100 años de El Gráfico

2011. Adiós a un amigo

Por Redacción EG · 28 de mayo de 2019

En una época brava para El Gráfico, Carlos Poggi la dirigió y estuvo a la altura de la historia. En este sentido homenaje, lo recuerdan sus compañeros Perugino, Alperin y Carrizo.

Un día se fue

Un dia se fue y nadie -ni Carlitos Poggi, ni nosotros- imaginaba que sería el último. Sacó fuerzas desde las tripas para saludar con el énfasis de siempre, porque le gustaba saludar con la voz encendida a Carlitos, y enfiló hacia la puerta con el presagio amargo de un paso endeble, herido como ya estaba, aunque no lo supiera.

Un día se fue y en la mochila imaginaria llevaba la pasión florecida por el periodismo, la adrenalina sabrosa de los cierres con el reloj tirando el pressing, el generoso espíritu docente, la gigantesca cultura del laburo, la magia para sacar el título ingenioso en la medida indicada y el sanguíneo deleite por el fútbol.

 

Carlos Poggi junto a Alfredo Di Stefano.

Carlos Poggi junto a Alfredo Di Stefano.

 

Un día se fue y se llevó ese brillo en los ojos cada vez que descubría algún pasante con la pasta de los periodistas gráficos de antes, la humildad para “remar” en la redacción codo a codo con los novatos, el chiste al ángulo cuando le dejaban una pelota picando, el vozarrón aporteñado, un tanguito silbado a media voz y la ilusión de la próxima cena con los amigos de siempre.

Un día se fue y no hizo falta que nos recordara la nueva dimensión emocional en la que había aterrizado gracias a la llegada de sus nietos; ni el amor incondicional por Mirta, su mujer; ni el corazón tibio por Carla, su hija; ni el orgullo infinito porque Guillermo, su otro hijo, le había salido obrero del palo, sacándole más brillo al apellido al que él supo edificarle un gigantesco cimiento de respeto dentro del medio periodístico.

Un día se fue sin tomar el mate del estribo que le cebaba la Coneja, sin recordarle a Juan que archivara los diarios, sin preguntarle a Irusta cómo venía con la nota, sin elegir una foto para poster con Del Bosco, sin chequear con Mazur la clave del administrador de textos, sin pedirle que probara otra apertura de nota a De Majo, sin bancarse una cargada más de Glucksmann porque su San Lorenzo querido no daba pie con bola, sin charlar un rato de fútbol con Borinsky y sin chusmear un poco la pauta de la edición siguiente, porque el instinto y la raza le tiraban con la fuerza del primer día, pese a que la jubilación ya le había propuesto un tenue respiro.

En la entrega de un cuadro de homenaje para Ricardo Bochini, ya como director de la revista, cargo que ejerció durante la última década.

En la entrega de un cuadro de homenaje para Ricardo Bochini, ya como director de la revista, cargo que ejerció durante la última década.

Un día se fue y nadie –ni Carlitos Poggi, ni nosotros- sabía que en los pulmones se le había enquistado un enemigo virulento e impiadoso, devastador e inclaudicable, que lo noqueó en apenas tres meses sin darle la mínima chance de pelear, justo a él, que nunca se achicaba a la hora de nadar contra la corriente.

Un día se fue y nos dejó ese dolor desgarrador que oprime el pecho cuando se va un buen tipo, un gran compañero, un manantial de anécdotas, un consejero sincero, un señor de esos a los que siempre se quiere abrazar con el alma.

Pero un día se fue Carlitos Poggi. Era el último y no lo sabíamos. Era el último y nos quedó pendiente ese abrazo. Se lo daremos cada día, intentando trabajar con el entusiasmo y la honestidad que cultivó e inculcó. Se lo daremos algún día, allá en el destino común.

Un día se fue Carlitos Poggi pero, paradójicamente, se empezó a quedar en el corazón y en la memoria de todos los que supo conquistar.

 

Por Elías Perugino.

 

Un legado indestructible

Calculo que habrA sido hacia fines de octubre o principios de noviembre de 1960, cuando quienes cursábamos el sexto año del Colegio Industrial nos juntábamos alrededor de las 13.30 y antes de ingresar a la escuela, en la lechería del gallego Manolo (¿habrá acaso un Manolo que no sea gallego?) en la esquina de Rioja y Cochabamba, ahí donde actualmente la autopista 25 de Mayo borró las huellas de todo aquello.

