REPORTAJES

Di Stéfano: A solas con una leyenda

- por Redacción EG: 28/01/2009 -

Su dinámica revolucionó la historia del fútbol y provocó el despegue del Real Madrid. A los 81 años, trabaja en el club como uno más, pero conserva la pasión futbolera como ninguno.

Nota publicada en la edición Marzo de 2008 de la revista El Gráfico.

–Hola, Alfredo, soy Diego Borinsky, lo llamé hace unos días de Buenos Aires.

–Sí.
–Bueno, ya estoy en Madrid.
– Está bien, ¿qué quiere que haga?
–Nada, combinar la nota. ¿Le parece mañana?
–Está bien, yo estoy a las once en el club, como todos los días.

Santiago Bernabeu, como buen presidente que hizo historia en un club, tiene estación de metro en Madrid, calle a dos cuadras del estadio y, por supuesto, estadio para darle sentido al recorrido que se inicia en el metro y se prolonga en la calle que lleva su nombre. Obvio.

Alfredo Di Stéfano fue un futbolista que hizo historia y se sabe que, con suerte, a los futbolistas –aún los que han hecho historia– les destinan sitios menos trascendentes para bautismos, como un vestuario, alguna sala, quizás un polideportivo o una tribuna (no vaya a ser cosa de darle un estadio entero).
Alfredo Di Stéfano es tan grande, sin embargo, que logró –mal que le pese a él mismo– diferenciarse del resto de sus colegas, a tal punto que ya tiene estadio con nombre propio en la ciudad deportiva del Real Madrid, donde compite el Real Castilla, segundo equipo del Madrid; también estatua de dos metros de altura que da la bienvenida al predio; avión en el que se desplaza el primer equipo (al fin de cuentas, La Saeta fue factor principal en el despegue del Madrid en la historia) y quizás dentro de poco, según manifestó Ramón Calderón, presidente actual del club más rico del mundo, aparezca su imagen, tipo efigie, en el escudo del club. Esa es su intención, al menos.

Este 17 de febrero, Don Alfredo recibió un homenaje mundial del fútbol. Por un lado, la UEFA y la FIFA, con Blatter, Platini a la cabeza, lo distinguieron como “presidente UEFA”, cargo que se le suma al de presidente honorario del Real Madrid. Más tarde el club le rindió tributo descubriendo la impactante estatua de dos metros de su mítico salto tras un gol al Vasas, de Hungría, por la Copa de Campeones. Marca y As, los dos diarios deportivos de la ciudad, lo pusieron a Alfredo en sus portadas sábado, domingo y lunes, con oferta de suplementos especiales de su vida y obra. La distefanitis impregnó todos los rincones del país y el eco impactó en todo el mundo. Aquí, se lo considera el Número 1 casi sin excepción. Lo sintetiza muy bien Santiago Segurola, una de las plumas más destacadas de la prensa española, con un par de conceptos: “Un momento define la revolución en el fútbol: la ruptura de los corsés que limitaban su espontaneidad y dinamismo (...) Europa se rindió ante el jugador que sacó al fútbol de la foto fija y lo transformó en cinemascope. En realidad, Di Stéfano dejó para los sucesivos astros, de Pelé a Maradona, la discusión sobre cuestiones relativamente menores como la destreza. Pero lo grueso de la revolución pertenecía a Di Stéfano. Eso es lo que cuenta”.

Dos días antes del homenaje, el viernes 15, inmerso en la coctelera de sensaciones a la que fue sometido sin piedad, recibió en exclusiva a El Gráfico, como había prometido. Y pudimos dar cuenta, entre otras cosas, de su estatura de personaje singular, de ejemplar único. Y no por sus condiciones futboleras.

En el despacho de la Asociación de ex futbolistas del Madrid que el mismo Don Alfredo preside y que tiene su sede en el Bernabeu, hay una boina apoyada sobre una silla y un bastón enganchado entre dos muebles. Las dos son sus compañeras inseparables de ruta.

