmueve y emociona.

Nota publicada en la edición enero 2010 de la revista El Gráfico

VALENTINO, de 3 años, y su papá, delante del arbolito de navidad. Los dos son hinchas de Boca.

“ME OLVIDE DE DECIRLES que no estén resfriados ni vos ni el fotógrafo si no, no podemos hacer la nota”.

Mauricio Hanuch llama para avisar. Y conmueve con su pedido. Ha sido transplantado hace dos semanas de un riñón, el de su hermana mayor, porque ninguno de los propios ya le funcionan y, tras escuchar el mensaje, uno imagina encontrarse con un escenario tenebroso. Un paciente semimoribundo, quizás con barbijo, tal vez conectado a un suero, bajoneado, con pocas ganas de hablar. Nada que ver. El Turquito abre la puerta de su departamento de Las Cañitas y si bien saluda extendiendo el brazo y aclarando que no puede dar besos, a los minutos es un vendaval de palabras que se pisan unas con otras y no dan respiro al interlocutor. Más o menos como cuando jugaba, cuando irrumpió en la primera división de Platense: un volante ofensivo, rápido, que gambeteaba a los rivales, a los postes, a los alcanzapelotas y cronistas de TV si se ponían por delante. Un típico producto del potrero argentino, al que un poco de pausa e inteligencia hubieran convertido en un producto de exportación de alta gama, aunque tampoco se puede quejar.

Aquí está el Turquito, vertiginoso hoy en el hablar como ayer en el andar, escoltado por Marcela, su duende protector más que hermana mayor. Con muchas ganas de vivir y contar.

“Me siento espectacular. Me dejaron los dos riñones atrofiados atrás y me pusieron el nuevo adelante. Los primeros días sentía cierta pesadez pero ahora, nada de nada. Hay unos primeros tres meses de mucho cuidado; si pasás eso, está todo bien. No debo ir a lugares públicos, tengo que saludar sin dar beso, salir a la calle un poco a caminar y nada más. Y, claro, no olvidarme ninguno de los 18 medicamentos que estoy tomando. Yo estoy inmunodeprimido para que mi cuerpo no rechace el riñón. Y deberé seguir tomándolos de por vida”, detalla, casi como un especialista.

Marcela, algo dolorida porque en la operación le han tocado un poco el pulmón, destaca el vínculo particular que lo unió a su hermano varón: “Somos muy parecidos, muy miedosos ambos para todo, pero acá no tuvimos ninguna duda. Lo había ido a ver el día que lo internaron de urgencia y volví llorando en el colectivo. Ahí mismo pensé en darle mi riñón, lo hablé con mi marido y mis hijos, y tomamos la decisión”.

DOS GOLES en la Bombonera con la camiseta de Platense marcan a cualquiera. Fue 4-0 en el 98 y le valió su pase a Independiente.

¡Qué gesto! Hay que sacarse un riñón para vivir con uno solo. “Mi otra hermana, Carina también me quiere mucho –se suma el Turco-. Cuando me hablaron del transplante, se ofrecieron todos: mis hermanas, mi viejo, mi mujer, pero los estudios dieron la mayor compatibilidad con Marcela. Es increíble, pero ella me marcó mucho en mi vida: era la que me levantaba a la mañana, me vestía, me llevaba de acá para allá, fue una segunda madre. Y Eva, mi mujer, tiene unos ovarios tremendos. Los huevos que me faltan a mí, ella los tiene de ovarios. Le puso el pecho al asunto y tiró para adelante con todo”.

El árbitro pide un respiro. Antes de entender el cómo, el cuándo y el por qué de esta situación, vale matizar un poco charlando de fútbol. El Turco no tiene filtro, y entonces su relato cobra valor, porque ayuda a entender un poco tantas cosas de este misterioso mundo del fútbol que casi nadie quiere contar.

“SIEMPRE FUI UN DESPISTADO. No fui una persona preparada para la adversidad, lo que soñaba era llegar a Primera, tener mi plata, poder vivir de esto y ayudar a mi familia. Me alcanzaba con eso. Y lo cumplí. No me esmeré mucho; si no, hubiera llegado a más”.

“Los dos goles a Boca me permitieron ir a un grande, Independiente. Anduve bien y al año me vendieron por cuatro palos verdes al Sporting de Lisboa. Cometí un error deportivo por estar mal manejado. El Benfica era una mejor opción pero los representantes cobran más guita si el pase es más caro y como yo venía de una familia muy humilde, sin asesoramiento, ves los números y te convencen”.

“Me rompí los ligamentos por primera vez en el Sporting y después ya no es lo mismo, salvo para algún elegido como Palermo, porque la rodilla te empieza a pasar factura y te ponen el cartelito de que estás hecho mierda. Una vez vinieron a verme de Red Bull, de Estados Unidos. Les gusté y me mandaron  una planilla para que llenara con mis datos, especificando las lesiones. Las puse y el médicor dijo que yo no estaba apto. Y allá no están los curros de acá, que además del contrato en blanco firmás uno en negro en el que ponés que si te lesionás devolvés la plata. El pase se cayó”.

CON SU hermana mayor, Marcela, que le donó uno de sus riñones, en el living de su departamento de Las Cañitas.