Estábamos por recibirnos de Técnicos Mecánicos en la ENET N° 6, que todavía permanece enhiesta en Cochabamba 2860, con todo lo que ello significaba para los pibes de 17 o 18 años que éramos por entonces.

 

Un cafe a pura anécdota con el Bambino Veira.

Un cafe a pura anécdota con el Bambino Veira.

 

En una mesa que daba hacia la ventana sobre Rioja, estaban Juan (ya por entonces el Tano) Fazzini y Carlos Poggi, ambos compañeros míos de estudios desde hacía dos años; me acerqué hacia ellos para entablar un diálogo que se desarrolló más o menos en los siguientes términos…

-Hola, Tano… Hola, Carlitos… ¿en qué andan, che?

-¿Qué decís, Colo? (N. del A.: mi pelambre pelirroja me había llevado a ser desde hacía rato El Colo). Estábamos hablando con el Tano sobre lo que íbamos a hacer después que nos recibamos. ¿Y sabés qué?... ambos vamos a escribir en El Gráfico -explicó Poggi, y definió-: Yo ya tengo el apelativo: Trawing… voy a firmar así.

Hoy, a varias décadas de aquella conversación, no resulta para nada extraño que tres chicos amantes del deporte como éramos, quisiéramos llegar a El Gráfico, el epítome de las publicaciones deportivas. Era un deseo mutuo que el tiempo se encargó de concretar: en uno, Juan Fazzini, eventualmente; en otro, mío propio, hacia el final de mi carrera profesional dentro del periodismo deportivo. Y en Carlos mucho más allá de un mero deseo. Porque él, precisamente, no solo alcanzó a escribir en El Gráfico, sino que, como todos sabemos, accedió durante los últimos once años a la dirección de la revista.

 

En la redacción, donde más le gustaba estar.

En la redacción, donde más le gustaba estar.

 

Claro, nunca alcanzó a firmar como “Trawing”, posiblemente porque no lo necesitó. El Carlos Poggi se quedó ahí. Concreto, sintético y auténtico como lo fue desde siempre.

Es posible (y sepan disculpar mi falta de humildad) que dentro del ambiente periodístico hayamos sido el Tano y yo quienes más y mejor lo conocimos. Porque lo nuestro fue más allá de lo profesional. Los tres integramos la barrita del ENET N° 6 (junto con el “Gordo” De Luis, el “Momi” Pirronello, el “Narigón” Zarlenga, el “Comodoro” Pupek y Carlitos Arcasti) y seguimos, juntos, transitando los almanaques con nuestros casamientos, nuestros hijos, nuestros nietos. Nuestras vidas.

¿Quién y qué fue Carlos Poggi? Creo tener la suficiente autoridad como para definirlo como un ser humano muy especial. Duro como el acero y capaz de enfrentar a quien fuera para resguardar a quien él considerara idóneo en lo suyo; a tal punto, que conozco a más de uno que debe su permanencia en el medio por la defensa que Carlitos desarrolló cuando las papas quemaban. Pero por dentro era un tierno que hizo un culto de la amistad. Con los amigos de verdad no necesitaba la firma de ningún documento. Ni siquiera el más íntimo y veraz estrechar de manos. Daba lo que tenía que dar porque así lo creía. Y a otra cosa.

Futbolero de ley, le pegaba muy bien a la pelota con su derecha casi infalible. Y si no, que lo diga Pepé Santoro, quien un día, en una práctica, lo desafió a que le hiciera un gol de tiro libre. Claro… ¿cómo un escriba le iba a pegar tan bien a la N° 5 como para hacerle un gol nada menos que al arquero del Independiente acaparador de Copas? Corolario: Pepé terminó yendo a buscar la pelota al fondo del arco, después de un recorrido en comba que lo desorientó.

Entre el Sapo Villar y el Oveja Telch, dos emblemas históricos de su querido San Lorenzo.

Entre el Sapo Villar y el Oveja Telch, dos emblemas históricos de su querido San Lorenzo.

Le gustaba competir, pero no soportaba las “cargadas” a crédito. Se las guardaba y… ¡ay del que las hubiera realizado si el resultado de la discusión, el partido o lo que fuera, no justificaba la broma! Tal vez por eso mismo tenía una sola palabra. Y la mantenía a capa y espada.