Va para 82 años Don Alfredo –aquí, en España, no se lo llama de otro modo– y basta parar un poco la oreja en la antesala del despacho, para comprobar que Di Stéfano no es una simple figurita decorativa para las fotos de los anuncios oficiales del club. El hombre ejerce su cargo en serio: va, viene, da órdenes, firma fotos, organiza, discute. Piensa, sobre todo, porque está muy lúcido.

–¿Cómo se prepara para el homenaje, Alfredo?

–Lo agradezco muchísimo pero es inmerecido, vamos. Me dan vergüenza estas cosas, me abruman. No merezco tanto, no soy paladín de nada, siempre he dicho que soy colectivo y no individual. Recibo el homenaje con cariño y entusiasmo y se lo dedico a todos mis compañeros.
–Se comentó que había vetado a Maradona y Pelé para el festejo.
–¡No me hablés más de eso que tengo un lío del carajo! (Don Alfredo comienza a levantarse de la silla, pasa del usted al vos, del español al castellano, de Madrid a Barracas sin escala, se agita más de la cuenta, manda un mensaje rotundo de que si jorobamos con eso, se termina la entrevista). ¿Cómo se puede inventar eso? Me dolió mucho, no he dormido nada el otro día por este asunto. Maradona es amigo mío de toda la vida. Que la gente sepa que cuando murió mi mujer, Diego vino al cementerio a acompañarme y eso no lo olvido.
–¿Le da pudor ir de homenaje en homenaje? Hace un tiempo fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires.
–Eso se lo agradezco mucho a Aníbal Ibarra. Cuando aterricé, vi los carteles con luces en la autopista que me daban la bienvenida y ahí nomás dije: “La madre que me parió”. Si me lo avisaban antes, no iba, de la vergüenza no iba.
–¿Cómo es su rutina habitual?
–Al club vengo todos los días, la intención de nuestra asociación es ayudar a los jugadores que están mal, y a muchas de sus viudas, si han muerto sus maridos. Cobran un sueldo. Toda la gente que haya participado en el Madrid y viene, la ayudamos. Somos once en la directiva de la asociación, un equipo entero.
–¡¿Le dan ganas de venir todos los días?!
–Y sí, es mi distracción. También voy seguido a los partidos del Madrid.
–¿Y cómo viene al club?
–En taxi, solo, bien, si tengo el bastón.
–¿Desde cuándo lo usa?
–Dos años, pasa que estoy un poco jodido de la columna. Mire, ahora tengo la faja (se levanta el suéter y la muestra), es para sostenerme.
–Bastón sí, silla de ruedas...
–Y, si la tengo que usar, la uso. No escatimo, si hay que usar un carrito eléctrico, haré una colecta y me compraré uno que me lleve solo.
–Lo que está claro es que no está sólo para las fotos, usted trabaja...
–¡Que no! (enfático), estoy en el club, soy parte de la institución, como son todos los muchachos, cada uno tiene su misión acá, mire a los veteranos ahí sentados, están discutiendo cosas de nosotros. Contra el tablero tiene todos los partidos de los veteranos, hay que organizar esas cosas, los viajes.
–¿Los jugadores actuales pasan a verlo?
–Algunos pasan, sí, Raúl, Casillas, Michel Salgado...
–¿Vienen a charlar con usted?
–Conmigo no, con todos (otra evidencia más de que detesta jugar al “yo–yo”, no deja pasar una el hombre). Acá no soy yo solo, acá somos una banda.
–¿Le piden consejos los nuevos?
–No, no, ya no estoy para consejos.
–¿Le preguntan por sus vivencias?
–No, batallas no les podemos contar porque se cagan de risa.
–¿Qué cosas?
–Batallas, episodios, anécdotas, ¿¡cómo le vas a contar esas batallas, con todos los problemas que tienen!?
–¿Cuál es el elogio que más le llega de la gente?