“En el Sporting se hablaba de un muchacho de 14 años que la rompía. Lo íbamos a ver a los partidos de Inferiores y era un crack. Después, empezó a entrenarse con nosotros. Hacía mano a mano con el defensor, y el tipo te encaraba y te metía todos los chiches, te sacaba todo el pelotero que tenía adentro (risas). Los defensores le tiraban a matar y no le importaba. Cristiano Ronaldo era medio cancherito pero tenía una personalidad de la puta madre. Era un toro físicamente. Iba al gimnasio y le gustaba trabajar en cueros; y con Toñito, un español, le pedíamos que hiciera ‘la cobra‘, marcando los dorsales. Así festejó varios goles. No llegué a jugar con él, porque me lesioné y él agarró la batuta, así que podemos decir que si no hubiera sido por mí, quizás hoy no estaría en el Real Madrid”.

-¿Aparecés por Madrid y te reconoce?

-Creo que sí, a mí me decía Turco o Hanusha. Además, no tiene que olvidarse de algo. En Lisboa íbamos siempre al mismo boliche y Cristiano no podía pasar porque era menor. Como éramos amigos del dueño lo hacíamos entrar con sus amigos.

LA ULTIMA PARADA de su carrera marcó la misma que la del comienzo: Platense. Tenía 31 años pero algo no andaba bien. “Me sentía mal, me levantaba hinchado. Practicaba y me cansaba, me costaba un montón recuperarme. En los partidos entraba unos minutos y sentía pesadez en las piernas. Me hicieron estudios pero dio todo normal. Me dolía la cabeza, pero llegaba a casa y me medicaba solo, me tomaba un migral y listo”, relata.

Ya no tenía mucho sentido seguir estirando la soga, entonces decidió retirarse. Mientras pensaba el futuro, seguía jugando con amigos. Una vez se prendió en un partido a beneficio en el hipódromo. “Terminé y sentía que me explotaba la cabeza. Me la pasé vomitando toda la noche y las 5 de la madrugada me fui a la Trinidad. Me hice estudios de sangre y a las 3 horas me internaron de urgencia porque los riñones casi no funcionaban”, destaca con tranquilidad, y le pregunta a su mujer, como si hablara de la cotización del dólar: ”Evi, Evi, ¿en cuánto estaban mis riñones?”.

Eva lo sabe bien, porque tiene aquella charla grabada a fuego. Y también aprovecha para soltar algunas broncas atragantadas: “Funcionaban al 10 por ciento y con un 4 te morís. Nos dijeron que le podría haber agarrado un coma y nadie se hubiera enterado por qué. Lo que nunca entendí es cómo no le saltó nada en los estudios que se hizo en Platense”.

JUGO en Platense, Morón, Independiente (foto), Sporting de Lisboa, Estudiantes, Santa Clara (Portugal), Olimpo, Talleres, Defensores de Belgrano, Otelul (Rumania), Río Branco (Brasil), Chicago, Tirana, Durazno (Uruguay) y se retiró en Platense en 2009.

La causa fue un virus que en tres años le destruyó los riñones. “Aguantaste porque sos un deportista, porque nunca fumaste ni chupaste y tenés un buen estado físico; si eras un oficinista, morías”, se sinceraron los médicos. Y aquí es donde el Turco le debe agradecer al bendito fútbol. Y aprovecha y pide que no olvidemos de nombrar al Instituto Nephrology, donde se realizó el transplante, y al plantel de enfermeras y médicos que lo trataron tan bien: Domingo Casadei, Roberto Cambariere, Walter Javier y al Doctor Mainetti.

La resolución, de todos modos, no resultó sencilla. Primero fueron 5 meses de diálisis: “Te sacan la sangre, te la pasan por una máquina, te la limpian y te la vuelven a meter. Hay mucha gente que vive toda su vida así, pero te liquida. Yo hacía diálisis de 7 a 11 de la mañana y llegaba cansadísimo a casa, como si hubiera jugado dos partidos enteros. Me iba a dormir la siesta y recién a las 6 de la tarde revivía. Así tres veces por semana. No es vida. Además, podía comer muy pocas cosas”.
La solución era el trasplante. Y lo hizo el 29 de noviembre.

-¿Tuviste miedo?
-El primer día me golpeó. Para mí, la palabra transplante era algo gravísimo. Se me vino el mundo abajo, pero después me informé y me calmé. El otro día brindamos por eso: mi mujer me agradeció que nunca me encontró diciendo “Me quiero matar”, o cosas así. Siempre fui un tipo de carácter alegre y esto no me cambió nada. Muchos me dicen: “No puedo creer que esté así”.

-Y una duda, ¿con tu mujer tampoco hay besos?

-No, ella es la única excepción, porque los virus se adaptan. Además, si paso tres meses sin un beso, después te duermen, vienen los cuernos, viste. Uno aguanta la cuarentena pero no creo que la mujer aguante más de tres meses...

Y ASI TERMINA la nota. Con un fuerte apretón de manos, pero sobre todo con sonrisas, las mismas que acompañaron durante toda la vida al Turquito de Ciudad Evita. Las que no se tuercen ni se doblan. Auténticas sonrisas que uno jamás imaginaba encontrar. Las sonrisas que no dejaron doblegarse ni por un transplante de riñón.

Por Diego Borinsky / Fotos: Jorge Dominelli y Archivo El Gráfico
Por Redacción EG: 07/02/2011

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