En todo este mes se ha escrito mucho acerca de su carrera profesional como periodista en la especialidad Deportes. Prefiero detenerme en el término “profesional”, porque él lo demostró la tarde en que Héctor Ricardo García bajó hasta la redacción de Estadio y expresó: “No sale más Estadio. De aquí en más, comenzamos a editar Ahora”.

Así, sin anestesia y en un santiamén, pasamos de entrevistar a Maradona a hacerle notas a Susana Giménez, con la dirección siempre certera y visión amplia del director de la revista: Carlos Poggi.

Ahora, Carlitos ha dejado de transitar por el planeta Tierra para irse de viaje hacia el desconocido Infinito. Pero a todos los que intimamos con él nos dejó un legado indestructible: el de una amistad que rozó en forma concreta el lazo de la hermandad y que Carlos supo honrar (personalmente me honró) a lo largo de los últimos 52 años de sus casi 69 de vida en la que deja una esposa, dos hijos y tres nietos.

También en eso cumplió.

 

Por Eduardo Carrizo.

 

Claro como el agua

Partiste hacia la eternidad sin avisarme de tu partida y dejaste un hueco imposible de llenar en mi enfermo corazón. Solo el marcapaso le permitió continuar latiendo cuando el 5 de enero leí la noticia y sentí explotar una bomba oprimiendo mi pecho, haciendo surgir un grito pleno de angustia dirigido a mi esposa: “Olga, murió Carlos Poggi”.

De inmediato, mi mente se pobló de imágenes. Nos conocíamos desde hacía muchos años, de aquellos tiempos de cronistas. Una tarde de 1990 llegaste a la redacción del diario La Nación y me dijiste: “Dejé de ser jefe de deportes de Crónica. ¿Me podés ubicar como un simple colaborador?”.

 

Poggi junto a Jorge Valdano.

Poggi junto a Jorge Valdano.

 

En ese instante se me apareció el Carlos Poggi detrás del Carlos Poggi apasionado periodista, futbolero de alma, con los colores azulgrana en su pecho, sin interferir ese sentimiento en el momento de dar su opinión.

Era el Carlos Poggi auténtico. Un ser humano claro como el agua. Cada uno de sus actos poseía la blancura de la pureza (“Seré un colaborador más, sin que se tengan en cuenta mis antecedentes“), el perfume de la lealtad y el aroma que solo son capaces de producir los amigos de verdad, dejando tras de sí la estela de quien es capaz de avanzar merced a su esfuerzo y entrega. 

En 1995 llegó la hora de mi retiro en La Nación y mi ingreso en ESPN. Seguimos viéndonos, en mi mudanza a Pilar, vos y Mirta venían de vez en cuando a almorzar a mi nuevo hogar. En esa época hablamos de la inmobiliaria de ustedes, de tus notas en La Nación y de cuánto podías ayudarme en mi trabajo de prensa en ESPN.

En 1998, me tendiste la mano en el Comité Olímpico Argentino y fuiste como attache de prensa a los Juegos Odesur en Ecuador. Hasta que me diste la mejor de las noticias: habías ingresado en El Gráfico. 

Con la tapa de la edición conmemorativa de los 90 años, un hito de la revista.

Con la tapa de la edición conmemorativa de los 90 años, un hito de la revista.

Un ACV apareció en mi vida. Ya no nos vimos tanto. El teléfono fue nuestra forma de vincularnos. En 2009, me abasteciste prestamente de datos del Mundial de Hockey sobre patines para mi columna en espndeportes.com. Te llame el día que te jubilaste.

De repente, partiste hacia la eternidad sin avisarme de tu partida y me parece imposible estar despidiendo al Carlos Poggi auténtico, un ser humano claro como el agua, maestro de futuros periodistas y de una familia ejemplar.

 

Por Eduardo Isaac Alperín.

 

Fotos: Archivo El Gráfico

Imagen de 1979 - Muhammad Ali, invitado especial de El Gráfico
100 años de El Gráfico

1979 - Muhammad Ali, invitado especial de El Gráfico

Cuando la revista estaba próxima a cumplir 60 años, allá por mayo de 1979, se propuso celebrarlo con un invitado especial. Quería que fuera algo grande, histórico e inolvidable. Y así fue. El invitado fue nada más y nada menos que Muhammad Alí. Recordamos su emotiva visita a la Argentina.

Imagen de Fotógrafos: Alejandro Pagni
100 años de El Gráfico

Fotógrafos: Alejandro Pagni

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