–Algunos te reconocen en la calle, se paran y hablan contigo, eso es muy agradable. “Alfredo, yo lo vi jugar, esto y lo otro”, me dice uno. O pasa una señora y te dice: “¡Alfredo, qué guapo está!”. Y la señora tiene 80 y yo 81, entonces le contesto “¡pero cuando tenía 30 no me decía nada!”. A los niños que van al colegio, los padres los mandan a pedir una insignia, y yo llevo siempre en el bolsillos insignias del club para repartir.
–“Di Stéfano primero te ladra y después es entrañable”. ¿Verdadero o falso?
–Mentira. Ladro cuando vienen a traición, si me quieren atacar. Ahí me rebelo.
–Yo lo llamé a su casa para la nota y lo primero que hizo fue ladrar...
–Se meten en mi casa y tengo que estar ladrando, porque ¿quién le dio el teléfono?
–Somos periodistas, Alfredo.
–No tiene nada que ver, el ladrón también se mete en la casa y no dice nada y es ladrón. (Se confirma la presunción: Don Alfredo ladra un poco, gruñe, pero es pura cáscara, porque terminará entregándose a la charla una hora con generosidad y calidez).
–Entonces usted no es de ladrar primero...
–Que no, que no m'hijo.
–¿Sigue siendo cabulero? Leí que no le gusta bajar al campo de juego los martes...
–Al estadio, con zapatos de calle, no. Si es un acto del club oficial, una fotografía, ahí hago el sacrificio. Si no, no bajo nunca. Da mala suerte eso.
–¿Bajar al campo?
–Sí, bajar con zapatos. La cancha está para los que llevan zapatos de fútbol, no está para llevar zapatos normales. Siempre pensé así: el campo de fútbol, para los que juegan.
–¿Le gusta el fútbol de hoy?
–Siempre me gusta el fútbol. El deporte en general siempre me gustó, atletismo, el basquet... Yo he sido deportista de pequeño, con el colegio Nacional tenía que ir a hacer clases de gimnasia al lado de Obras Sanitarias, en Gimnasia y Esgrima, dos veces por semana hacíamos gimnasia, corría 100 metros, 800, de todo....
–Ahora entiendo por qué se corría todo en la cancha...
–El basquet también ayuda mucho para saltar. Y si hacés vallas tenés que coordinar, el tenis y el frontón eran buenos también, pero ahí tenés que ser medido, porque con el frenazo se te puede jorobar la rodilla, y las rodillas son claves.
–¿Qué es lo que más y lo que menos le gusta del fútbol actual?
–La velocidad me gusta a mí (¿Y por qué le habrán puesto Saeta?). En Argentina, antes decían que los que eran rápidos eran troncos. Es al revés: a mayor calidad, mayor velocidad.
–¿Usted podría jugar en este fútbol?
–¡Cómo no voy a jugar! Yo podía jugar antes y ahora, igual que Varallo, que era goleador. Aprovecho y le mando un saludo desde aquí a mi amigo Varallo, siempre me acuerdo de él, yo lo veía de pibe, aunque él no me crea. Iba a ver los entrenamientos a la cancha de Boca, los miércoles a la tarde. Tenorio, Varallo, Benítez Cáceres, Cherro y Cusatti, casi más se muere Varallo cuando le dije de corrido esa delantera de Boca.
–¿Iba para mirar y aprender?
–Mi abuelo vivía a 30 metros de la cancha, entonces iba a visitarlo y después me cruzaba a ver las prácticas.
–Pero usted era hincha de River.
–Mi padre nació en la Boca y era de River, como yo.
–Cuando usted dirigió a Boca en 1969, ¿su padre no se lo recriminó?

–No, yo me siento riverplatense, pero como tenía toda la familia en la Boca, soy medio boquense, y no le tengo envidia, ni celos, ni odio, ni nada, es un club extraordinario.
–¿Sabe que usted es el único DT que sacó campeón a Boca y a River?
–Para anales, no voy, no voy. (No le gusta, aunque sea un frío dato estadístico y no una exageración).
–Usted vio jugar a todos: Pelé, Cruyff, Beckenbauer, Maradona, ¿quién fue el mejor?
–Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. De ahí sacá el que quieras.
–¿Cuál de todos?
–Que elija la gente. Yo digo: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, La Máquina sí que jugaba de puta madre.
–¿Usted en qué lugar del podio se pone?
–Detrás de ellos, a mí no me van esas cosas. El “yo–yo” no existe para mí.

Una apretada sintesis de la vida de Di Stéfano da cuenta que se inició en las inferiores de River, que debutó en 1945, luego fue un año a préstamo a Huracán, volvió a River para ser campeón y goleador en 1947 y en 1949, cuando estalló la huelga en el fútbol argentino, se embarcó rumbo a la liga pirata de Colombia con otros cracks como Pedernera y Pipo Rossi. Deslumbró en el “ballet azul” de Millonarios y en 1952, con motivo de cumplirse el 50 aniversario del Real Madrid, visitó España con el conjunto colombiano y bailó al agasajado por 4–2. Santiago Bernabeu, el presidente que luego sería metro, calle y estadio, quedó asombrado con el rubiecito de 26 años que corría por todo el campo y quiso contratarlo.

Y aquí comienza una novela que sin dudas vino a cambiar la historia del fútbol. River y Millonarios se adjudicaban derechos de pertenencia sobre el jugador. El Madrid negoció con Millonarios, y el Barcelona, que también lo quería, pactó con River. La FIFA respaldaba una postura; la Federación Española, la otra. Di Stéfano se entrenó unos meses con el Barcelona, pero jamás jugó un partido. Al final, una resolución determinó que el hombre jugaría dos años por el Madrid y dos por el Barcelona. Los catalanes, disconformes, renunciaron a sus derechos.

¿Que pasó después? Di Stéfano debutó el 23 de septiembre de 1953 con la camiseta merengue. En ese momento, el Madrid acumulaba 20 años sin ganar la liga. No sólo eso: hasta 1953, el Barcelona sumaba 6 ligas, el Athletic de Bilbao 5, el Atlético de Madrid 4, el Valencia 3 y el Real Madrid, 2. O sea: en títulos era el quinto equipo de España. La Saeta marcó un quiebre total de un hachazo: conquistó las dos primeras ligas que disputó, después otras seis más y 5 Copas de Campeones de Europa. Con estos datos se puede comprender aquello del avión apodado “Saeta rubia”, de por qué fue factor decisivo en el despegue del Madrid.

–¿Estuvo un tiempo en Barcelona sin poder entrenarse, no?
–No se arreglaba el asunto y en un momento la Federación me prohibió entrenar en cualquier campo federado, podía hacerlo en la calle si quería. Cuando se resolvió, hice la gran heroica, ahí sí que me doy corte. Salí a la diez de la noche de Barcelona, llegué a la estación de Atocha a las 10 de la mañana, llevé a mi familia al hotel, me fui a hacer la revisión médica, de ahí me llevaron a comer y a las tres de la tarde debuté contra el Nancy de Francia ¡Vamos a ver quién hace eso, hay que tener coraje, eh! (¡Eso, por fin se permite una, Alfredo!).
–¿Qué hubiera pasado con su carrera si jugaba en Barcelona?
–Yo qué sé, pienso muchas veces por qué no me toca la lotería, ¿quién puede saber eso?
–¿Usted era amigo de Franco?
–Amigo, no.
–¿Consejero?
–Que no, hijo, cuando ganábamos un trofeo, te lo daba Franco o la señora de Franco... Y no le iba a decir que no lo queríamos. Nosotros jugamos al fútbol y ganamos campeonatos con Franco, con Adolfo Suárez, Felipe González, Aznar, Zapatero, hay que nombrarlos a todos...
–¿Le molesta cuando se dice que el Madrid era el equipo de Franco?
–No me molesta, nosotros hicimos mucho en esa época por los inmigrantes, un equipo que fue por todo el mundo enarbolando la bandera del Madrid y la bandera española, nosotros no íbamos por el asunto de estado, por eso está este estadio aquí, que nadie nos ha ayudado ni con un duro. Bernabeu y compañía todos los días han puesto un piso más, por eso el estadio está tan bonito como está.
–¿Le gustaría ver a Messi en el Real Madrid?
–Los jugadores buenos, en el Madrid interesan siempre, sí, pero no voy a hablar parcialmente de nadie, no le voy a hacer la propaganda a nadie.
–Alfredo, ¿se asustó mucho con el último infarto? (24/12/2005, cuádruple by pass).
–Tuve uno solo. (Nueva evidencia: el tipo está lúcido, rápido, y se toma la vida con buen humor).
–Está bien, ¿se asustó mucho con el único infarto?
–Al principio creí que me moría. Menos mal que estaba en la casa de mi hija. Eran las once y media de la noche y estaba levantado, o sentado en realidad, pero vamos, estaba despierto, con el pijama. Si te agarra en la cama, durmiendo, no la contás... Además, la cuestión es que estaba en una urbanización, consiguieron una asistencia del hospital de allí, después me llevaron a Valencia y ya no me acuerdo más nada.
–¿Qué sintió, un dolor en el pecho?
–¡No, un dolor que me tiraba para todos lados, parecía un mono enjaulado!
–Pensó que era la última...
–Yo le dije a mi yerno: “Me voy a la mierda”. Estaba liquidado, pero bueno, tuve suerte. Sin exagerar.
–¿Se asustó más con el infarto que cuando lo secuestró un comando guerrillero en Venezuela (1963)?
–Este es diferente, estaba inconsciente. La otra tampoco pensás que te van a secuestrar, son cosas de la vida, vamos, tampoco era un juego, eh, era delicado porque no sabías lo que podía pasar, por ahí te pegaban un tiro. Y ahora están diciendo que son unos santitos.
–¿Se cuida más después de la operación?
–Dejé de fumar en el 2000. Y el infarto me vino igual. La carraspera que tengo en la garganta el médico ya me dijo que era por el tabaco y que se iba a quedar toda la vida.
–¿Algún whiskicito?
–Ni de whisky ni de cognac. Nada más un poco de vino con los amigos cuando voy a comer. Media copita. Eso sí: tomo cerveza sin alcohol, que ya le estoy haciendo la propaganda. (Pone cara de que no le gusta hacerle la propaganda a nadie; ya lo sabe Messi).
–O sea que se cuida bastante.
–Y, si no me cuido me voy al tacho.
–¿Con la comida también se cuida?
–Obligatoriamente. A los gordos, cuando pasan por ahí, (señala un pasillo que sigue a su oficina) les pego el grito: “¡comé sin sal!”. Usted me había preguntado si daba consejos...
–¿Tiene alguna debilidad gastronómica?
–Cualquiera, me da lo mismo, el puchero me gusta, también la pizza, todo lo que sea fideos, me gusta muchísimo la fruta. Y de lo dulce no como nada.
–¿Comida argentina o española?
–En casa hay media y media, hay de todo, en realidad son bastante parecidas. A veces, en casa, se hacen unas buenas milanesas. Y si hay mariscos, ahí le doy con todo.
–¿Se siente bien de salud o tiene muchas nanas?
–Bien, sin exagerar, bien.
–La última, Alfredo, ¿por qué hizo el monumento a la pelota en la puerta de su casa?
–En mi etapa del Madrid hubo una reunión entre los jugadores, antes de un partido. Tomábamos una cerveza, pasó una mina y uno dijo: “Hay que hacerle un monumento a esa mina”. Al rato, otro siguió: “Hay que hacerle un monumento a la cama”. No. No. “A la cama no, que es el féretro, está jodido ese monumento”. Entonces, hablando de estas cosas, a mí se me ocurrió decir: “Hay que hacerle un monumento a la pelota, que gracias a ella estamos viviendo todos”. Después vino la industria británica que fue extraordinaria. Esa charla habrá sido en el 57 o 58. Y ahí le pasé todo a un escultor catalán, que no me acuerdo el nombre, la pucha, me quiero acordar y no lo tengo. Está en la puerta de mi casa, pero ahora ese chalet está alquilado, y con mi hija Nannette, con doble ene y doble te, que es viuda, nos fuimos a vivir a un piso.
–¿Y la dedicatoria del monumento, “Gracias, vieja”, fue ocurrencia suya?
–Sí, seguro, “Gracias, vieja” es a la pelota y a mi mamá. A la vieja, que me hizo nacer, y a la pelota. que me hizo crecer.

Por Diego Borinsky

Por Redacción EG: 28/01/2009

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